El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La supremacía del Occidente

campesinos aislados…[203]

En no pocos casos, el morisco siguió enquistado en España, pero

confundido entre la masa, aunque estampando en ella su huella indeleble.[204] ¿Acaso la población cristiana, incluso la aristocracia, no estaba ya teñida de sangre mora? Ya en el siglo XVI se hablaba mucho de ello en el extranjero. Los historiadores de América afirman, en todos los tonos, que el morisco

tomó parte en la población de América.[205] Podemos, en todo caso, afirmar[II-194] que la civilización musulmana, apoyada en los mismos residuos moriscos y en todo lo que España había absorbido del Islam en el curso de los siglos, no dejó de desempeñar su papel en la compleja civilización de la Península, incluso después de la operación quirúrgica de 1609-1614.

Pero la oleada de fondo no pudo arrastrarlo todo. No pudo arrastrar lo que se hallaba ya adherido para siempre al suelo español: los ojos negros de los andaluces, ni las mil toponimias árabes, ni los millares de palabras engarzadas en el vocabulario de los antiguos vencidos, transformados en los nuevos vencedores. Herencia muerta, se dirá, cerrando los ojos ante las realidades

vivas de las recetas culinarias,[206] de los oficios y de muchísimas otras actividades de la vida diaria, que nos siguen hablando del Islam, en España y en Portugal. Y, sin embargo, en pleno siglo XVIII, en la época de la preponderancia francesa, la Península conserva todavía un arte vivo, un verdadero arte mudéjar, con sus estucos, sus cerámicas y la suavidad de sus

azulejos.[207]

 

La supremacía del Occidente [II-195]

 

Pero la cuestión morisca no es más que un episodio de un conflicto mucho más amplio. El gran debate del Mediterráneo se ha ventilado siempre entre el Oriente y el Occidente, es esa eterna “cuestión de Oriente”, que sólo en un plano secundario atañe a los diplomáticos, pues es, en lo sustancial, un conflicto cultural, sin cesar reavivado al calor de las ventajas que alternativamente obtienen uno u otro contendiente. Las cartas buenas pasan de una a otra mano y, según quien sea el ganador, se abren paso importantes corrientes culturales más ricas o más pobres, de Occidente a Oriente o a la

inversa.[208]

El Oriente dominó hasta el siglo VI a. C. Después, se establece cierto equilibrio. El primer desplazamiento en favor del Occidente es obra de Alejandro de Macedonia: el helenismo representa la primera “europeización” del Cercano Oriente y de Egipto, llamada a perdurar hasta la época bizantina.

[209] Con el fin del Imperio romano y de las grandes invasiones del siglo V, el Occidente y la herencia de la Antigüedad se derrumban, y es el Oriente bizantino y musulmán el que conserva y recoge sus riquezas, proyectándolas durante siglos hacia el Occidente bárbaro. Toda nuestra Edad Media está saturada, iluminada por el Oriente, antes de las Cruzadas, durante, y después de ellas. «Las civilizaciones se habían mezclado por medio de sus ejércitos; pusiéronse en circulación infinidad de historias y relatos que hablaban de aquellos mundos lejanos: la Leyenda Dorada espiga estos cuentos; la historia de San Eustaquio y las de San Cristóbal, Thaïs, los Siete Durmientes de Efeso, de Barlaam y de Josafat, son fábulas orientales. La leyenda del Santo Grial está calcada sobre el recuerdo de José de Arimatea; el romance de Huón de Burdeos es una refulgente fantasmagoría de los encantamientos de Oberón, el genio del alba y de la aurora; la odisea de San Brandán, una versión

irlandesa de las aventuras de Simbad el Marino[210]». m

Y estos préstamos espirituales son solamente una parte de la voluminosa

y sustancial corriente de los intercambios:[211] “Obras compuestas en Marruecos o en El Cairo —dice Renán— se conocían en París o en Colonia en menos tiempo del que un libro fundamental publicado en Alemania[II-196] necesitaría para atravesar el Rin en nuestros días. La historia de la Edad Media sólo será completa cuando poseamos la estadística de las obras árabes que leían los doctores de los siglos XIII y XIV”. Nada tiene, pues, de extraño que se hayan encontrado influencias musulmanas en la Divina Comedia; ya que, para Dante, los árabes fueron grandes modelos dignos de ser imitados,

[212] o que San Juan de la Cruz tenga curiosos precursores musulmanes, uno de los cuales, Ibn Abbad, el poeta de Ronda, había tratado ya, mucho antes

que él, el tema de la “Noche oscura”.[213]

