El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Primeras crisis: el trigo del norte en Lisboa y Sevilla

3. Debemos hacer notar que estas crisis conducen a soluciones o compromisos, incluso la última de ellas, de la cual no debemos interpretar mal ni la amplitud ni el carácter relativo.

Hablar, incluso, de crisis o de equilibrios es una forma de simplificar en exceso. Se produjo lo que los economistas llamarían una crisis marginal, cuyos equilibrios subyacentes —en profundidad— limitan la intensidad de catástrofes y tensiones. En plena crisis, el senado veneciano puede decir, y con razón, el 16 de junio de 1591: «la experiencia ha demostrado que la cosecha habitual de trigo y granos en nuestro Estado es algo inferior a la requerida para cubrir nuestras necesidades», un poco men che bastevoli al

bisogno[290].

Creo, pues, que para empezar debemos estudiar estas cuatro crisis una a una, y —segunda precaución— no cargar nunca las tintas de un cuadro ya de por sí poco alegre. El drama de la importación del trigo, sea de lejos o de más lejos, nos da la medida del hambre de los hombres y —también— de la riqueza de los compradores.

 

Primeras crisis: el trigo del norte en Lisboa y Sevilla

 

Las evidencian la llegada de trigo del norte a Portugal y Andalucía. Portugal comenzó a importar muy pronto, ya a comienzos del siglo XVI; Andalucía, rica todavía en trigo propio, tardó mucho más en sentirse afectada, lo que ocurrió a partir de 1550, o, con mayor seguridad, a partir de 1570-1580. Nos encontramos en presencia, no de una crisis, sino de dos, la portuguesa y la española, análogas en sus procesos, y que dan, de antemano, el modelo evolutivo de la que más tarde padecerá Italia.

En Portugal la expansion marítima ha creado un curioso Estado moderno. Podríamos decir, exagerando un poco, que era una versión temprana de Inglaterra, centrada como esta en su capital, Lisboa, que, muy por encima de una miríada de pequeñas ciudades y villas grandes, las mantiene a todas —en particular después del advenimiento, en 1386, de la casa de Avis— en activa servidumbre. Un Portugal patriarcal, muy poco poblado, que produce los cereales necesarios para cubrir sus necesidades y aún le sobra para exportar a

Inglaterra[291], un Portugal que consume sus propios vinos, va poco a poco cediendo el puesto a un Portugal cada vez menos seguro de su pan cotidiano. Los árboles frutales, la viña y el olivo comienzan a conquistar espacio. Adivinamos que se hacen no pocos esfuerzos para aumentar la producción de cereales, como, por ejemplo, ocurre en el Alemtejo, donde se aclimatan

nuevas especies de trigo. Esta necesidad de trigo, este [292] imperialismo del

trigo, impulsa a los portugueses a hacerse con el control de los mercados de las anchas llanuras marroquíes, y a introducir, aunque sea por breve tiempo, el cultivo de los cereales en Madera, y a implantarlos más tarde con total éxito en las Azores. Pero la solución mejor consiste en comprar fuera el trigo, y abandonar una actividad doméstica que había demostrado ser muy poco provechosa.

Lisboa consumió muy pronto trigos extranjeros, importados durante largo tiempo de Andalucía y Castilla, y expedidos (aunque no siempre) desde Sicilia. Y a la altura del año 1546, Simão de Veiga, embajador del rey de

Portugal en Roma, hace a Palermo[293] un viaje tan apresurado como inútil. Los portugueses, en relación desde mucho antes con Brujas y, más tarde, con Amberes, recurren también a Flandes, posiblemente desde el siglo XV; en todo caso están comprando allí, en 1509, trigo muy bueno, o muito bom, a 10

pataques [294] , y el mejor, o melhor , a 11. Estas compras continuarán a todo lo largo del siglo. Este trigo del norte, provenga del Báltico o de otros lugares, se transporta por lo general en minúsculas barcas de Bretaña que llegaban a Lisboa en grupos de varios cientos. Siendo pobrísimos, ¿cómo los marinos de Bretaña no iban a sentirse tentados por los pagos en oro que recibían en Portugal, y que podían llevarse lícitamente? «Llegan aquí a diario [escribe desde Lisboa, el 4 de septiembre de 1559, el embajador frances Jean Nicot] trayendo grandes cantidades de trigo y sin ningún permiso [del rey de

