El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

II. La recuperación hispánica

mi Señor”.[116] No valdría la pena recordar la indicación, si Felipe II no hubiese estado, aparentemente, tan atento al proyecto. Es verdad que una diplomacia como la suya se encontraba comprometida al mismo tiempo en todas direcciones. Parece que, en Roma, la idea de una liga contra los turcos, incluyendo Venecia, se había evocado en conversaciones entre el nuevo papa Pío IV y don Juan de Zúñiga, que representaba entonces en Roma, al mismo tiempo que su hermano el comendador de Castilla, los intereses de Felipe II. Éste escribía a los dos hermanos: «En otra se responde a todo lo que vos, don Juan de Çuñiga, nos aveis scripto y se dize lo que nos ha parescido de lo que passastes con Su Santidad sobre la liga con Venecianos contra el Turco. Aquí[II-449] a parte os he querido avisar a entrambos dos como el conde Landriano ha propuesto aquí de parte del duque de Urbino por medio de Ruy Gómez de Silva esta misma materia, diziendo que si yo quería, podría encaminar que se llegasse a effecto esta liga. A lo cual se le respondió que yo holgaría mucho dello. Después sucedió la muerte del duque de aquella República, antecesor deste, y assi se sobreseyó por algunos días en la plática. Pero el mismo conde

de Landriano ha dicho que el duque bolverá a tratar de la materia.[117]»

En cierta medida, el desastre de Yerba ha producido efectos saludables: colocó al imperio de Felipe II frente a su misión en el Mediterráneo. Lo obligó a reaccionar. Yerba y el año de 1560 marcan el momento culminante del poderío otomano. Es decir, que el islam comienza a declinar en 1560. No por su culpa, sino como consecuencia de los largos trabajos de preparación marítima, que se inician ese mismo año y se extienden, desde Palermo y Mesina, por todas las costas de la Italia occidental y por todas las costas mediterráneas de España.

 

II. LA RECUPERACIÓN HISPÁNICA

 

España difícilmente habría podido recuperarse sin el inexplicable respiro que le dieron los turcos. La armada otomana no hizo valer su fuerza ni en 1561, ni en 1562, ni en 1563, ni en 1564. Cuatro años seguidos en que la cristiandad salió del paso sin más daño que el miedo que pasó. Año tras año se repite la misma historia: el turco se arma, va hacerse a la mar muy pronto, con una potente armada, va a atacar La Goleta y la isla de Cerdeña: tales son los pronósticos de invierno. Pero llega la primavera y los negros nubarrones se disipan. No hay por qué llevar adelante los angustiosos planes defensivos trazados durante el invierno; pueden cancelarse los créditos concertados, licenciar las tropas enroladas, no es necesario transportar éstas o reclutar aquéllas. Asistimos, en el Mediterráneo, a una especie de respiración en dos tiempos de la política española. Nada más fácil que seguir su ritmo, a la vista de los innumerables documentos que nos ha dejado.