El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Casos típicos de diáspora montañesa

que está acostumbrado a comidas muy rústicas»[114].

Idénticas observaciones, más numerosas y sorprendentes, podemos hacer si incluimos las llanuras del Languedoc y la ininterrumpida marea de emigrantes que llega a ellas del norte, del delfinado, y, sobre todo, del Macizo Central, Rouergue, Limousin, Auvernia, Vivarais, Velay y Cévennes… Esta marea se adentra en el Bajo Languedoc, pero lo rebasa regularmente en dirección de la rica España. Cada año se forma de nuevo esa procesión, casi a diario se puede decir, con campesinos sin tierra, artesanos sin empleo, trabajadores agrícolas venidos para la cosecha, la vendimia o la trilla, parias, mendigos y mendigas, predicadores ambulantes, giróvagos, músicos callejeros y, también, pastores con sus rebaños… El hambre montañesa es la gran espoleadora de esta multitud en su viaje de descenso. «Como base de este éxodo [dice un historiador] encontramos una evidente disparidad de nivel

de vida a favor de las llanuras mediterráneas»[115]. Estos mendigos van y vienen, mueren por caminos y hospitales, pero contribuyen a la larga a renovar el material humano de las tierras bajas, haciendo persistir durante siglos un tipo humano aberrante: el hombre del norte, relativamente más alto, de cabello rubio y ojos azules…

 

Casos típicos de diáspora montañesa

 

La trashumancia es, con mucho, el más poderoso de estos movimientos de arriba abajo, pero es un viaje de ida y vuelta; la estudiaremos en detalle más adelante. Las otras formas de expansión montañesa no presentan la misma amplitud ni la misma regularidad. No se observan sino casos particulares aquí y allá, a título de excepción, salvo en lo tocante a las migraciones «militares»;

más o menos, todas las montañas son «cantones suizos»[116]. Además de la gente errabunda y aventureros que siguen a los ejércitos sin recibir paga alguna, con la esperanza de combatir y saquear, son fuente de suministro de soldados regulares. Los corsos combatían al servicio del rey de Francia, de Venecia o de Génova, al grito de Carne, carne! Los soldados del ducado de Urbino y los de las Romañas, a quienes sus señores vendían por contrato, escogían generalmente a la República de Venecia. Pero cuando los señores

traicionaban a sus banderas, como el día de San Agnadel en 1509[117],todos sus campesinos abandonaban, para seguirles, la causa de San Marcos. Siempre hubo en Venecia señores romañoles prófugos, cargados de crímenes, que demandaban a Roma la absolución de sus pecados y la restitución de sus

bienes[118], a cambio de lo cual partían a los Países Bajos a servir la causa de España y del catolicismo…, sin citar a los albaneses, a los palikares de Morea y a los «bueyes de Anatolia», que Argelia y otros países extraían de las miserables montañas de Asia.

La historia de los albaneses merecería una explicación aparte [119]. Sensibles ante todo al amor por el «sable, los galones de oro y los

honores»[120], casi nunca dejaban sus montañas más que para servir como

soldados. En el siglo [121] [122] XVI los encontramos en Chipre , en Venecia, en

Mantua[123] [124] , en Roma, en Nápoles y Sicilia, y hasta en Madrid; iban allí a exponer sus proyectos o sus dolencias, a reclamar toneles de pólvora o anualidades de pensión, siempre arrogantes, retadores y dispuestos a armar camorra. Italia, después, les fue cerrando las puertas poco a poco. Se

encaminan entonces a los Países Bajos[125] [126] , a Inglaterra, a la misma Francia, durante nuestras guerras religiosas, como soldados aventureros,

seguidos por sus mujeres, sus hijos y sus popes[127]. Los regentes de

Argel[128] y de Túnez los rechazaban, y tampoco los admitían los boyardos moldavos y valacos. En vista de ello, se enrolaron al servicio de la Puerta, como lo habían hecho al principio, en masa, a partir del siglo XIX. Poco les importaba la bandera bajo la que se enganchaban: «donde está el sable, está la fe». Peleaban por quien les daba para vivir. Y en cuanto expiraba su compromiso, tomaban, como en la canción, «su fusil por pachá y su sable por

visir»[129], se establecían por su cuenta y se volvían bandidos. A partir del siglo XVII, gran número de albaneses, ortodoxos en su mayor parte, se desparramaron por las tierras de Grecia, acampando como en territorio conquistado. Alteraron la estructura de la población de un modo tan visible,

que Chateaubriand no pudo menos que advertir su presencia en 1806[130].