Francia]. Yo estoy tratando de poner orden en la cuestión»[295]. Pero a decir verdad no tuvo mucho éxito en su intento. Pues, ¿no es Portugal, según sus propias palabras, «un país… portentosamente desprovisto de toda especie de cereal»? Y, casi un siglo más tarde, en 1633, encontramos noticia de un centenar de estas mismas barcas, secuestradas primero y luego liberadas por el gobierno portugués. Para sobrevivir, los marineros venderían las velas, el gobernalle, incluso la misma barca, y aun así, acabarían muriendo de

hambre[296]. Este tráfico medio ilícito de las barcas bretonas hace pesar un

yugo, [297] el qual es muy fuerte, sobre la economía y la política portuguesas. Recurre a circuitos comerciales sin los cuales no sería posible este tráfico en apariencia tan espontáneo. En realidad, estos movimientos son posibles gracias a que los mercaderes de Bilbao, los de Burgos y Simón Ruiz en

Medina del Campo los hacen posibles en este año de 1558[298].

Por esa fecha ya ha llegado a Castilla el trigo que transportan las barcas

bretonas, lo que le resulta [299] harto dañoso a la economía castellana. Por Castilla debemos entender —aunque la cosa no sea exacta— los puertos de Vizcaya y Galicia. Estamos mal informados acerca de la primera llegada a Andalucía. Es, sin embargo, muy posible que Guion Soliman, un francés que, en agosto de 1557, vende el barco en el que había traído trigo a Cádiz, sea

bretón[300]. En todo caso, a partir de aquellos años comenzaron a hacerse más frecuentes los viajes de las barcas bretonas, las cuales volvían a sus puertos de origen con oro rojo de Portugal, o plata de España, según hubieran sido sus escalas.

En la medida que la riqueza americana arriba a Sevilla se produce en Cádiz, Sevilla, Andalucía y en el sur de España, hasta Málaga y Alicante, un modelo evolutivo similar al portugués. Esta riqueza recientemente conseguida estimula a plantar viñas y olivares. Pero la evolución ocurre con mucha lentitud a causa de que la región es muy rica en trigo. Mientras Sevilla se ve a corto de este cereal, las ciudades vecinas, Puerto de Santa María, la riquísima Jerez de la Frontera y, en mayor grado, la más lejana Málaga, no conocen dificultad alguna a este respecto. Durante largo tiempo los proveedores de las armadas encontrarán fácil su tarea: les bastaba con pagar uno o dos reales más

por fanega[301] para obtener cuanto trigo quisiesen. Los precios eran mucho

más bajos que en Cataluña[302] [303] y casi tan bajos como en Nápoles y Sicilia.

No era el grano lo que faltaba, sino los animales de carga para transportarlo. Le bastaba al gobierno con requisar los animales para que el precio del trigo

quedase a merced de los funcionarios[304]. Así las cosas, todo marchó bien hasta mediados del siglo. Todavía a la altura de 1551, los Fugger obtienen licencia para exportar de Andalucía y del partido de Calatrava 36 000

fanegas, de las que 16 [305] 000 eran para Barcelona. Dos años más tarde, en

agosto de 1553, el conde de Tendilla[306] reclama la concesión (ayuda de costa) de una licencia de exportación de 4000 a 5000 cahizes de trigo desde Málaga. Pero, dada la plétora del mercado, se le podría haber concedido una cantidad mayor, «sin poner en ello más que tinta y papel», y se habría descargado a los campesinos del molesto excedente de sus cosechas. «Hemos

tenido [escribe uno de los proveedores de Málaga[307] el 23 de noviembre de 1555] seis o siete años fértiles… Es de esperar que no lo sean tanto los venideros».

