El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Cristianos nuevos en el Mediterráneo

Detalle curioso: el avance de los holandeses, en especial en el Mediterráneo, aunque también hacia las Indias y América, fue precedido por la llegada de mercaderes portugueses, en su mayor parte cristianos nuevos, que vienen tanto de Lisboa como de las ciudades del norte donde habían encontrado refugio. ¿Se produjo una conquista de Lisboa similar a la de Sevilla? He aquí una nueva y muy importante cuestión.

 

Cristianos nuevos en el Mediterráneo

 

Esta inmensa infiltración de un capitalismo del norte, atlántico e internacional, con sede en Ámsterdam, no podía ignorar el rico Mediterráneo. Lo mismo que España, ignominiosamente saqueada, el Mediterráneo era un fruto muy tentador para un capitalismo joven y de buena dentadura, un capitalismo que muy pronto ha sabido lo que hay que hacer para encontrar cómplices sobre el propio terreno. Los ricos marranos portugueses entran en juego para preparar y facilitar —muchas veces sin pretenderlo— el camino a los holandeses: los Ximenes de Lisboa y de Amberes, por ejemplo, y sus asociados, los Andrade y los Veiga, que han organizado, para el gran duque de Toscana, los envíos de trigo del norte a partir de la década de 1590, consiguiendo considerables beneficios, y que también han participado en el comercio de la pimienta en dirección a Italia. Desde 1589 envían remesas de especias a Baltasar Suárez, a Florencia. Más adelante preferirán a Antonio Gutiérrez, un castellano que se acaba de establecer en Florencia, y que, siendo, en realidad, portugués no tarda en ponerse en relación con otros mercaderes de su país, como, por ejemplo, ese Manuel da Costa que le envía

cajas de azúcar en mayo de 1591[224]. La correspondencia de Simón Ruiz con

Florencia nos informa sobre esos portugueses que [225] en esto de especierías

lo controlan todo, según dice Baltasar Suárez, quien espera la intervención de un amigo, en favor suyo, ante los poderosos Ximenes. Estos últimos han

enviado, en 1591, 500 quintales de pimienta a Italia, en un solo viaje[226]. El año anterior habían hecho venir un navío de Brasil a Liorna, con 600 cajas de

azúcar[227]. Todo lo que intentan les sale bien. La pimienta de Alejandría falla en el momento justo. «Son afortunados en cuanto ponen la mano», exclama

Baltasar Suárez[228].

Tras sus huellas llegan a Italia otros portugueses. En febrero de 1591, dos de ellos, Fernández y Jorge Francisco consideran la idea de establecerse en Pisa. Si así lo hacen «no hay duda de que atraerán hacia ellos todos los

negocios de Portugal»[229]. En agosto de ese mismo año, «si es cierto lo que he oído decir [escribe Baltasar Suárez] los Ximenes han enviado a una persona para que abra negocio en su nombre e incluso han mandado a Pisa a Sebastián Ximenes Penetiques, su actual agente en Cádiz. De Amberes viene un hijo de Rui Núñez y, como se trata de personas ricas, el gran duque desea

atraérselos y se apresta a ofrecerles privilegios[230] en abundancia».

Estos detalles nos revelan un cierto cambio en la situación económica general: desde que comienza a ser difícil vender pimienta por las rutas del Atlántico, se difunde casi espontáneamente hacia Italia y Alemania, y, en consecuencia, durante cierto tiempo la emigración portuguesa se dirigirá hacia Italia. En Venecia, el embajador de Felipe II habla de esos judíos portugueses que vestidos como los cristianos se declaran «por judíos y se ponen el sombrero rojo que es el signo distintivo que llevan en este

Estado»[231]. Venecia se muestra cada vez más tolerante con ellos: los acoge, los ayuda, los protege y se beneficia de su competencia. Destacan algunos nombres, algunos de ellos poco conocidos: dos hermanos, Rui Loppes y Diego Rodrighes, quienes en 1602, después de veinticuatro años de residencia

en la ciudad, piden se les conceda la [232] cittadinanza veneciana; o ese Rodrigo di Marchiano, judío de Portugal, iniciador del comercio del azúcar

con base en el cabo Ghir, en Berbería[233], o esos otros marranos venidos de Flandes y Hamburgo, que pasan por Venecia camino de Levante. Por lo que parece, se insinúa entonces, discreta o no, eficaz o aparente, la prosperidad de ciertos mercaderes judíos, levantinos y occidentales que puestos de acuerdo entre sí trabajan juntos de Estambul a Salónica, Valona y Venecia, y por el oeste, hasta Sevilla, Lisboa y Ámsterdam. No es pura casualidad que durante esos años los piratas españoles, toscanos y malteses se preocupen seriamente de limpiar los barcos mercantes, apoderándose de toda mercancía que pertenezca a los judíos, la ropa de judíos mencionada en los documentos

españoles. Son cargamentos que, por lo general, valen la pena[234].

Y se impone la pregunta: esta prosperidad, ¿es el resultado de una entente, más o menos formal, entre holandeses y cristianos nuevos portugueses? Si es así, el Atlántico ha sido el responsable. No tenemos suficientes pruebas para afirmarlo categóricamente, pero es muy probable. Publicado en 1778 sin el nombre de su autor, La Richesse de Hollande es un libro muy hermoso, aunque no necesariamente muy veraz. Envueltas entre unos cuantos errores podemos leer las afirmaciones siguientes: «solo a partir de 1612, y a imitación de ciertos judíos que se habían refugiado entre ellos, y de quienes se dijo habían establecido por todas partes oficinas de contaduría, los holandeses

comenzaron a abrir las propias y a navegar por todo el Mediterráneo»[235].