El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Un clima homogéneo

Así cada año y, con frecuencia, de modo violento, el Atlántico rechaza el desierto hasta muy lejos, hacia el sur y el este. En invierno, llueve en los confines argelinos y a veces hasta en el propio corazón del Sahara. Llueve hasta en las montañas de la Arabia Occidental… El antidesierto no es el Mediterráneo, como lo escribiera Paul Morand; es el océano Atlántico.

Cuando se acerca el equinoccio de primavera, todo cambia bruscamente; es, según el calendario magrebiano, la buena estación para injertar los árboles

y cuando empieza a cantar el ruiseñor[10]. Una verdadera primavera, cuando la hay: ocho días fugitivos que hacen brotar bruscamente las hojas y las flores. En cuanto se acaban las lluvias del invierno, el desierto empieza a ocupar el espacio del mar, incluyendo las montañas de los alrededores, hasta sus más altas cimas. Se expande hacia el este y, sobre todo, hacia el norte, transponiendo los límites más avanzados del mundo mediterráneo; en Francia, los Alpes meridionales se llenan todos los veranos con el aire cálido del sur que invade buena parte del pasillo del Ródano —tan extenso—, la cuenca de Aquitania y aun las regiones del Garona, las lejanas costas meridionales de

Armórica son castigadas por la rigurosa sequía[11].

El verano tórrido reina entonces sin disputa en el centro del espacio mediterráneo. El mar se calma, sorprendentemente, y en julio y agosto se torna aceitoso, de un azul tirando a negro. Los viajes son rápidos y fáciles; los barcos salen a alta mar y las galeras se aventuran sin temor de puerto en

puerto[12]. El semestre de verano es la época buena para el tráfico marítimo, para la piratería y para la guerra.

Las razones físicas de esta estación tórrida y seca son muy sencillas. Al remontarse el sol hacia el norte, el anticiclón de las Azores crece de nuevo; echado el cerrojo, la marcha de las depresiones ciclónicas hacia el este se interrumpe. Este cerrojo no se descorre sino en vísperas del otoño, en que comienza de nuevo la invasión atlántica del semestre de invierno.

 

Un clima homogéneo

 

Los límites extremos de este clima deben situarse bastante lejos de las orillas del Mediterráneo si se les sigue, de una parte, a través de Europa, hasta los países a los que llega, en verano, la sequía sahariana, y de otra, a través de Asia y el África, hasta las regiones adonde llega, en invierno, la lluvia de las depresiones atlánticas, en el mismo centro de las inmensas zonas de la estepa. Pero ¿quién no se da cuenta de que tales fronteras son demasiado anchas? El clima mediterráneo no es precisamente tal o cual de los aspectos que acabamos de señalar, es más bien la adhesión, la superposición y la mezcla exacta de todos ellos al mismo tiempo. Basta con que se acentúe uno de esos elementos para que el clima mediterráneo se deforme inmediatamente, para que pase en el este o en el sur al clima estepario y desértico, o se deslice en el sentido contrario, por el norte, hacia el franco predominio de los vientos del oeste. La verdadera zona climática del Mediterráneo es, pues, en realidad, bastante estrecha.

Es muy difícil, por lo demás, analizar los límites en detalle. Sería preciso atender a los menores hechos, y no solamente a los físicos, porque el clima no se mide exclusivamente por las medidas habituales de la temperatura, la presión, los vientos y las lluvias, sino que se expresa en el suelo por miles de signos humanos. André Siegfried lo sugiere, a propósito de la región de

Ardèche[13]. Léo Larguier lo indica así con respecto a los límites entre

Languedoc y Lozére[14] y Vaudoyer en lo referente a las transiciones entre las

diversas Provenzas…[15]. Todas ellas verdades de detalle, por lo demás. En su conjunto, debemos atenernos sin discusión a la observación repetida de los geógrafos: el clima mediterráneo se encuadra entre el límite del olivar y el de los grandes palmerales. Inscribamos, pues, entre estas fronteras la península italiana (o más bien apenina), Grecia, la Cirenaica, Túnez y otras estrechas bandas costaneras que no exceden de los 200 kilómetros de ancho. Muy pronto surgen los biombos de las montañas. El clima mediterráneo no es, con frecuencia, sino un clima de espaldera o de riviera, en torno del mar, una delgada franja que apenas llega a ser fachada, una decoración escénica apenas, como la franja de costa que encontramos apenas desembarcar en la Crimea: la higuera, el olivo, el naranjo y el granado brotan allí en plena

tierra[16]; aunque solo en la zona meridional de la península. Y como este endeble mundo terrestre no se basta a sí mismo, se asocia, tiene por fuerza que asociarse a los espacios que lo rodean.

