El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Comparaciones actuales
La conclusión no consiente ambigüedad alguna. Habíamos esperado encontrar en este material la medida coyuntural del espacio físico peculiar al siglo XVI, pero podemos adivinar, antes, incluso, de haber terminado nuestro análisis, que dicho espacio se mantiene constante; nos encontramos, una vez más, en presencia de un rasgo estructural persistente. El hombre puede atacar el espacio como mejor le parezca, hacer saltar en pedazos los remos de las galeras reforzadas, reventar los caballos de las postas, o imaginarse, cuando el viento es favorable, que vuela sobre el mar, pero el tiempo le resiste oponiéndole su inercia y vengándose a diario de sus ocasionales éxitos. Esto no impide que algunos de dichos triunfos despierten nuestra curiosidad del mismo modo que despertaron la de los contemporáneos: La noticia de la muerte de Carlos IX viajó de París a Cracovia en 13 días, según nos informa
Sully[62]; la noticia del nacimiento de un nieto de Francisco I, en enero de
1544, vuela en dos días de Fontainebleau a Lyon (420 kilómetros)[63], y una estafeta turca irá en cierta ocasión de Estambul a Erzurum en 18 días,
reventando un buen número de caballos[64], con far creppar molti cavalli. Todas estas hazañas tienen su valor, y lo mismo otras que se podrían citar, y es útil comparar sus tiempos con las medias alcanzadas recurriendo a los
sistemas ordinarios[65]. Pero no es esto lo esencial: lo importante es que medias y cifras que constituyen una marca son sensiblemente las mismas antes y después del siglo XVI. Mercancías, barcos y gente viajan tan aprisa, o
tan lentamente, en la época de los papas de Avignon[66], o en Venecia durante
la primera mitad del siglo [67] XV , como se viajaba durante el siglo de
Luis XIV. No habrá cambio importante alguno hasta los últimos años del siglo XVIII.
Comparaciones actuales
«Si tomamos en cuenta todos los factores [escribe un economista][68], vemos que el espacio de la economía mundial, en la Antigüedad romana, podía recorrerse de 40 a 60 días, utilizando los mejores medios de transporte; este espacio se extendía entre las Columnas de Hércules y las fronteras del reino de los partos, entre la desembocadura del Rin y la franja del desierto africano. En nuestros días (1939), tardamos también, sobre poco más o menos, de cuarenta a sesenta días en cubrir todo el espacio de la economía mundial moderna. Esto, suponiendo que se empleen solamente los medios normales de transporte de mercancías y se prescinda de los territorios carentes de importancia económica y desprovistos de medios de transporte».
No suscribo las medidas tan rápidas ni las cifras que da el autor acerca de la velocidad de los medios de transporte en la época romana, cuyo promedio
sería, según esto, de unos 50 kilómetros diarios[69]. Pero no se trata de dar medidas exactas; lo más que se puede pretender es descubrir un orden de magnitudes. En este sentido, el Mediterráneo del siglo XVI seguía teniendo, grosso modo, las dimensiones «romanas», es decir, las de mil años antes. O, dicho de otra manera, el Mediterráneo del siglo XVI corresponde, mutatis mutandis, al mundo de 1939, visto en su conjunto. Es, pues, inmenso, desmesurado. Solo comparativamente merece su reputación de «humano» cuando el hombre del siglo XVI comienza a debatirse con otros monstruos, como el océano Atlántico, para no hablar del Pacífico, junto a los cuales el Mediterráneo parecía un animal doméstico, aunque no era en modo alguno el «lago» del siglo XX: patria sonriente de los turistas y los yates que pueden tocar tierra en todas direcciones en unas cuantas horas y que el Oriente-Express recorría ayer velozmente. Para comprender lo que era entonces este mar necesitamos inflar su espacio todo lo que nos permita la imaginación. Recurrir a las imágenes anacrónicas de aquellos viajes en los que hay que emplear meses y años, y, a veces, toda una vida.
No es difícil descubrir paralelos con el siglo XX: por ejemplo, los viajes de esos mercaderes tártaros, contemporáneos nuestros, y que Aldous Huxley nos describe en su Vuelta al mundo, que cruzan el Himalaya para llegar hasta Cachemira y la India, después de haber llenado sus bolsas de monedas de oro
(las monedas de 10 rublos de antes de la revolución, precisa Huxley)[70]. Románticos personajes que pueden evocar en nosotros lo que eran, en el siglo XVI, los viajes a Siria, al extremo del Mediterráneo, donde se enfrentaban y relacionaban entre sí mundos diferentes, que no podían confiar el uno en el otro. La letra de cambio no tenía curso allí; todas las operaciones se hacían por medio del trueque y por dinero contante y sonante. Los mercaderes de la época tenían que ir cargados de metal amarillo o blanco, como los tártaros de nuestros días.
¿Se creerá que recurro a una fácil paradoja si pretendo relacionar las guerras de religión de Francia con la China de ayer, con sus monstruosas guerras civiles, sus invasiones extranjeras, sus matanzas, sus hambres y —en medio de vastos espacios— sus ciudades encerradas en sí mismas, rodeadas de murallas cuyas puertas se cierran al caer la noche? Deslizándose entre las ciudades, un puñado de guerrilleros puede abrirse paso impunemente y llegar desde el alto Setshuem hasta Chantung. Así se agotó la Francia de los últimos Valois, en cuyo territorio se perdían a cada paso las bandas de aventureros, forasteros o autóctonos. No hay riqueza que no se consuma a la larga, y, sin embargo, sabe Dios cuán rica era Francia en el siglo XVI: un auténtico cuerno