El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las penínsulas
Al este, en el otro extremo del Mediterráneo, también es una isla Siria, este espacio sitiado entre el mar y el desierto, centro de donde todo irradia: los hombres, las técnicas, los imperialismos, las civilizaciones, las religiones. Todo lo ha regado esta región como un buhonero por el mundo mediterráneo: el alfabeto, el arte del vidrio, el colorido púrpura de las telas, los secretos del dry farming (en tiempos de los fenicios), es decir, los cultivos de secano; dio emperadores primero a Roma y más tarde a Bizancio, y dominó con sus barcos el mar fenicio, que nos parece casi el primer Mediterráneo de la historia; por último, en 1516 —como en el año 634—, el islam conquistador (los árabes en el siglo VIII, los turcos en el XVI) se posesiona de este mundo decisivo y ello le permite elevarse de golpe hasta el plano de la más grande historia mediterránea.
No cabe duda de que estamos abusando ampliamente a ese respecto de la noción de la insularidad; pero lo hacemos en beneficio de una exposición más clara. Los países del Mediterráneo son, en verdad, colecciones de regiones
aisladas entre sí[223], que sin embargo se buscan y se atraen constantemente las unas a las otras; de aquí que haya entre ellas un constante vaivén, a pesar de las jornadas de camino o de navegación que las separan; vaivén que el nomadismo de los hombres del Mediterráneo facilita. Pero los contactos que estos hombres establecen son como descargas eléctricas, violentas y discontinuas. Como una fotografía ampliada, la historia de las islas resulta ser la que nos revela la más nítida explicación de esta vida mediterránea, permitiéndonos comprender mejor por entero que cada provincia mediterránea ha podido conservar una originalidad tan irreductible, un perfume regional tan poderoso, en medio de la más extraordinaria mezcla de razas, de religiones, de costumbres y de civilizaciones que jamás haya habido en la tierra.
Las penínsulas
La vida del Mediterráneo no entraña únicamente en su estela esos fragmentos de tierra que son las islas o esas angostas franjas que son las costas; repercute hasta las profundidades del continente. Confunde con su propia existencia, sin ningún esfuerzo, esos mundos particulares orientados hacia ella, y sobre todo esos vastos bloques de tierra que son las penínsulas. Con mayor razón cuanto que interpone entre sus diferentes masas espacios marítimos que las bordean en frentes extremadamente extensos. Las penínsulas forman otros tantos continentes autónomos: la península ibérica, Italia, la península de los Balcanes, el Asia Menor, el África del Norte, esta última mal separada, en apariencia, del continente africano, pero separada de él, en cambio, por la inmensidad del Sahara. Lo que dijo Théobald Fischer de la Iberia —«es por sí sola un mundo»— puede aplicarse a las otras penínsulas, que son comparables entre sí porque están hechas de los mismos materiales: montañas omnipresentes, altiplanos, llanuras, guirnaldas litorales, cortejos de islas. Porque están fraguadas sobre el mismo plan unitario. Entre sus paisajes, lo mismo que entre sus tipos de vida, se establecen por sí mismas correspondencias. Todas pertenecen a la misma familia. Al conjuro de las palabras Mediterráneo, clima y cielos mediterráneos, surgen en el espíritu brillantes imágenes: todas se refieren a esos grandes bloques terrestres, más o menos engarzados, pero engarzados todos ellos al mar. Por medio de estos países, sobre todo Italia y España, han establecido casi siempre contacto con el mar interior los viajeros de Occidente. Pero no cabe duda de que es un error dejarse llevar de la impresión de estas primeras imágenes, no ver sino estos mundos privilegiados, como si solo ellos constituyeran el Mediterráneo entero. Porque son lo esencial, pero no son todo.
En efecto. De una península a otra se tienden regiones que sirven de nexo de enlace: en el golfo de León, el Bajo Languedoc y el Bajo Ródano, esta especie de Holanda; en el Adriático, la Baja Emilia y las Venecias; más hacia el este, al norte del Mar Negro, las regiones esteparias y desnudas que van desde el delta del Danubio hasta la extremidad del Cáucaso; finalmente, por el sur, esa larga franja de costas ciegas, a menudo tan difíciles de abordar, que corre desde la Siria meridional hasta el Túnez de Gabés y de Yerba, larga y pobre fachada, y fachada de un mundo extranjero sobre el mar interior.