Pero, precisamente por su misma estrechez, este angosto y alto decorado al borde del mar es de una innegable homogeneidad climática, tanto de norte a sur como de este a oeste.

De norte a sur, porque en escala mundial esta ribera marina no pasa de ser un trazo longitudinal sin demasiado espesor. Su anchura meridiana más notable es de 1100 kilómetros, desde el fondo del África hasta la costa tripolitana; y es anormal. En realidad, las anchuras máximas vienen a ser de 600 a 800 kilómetros, con un promedio de 600 kilómetros en la cuenca oriental, y de 740 de Argel a Marsella. Espacios marítimos y continentales forman, pues, en su conjunto, un largo huso de una parte a otra, desde los 37° y los 38° de latitud norte. La amplitud de las variantes en latitud es bastante débil, y ello explica, indudablemente, los contrastes entre las márgenes del norte y las del sur, estas más cálidas que aquellas. La diferencia media de temperatura es de 4° C entre Marsella y Argel. En enero, la isoterma de 10° sigue poco más o menos el gran eje del mar, seccionando el sur de Francia y de España, tierras más africanas que europeas. Pero, en general, en el Mediterráneo predomina sensiblemente el mismo clima «geométrico».

De este a oeste también se acusan algunas variantes, debidas al hecho de que la humedad atlántica es menos pronunciada, y también más tardía, a medida que nos desplazamos hacia el este del mar.

No cabe duda de que todas estas variaciones tienen su valor. En una época en que los climatólogos se muestran atentos al detalle, el Mediterráneo les parece, y con razón, una familia de climas que hay que distinguir los unos de los otros. Lo cual no borra, sin embargo, el parentesco y el aire de familia que tienen entre sí, su innegable unidad. No es indiferente para la historia encontrar en todas partes los mismos ritmos de las estaciones, la misma vegetación, los mismos colores, y, si la configuración arqueológica se presta a ello, los mismos paisajes (parecidos hasta la obsesión). Y, en fin de cuentas, los mismos géneros de vida. Para Michelet, el Languedoc interior y «pedregoso» evoca Palestina. Para centenares de escritores, Provenza es más griega que Grecia, y no es extraño encontrarse con la Grecia por excelencia en alguna parte de Sicilia. Las islas de Hyères no estarían fuera de sitio en

medio de las Cícladas, salvo que estas son más verdes[17]. El lago de Túnez

evoca la laguna de Chioggia. Marruecos es una Italia más calcinada[18].

En todas partes encontramos la misma trinidad, hija del clima y de la historia: el trigo, el olivo y la vid; en otras palabras, la misma civilización agraria, la misma victoria de los hombres sobre el medio físico. Es decir: las

regiones del mar no se complementan unas a otras[19]. Encontramos en ellas los mismos graneros, las mismas bodegas, los mismos molinos de aceite, las mismas herramientas, los mismos rebaños y, con frecuencia, las mismas tradiciones agrarias. Lo que prospera en unos sitios, puede y debe lograrse también en otros. En el siglo XVI todas las regiones del mar producían cera, lana, cueros montonini o vacchini; todas cultivaban o podían cultivar la morera y criar el gusano de seda. Todas producían, sin excepción, la viña y el vino, incluso la tierra musulmana. ¿Quién ha cantado el vino mejor que el

poeta del islam? Hay viñedos en Tor, sobre el Mar Rojo[20], y hasta en la remota Persia, cuyo vino de Chiraz es famoso.

Identidad de producciones: ello permite aprovisionarse de los mismos géneros en cualesquiera de las regiones del mar. En el siglo XVI hay el trigo de Sicilia y el trigo de Tracia; el vino greco o latino de Nápoles, este más

abundante que aquel[21], y el que se embarca en grandes cantidades en Frontignan; el arroz de Lombardía y el de Valencia, el de Turquía y el de Egipto. Había también, para establecer comparaciones con productos de modesta calidad, la lana de los Balcanes y del África del Norte.

