El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Lo que se come no puede servir de criterio adecuado: oficialmente la sopa es siempre buena y suficiente

Lo que se come no puede servir de criterio adecuado:

oficialmente la sopa es siempre buena y suficiente

 

Todos estos cálculos y medidas requieren revisión: pueden resultar muy mejorados. Por el contrario, y en lo que respecta a los estudios sobre las dietas alimenticias del siglo XVI, no debemos hacernos demasiadas ilusiones en

cuanto a lo que nos pueden revelar[290]. Y no es que carezcamos de documentos sobre el tema, porque basta buscarlos para encontrarlos; pero lo que nos dicen resulta sospechoso cuando se refiere a los niveles inferiores de vida. Si hemos de creerlos todo iba perfectamente. Que la mesa de la familia Spinola fuese variada y abundante es algo que no puede sorprender a nadie; ni tampoco que el menú de los pobres consista en buena parte en alimentos baratos como el pan o el bizcocho. También se comía queso, carne y pescado. La lenta evolución que en toda Europa, y sin duda también en el Mediterráneo, ha ido reduciendo el consumo de carne, se había ya iniciado, aunque todavía muy débilmente. Pero estas investigaciones retrospectivas nos asombran cuando pesamos en la balanza de las calorías las raciones destinadas a los esclavos, marineros, galeotes y pobres de los hospicios: arrojan unas 4000 calorías diarias por ración.

De modo que nos encontraríamos en el mejor de los mundos, si no supiéramos que los menús oficiales eran siempre y sin excepción posible oficialmente buenos. Todo está muy bien en estos menús impresos o enviados a las autoridades responsables. Pero la duda surge en nuestros espíritus aun sin la evidencia de las innumerables disputas que estallan en las galeras a causa de la distribución de la comida. Sin embargo, podemos consultar las cifras, y también los comentarios de ese veedor de las galeras de Nápoles que lleva años dedicado a abastecerlas y que se expresa libremente ante los

investigadores de la Sommaria[291]. Incluso a bordo de las galeras turcas, las

raciones [292] diarias incluyen generosas cantidades de bizcocho. Resignémonos pues a aceptar lo esencial: la realidad de esa dieta equilibrada que describen y confirman tantos y tantos documentos; eso quiere decir que se considera a galeotes y soldados como servidores demasiado preciosos con cuya salud no se puede jugar. Y digamos también, y con énfasis, algo que nada de lo descrito hasta ahora podía advertirnos: son menús de privilegiados. Todo hombre que dispone de una ración regular de sopa, vaca salada, bizcocho, vino y vinagre… sabe que tiene la existencia asegurada. Siendo muy joven, Diego Suárez había trabajado en la obra de El Escorial y nos dice que allí era «el plato bueno». Los auténticos pobres son los que no han encontrado una intendencia oficial, sea belicosa o pía, que les asegure un sustento regular. Y forman legión. Son el dramático mundo entre bastidores de la escena del siglo, mundo que a veces irrumpe en ella —solo un instante — de manera violenta: en Aix de Provenza, el 27 de mayo de 1597 —según nos cuenta una crónica—, los rectores y procuradores de la iglesia del Espíritu Santo «hacen un reparto de pan a los pobres, y por la precipitación de los dichos pobres, murieron seis o siete personas, niños, niñas y una mujer, habiendo caído a tierra a causa de los empujones, y resultando pateados y