Pero, a partir de la época de las Cruzadas, se perfila ya un gran viraje. El cristiano se ha apoderado del mar. Le pertenecen, a partir de ahora, la superioridad y las riquezas que el dominio de las rutas y del tráfico lleva consigo. El viraje se acentúa con el siglo XV y se hace ostensible en el XVI. Alfred Hettner ha visto claras estas alternativas; pero se equivoca, evidentemente, cuando afirma que los contactos entre Occidente y Oriente

disminuyen en los siglos [214] XVI, XVII y XVIII . Muy por el contrario. “De mediados del siglo XVII a mediados del siglo XVIII se multiplican en todas las lenguas de Europa los relatos de viajes europeos.” Ello se debe a que el mundo de Oriente “se ha abierto a las embajadas permanentes, a los cónsules, a las colonias de comerciantes, a las misiones de estudios económicos, a las misiones científicas y a las misiones católicas…, y a los aventureros que

entraron al servicio del gran turco”.[215] El Occidente invade, en estos siglos, el Oriente, invasión que entraña los elementos de una verdadera dominación.

Pero volvamos al Occidente del siglo XVI: en esta época se pone por delante del Oriente y lleva a éste a la zaga. No hay duda alguna a este respecto, a pesar de los alegatos de Fernand Grenard. Poner esto de manifiesto no significa, por lo demás, en modo alguno, emitir un juicio valorativo sobre las dos civilizaciones que se enfrentan, sino simplemente registrar la alternativa, la cual favorece al Occidente, cuya civilización, más vigorosa por el momento, pone bajo su dependencia la del Islam.

Bastaría para demostrarlo el movimiento de los hombres. Éstos pasan en apretadas filas de la cristiandad al Islam. El Islam los atrae por sus perspectivas de aventura y de fortuna; y los atrae y los paga, porque los[II-197] necesita. Pasan a Turquía por centenares de miles, al decir de un contemporáneo, y no solamente para renegar allí de su fe. El gran turco necesita artesanos, tejedores, constructores navales, marinos expertos, fundidores de piezas de artillería y esos obreros de “quincallería” (o sea, obreros metalúrgicos), que son la fuerza principal de un Estado: “lo saben

bien [dice Montchrestien][216] los turcos y otros pueblos que los retienen cuando logran atraparlos”. Una curiosa correspondencia entre un mercader judío (?) de Constantinopla y el Morat Aga de Trípoli nos presenta al primero a la busca y captura de esclavos cristianos que sepan tejer terciopelos y

damascos.[217] Pues los cautivos desempeñan también su papel en este suministro de mano de obra.

¿Por qué la cristiandad no se cuida de poner coto a sus remesas de hombres hacia el Oriente? ¿Acaso porque está excesivamente poblada y poco abierta todavía a las aventuras del Nuevo Mundo? El cristiano, en contacto con los países del Islam, se ve arrastrado por el vértigo de la abjuración. En el África, en los presidios, verdaderas epidemias de deserción diezman las guarniciones españolas. En Yerba, en 1560, antes de que el fuerte se rindiera a los turcos, muchos españoles se habían pasado ya al enemigo,

“abandonando su fe y a sus compañeros”.[218] Poco tiempo después se

descubre en La Goleta un complot para entregar la plaza a los infieles.[219] De

Sicilia salen frecuentemente barcas cargadas de candidatos a la apostasía.[220]

En Goa se observaba el mismo fenómeno entre los portugueses.[221] La tentación es tan fuerte, que no se libra de ella el mismo clero. Aquel “turco” que acompañó a Francia a un embajador del Rey Cristianísimo, y que se aconsejaba a las autoridades españolas que tomaran preso a su paso por

España, era un antiguo sacerdote húngaro.[222] Y el caso no debía de ser tan raro: en 1630 se insiste cerca del padre José para que llame a los capuchinos

que andan perdidos por Levante, “por miedo a que se hagan turcos”.[223] El Islam está lleno de renegados procedentes de Córcega, de Cerdeña, de Sicilia, de Calabria, de Génova, de Venecia, de España, de todo el mundo[II-198] mediterráneo. Nada parecido se observa en el sentido inverso.

