El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

San Quintín

Es asombroso que la política de los Caraffa diese en seguida tan grandes frutos. Pero los franceses temían, tal vez, vigorizar singularmente a su adversario, si no se ponían del lado del papa. Tratan, por otra parte, de nadar entre dos aguas, de apoyar al papa sin romper la tregua. En realidad, la intervención del soberano pontífice acredita su eficacia gracias, tal vez, a su misma rapidez. Las pasiones y las ambiciones no se habían enfriado todavía, los franceses seguían pensando en Nápoles y en el milanesado, y el mismo emperador, a quien ya se quería ver alejado del mundo y ausente de sus[II-389] querellas, se encoleriza contra Paulo IV. Hace que le lean los despachos y, en junio, decide aplazar su viaje a España y, reviviendo sin duda el recuerdo de sus viejas luchas apasionadas contra Roma, redacta las instrucciones para el duque de Alba, ordenándole que conteste a los preparativos del soberano pontífice, contra el parecer de Felipe II, quien desea evitar todo pretexto para la ruptura. No cabe duda: el conflicto que se vislumbra es un conflicto entre pasiones encontradas, atizado por dos ancianos, que se dejan arrastrar por la turbia corriente de las viejas ideas y las viejas querellas y que se empeñan en nutrirse con nuevos rencores.

 

San Quintín

 

Tan cierto es esto, que, contra toda lógica aparente, la guerra, renaciente en Italia y a causa de ella, no encontrará su verdadero campo de acción en la misma península ni en su vecindad, es decir, en el Mediterráneo. Tal vez, esto es cierto, a causa de la abstención de las grandes armadas turcas, ya que Francia, sin su poderosa aliada, no puede intentar ni lograr nada decisivo en el mar meridional. Sólo unas cuantas galeras turcas se hacen a la mar en 1556, en compañía de los corsarios y de Hassan Corso, para tomar parte por poco

tiempo en el sitio de Orán.[209] Y en 1557, en el año decisivo de la guerra, los turcos no organizan ni siquiera nada equivalente a esta pobre operación.

Sabemos que, en diciembre de 1556, Francisco de Guisa había cruzado los Alpes con un gran ejército: 12 000 infantes, 400 hombres de armas y 800

caballos ligeros.[210] Corre incluso el rumor de que trae consigo fuerzas

mucho más numerosas.[211] ¿Qué hacer con este ejército y con los italianos

enrolados[212] por su único aliado del sur de los Alpes, el duque de Ferrara, designado para mandar —de un modo puramente teórico, por lo demás, puesto que el de Ferrara dejó el mando en manos de su yerno, Francisco de[II-390] Guisa— las fuerzas francesas de Italia? Lo cuerdo habría sido, tal vez, atacar el milanesado. Pero un hombre como Francisco de Guisa, ambicioso y que soñaba con conquistas y con coronas, difícilmente podía permanecer sordo a los llamamientos del papa Paulo IV, quien acababa de denunciar las treguas firmadas con los españoles en noviembre y reanudadas en diciembre de 1556 y que no era tampoco hombre muy dado a mantener sus promesas. En Francia corrían los más diversos rumores a este respecto. Simon Renard informa, el 12 de enero, que el papa estaba decidido a emplear todo su “papado” y las

rentas de la Iglesia en proseguir la guerra.[213] Se le atribuía el proyecto de entregar a los franceses Bolonia y Perusa, desde donde más se podía dañar al duque de Florencia. Se comprende que Francisco de Guisa hiciera avanzar a su ejército hasta Roma. Pero, al llegar aquí, pierde todo un mes hundido hasta el cuello en intrigas, sin decidirse a atacar el reino de Nápoles hasta el 5 de abril, y con poco éxito. En mayo veíase obligado a mantenerse a la defensiva. En agosto recibía la orden de volverse a Francia.

