El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Las crisis políticas urbanas
Estos problemas de las ciudades, su cotidianidad gris, no tienen el porte dramático de los conflictos políticos en que la evolución del siglo las sumerge despiadadamente una tras otra. Sin embargo, no debemos exagerar demasiado esta historia espectacular. Y lo que debemos evitar especialmente es juzgarla de acuerdo con los sentimientos de la gente de la época, siempre verdugos o víctimas; por ejemplo, debemos guardarnos muy bien de juzgar a Florencia con la rudeza que lo hacían los pisanos, y tratar de comprender el proceso que las aprisiona entre sus engranajes, o parece hacerlo. El hecho es que, aunque triunfen los Estados, las ciudades sobreviven, tan decisivas, después de haber inclinado la cerviz, como lo habían sido antes.
Los cronistas y las historias políticas de la época nos ofrecen una interminable relación de catástrofes urbanas. A veces, catástrofes de grandes proporciones. No afectan solamente las instituciones, los hábitos o las vanidades locales; afectan también la economía, la aptitud del hombre para crear y la misma felicidad de las comunidades urbanas. No obstante, en la mayoría de los casos, lo que se derrumbó carecía en general ya de base, y con frecuencia los conflictos se arreglaron amigablemente sin aparente drama y los nuevos frutos, a veces amargos, tardaron mucho tiempo en madurar.
Para ver los primeros signos de esta larguísima crisis hay que remontarse a comienzos del siglo XV; por lo menos en Italia, que, una vez más, manifiesta en esto una singular precocidad. En unos cuantos años sucumbieron Verona,
tomada por los venecianos en abril de 1404[324]; Pisa, que en 1405 pasó a
manos de los florentinos[325]; Padua, que en 1406 fue tomada por los
venecianos[326]; y en 1426 y 1427, respectivamente, Brescia y Bérgamo, en las lindes del Milanesado, pasaron a ser, hacia el oeste, las avanzadas siempre
en guardia de la tierra firme veneciana[327].
Pasan los años, y las crisis interiores, las interminables querellas y las dificultades económicas precedentes y consiguientes hacen vacilar la misma Génova. En los cuarenta años que van de 1403 a 1443 estallan 14
revoluciones[328]. La presa era tentadora, y por fin se apoderó de ella el rey de Francia en 1458, y más tarde los Sforza, en 1464; Génova se desembarazó de sus ocupantes para volver a llamarlos más tarde: primero a los Sforza y después a los reyes de Francia. Sin embargo, perdió su imperio sobre el Mar Negro. Perdió también, en su propia vecindad, Liorna. Fue un milagro que
lograra rehacerse, a pesar de sus dificultades[329], entregándose a medias a la Francia de Francisco I y traicionándola en 1528, con Andrea Doria, en favor
de España, con motivo de lo cual se dio una constitución oligárquica[330]. Pero aun antes de esa fecha era ya lo suficientemente fuerte para defender lo suyo y posesionarse de lo ajeno. En 1523, las milicias genovesas se
apoderaron de Savona; de 1525 a 1526[331], el vencedor se encarnizó sobre su presa, demolió el dique que protegía el puerto, cegando este, y poco después, en 1528, a raíz de una tentativa de la ciudad para rebelarse y entregarse a los
turcos[332], volvió a tomarla por asalto y demolió sus torres con la mira de construir en su lugar fortalezas para vigilarla y hacer frente al peligro
saboyano[333]. Pero ya para entonces se habían producido en el Mediterráneo catástrofes mucho mayores.
