El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La ruptura de las negociaciones hispano-turcas

 

Ahora bien, en lo tocante a los grandes Estados, es decir, a España y a Turquía, no era en modo alguno inevitable la guerra. Así se pensaba, en 1558, entre los que rodeaban a Felipe II. Una tregua de algunos años por el lado de Turquía parecía la condición para un esfuerzo más libre hacia el oeste. El 21 de mayo de 1558, Felipe envía a su tío Fernando al obispo del Águila, con

instrucciones muy claras.[1] Como una carta del emperador, fechada el 2 de enero de aquel año, le hiciera saber que en Viena se habían iniciado conversaciones de paz con el turco y que existía la decisión de pagar los tributos anuales atrasados (previstos por el acuerdo de 1547 y que no se habían hecho efectivos desde 1550), e incluso acceder a que se aumentaran, Felipe II daba su aprobación: “[…] conosciendo la poca forma que hay hoy en día en la cristiandad para oponerse con las fuerzas que serían necesarias a tan gran potencia como es la del Turco, no me puedo apartar del prudente parescer que sus súbditos, húngaros, bohemios y de Austria, cada uno por su parte, le han dado, ni de la aprobación que dello han hecho los Electores…”. Además, un intermediario “…que tiene trato é inteligencia en la corte del Turco”, se había comprometido hacía apenas algunos días a obtener del sultán una paz con España, si el rey lo deseaba. «… Yo no quise venir en que, de mi parte, se propusiese semejante plática, por algunos respetos que á ello me movieron; pero tampoco quise desecharla del todo, teniendo advertencia á que, temiéndose el Turco de mis fuerzas que tengo por la mar, podría quizá más fácilmente condescender en ablandar y moderar las condiciones de la paz con S. M., cuando entendiese que yo me dexaría persuadir á ser comprendido en ella». He ahí un rasgo típico de la diplomacia española, orgullosa y siempre atenta al “pundonor”, aunque no remisa a transigir, llegado el caso. Felipe II, que no quería en manera alguna dar los primeros pasos hacia los[II-425] turcos, dejó sus escrúpulos cuando creyó poder utilizar el relevo y la

mediación de las negociaciones de Viena.[2]

En los primeros meses de 1558 el rey no había abandonado estos tratos. Hemos encontrado, con fecha de 5 de marzo, una minuta de las condiciones

eventuales para una tregua de 10 a 12 años con el gran turco.[3] En una carta del día 6 al secretario de su embajada en Venecia, Garci Hernández, el rey anunciaba que había “… hecho elección de Nicolo Secco para que vaya al Gran Turco y en su compañía Franco de Franchis a tratar el negocio de la

tregua que como sabeis el a movido”.[4] El dicho Nicolo Secco se traslada a la corte del emperador y allí deberá presentarse después ante el duque de Sesa para recibir instrucciones. El mismo día se le ordena a Nicolás Cid, tesorero del ejército de Lombardía, pagar 2 000 escudos al citado emisario, “para el gasto de cierto camino que ha de hazer a mi servicio”, y 5 000 a Garci Hernández, sabedor del destino que ha de dar a dicha suma. El mismo día también se giran instrucciones a Nicolo Secco sobre algunas actividades

complementarias.[5] Parece que el instigador del asunto fue Francisco de Franchis Tortorino, quien se hallaba de paso en Venecia y se disponía a regresar por segunda vez a Constantinopla, siempre por cuenta de la República de Génova. Habla allí largamente con el embajador Vargas sobre las posibilidades que existían de tratar con Rustem Pachá (a la sazón, gran visir) y de los regalos que sería bueno hacerle.

Nicolo Secco, que había sido embajador en Constantinopla, debía reunirse con Franchis en Venecia para seguir luego viaje juntos hasta Ragusa. Desde allí, Franchis proseguiría solo en camino y no recurriría a Secco sino en caso de una ratificación más o menos segura de la tregua. Como en 1558, Felipe II[II-426] no quería ir demasiado lejos. Secco estaba autorizado para firmar una tregua de 10, 12 y hasta 15 años con el turco. Cada año que durara la tregua se entregaría a Rustem Pachá de 8 000 a 10 000 escudos. Felipe II deseaba, además, que Rustem accediese a que la armada turca no se hiciera a la mar en el verano próximo, aunque tuviera que ofrecérsele “una dádiva que monte de 12 a 15 000 escudos, pagaderos sin falta alguna, por una sola vez, en Venecia o en Constantinopla, a su elección”.