Como es natural, el papa, abandonado, se ve obligado a tratar, y esta vez, sí, definitivamente. Se entablan las negociaciones: la paz, concertada con gran

moderación por el duque de Alba, se hace pública el 14 de septiembre.[214] La noticia da pie a grandes regocijos, entre los que señalaremos dos manifestaciones: una en Palermo, en septiembre, donde “si ficiro li luminarii per la pace fatta fra la Santità del Papa Paolo quarto con la Maestà del Re

Filippo Secondo, nostre Re” [215] [216] ; la otra, el 18 de noviembre, en Valladolid, con repicar de campanas, procesión y Te Deum.

Inútil encarecer la importancia de esta paz hispano-pontificia, que señala un punto culminante en la historia del mundo occidental, la reducción de Roma a la obediencia ante los Habsburgo o, si se quiere (pues, con Paulo IV, esta obediencia no fue nunca perfecta: basta pensar en las dificultades que hubo de oponer, en 1558, al emperador recién elegido para reconocerle en su dignidad), la unión de Roma y España. Unión que durará hasta la década de[II-391]

1580-1590, para la salvaguardia del catolicismo y de la Iglesia,[217] para el triunfo de la Contrarreforma, que sólo podía afianzar esta alianza de los poderes temporal y espiritual.

En efecto, Francisco de Guisa, que había recibido ya la orden de

replegarse sobre el milanesado,[218] hubo de cruzar de nuevo los Alpes ante la noticia del desastre de San Quintín (10 de agosto de 1557). Sabido es cómo Coligny se deslizó subrepticiamente en la plaza, al día siguiente de su cerco por los españoles. El ejército, que, al mando del condestable, se presenta delante de la ciudad para levantar el bloqueo es dispersado por el grueso del enemigo, el 10 de agosto, a lo largo del Somma. Sobreviene una gran matanza y los españoles hacen una enorme masa de prisioneros, entre los que figura el propio condestable. Felipe II, en la retaguardia de sus tropas, recibe de hora en hora las noticias de la victoria. “A las XI de la noche [escribe a su padre] vino un correo del campo y dixo que los enemygos eran rotos y preso el qe.stable [el condestable]… Oy he venido aquí [a Beaurevoir] para ser mañana en el campo y he hallado aqui un criado de my primo (Manuel Filiberto), que afirma aver visto al qe d .stable y ser presos los demas que v. m.

entendera por la memoria que va con esta”.[219]

Tomado San Quintín y desarmado el rey de Francia, ¿qué no podía

hacerse en su reino? “Si no falta el dinero”, advierte Felipe II.[220] Se ha pronunciado la gran palabra. Ahora bien, la situación del Tesoro español es, en estos momentos, desastrosa. El decreto de 1 de enero de 1557 había iniciado la bancarrota del Estado español. Esto hacía que todo gran proyecto resultara difícilmente realizable, no queriendo jugarse el todo por el todo, caer sobre París imprudentemente y faltando a todas las reglas, como lo pretendía Manuel Filiberto y como, desde el fondo de su retiro, lo desearía Carlos V al enterarse de la gran nueva. Pero este deseo, ¿era viable? Y, aun suponiendo que lo fuera, ¿qué resultado habría traído? No lo sabemos. Pero, por otra parte, no cabe duda de que el ejército imperial veía desvanecerse los frutos de su victoria perdiendo un tiempo precioso en poner sitio a una serie de plazas pequeñas, como Ham, Le Catelet, San Quintín y Noyon (pues San Quintín siguió resistiendo después del descalabro del ejército enviado para socorrer a la ciudad sitiada).

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FIGURA 66. Préstamos obtenidos por Carlos V y Felipe II de los financieros de Amberes, 1515-1516.

