El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Los turcos, en Hungría y en el Adriático
el pontificado de Pío IV.[10] Tales querellas sólo sirvieron para arrojar al Rey Cristianísimo en brazos de Turquía. Otro de sus primeros pasos fue contribuir al armamento marítimo de España contra el islam.
Sabido es a qué discusiones y a qué regateos se prestaban ordinariamente las concesiones de las gracias eclesiásticas de Roma a España, las gratificaciones que había que dar a los parientes y favoritos del papa, los gastos accesorios y el tiempo que todo esto requería… Pues bien, como el subsidio de las galeras que Pío IV concediera por cinco años acababa de expirar justamente al ser elegido el nuevo papa, éste lo renovó inmediatamente sin hacerse de rogar. El 11 de enero de 1566, es decir, cuatro días después del advenimiento pontifical, Requeséns escribía a Gonzalo Pérez regocijándose sin reservas ante este “quinquenio”, que no le había costado al rey un solo maravedí. “A lo mejor el primer quinquenio le costó al Rey quinze mil ducados de renta sobre vasallos en el reyno de Nápoles y doze mil de pensiones en España que dio a los sobrinos del Papa, sin muchos dineros[II-506]
que gastó en inviar ministros a tratallo”.[11] Nuevo pontificado, nuevas costumbres. Indudablemente, la Iglesia había encontrado en Pío V un jefe enérgico y decidido. Decidido a una nueva cruzada. Los acontecimientos del año 1566 contribuyeron poderosamente a crear un clima favorable a esta cruzada y a afianzar al papa en sus proyectos.
Los turcos, en Hungría y en el Adriático
Ya hemos dicho cuán alarmantes eran las noticias de Levante en noviembre y diciembre de 1565. Admitido en audiencia pública a la puerta del cónclave, el 30 de diciembre de 1565, el embajador veneciano conjuró a los cardenales en razón de estas malas noticias, para que se apresuraran a
elegir un nuevo pontífice.[12] La “voz pública” hablaba de una armada más poderosa que la del año de Malta.
Estos avisos de noviembre y de diciembre explican las grandiosas disposiciones de los Estados mayores. Felipe II recordó a Chantonnay, el 16 de enero, que, en vista del anuncio de una armada turca más numerosa y más potente que la de 1565, había decidido proveer inmediatamente a la defensa de las dos plazas amenazadas: enviaría a Malta, para reforzar los efectivos propios de los Caballeros, 1 000 españoles experimentados, 2 000 alemanes y 3 000 italianos; y a La Goleta, cuya nueva fortaleza no se había acabado aún, 5 000 españoles adiestrados, 4 000 italianos y 3 000 alemanes, o sea, en total, 12 000 hombres, quienes, a falta de alojamiento, podrían instalarse en las
“montañas” contiguas a la fortaleza y abundantes en agua.[13] Estos planes entrañaban las múltiples medidas que son de suponer, en las cuales se distinguía la lenta, pero minuciosa máquina burocrática de Felipe II. Su trabajo, nada silencioso esta vez —más bien voluntariamente rodeado de publicidad—, era del pleno conocimiento de los embajadores extranjeros
acreditados en Madrid.[14] Las órdenes se daban en voz alta, como para que nadie las ignorara, y se sucedían uno tras otro los nombramientos: el de[II-507] Ascanio della Corna, comandante de los alemanes que irían a Malta; el de don Hernando de Toledo, hijo del duque de Alba, para La Goleta; el de don
Álvaro de Sande, para Orán.[15] El 26 de enero, Fourquevaux hablaba también de un convoy de 2 000 españoles reunidos entre las guarniciones de Nápoles y destinado a Orán. Llegó incluso a afirmar que los españoles desearían que los turcos atacaran la Apulia y Sicilia, seguros de que, en semejante caso, “toda la cristiandad acudiría inmediatamente al socorro”. Cierto es que, un mes más tarde, el mismo Fourquevaux informaba que el rey de España ofrecería a los venecianos cuatro ciudades de Italia para atraerlos a una alianza contra el
turco.[16]
La publicidad que se hacía en torno de los armamentos españoles, por otra parte, provocaba sus sospechas. El embajador se preguntaba si las cifras que el duque de Alba le había comunicado no estarían infladas. Sospechas injustificadas, pues estas mismas cifras aparecen en las órdenes y
comunicaciones del rey.[17] Faltaría explicar, sin embargo, por qué los españoles, en contra de todas sus costumbres, hacían tanto ruido alrededor de sus preparativos militares. ¿Para disimular otros? Por otra parte, guardaban silencio en torno de los armamentos marítimos que se llevaban a cabo en Barcelona y en Nápoles, los cuales, por lo menos los de esta última ciudad, se
veían entorpecidos por la escasez de forzados.[18] Se habían tomado todas las medidas de seguridad posibles, y oportunamente; es decir, con mucha anticipación.