La situación no se deteriorará sino a partir de los años de la década de

1560[308]. En 1561, Sevilla protesta a grandes voces contra los genoveses, que controlan sus aduanas y la presionan para que pague los cereales (trigo y cebada) que la ciudad ha importado en grandes cantidades de Francia, Flandes y las islas Canarias. ¿Quieren, acaso, que los pobres se mueran de hambre? No son estos, sin duda, los primeros cargamentos de trigo extranjero que llegan a Sevilla, pero todavía no se inicia con ellos el gran viraje; en

1564[309], por poner un ejemplo, se hacen planes para exportar trigo andaluz a Génova (aunque no se llevó a efecto, el proyecto llegó a un estadio muy avanzado). La transformación se debe haber producido en un determinado momento entre el 1561 y el 1569, año de vacas flacas. Andalucía, que tiene más aceite, vino y plata que pueda necesitar, comienza ahora, de modo

habitual, a importar trigo extranjero. Lo más tarde hacia 1560[310] la transformación se ha completado. La harina andaluza resulta insuficiente para la fabricación del bizcocho que necesitan las flotas. Y todos los años, sean buenos o malos, la Corona de España se ha de procurar 100 000 fanegas de trigo del norte (55 000 quintales), cantidad que es demasiada y poca al mismo tiempo. En 1583, la penuria se extiende por toda España y trastorna su vida

económica[311].

El problema reside en saber si este déficit (desde entonces, permanente) se puede o no considerar como una característica fundamental de la economía española y de su coyuntura campesina. Pedir respuesta a esta cuestión es pedir al historiador algo que está más allá de sus posibilidades reales, dado que no dispone siquiera, en lo referente a la múltiple realidad de las agriculturas de la Península (incluidas las portuguesas) de un esquema de conjunto comparable siquiera remotamente al libro de Marc Bloch sobre las

características originales de la agricultura francesa[312] o a la reciente

descripción de Emilio Sereni[313] de la Italia rural. Es muy pequeña la suma de nuestros conocimientos. La Península se ha caracterizado siempre por su extrema diversidad; posee múltiples regiones pobres y retrasadas. Durante la invasión de Navarra, en 1522, los soldados franceses mueren de hambre en esta región donde se come pan de mijo, y, de vuelta en Bayona, después de su

derrota, mueren algunos de ellos a consecuencia de un hartazgo[314]. Y la Galicia de 1581 es una tierra desheredada donde se come un rústico pan de centeno que a un acomodado viajero veneciano le parece indigno de humanas

bocas[315]. Pese a ello, hoy sabemos que en aquellos momentos se estaba produciendo un renacimiento general de la agricultura; las raíces de este renacer venían de muy lejos, y el impulso se siguió extendiendo a lo largo de la primera mitad del siglo. El incremento del número de pares de mulas, la

relativa baratura de las bestias[316], la energía con la que estas tiran del ligero

arado que se usa en las labores superficiales[317], el desbrozado y cultivo de nuevas tierras, la extensión de olivares y viñedos (especialmente estos últimos, cuando el suelo y clima los permiten o toleran), la evidente disminución en múltiples espacios de la cría de corderos (incluso de los que producen lana de primera clase), son hechos que nos hablan claramente de la expansión y progreso de la agricultura. Investigaciones llevadas a cabo en las

actas notariales en Valladolid[318] han sacado a la luz censos redactados con ocasión de compras de tierras. El capitalismo usurero de las ciudades y de las grandes villas resultó instrumental en esta coyuntura del renacimiento de la agricultura.

La expansión se efectuó en detrimento de los montes blancos o albales, montes despojados de sus árboles y destinados a cultivos, a plantaciones o a recintos provisionales donde encerrar animales. Del día de la Candelaria al día de San Juan, todo campesino que lo desee se puede apropiar de una porción de esta tierra de nadie (y lo que al principio se consideró provisional, acabó convertido en permanente) y plantar árboles en ella, incluso olivos o pies de viña, y hasta cerrar una parte de pastizal para sus animales. Incontables documentos nos ofrecen testimonio de este largo combate contra el vacío de tierras hostiles y pedregosas, y también una serie de palabras procedentes del pasado (escaliar, roturar; artigar, desbrozar; presuras, tomas de posesión; baldíos, tierras sin cultivar; dehesas, pastizales comunales; ejidos, bienes comunales y terrenos sin cultivar a las puertas de la ciudad, en los que todos los campesinos tienen derecho a trillar sus cosechas…), palabras procedentes, todas ellas, del bajo latín y que volvemos a encontrar con variantes en Cataluña, en Andalucía y en Castilla, su lugar de origen, y que nos introducen, al parecer, en un núcleo de problemas que son poco más o menos los mismos de todas las comunidades rurales de Occidente. Nos introducen, al parecer… Pero valdría la pena tratar de medir esta expansión y ver si se mantiene (pues en España el crecimiento demográfico alcanza su cota más elevada antes de que termine el siglo), tratar también de calibrar esa prosperidad de la comunidad campesina que tanto han exagerado los