Según Fernand Braudel, “Les emprunts de Charles Quint sur la place d’Anvers”, en Charles Quint et son temps (C.N.R.S.), 1959. Son deudas de tres especies: con la ciudad de Amberes; con los mercaderes de la plaza (préstamos a corto plazo); con personajes preminentes (préstamos sin interés). El porcentaje está dado en la gráfica inferior: los préstamos a corto plazo son la característica dominante. Las oscilaciones de esta enorme deuda flotante siguen las vicisitudes de la guerra. Las zonas en gris corresponden a los periodos de guerra. Cada uno de ellos lleva a un crecimiento inmediato de la deuda total. La guerra contra los protestantes alemanes aparece en sus dos fases sucesivas. La escala logarítmica empleada aquí enmascara, durante la década de 1550, el vivo ascenso final de 500 000 libras a 5 millones: comenzaba el reinado de Felipe II. Para completar este cuadro necesitaríamos tener similar información respecto —al menos— de Medina del Campo.

El rey de Francia tuvo tiempo de tomar contramedidas, reunir hombres y aguardar el regreso de Guisa. Y, cosa curiosa, en los centros del dinero, el crédito del rey derrotado seguía valiendo más que el del rey vencedor. Finalmente, en medio del invierno, el 31 de diciembre, el de Guisa ataca Calais y triunfa, el 6 de enero. Los ingleses pierden su vieja posición por exceso de confianza y tal vez también por no haber aceptado a su debido tiempo un refuerzo de los españoles en su ciudad. De cualquier modo, la situación había quedado restablecida. Es cierto que el 13 de julio de 1558 el[II-393] mariscal de Termes es derrotado en Gravelines, y la derrota resulta todavía más desastrosa por la intervención de la flota inglesa; pero, como para que lo

uno compensara a lo otro, el duque de Guisa[221] había tomado a fines de junio la plaza de Thionville, que podía amenazar a Metz.

Este mismo año de 1558 llegó al Mediterráneo, a solicitud de los

franceses, una grande y poderosa flota otomana.[222] Se presenta en los primeros días de junio ante las costas napolitanas; el 7 se la divisa en

Esquilache,[223] pequeño puerto de Calabria; el 13 se halla “in le boche di

Napoli”[224] [225] y sigue navegando a toda vela, renunciando a sus escalas habituales. Pudo, gracias a ello, sorprender a Sorrento y Massa, pues los vecinos de estas plazas, aunque prevenidos por un correo español, no creyeron en la inminencia del peligro. El 26 de junio, la flota turca, siempre saqueando, se encontraba a la altura de la Prócida, de donde puso proa hacia

poniente.[226] No habiendo encontrado a las galeras francesas en el golfo de Génova, avanzó hasta las Baleares, donde Piali Pachá se apoderó, en la isla de

Menorca, de la villa de Ciudadela,[227] sembrando la alarma en Valencia,

donde se creyó en la posibilidad de un levantamiento de los moriscos.[228] Los franceses logran que la flota vuelva sobre sus pasos y se dirija hacia Tolón y Niza, pero, una vez aquí, Piali Pachá se niega a hacer nada contra Bastia. Esta negativa obedecía a diversas razones: la noticia de la derrota de Gravelinas, las enfermedades que diezmaban a las chusmas y obligaban a remolcar las[II-394] galeras, pero, sobre todo, no cabe duda, al hecho de que Piali había sido comprado, a buen precio, por los genoveses.

Dio, pues, la vuelta, seguido a respetuosa distancia por las galeras de España y sin hacer el menor caso de las vanas protestas de los franceses contra esta descarada política. Esta expedición, muy costosa para la cristiandad, no pesó gran cosa en la balanza de la guerra.

De este modo, y en el momento en que la querella romana estaba liquidada ya desde septiembre de 1557, los dos adversarios podían reanudar las negociaciones de paz. Se volvía, en rigor, a la situación de 1556, aunque con estos dos hechos nuevos: el 21 de septiembre de 1558 moría, en Yuste, Carlos V, y ello hacía que la presencia de Felipe II en España fuese ahora más