Los países del Mediterráneo se hacen, pues, la competencia unos a otros, o debieran hacérsela; tienen más que cambiar fuera de su mundo climático que dentro de sus límites. Pero el siglo XVI es una época de cambios poco voluminosos, de precios modestos y de viajes cortos. Hay que arreglárselas, cueste lo que cueste, entre vecinos, entre regiones abundantes en hombres y regiones poco pobladas, y la cuestión más importante es siempre la del aprovisionamiento de las ciudades, que están ansiosas de todo lo que sirva para comer, y principalmente de lo que puede transportarse sin demasiado quebranto, desde los sacos de almendras de la costa provenzal, hasta las barricas de pescado, de atún o de carnes saladas y los sacos de habas de Egipto, sin olvidar los barriles de aceite y de trigo, la mercadería codiciada por excelencia… La identidad de producciones no perturbaba, pues, los cambios en el interior del Mediterráneo; al menos, en el siglo XVI.

Desde el punto de vista humano, la unidad climática [22] entraña consecuencias muy distintas. Prepara desde un principio el camino para la existencia de idénticas civilizaciones agrícolas. A partir del primer milenio a. C., la civilización del olivo y de la vid desbordó los marcos orientales del mar hacia el oeste. Esta uniformización esencial proviene, pues, ya de los tiempos más remotos. La Naturaleza y el hombre trabajaron de consuno. Ello hacía que un mediterráneo del siglo XVI, de cualquier parte que fuera, no se sintiera expatriado en ninguna de las orillas del mar interior. Cierto es que, en el pasado, en los tiempos heroicos de los primeros viajes fenicios o griegos de la Antigüedad, la colonización era un drama; pero no siguió siéndolo. Colonizar, desde entonces, es plantar los mismos árboles, las mismas plantas, tener delante de los ojos los mismos paisajes y colocar sobre la mesa los mismos alimentos; es vivir bajo el mismo cielo y ver sucederse las estaciones familiares. Ovidio se queja de encontrarse en las márgenes del Ponto Euxino, pero le apena, sobre todo, estar lejos de Roma y de sus amigos. Los verdaderos desarraigados son extranjeros, como el fundador de la dinastía de los Omeyas, Abderrahmán, que en Córdoba, con melancólico placer, siente la añoranza de Damasco, de sus palmeras y de las márgenes del Éufrates, y se consuela contemplando en un jardín de Razafa una palmera, imagen de su propio exilio, «transplantada también ella a tierras de Occidente, lejos del país habitado por sus semejantes».

En cambio, cuando un hombre mediterráneo abandona las orillas del mar interior se lamenta y se desazona: así les ocurrió a los soldados de Alejandro cuando cruzaron la Siria y se dirigieron hacia el Éufrates, tan caro al príncipe

de Córdoba[23], o a los españoles del siglo XVI, que en los Países Bajos renegaban de vivir entre las «nieblas del norte». Para Alonso Vázquez y los españoles de su tiempo (y sin duda para los españoles de todos los tiempos), Flandes era «el país donde no se daban la lavanda, el tomillo, los higos, los olivos, los melones ni las almendras; donde el perejil, la cebolla y la lechuga no tenían jugo ni gusto; donde se cocinaba —cosa increíble— con manteca de

vaca en vez de aceite…»[24].

El cardenal de Aragón, que se presenta en los Países Bajos, en 1517, con cocinero y provisiones propias, comparte la misma opinión: «A causa de la leche y de los lacticinios, que tanto se consumen en Flandes y Alemania —

concluye—, están estos países llenos de leprosos» [25]. ¡Extraños países! Un clérigo italiano que en el verano de 1529 va a parar a Bayeux, en Normandía,

se considera [26] for del mondo.

Esto explica la facilidad con que el hombre mediterráneo circula de puerto en puerto; no se trata de un verdadero desarraigo, sino de un cambio de domicilio: el nuevo inquilino se siente en seguida a gusto en la casa donde se instala. Pensemos, en cambio, lo dura que debió de ser para los ibéricos la colonización del Nuevo Mundo. Con más o menos exactitud, la historia tradicional conserva los nombres de las mujeres y los hombres que primero sembraron y plantaron el trigo, el olivo y la viña en el Perú y en la Nueva España; eran gente que, a pesar de la hostilidad del clima y del suelo, quería hacer brotar un Mediterráneo en el trópico. Pero sus esfuerzos fueron baldíos: la civilización agraria y alimenticia del país natal, a pesar de éxitos esporádicos, no encontró un terreno propicio en la América hispanoportuguesa, zona del maíz, de la manioca, del pulque y del aguardiente de caña… Los grandes abastecimientos transoceánicos procedentes de Iberia servían cabalmente para mantener en el Nuevo Mundo, de un modo artificial, esta civilización alimenticia del mar interior: de ahí los navíos cargados de harina y de aceite, que durante siglos partían ritualmente

de Sevilla o de Lisboa hacia la otra orilla del océano[27].