El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Emigración y balanza comerciales
El movimiento de mercancías conlleva un movimiento de dinero, del
norte al sur y del sur al norte[208]. De modo que el gran acontecimiento de 1585, la promoción de Fráncfort del Maine, conocida ya por sus ferias mercantiles, al rango de ciudad y feria con cambio de moneda, ocurre en el momento más indicado. A este acontecimiento le siguen otros: la fundación, en 1609, del Banco de Ámsterdam (de importancia mundial, como es bien sabido); la del Banco de Hamburgo, en 1619, y la del Banco de Núremberg,
en 1621[209]. Aunque no era nueva toda esa circulación, la nueva circunstancia ayuda a fijar sus rutas, sus medios de transporte y los puntos de parada.
Emigración y balanza comerciales
¿Qué conclusiones podemos sacar una vez consideradas todas esas transacciones, políticas o no, y después de analizar unas circunstancias más supuestas que conocidas? Creemos que se pueden reducir perfectamente a dos constataciones: 1. La balanza comercial se inclina decididamente en beneficio del sur. 2. Es evidente la amplia invasión de mercaderes italianos en todos los lugares de Alemania, invasión que se inicia, probablemente, alrededor de
1558[210]; ese flujo compensador no declina ni siquiera ante los desastres alemanes en la Guerra de los Treinta Años.
Nada más natural que este balance resulte desfavorable al norte. Sus ciudades, sus mercaderes y sus artesanos son unos alumnos con la atención puesta en sus maestras, las ciudades del sur. Los hombres de negocios se han aprovechado durante largo tiempo de la ignorancia y el atraso del sur. Lo que el mercader de Núremberg fue para la Europa Central, lo fue el mercader milanés o veneciano para Núremberg y las demás ciudades alemanas. Todo aprendizaje se paga, y a veces durante largo tiempo. Los productos del sur, más numerosos y más caros por unidad, superan a los productos importados del norte. De este desequilibrio y de los pagos en numerario que de él resultan nos quedan pruebas tangibles: en Venecia y en Florencia hay siempre letras de cambio (sobre los países del norte) a disposición de los compradores; los genoveses están muy bien informados de dicha circunstancia, y recurren con frecuencia a este método cuando hay que pagar en el norte las sumas de dinero previstas en sus asientos con el rey de España: evidencia de que la balanza comercial era claramente favorable a Italia, por lo menos en estas dos ciudades esenciales. Una prueba todavía más evidente nos la proporcionan las repetidas quejas de las ciudades alemanas en el siglo XVII. Hacia 1620 (es decir, una fecha tardía) se les reprocha a los mercaderes de Augsburgo el
enviar «grandes cantidades de preciosas monedas a Italia»[211]. La misma
acusación se les hace más tarde a los mercaderes de Fráncfort[212]. Y existen
otros ejemplos[213]. Según el testimonio de los Cinque Savii, cuando los holandeses llegan a Venecia, su balanza, a la altura de 1607, era
deficitaria[214].
Así Alemania, y el norte, en general, contribuyen a la prosperidad italiana, ofreciéndole apoyo, ventajas y asociándola abiertamente a su propia actividad económica. Esta última continuaba todavía viva en las primeras décadas del siglo XVII. Augsburgo llega al ápice de su riqueza efectiva en
1618[215] [216] , y Núremberg ve prosperar su actividad bancaria hasta 1628.
Venecia, por su parte, continúa desempeñando su función de clearing house para los pagamentos compensatorios, como dice en pocas palabras un mercader italiano (de Cremona): auf Fráncfort gezogen und […] gen Venedig
remittiert [217] girado sobre Fráncfort y enviado a Venecia.