En 1453 fue la caída de Constantinopla, hecho simbólico en más de un respecto; en 1472 capitulaba Barcelona ante las tropas de Juan II de Aragón. Así caía por tierra una ciudad imperio, y una ciudad dotada de un gran territorio, pues Barcelona venía a ser un Estado dentro del Estado. En 1480, y de una manera amigable, el rey de Francia se posesionó de Provenza y de Marsella. Granada sucumbía en 1492. Había llegado la gran hora de la derrota de estos Estados-ciudades, demasiado angostos para sobrevivir en la lucha contra los grandes Estados. Desde entonces, estos últimos señalan el derrotero. A comienzos de siglo, algunas ciudades se apropiaron de otras, ensanchando su territorio: Venecia constituía la tierra firme, Milán creaba el Milanesado, Florencia se convertía en la Toscana. Los vencedores, en adelante, serán el turco, el aragonés, el rey de Francia y los reyes asociados de Aragón y de Castilla. Los incendios, largo tiempo apagados volvieron a arder, pero brevemente. Pisa, conquistada en 1406, recobra su libertad en 1494; subyugada de nuevo en 1509, es abandonada ahora por sus habitantes que, en
masa, se refugian en Cerdeña, Sicilia y otras regiones[334]. Estallaron, incluso, nuevos incendios: en 1521, las vigorosas y orgullosas ciudades de Castilla fueron reducidas al orden en Villalar… El Estado-ciudad, a lo largo de la costa del Mediterráneo, resistíase a morir. En 1540 le llegó la hora a Perusa, que hubo de doblegarse ante el soberano pontífice en el curso de la Guerra
del Sale [335] , conflicto puramente fiscal y sin gloria…. Por la misma época, en 1543, el catastrófico endeudamiento de las ciudades napolitanas bastó para
dar al traste con sus últimas libertades[336]. La ciudad de Aquila, en los Abruzos, es un cuerpo mutilado, por lo menos desde que Filiberto de Chalon la despojó, en 1529, de sus preciosos castelli y peajes, en 40 millas a la
redonda[337] [338] . A comienzos del siglo XVII, Alonso de Contreras mandaba la guarnición de soldados españoles allí estacionada; maltrataba imprudentemente a los regidores y atropellaba a sus magistrados. Esta querella de campanario se podría, quizá, considerar como una de las últimas llamaradas de los incendios que ardieron durante casi dos siglos. La historia interior de Roma y de Nápoles ofrecería millares de anécdotas y hechos diversos de la misma mediocre pero significativa importancia.
¿Qué era lo que desaparecía en esta larga crisis? La ciudad, la ciudad medieval, dueña de sus destinos, con una política de puertas adentro, firmemente enclavada entre huertos y jardines, sus viñedos y sus trigales, los litorales y las rutas cercanas y a mano de sus vigías. Esta ciudad desapareció, como suelen desaparecer los paisajes y las realidades históricas, dejando tras sí una estela de recuerdos, testimonios y asombrosas reminiscencias. La Terraferma veneciana continúa siendo una federación de ciudades, con sus libertades, sus aduanas y su semiindependencia. Lo dicho vale también para Luca, que podemos contemplar con los ojos de Montaigne, sin sonreír demasiado ante la vigilancia militar de la minúscula República. O, mejor aún, detengámonos ante Ragusa. En pleno siglo XVI, era la imagen viva de la Venecia del siglo XIII, uno de aquellos Estados urbanos de antaño, semejantes a los que pululaban en las costas comerciales de Italia. Las viejas instituciones urbanas estaban en vigor, intactas, bien aceitadas, en pleno funcionamiento, y todavía hoy podemos estudiar los preciosos documentos referentes a ellas. Cuando los historiadores nos quejamos de no encontrar nunca en su sitio los documentos del siglo XVI, culpamos de ello a la negligencia, a los incendios, a las destrucciones y saqueos que a ello contribuyeron. Acusamos también, más aún, el tránsito del Estado urbano al Estado territorial, a estos múltiples desajustes institucionales, que lo embrollan todo. Aquí, el Estado-ciudad, con su meticulosa vigilancia, está ya fuera de sitio, y el Estado territorial aún no ha venido a desplazarlo; salvo quizá en Toscana, donde el «despotismo ilustrado» de los Médicis facilitó el cambio. Pero en la impertérrita Ragusa todo está admirablemente ordenado en el Palacio de los Rectores: los documentos judiciales, los registros de los atestados, los títulos de propiedad, las correspondencias diplomáticas, los seguros marítimos, las copias de las letras de cambio… Si hay alguna posibilidad de llegar a comprender el Mediterráneo del siglo XVI, es en este centro privilegiado y mal investigado, tanto más cuanto que los barcos mercantes ragusinos recorrían el mar en toda su extensión, entre el islam y la cristiandad, desde el Mar Negro hasta las columnas de Hércules.