Lo cual no impide que las penínsulas sean la parte esencial del espacio mediterráneo, la más rica en hombres y en posibilidades de vida. Ellas son los personajes decisivos, los que siempre han llevado la batuta, acumuladores de fuerza, y, cada uno a su hora, pródigos de esta fuerza. Son casi personas, para usar la expresión tan verídica de Michelet a propósito de Francia; personajes más o menos conscientes de sí mismos. Su unidad parece evidente; sin embargo, no tienen el acento, ni la coherencia, ni la confianza en sí mismas de la Francia de los Valois, ni la vehemencia de aquella Francia que ya entonces era capaz de abandonarse a transportes de pasión política y nacional, como en 1540, cuando fue arrojado del poder Montmorency, partidario de la
colaboración con los Habsburgo[224]; o como en la crisis de 1570 a 1572, que contuvo, sin evitarla del todo, la Noche de San Bartolomé; o, mejor aún, a finales de siglo, esa otra crisis que representó el triunfo fulminante de Enrique IV.
Pero quizá los hombres no aman esas unidades peninsulares demarcadas por la naturaleza con la misma pasión que la unidad más artificial de Francia. Sin embargo, el nacionalismo español es evidente. A ello se debió que en 1559 fueran removidos de los principales cargos los consejeros no españoles de Felipe II. Y a ello se debieron también, del otro lado de los Pirineos, los juicios tantas veces repetidos contra los franceses de aquel tiempo, personas pendencieras, ergotistas, indignas de confianza, que se desanimaban ante cualquier fracaso, pero porfiadas y dispuestas siempre a negar sus derrotas o a revocar sus concesiones. Es evidente que el nacionalismo español distaba mucho de ser homogéneo y de expresarse de un modo sostenido. Fue formándose poco a poco, conforme fueron acumulándose los años de grandeza, hasta manifestarse a la luz del día, con sus temas propios, dejándose llevar por el espejismo de la idea imperial. Bajo esta forma compleja no llegó a revelarse todavía, en la época de Carlos V o de Felipe II, estos grandes luchadores y constructores, sino con mucho retraso, en el siglo XVII, cuando el imperio se estaba ya agrietando, en tiempos del rey «Planeta», Felipe IV, y del conde-duque de Olivares, en la época de Velázquez, de Lope de Vega y de Calderón.
Coherencia semejante no la encontramos en Italia. Sin embargo, también aquí apunta un innegable nacionalismo, por lo menos un orgullo de la italianidad, con la convicción que late en cada italiano de pertenecer al mundo más civilizado, aureolado por el pasado más glorioso. En cuanto al presente, ¿acaso es tan miserable? «Constantemente se repite que los españoles y los portugueses han descubierto el Nuevo Mundo, cuando fuimos nosotros, los italianos, los primeros en abrirles el camino», escribe Bandello altivamente, al
principio de uno de sus cuentos[225]. El historiador Di Tocco ha enumerado minuciosamente las quejas y las cóleras que inspiró a los italianos «patriotas» el fin de las libertades de la península después del Tratado de Cateau-Cambrésis y la victoria, a partir de entonces irremediable, de los
españoles[226]. ¿Y cómo olvidar tantas políticas, tantos sueños de unidad, y los gritos apasionados de un Maquiavelo, y a un Guicciardini, presentando en
un solo bloque el pasado italiano durante los años que acababa de vivir?[227] Por muy dispersos que aparezcan, son signos evidentes e innegables de nacionalismo y de unidad.
Otro signo más importante aún (pues la política no es lo esencial de esos destinos coherentes) es el del desarrollo de la lengua toscana. E, igualmente, el de la lengua castellana, que en el siglo XVI se expande por toda la península ibérica, convirtiéndose desde entonces en la lengua literaria, empleada por los escritores de Aragón desde la época de Carlos V. Un noble aragonés,
contemporáneo de Felipe II, escribió en castellano su diario[228]. La lengua castellana se adueña incluso de los medios literarios de Lisboa, en la gran época de Camoens. La adoptan también las clases altas de España entera, asimilándose con ella, junto a los temas literarios de Castilla, sus temas religiosos, sus formas de culto. Es curiosa la historia del patrono de Madrid, San Isidro, el santo labrador, que va hasta Cataluña a destronar a los antiguos santos de la devoción campesina, San Abdón y San Senén principalmente, patronos de numerosas cofradías de la tierra. Lo único que de ellos queda son las imágenes conservadas en las iglesias antiguas: los labradores de Cataluña los abandonan en el siglo XVII para ir detrás del recién llegado, de San Isidro,
patrono de todos los labriegos de España[229]. Este episodio nos cuenta, a su manera, la historia de la formación de la unidad española.