No menos curiosa y rica en enseñanzas es la historia de Córcega, de la Córcega extrainsular. En todas partes tiene algo que reivindicar, con más o menos razón, por lo demás. «En España, muchos insulares llegaron a ser

ilustres», apunta De Bradi[131]: De Lecas, alias Vázquez, fue ministro de Felipe II (el dato es exacto y Cervantes llegó a dirigirle versos). Pero De Bradi continúa: el verdadero don Juan era corso, de padre y madre corsos; hasta se nos da su nombre y el nombre de sus padres. Hay quien piensa, incluso, que Cristóbal Colón nació en Calvi… Sin llegar hasta don Juan, se puede identificar a muchos verdaderos corsos que, como marinos, chalanes, mercaderes u obreros agrícolas —cuando no pachás, renegados del gran turco

y hasta algún rey de Argel—[132], vivían en torno del Mediterráneo, como hoy día viven tantos corsos en la metrópoli francesa, en el «continente», como se dice en la isla.

Una migración secular desparramó también por el mundo a los montañeses de Milán. Ya hemos hablado de los bergamascos, súbditos de Venecia. Pero no hay colmena montañesa que no tenga su enjambre siempre listo a levantar el vuelo; a menudo, también una segunda patria donde los exiliados se reúnen y reagrupan. Los quincalleros ambulantes de Val Vigezzo iban tradicionalmente a Francia, donde a veces se establecían definitivamente; de allí salieron, por ejemplo, aquellos Mellerio, hoy joyeros de la rue de la

Paix[133]. Los vecinos de Tremezzo preferían la Renania; de sus filas salieron

los Majnoni y los Brentano, banqueros de Fráncfort[134]. A partir del siglo XV ,

los habitantes de Val Masino comenzaron a emigrar a Roma[135]. Los encontramos establecidos en las droguerías y las panaderías de la Ciudad Eterna, y también en Génova. De los tres «pievi» del lago de Como — especialmente los de Dongo y de Gradevona—, los hombres van hasta Palermo a probar fortuna como hosteleros. De ahí la curiosa relación y las

huellas visibles que encontramos en el Val de Brenzio[136] en lo referente al vestido y al adorno de las mujeres. Pues los emigrantes retornaban con frecuencia a sus lares. En Nápoles encontramos en el siglo XVI buen número

de nombres típicamente milaneses[137]; «pero esos lombardos que vienen aquí a trabajar por millares [decía en 1543 el cónsul G. F. Osio], en cuanto ganan

algún dinero se vuelven a Milán a gastarlo…»[138]. Albañiles lombardos —los muratori (sin duda, gente de los Alpes)— construyen el castillo de Aquila, en

1543[139]; cuando llegaba el invierno se volvían a su tierra. Pero si siguiésemos a estos albañiles y tallistas de la piedra los veríamos dispersarse por toda Europa y, seguramente, por toda Italia. Desde 1486 trabajaban

lapicide lombardi [140] en la construcción del Palacio Ducal de Venecia.

Incluso una región tan enquistada y continental como Armenia no logra escapar al inevitable destino de toda región montañosa.

No creemos que deba darse crédito a la fábula del origen armenio de los Murat, cuyo verdadero nombre sería, de ser cierto, Muratjan, oriundos de

Karabagh, en el Cáucaso[141]; sometida esta especie a examen resulta más inverosímil que la fábula del don Juan corso. Pero conocemos con absoluta certeza la diáspora armenia hacia Constantinopla, Tiflis, Odesa, París y las Américas… Ocupa también un lugar importante en el desarrollo de la gran Persia del Shah Abbas, a principios del siglo XVII, a la que suministró, entre