Pero de Constantinopla llegaban noticias que, de ser verdaderas, harían inútil una buena parte de estas precauciones. Un informe del 10 de enero revelaba que la armada saldría, pero menos fuerte que cuando había atacado Malta, pues no tenía suficientes remeros ni municiones. Se calculaba que constaría de unas cien galeras, a las órdenes de Piali Pachá, y que no acometería ninguna empresa en grande; pero para estorbar las concentraciones de la flota hispánica, tal vez intentaría una incursión hasta las costas de Génova. Por otra parte —y ésta era la gran noticia—, todos estaban[II-508] de acuerdo en que el viejo Solimán se aprestaba a ir en persona a Hungría y
aun más allá, hasta Viena.[19] En efecto, la guerra habíase reanudado a lo largo de la frontera balcánica en 1565; pero Maximiliano había despachado agentes y cartas para ponerle fin y repetir el cuadro de condiciones que produjo la tregua de 1562. En todo caso, la renovación de la tregua estaba lo más lejos posible del ánimo del sultán, cuyos preparativos militares eran gigantescos: hablábase de una leva de 200 000 turcos y de 40 000 tártaros. Los turcos se preparaban para la campaña, arruinándose con compras de camellos y de caballos, los cuales eran ya “carissimos”. Otro hecho sintomático era que el viejo sandjac de Rodas, Ali Portuc, guardián del Archipiélago, partiese con sus galeras para el Danubio, con la misión de
mandar construir barcas y aparejos para atravesar ríos.[20]
Todo esto no era obstáculo para que continuasen los proyectos marítimos contra el Occidente. El 27 de febrero, los remeros llegaron a Constantinopla,
[21] señal de que las galeras estaban listas. Pero todos los informes coincidían
en que las unidades no pasarían de Siena.[22] Se anunciaba su partida más o menos para el 1 de abril. Pero era más que evidente que, desde el momento en que había guerra en Hungría, se podía contar con que el peligro en el
Mediterráneo fuese menor.[23] ¿A dónde iría la armada, puesto que no podía empeñarse en un ataque de gran envergadura? Génova, que siempre había dispuesto en el Levante de un excelente servicio de información —el mejor, a juzgar por los documentos que se conservan, tal vez a causa del gran número de renegados genoveses radicados en aquella región—, recibió una carta fechada el 9 de febrero de 1566, donde se le prevenía que la armada turca proyectaba entrar en el golfo de Venecia, atacando Fiume, y una vez reunido[II-509] un botín que no podía menos de ser considerable, se abriría paso para ir en
refuerzo del ejército del gran señor en Hungría.[24] Las galeras turcas no avanzarían sino al saber que la flota española no estaba concentrada.
Desde entonces, cada cual empezó a cobrar confianza. Según escribió Requeséns al rey el 18 de abril, los malteses estimaban que la pesada hipoteca
que pesaba sobre ellos se había levantado ya por completo.[25] El propio Felipe II parecía estar dispuesto, en mayo, a dejar sin efecto las grandes
medidas tomadas en el invierno,[26] y el virrey de Nápoles, deseoso de economizar, le pidió acto continuo, el 20 de abril, que licenciara a los alemanes, tan pronto se recuperaran los 1 500 españoles de Nápoles que había prestado a don García de Toledo y que a la sazón se encontraban en Sicilia y
en La Goleta.[27]
Por fin, la flota turca zarpó de Constantinopla el 20 de marzo con un efectivo de 90 a 106 galeras solamente, incluyendo las 10 galeras de
Alejandría[28] —los informes acerca del número de unidades varían—. Pero faltándole los grandes medios de operación —la infantería y la artillería de desembarco— y no habiéndosele asignado con precisión determinado objetivo, la armada no mostró ninguna prisa en atravesar el Archipiélago. Sin combate, se ocupó en liquidar la dominación genovesa en la isla de Quíos, contentándose con exilar a los signori mahonesi, con sus mujeres y sus hijos,
a Caffa, en el mar Negro.[29] El 10 de mayo se pensaba en Corfú que la flota
entraría al golfo;[30] pero hasta el 20 de julio no apareció en el canal de la isla,
[31] [32] y el 11 llegó a Valona, de donde pasó a Dirraquio y después a las bocas
de Cattaro y Castelnuovo, adonde llegó, probablemente, el 23.[33] Ante semejantes noticias, el gran maestre de Malta y don García de Toledo[II-510] decidieron licenciar a sus soldados inútiles, pues la estación ya estaba demasiado avanzada para que la flota turca pudiese intentar algo contra la
isla.[34] Dieciocho galeras se llevaron a los soldados alemanes, y el marqués de Pescara, que había sido nombrado algunos meses antes comandante general de las tropas enviadas por Felipe II a la isla, abandonó su puesto, no teniendo ya nada que hacer. Lejos de provocar un sobresalto, la entrada de la flota turca en el Adriático parece haber despertado el regocijo de los españoles. Después de todo, el golfo era incumbencia de los venecianos… Era asunto suyo armarse, negociar y tomar sus precauciones. ¿Qué arriesgaban los españoles en esta aventura? La costa napolitana estaba sobre aviso, defendida, y se había desalojado a sus habitantes hacia los lugares del interior.