Esto atrae nuestra atención hacia la coherencia de los espacios históricos que, al amparo de los horizontes peninsulares cerrados, tienden a la unidad. Las fronteras de la Península, sin embargo, no tienen nada de infranqueables: no existen esas fronteras «eléctricas» que Ramón Fernández imaginaba en torno de España. Semejantes fronteras no han existido nunca, ni en los Pirineos, ni en el sur de los Alpes, ni en el Danubio, o en los Balcanes, o en las montañas de Armenia, región de rutas y de mescolanzas étnicas por excelencia; ni en las montañas del Taurus, del Atlas o del Sahara, al sur de la Pequeña África. Lo cual no es óbice para que las penínsulas estén bordeadas de obstáculos que entorpecen los intercambios y las relaciones reduciéndolas a lo más esencial, a lo más preciso e incluso, diríamos, a lo excepcional. Y esto es importante. Parafraseando la fórmula de Metternich, A. Renaudet dice de la Italia del siglo XVI, fraccionada, imprecisa en sus contornos (aunque no sea más que del lado del Piamonte), que es simplemente una expresión
geográfica[230]. Pero ¿acaso una expresión geográfica es tan poca cosa como eso? Es el destino de un conjunto histórico, en la medida en que es el de un espacio trabajado y surcado fácilmente por los mismos grandes acontecimientos, acontecimientos que han sido, en cierto modo, prisioneros de ese espacio y que han tropezado siempre, sin poder franquearlo, con el obstáculo de sus límites. Para Gioacchino Volpe esto es aproximadamente lo que hay que entender cuando se habla de unidad italiana. Lo mismo podría decirse de la península ibérica; el drama de la conquista musulmana y de la Reconquista, drama que ocupó el centro de su vida durante siete siglos, permaneció en sus rasgos esenciales prisionero dentro de sus fronteras. Precisamente eso fue lo que consolidó lo fundamental de su unidad, lo que la hizo capaz de transformar las influencias de fuera; para aceptar de Europa el gótico, aunque sobrecargándolo de las florituras del plateresco y del arte mudéjar; y para tomar más tarde el barroco, del que sale, por último, el churrigueresco. Del mismo modo que el norte de África, invadido por el islam, imprimió a este muy pronto su tonalidad particular y se dejó gradualmente «desislamizar, desorientalizar y berberizar» por sus
marabús[231].
Los altos muros que bordean las penínsulas hacen de cada una de ellas un
mundo marginal, con su originalidad, su sabor y su acento propios[232].
Cada vez que una de estas unidades peninsulares se afirma en el plano político, se produce algún cambio histórico de importancia. Recordemos, en el lejano pasado, las consecuencias de la unidad de Grecia, llevada a cabo por los macedonios, o las de la unidad de Italia, realizada en provecho de Roma. A principios del siglo XVI, los Reyes Católicos forjaron la unidad española: ¿no fue la suya una fuerza verdaderamente explosiva?
Y es que, si las penínsulas permanecen bastante cerradas del lado de las masas continentales, lo mismo las de Europa que las de Asia o África, en cambio se abren ampliamente sobre el mar, agresivamente cuando son fuertes, o para ser conquistadas cuando son incapaces de defenderse.
¿Es esta, acaso, la razón que las lleva a vivir tan curiosamente asociadas por parejas? Es verdad que Italia llegó a dominarlas a todas en tiempo de Roma, porque supo hacerse la dueña del mar; pero esto no pasa de ser una excepción. En general, las conquistas de península a península no presentan semejante amplitud triunfal; se reducen más bien a simples abordajes entre dos barcos. Por ejemplo, el que permitió al Asia Menor apoderarse de la enorme península de los Balcanes, a fines del siglo XIV y comienzos del XV, despejando así el camino para la gran conquista turca; o el que precipitó al África del Norte sobre la vecina Iberia a comienzos del siglo VIII. Así se han formado, por periodos más o menos largos, esos bicontinentes de que antes hablábamos: el de Anatolia y los Balcanes en tiempos de Bizancio y más tarde del Imperio turco; el del norte de África e Iberia en la Edad Media, recia
asociación[233], pero que la ruptura de 1492 habría de destruir para muchos siglos, a pesar de los esfuerzos de portugueses y españoles por reconstituir la unión medieval. Asociación tan fructífera que nunca llegará a morir del todo… Dos nuevos abordajes se produjeron durante el siglo estudiado en este libro: uno entre España e Italia, cuya unión, sellada en 1559, estaba llamada a durar más de un siglo, pese a los espacios que entre ambos países interponía
el Mediterráneo occidental, y a tantas hostilidades como se produjeron[234]; otro, entre los Balcanes y el norte de África, este barco durante tanto tiempo privado de capitán y del que los turcos, como es sabido, no llegaron a apoderarse más que a medias.