estudiosos. La tan cacareada [319] burguesía rural solo fue un frágil fenómeno. La crisis afectó a la zona rural apenas superada la primera mitad del siglo XVI. ¿Estaban agotadas las tierras? Una curiosa carta de Felipe II, con fecha del 12

de octubre de 1560 afirma exactamente lo contrario[320]. Lo que más abruma al campesino no es quizá el todavía pesado yugo del régimen feudal, sino el del régimen usurero; este le ha sido útil durante el primer siglo XVI, pero a partir de 1550 se vuelve contra él y comienza a expulsarlo de su propiedad: las horas tristes de semejante coyuntura llegarán muy pronto. En 1571, sobre las tierras de los moriscos expulsados de Granada, 12 542 familias, reclutadas en Asturias, Galicia, Burgos y León, son instaladas en 400 pueblos que antes habían pertenecido a los moriscos. Veinte años más tarde, el informe oficial de 1593 nos revela el poco éxito de la operación: algunos campesinos han vendido su parte, otros han dejado la suya en manos de acreedores y emigrado Dios sabe adónde; solo unos pocos privilegiados han sacado provecho de estas desventuras y comprado los olivos de uno, la mitad de las tierras de otro

y ahora son [321] villanos ricos. Los informes sobre los pueblos de Castilla la

Nueva (1575-1580) han hecho que un historiador[322] que ha estudiado a fondo este extraordinario dossier, haya sacado la conclusión de que las sombras aumentan cada vez más en estos pueblos tan laboriosos: hay demasiada gente para trabajar unas tierras que ya no pueden crecer más, demasiados jornaleros (braceros) muy mal pagados, y comienza la emigración a las ciudades y a las Indias; los pueblos comienzan a declinar.

Resulta evidente que la totalidad de la economía española hace un viraje a

la altura de los años 1580-1590,[323] y que la agricultura fue el primer sector que dio señales de ir por mal camino, sin que nosotros sepamos cómo ni por qué, ni cuándo exactamente resultó claro que se había entrado en la vía de la recesión. Sí nos resultan evidentes los participantes y los elementos del problema: los rebaños trashumantes, los ganados estabulantes, el cultivo regular de los regadíos, los huertos irrigados, con sus naranjos, sus morales y otros árboles frutales; los secanos, tierras no irrigadas donde se asientan las viñas, los olivares, las siembras (un año cada dos o tres, mitad de trigo y mitad de cebada), los barbechos, sembrados de habas. Pero es frecuente que los campesinos se arriesguen a sembrar de todo en los montes: «algunos años lábrase aqui algo» dice una antigua relación de 1492, refiriéndose a ciertas

partes de Gibraltar[324] [325] . Hacia finales del siglo XVI la batalla está perdida.

Y de ello no se puede culpar al trigo extranjero, que no es, en realidad, sino el síntoma precoz de un mal estado de salud. En Portugal, donde el mal tiene profundas raíces, los contemporáneos señalan extrañas consecuencias. El embajador español en Lisboa nota, el 1 de octubre de 1556: «el país está muy enfermo, y según se dice, en muchas de sus regiones mueren muchas personas a causa de las enfermedades que provocan los execrables alimentos que comían y siguen comiendo. Hay menos pan este año que el pasado, y todos se asustan cuando piensan en el futuro, a no ser que Dios ponga remedio. Aquí, en Lisboa, hay un poco de pan que se hace con el trigo que

llegó por mar de Francia, pero se consume y desaparece en seguida…»[326].