Según los datos venecianos, la flota turca llegó a Cattaro el 21 de julio, en número de 140 velas, entre ellas 120 galeras, galeotas o fustas. El 22, Piali Pachá fue hasta Ragusa en tres galeras y allí recibió el tributo de la república
de San Blas.[35] Días después, la armada comenzó sus ataques contra la costa
poco fértil de los Abruzos.[36] El 29 de julio desembarcaron en las cercanías de Francavilla entre 6 000 y 7 000 hombres, se apoderaron de la ciudad, abandonada por sus habitantes, y le prendieron fuego. De Francavilla partió una galera con dos esquifes a reconocer las aguas de Pescara; mas bastó que de la ciudad —preparada para la defensa— dispararan algunos cañonazos, para que los barcos viraran en redondo. La armada se dirigió entonces sobre Ortona a Mare. También encontró evacuada esta ciudad, y la incendió, al igual que otras poblaciones de la costa. El 5 de agosto, los turcos intentaron introducir una punta hasta unas ocho millas al interior, hasta un lugar llamado Serra Capriola, en la provincia de Capitanata. Escogieron mal lugar, pues se encontraron con una defensa vigorosa e inesperada, que les obligó a retirarse en desorden. El 6 por la noche, la flota apareció frente a Vasto, con 80 galeras, pero se desvaneció en la misma noche. El día 10 se supo en Nápoles, por cartas del gobernador de la Capitanata, que el mal tiempo había arrojado a
tierra cuatro galeras turcas a la altura de Fortor.[37] Las tripulaciones se[II-511] salvaron; pero se dieron órdenes a efecto de que se recuperaran la artillería y los aparejos, y de que se incendiaran las naves que los turcos hubiesen podido poner nuevamente a flote. El informe añadía que todo estaba listo para el caso de que la flota enemiga regresara a atacar las costas del reino. Mientras tanto, los ataques no habían logrado gran cosa. Tan pronto se enteró de la partida de la armada desde Quíos, el virrey ordenó la evacuación a fondo de todos los puntos no defendidos del litoral, y el turco tuvo que operar en el vacío. Era increíble que apenas se hubiese apoderado de tres cautivos; irrisorio botín, si se tiene en cuenta que cuantas veces había llegado la armada turca al reino, se llevaba siempre no menos de 5 000 o 6 000 almas, aunque tuviese a retaguardia una buena cantidad de galeras de su majestad católica. En cuanto
a los daños materiales, eran mucho menores de lo que se temía.[38]
No obstante, la armada turca navegaba ya, al parecer, de regreso. El 13 de agosto despalmó en Castelnuovo, y a continuación tocaba en Lepanto, con sus tripulaciones en bastante mal estado y diezmadas por las enfermedades. Poco después llegaba a La Prevesa, de donde, según se decía, se había hecho a la
vela hacia Constantinopla.[39] Por eso sorprendió mucho verla regresar en
septiembre sobre Albania, la “Cimara”, como se la llamaba.[40] Subió hasta
Valona. ¿Había llegado sólo para castigar a los albaneses sublevados?[41] El virrey se hacía esta pregunta, sin inquietarse demasiado, pues los marinos de Nápoles, en cuyas filas los españoles habían sustituido a los alemanes, estaban en guardia. No había, pues, por qué alarmarse. Antes de que entrara el invierno, el nuevo peligro se desvaneció tranquilamente.
Tal fue la campaña marítima de 1566 de uno y de otro lado —del lado turco, en que tan poco se hizo en el mar Adriático, y del lado español, en que dominaba la espera pasiva—, una campaña sin amplitud. Los españoles se guardaron muy bien de aprovechar la ocasión para actuar en Argel o en[II-512]
Túnez, como hicieron creer, por un momento, que era su intención.[42] Más bien se aprovecharon de la quietud de este año, que reservaba a otros los golpes y el peligro. Es cierto que Venecia jamás había acostumbrado preocuparse de los otros para inspirar piedad y ahora parecía que todos los golpes iban dirigidos contra ella. El turco llegaba hasta su propia casa, en su golfo, contrariamente a todas las convenciones; la señoría formuló reclamaciones muy enérgicas e hizo inmediatamente frente a la situación. En