Estos desposorios, estas vidas dobles, unas que se deshacen y otras que se establecen, resumen lo esencial de la historia del mar. Alternativamente conquistadores y conquistados, los universos peninsulares preparan, durante los periodos silenciosos de su vida, las futuras explosiones. Así, antes de que los beréberes conquistaran España en el siglo VIII, se produjo el poderoso ascenso demográfico del Magreb; del mismo modo que, mucho después, antes de la conquista de los Balcanes por los turcos, se advierte una progresiva superpoblación del Asia Menor, donde parece operarse el cambio del nomadismo a la vida semisedentaria, cosa ya de por sí reveladora. Y, a la inversa, toda conquista es un desgaste; Italia se despobló desde el momento en que, en la época de Roma, llevó a cabo la monstruosa conquista de todos los países del Mediterráneo.
Así pasa de península a península la primacía política, y con ella, las demás, la de la economía y la de la civilización. Pero estas transferencias no se producen todas a un tiempo. Rara vez colman una península de todos sus dones al mismo tiempo. De ahí la imposibilidad de clasificar esos mundos en movimiento los unos en relación con los otros. ¿Por qué razón estos son más fuertes, más brillantes o más desarrollados que aquellos? La respuesta nunca es fácil. Por ejemplo, el Magreb no ha sido el eterno rezagado que Émile-Félix Gautier nos presenta en sus libros: tuvo también sus periodos de esplendor y hasta de supremacía. ¿Quién podría ignorar la importancia de la Cartago púnica? ¿Y la de la conquista de las Españas en el siglo VIII, la de Sicilia en el IX y la de Egipto en el X? No olvidemos, por último, que en el terreno espiritual, el norte de África era, en tiempos de Apuleyo y de San Agustín, el gran baluarte de la Iglesia y de la cultura latina, mucho más que
Italia, en aquel tiempo menos rica culturalmente que aquella provincia[235].
Las hipótesis de Ugolini[236], construidas un poco precipitadamente con ocasión de unas importantes excavaciones arqueológicas en Malta, suponen que la civilización del mar interior nació, no en el Oriente, como se pensaba, sino en el Occidente, en España y el norte de África, mucho antes del segundo milenio anterior a la era cristiana. De España y de África, la civilización, según esta hipótesis, pasó a Italia y al resto de Oriente; después, pero solamente después, el movimiento refluyó hacia el oeste. Nos place imaginarnos, aunque el itinerario indicado no sea exacto, esta carrera de relevos a través del interminable pasado, a lo largo de todas las costas y de las rutas del mar, en que la antorcha va pasando de una isla a otra, de una península a otra. A la vuelta de las centurias o los milenios, la llama vuelve a pasar por donde ya brillaba antaño. Pero nunca es la misma.
¿Sueños quizá? Sin embargo, en esta larga noche del pasado, ha hecho sentir su fuerza una ley de física, más o menos imperiosa. Se cree, y ello es muy probable, que la gran fuerza de la vida del mar se apoderó, ante todo, de las parcelas más ligeras del suelo, más ingrávidas, de las islas, las porciones del litoral, impeliéndolas desde entonces sin descanso, como los mares, en las
mareas del norte, impelen los guijarros en las playas[237]. Al hacerse más fuerte, más exigente, esta vida de conjunto atrae a su flujo cuerpos más pesados, como las penínsulas: entonces la historia del mar alza el tono… Pero las verdaderas grandes horas son aquellos momentos en que el mar llega a atraer a masas continentales enteras. Son las horas en que César llega a las Galias, en que Germánico cruza el Elba, en que Alejandro pasa el Indo, en que los árabes llegan a la China o los marroquíes acampan junto al Níger…
En estas grandes horas, el Mediterráneo histórico se expande sin límites. Pero ¿hasta dónde se expande en el espacio, hasta dónde agranda sus dominios? Esta pregunta envuelve por sí sola un problema, problema en verdad difícil y discutible. Tal vez el problema por excelencia, cuando se trata de dilucidar el destino del Mediterráneo.