Sólo hemos querido entrar en todos estos detalles para establecer bien la realidad de las negociaciones y de las intenciones de Felipe II antes de la paz

de Cateau-Cambrésis. Firmada la paz, todo cambió. El 8 de abril de 1559,[6] Felipe II se explica acerca de esto en una larga carta al duque de Sesa, estableciendo los motivos de su retroceso (y admitiendo, por consiguiente, su responsabilidad). «Ya aveis visto lo que os scrivi dello q. se avia hablado y passado en lo de la tregua con el Turco y los despachos que os embie para que Nicolo Secco fuesse a entender en ella. Despues aca avyendo tenydo aviso del Empor como por medio de sus embaxadores se ha assentado tregua entre el y el Turco por tres años y que ninguna maña [manera] quiso que yo fuesse comprehendido en ella y mi fin principal desta tregua fue por ver si con ella podia hazer algun beno [beneficio] al Emperador y a sus cosas y este [sic] se ha ya conseguido con lo q. esta hecho y demas desto aviendo sucçedido este assiento de la paz con el rey de Francia por donde se puede juzgar q. el Turco sin su favor y no teniendo puertos donde se acoja su armada no la embiara contra la Xtiandad tanto mas aña-diendose a esto su edad y lo que se entiende de la gana que tiene de reposar y el desasosiego en que le tiene puesto la

descordia y mala voluntad y pretensiones q. ay entre sus hijos.[7]» La conclusión es que “debe cessar la yda de Francisco de Franchis y la de Nicolo Secco, pues no se podría tentar ni hazer en esta ocasión sin gran desautoridad nra [nuestra]”. El texto no deja lugar a dudas: “sin gran desautoridad nuestra”. Es la última palabra. Para no quedar en entredicho, para no quedar “desautorizado”, Felipe II, que se encuentra ya desembarazado por el lado del Occidente, no lleva más adelante las tentativas de paz. Pero esta actitud no dejó de traer consecuencias.

Desde junio, Felipe II había dado su aquiescencia a los proyectos de los[II-427] Caballeros de Malta y del virrey de Sicilia contra Trípoli. En carta al duque de Florencia, donde le pedía sus galeras, le explicaba: «Paresciendome que pues ha plazido a Dios nro Señor que se acabasse de assentar la paz entre mi y el christianissimo Rey de Francia, seria servicio de Dios y beneficio universal de toda la christiandad que las galeras que se entretienen a mi sueldo en Italia no esten ociosas lo que qda [queda] deste verano sino que attiendan a procurar de destruir los cossarios y asegurar la navegación… he acordado que se

emprenda lo de Tripol.[8]» Es decir, contra Dragut, beglerbey de la ciudad desde 1556. Pero ya era cosa averiguada desde 1550 que obrar contra Dragut era provocar casi seguramente una respuesta turca.

Hasta ahí llega la responsabilidad inicial de Felipe II y de su política de prestigio en la guerra mediterránea. Responsabilidad tanto mayor cuanto que la situación se prestaba a un acuerdo. El duque de Sesa opinaba el 4 de diciembre de 1559: “… las cosas del Turco van mal por la dissensión de sus

hijos”.[9] Y un hombre tan ponderado como el duque de Alcalá, virrey de Nápoles, escribía a Felipe, el 10 de enero de 1560, en el momento en que la expedición contra Trípoli acaba de desguarnecer a este reino, de gran parte de sus tropas, “… acuerda a V. Md. que agora seria tiempo de tratar alguna tregua con el Turco assi por la dissension de sus hijos como tambien porque los Estados de V. Md. estan tan necesitados y que alla se juzga que seria cosa

muy necessaria”.[10]

Felipe II no sólo rehusó buscar por su cuenta esta tregua, sino que intervino ante el emperador para disuadirle de que concluyera la que ya iba

tan avanzada. Según el embajador de Venecia, Giacomo Soranzo,[11] los artículos de paz aún no están de vuelta en Viena, a fines de octubre, cuando Felipe II, consultado durante ese intervalo, aconseja rechazarlos; hasta se ofrece a inquietar al sultán en el Mediterráneo, promete al emperador hombres y dinero, y sugiere que él podría, por medio del rey de Portugal, solicitar la ayuda de Bajazet y del sofí; en una palabra, no olvida argumento alguno. ¿No era mejor para Fernando apoderarse de Transilvania que ponerse[II-428]