El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Los oasis

Antes y después de la llegada de Vasco de Gama, el océano Índico es un universo autosuficiente; recibía el trigo de Diu, las telas de algodón de Cambaya, los caballos de Ormuz, el arroz y el azúcar de Bengala; y el marfil, los esclavos y el oro de la costa austral de África. Estas tierras tenían de qué vivir; las necesidades y la producción estaban en ellas bien equilibradas. El Índico requiere del exterior lo superfluo. Del Pacífico, la seda, la porcelana, el cobre, el estaño y las especias; y del occidente europeo los tejidos y, en mayor grado, las piezas de plata. A no ser por la continua oscilación de los valores de las monedas de plata, la larga ruta del océano Índico no se hubiera dejado suplantar fácilmente por la del Mediterráneo. En el Mediterráneo había demanda de pimienta, de especias, de seda, una demanda acuciosa y febril; pero sin la pasión de la India y la China por el metal blanco esta demanda podía, posiblemente, haber quedado insatisfecha.

El comercio de Levante acusa una extrema tensión: no es ni natural ni fluido. Supone una continua sucesión de esfuerzos, de etapas, sin los cuales la ruta no sería posible, y ello hace que se torne muy frágil y complicada. Cualquier choque un poco violento, y todo el sistema se trastrueca. Basta pensar en lo que significa la conservación de un saco de pimienta procedente de la India, o de un saco de clavo o de canela importado de Insulindia, hasta llegar a alguna tienda de Alepo y de allí a Venecia, o a Núremberg…

 

Los oasis

 

Nomadismo de rebaños y de hombres, caravanas de transporte, incesante movimiento de pueblos eternamente en marcha: tales son las características más evidentes, para un occidental, de las regiones áridas. Sin embargo, el desierto no es solamente movimiento. Si olvidásemos esto, menospreciaríamos las ciudades inmóviles y las tierras preciosas que las rodean, obras de arte de civilizaciones rurales sabiamente creadas para la explotación del agua fluvial, del agua de las fuentes o del agua subterránea. Esta victoria, obtenida desde hace milenios por el hombre del Cercano Oriente, comenzó quién sabe cuándo, hace muchísimo tiempo, tanto en Egipto como en Mesopotamia o Irán, en el Turquestán y en las márgenes del océano Índico, y transmitida, enseñada, y a la par renovada y enriquecida, se propagó hacia el norte de África y el Mediterráneo meridional.

Estos oasis son apenas puntos, minúsculos puntos de apoyo. En el siglo XVI, Egipto era una doble franja de campos cultivados, con un delta mal conquistado por el hombre. En la época de su antiguo esplendor,

Mesopotamia era una extensión de 20 [57] 000 a 25 000 kilómetros cuadrados

de fértiles jardines con gran abundancia de aguas: extensión casi imperceptible sobre el mapa. Pero los oasis son puntos de concentración de población, de verdaderas ciudades agrícolas, donde las calles corren paralelas a los canales de irrigación. Su vida puede comprenderse examinando los actuales jardines-huertos del sur argelino, cercados por muros de tierra, con su sabia irrigación, su legislación sobre las aguas, sus gobiernos diligentes, su régimen de cultivo aún más tiránico que el de las llanuras del Mediterráneo. ¿Qué es el régimen de trabajo de los arrozales de Lombardía, comparado con la vida reglamentada por el código de Hammurabi? En Valencia y en otras regiones donde los riegos han introducido sus leyes estrictas, hay, a pesar de todo, lugar para el individualismo, para una semilibertad. El oasis impone una coacción total; y a semejanza de las más auténticas llanuras, reclama brazos, exige y consume gran número de hombres.

En este clima hostil, el hombre se desgasta; hacen mella en él una serie de epidemias, además del paludismo. En su viaje a Egipto, Belon du Mans tenía la cara tan plagada de picaduras de mosquitos que pensó que tenía

sarampión[58]. La vida del oasis exige, pues, un constante reaprovisionamiento de hombres. La esclavitud de los negros existió en los oasis saharianos mucho antes que en América. Y lo mismo en Egipto, que durante todo el curso de su historia ha sostenido lazos permanentes con el Sudán y Abisinia; de ahí los rasgos negroides que marcan a tantos fellahs de las orillas del Nilo. En cuanto a Mesopotamia, parece haber sido tributaria de las montañas que la rodean por el norte y el este. En la Edad Media era una sucursal de Persia, que encontró aquí campo propicio para esparcir las flores de la civilización y para situar en estas tierras sus grandes peregrinaciones y sus capitales. Se dice que la incuria de los turcos acabó con los jardines persas de Mesopotamia. ¿Pero es esto exacto? ¿No lo harían más bien deliberadamente? Al separarla de Irán, Mesopotamia quedaba cortada de su indispensable fuente de aprovisionamiento de hombres. Al beduino ya no le era difícil llevar sus rebaños hasta los confines de ese país moribundo, ni instalar allí, a menudo, su rudimentaria agricultura de aprendiz de sedentario.

Excelente ocasión para medir de nuevo cuán frágiles son los cultivos agrícolas —los de las planicies o los del oasis—, en cuanto son una obra que constantemente hay que recrear, asegurar y defender contra enemigos naturales siempre en acecho; en el caso de Mesopotamia, estos enemigos son la arena, el azolve de los canales y la ruptura de los diques, además de esos seres casi primitivos que vagan nómadas por las estepas vecinas y de los cuales hay que protegerse como de la langosta. Todavía a finales del siglo XIX no había en Mesopotamia una sola ciudad que no poseyera su torre y sus