En segundo lugar tenemos la enorme operación de penetración de las ciudades alemanas por los mercaderes italianos. Venecia, a partir de 1558, irá
en cabeza[218]. Los mercaderes alemanes del Fondaco habían tenido hasta aquel momento el monopolio, al norte de los Alpes, de todas las compras con
destino a Venecia, salvo caballos, armas y vituallas[219]. Durante la segunda mitad del siglo XVI cae en desuso la antigua prescripción y los mercaderes venecianos intervienen cada vez más activamente en los mercados alemanes. Más que de venecianos de Venecia, se trata aquí de venecianos de la Terraferma, una nueva generación de mercaderes. Este es el caso de Bartolomeo Viatis, un bergamasco que había ido a vivir a Núremberg en 1550, contando doce años de edad, y que a fuerza de puños se abre paso hasta
el lugar más alto, con el mismo rango que los Koch[220]. Trafica a gran escala, con telas, productos de Levante, plumas de avestruz y pieles de camello; posee varias habitaciones en el Fontego dei Todeschi, y con ocasión de la misión de Marco Ottobon a Danzig deja de lado sus propios intereses y pone su crédito, que era considerable, a disposición de la señoría de Venecia. Cuando, cargado de años y de familia, muere, en 1655, deja una fortuna evaluada en más de un millón de florines. Naturalmente, no todos los mercaderes italianos alcanzan triunfos tan espectaculares, pero sus negocios representan por lo general sumas muy considerables, tanto en Colonia (a
pesar de numerosas quiebras) como en Núremberg, Praga[221] o Augsburgo, e igualmente en Fráncfort y Leipzig, dos ciudades que van a más cada día que pasa.
Es indudable que estos mercaderes inmigrados han ayudado a sus ciudades a adecuarse a una Alemania que va encontrando poco a poco, durante el siglo XVII, «sus nuevos puntos cardinales», y cuyo eje se va a establecer entre norte y sur, sobre la nueva línea de Fráncfort a Leipzig y, más o menos, sobre el eje Hamburgo-Venecia. La batalla que libran los mercaderes italianos contra los mercaderes locales, y en mayor grado, contra los negociantes holandeses —esos calvinistas contra los que Leipzig se
levanta, en mayo de 1593—[222] es un combate llamado a durar largo tiempo. En 1585, cuando se establecen en Fráncfort las ferias de cambio, vemos que 22 firmas de un total de 82 que habían pedido esta innovación en la ciudad,
son italianas[223]. Así sucede en el siglo que toca a su término y así sucederá en el que comienza. En 1626, un informe holandés dirigido a los Estados Generales de Holanda señala que los venecianos no solo aprovisionan a sus vecinos, «sino también a Alemania, a precios notablemente más bajos que los
holandeses, en todas las mercancías de Levante»[224]. En Colonia, en Fráncfort, en Núremberg y en Leipzig se mantiene la presencia de mercaderes italianos —muy sensible a partir de 1580— hasta más allá del 1600. Todavía a la altura de 1633, cuando los suecos toman Núremberg al asalto, se ve a los venecianos izar muy alto el estandarte de San Marcos para proteger sus
almacenes, prueba evidente, en cualquier caso, de su presencia allí[225]. Y en 1604, Venecia, que había preservado casi intacto el monopolio del suministro de algodón a las industrias alemanas de fustanes, exige que se quintupliquen los medios de transporte existentes tanto para el viaje de ida a Alemania como para el de vuelta.
Así Italia, y, por su mediación, el Mediterráneo, influye durante largo tiempo sobre los vastos espacios de la Europa del Norte, y permanece sólidamente afincada en Amberes, centro financiero que conserva siempre su importancia, a despecho de (o, posiblemente, por su causa) la guerra
endémica de los Países Bajos. La Embajada, en 1603, de B. C. Scaramelli[226]
restablece las buenas relaciones con Inglaterra. Poco después, en 1610[227], se establecen relaciones amistosas entre Venecia y Ámsterdam. En 1616, los procónsules y senadores de Hamburgo piden a Venecia que instale un
consulado en su ciudad[228]. En fecha tan temprana como la de 1599, Sebastian Koch, cónsul de Hamburgo en Génova, se ofrece para representar
también los intereses de los capitanes de Danzig[229]. En resumen: por muy engañoso que pueda resultar a veces un cuadro descriptivo, podemos considerar probable el que esta área comercial de la línea central alemana haya mantenido abiertas sus puertas en ambos sentidos hasta bien entrado el siglo XVII.