Y es que —tal vez inconscientemente— el turco abría sus puertas, mientras que el cristiano cerraba las suyas. La intolerancia cristiana, hija del número, no atrae a los hombres, sino que, por el contrario, los rechaza y los persigue. Y a todos los expulsados de sus dominios —los judíos, en 1492; los moriscos, en el siglo XVI y en 1609-1614— viene a incorporarse, en seguida, el contingente de los voluntarios. Todos parten hacia el islam, donde hay sitio y ganancias para todos. El mejor signo de esto es la corriente de emigración judía que, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVI, se encauza de Italia y los Países Bajos hacia Levante. Corriente lo bastante fuerte para que no pase inadvertida a los agentes españoles de Venecia, que es el puerto del que

zarpan tan curiosas emigraciones.[224]

Por medio de estos hombres la Turquía del siglo XVI completa su educación occidental. “Los turcos [escribe Philippe de Canaye en 1573] han adquirido, gracias a los renegados, todas las superioridades del mundo

cristiano.”[225] Claro está que exagera al decir “todas”. La superioridad del cristiano se mantiene, a pesar de todo, pues apenas adquiere el turco una cualquiera de ellas, surge inmediatamente otra que aún no posee. La civilización occidental sigue progresando y, en la carrera empeñada, el turco es como un corredor rezagado que jamás llegará a alcanzar al que va adelante.

Extraña carrera, o extraña guerra, en verdad, en la que se emplean todos los medios, los pequeños y los grandes. Un día, los turcos luchan por ganarse un médico; otro día, por captarse a un bombardero de las sabias escuelas de

artillería; otro, por enrolar a un cartógrafo o a un pintor.[226] O por lograr preciosos productos, tales como la pólvora, madera de tejo para la fabricación de arcos, que hay que ir a buscar al mar Negro (de donde la había sacado

antes, para revendérsela a los ingleses),[227] pero que no basta para el consumo del ejército turco en el siglo XVI, por lo cual se importa de la

Alemania del sur.[228] En 1580 se acusa a Ragusa —y a Venecia, ¡oh ironía! — de haber entregado a los turcos pólvora, remos y, además, a un cirujano[II-199]

judío;[229] a Ragusa, que se azacanaba con frecuencia en busca de médicos

italianos.[230] A finales de siglo, uno de los más importantes comercios ingleses en Oriente es el del plomo, el estaño y el cobre.

Es muy posible que los turcos hayan recibido piezas de artillería fundidas en Núremberg. Constantinopla también se abastece en sus zonas fronterizas, por Ragusa o por las ciudades sajonas de la Transilvania, ya se trate de armas, de hombres o, como lo señala la carta de un príncipe de Valaquia a la gente de

Kronstadt, de médicos y de productos farmacéuticos.[231] Y los mismos servicios inapreciables le prestan los Estados berberiscos, que, a pesar de su pobreza, de su atraso y del positivo estado de “barbarie”, se encuentran, por curiosa coincidencia, en la punta del progreso, dentro del mundo musulmán y refiriéndonos, concretamente, al progreso occidental, pues gracias a su reclutamiento, a su posición en el mar occidental y a los lazos que los unen con los holandeses, son, generalmente los primeros en informarse de las innovaciones técnicas. Cuentan con obreros: la abundante cosecha de cautivos que hacen, año tras año, los corsarios de Argel, y la de los andaluces, artesanos extraordinariamente hábiles, aptos algunos para la industria de

fabricación y otros para el manejo del trabuco.[232] No fue un azar que la reconstrucción de la armada turca después de 1571 y la adaptación a ella del armamento occidental (arcabuces en vez de arcos, y artillería considerablemente reforzada a bordo de las galeras) se debiera a un napolitano, Euldj Alí, un renegado formado en la escuela de los corsarios argelinos.

Pero los empréstitos culturales son injertos que no siempre prenden. Ya en 1548 habían intentado los turcos, en su campaña contra Persia, transformar el armamento de los spahis, dotándolos especialmente de pistolas (“minores

sclopetos quorum ex equis usus est” [233] , precisa Busbec); la tentativa cayó en ridículo y los spahis, en Lepanto y mucho tiempo después, seguirán armados

de arco y flechas.[234] Este ejemplo de orden menor revela por sí solo las dificultades con que tropezaban los turcos, no digamos para alcanzar, sino[II-200] incluso para seguir de lejos a sus adversarios. Sin las divisiones, las querellas y las traiciones entre éstos, los turcos jamás habrían podido enfrentarse contra el Occidente, a pesar de su número, su disciplina, su fanatismo y la excelencia de su caballería y de sus unidades militares.

Todas las aportaciones recibidas de fuera no bastaban, en efecto, para mantener a flote el mundo turco: desde fines del siglo XVI hace agua y

amenaza con irse a pique.[235] Hasta entonces, la guerra le había ayudado en gran medida a obtener los bienes que necesitaba: los hombres, las técnicas o los productos de éstas, y a apoderarse por tierra, por mar o a lo largo de la zona ruso-polaco-húngara, de jugosos bocados de la cristiandad. Gassot vio en el arsenal de Constantinopla un amontonamiento de piezas de artillería, llevadas allí como despojos de victoriosas guerras, más que por medio de