El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El funcionario
FIGURA 56. Las finanzas del Estado se adecúan a la coyuntura económica. Estos curiosos cálculos venecianos (Bilanci generali, vol. I, t. I, Venecia, 1912, pp. 98-99), que no son en modo alguno estrictamente exactos, nos pueden dar de todos modos una idea del repliegue general de los recursos financieros de los Estados europeos entre 1410 y 1423 (la primera cifra representada por el círculo rayado y la segunda por el negro). En Inglaterra la cifra desciende de 2 millones de ducados a 700 000; en Francia, de 2 millones a 1 millón; en España, de 3 millones a 800 000, etc. Sería preciso, si las cifras fuesen exactas, calcular los ingresos reales como se calculan los salarios reales. Se puede decir que, en general, el Estado siempre lleva un poco de retraso respecto a la coyuntura, tanto durante los periodos de alza como durante los de baja, es decir, que durante la depresión sus reservas disminuyen más despacio que las otras —lo cual era una ventaja— y progresan menos rápidamente durante los periodos de crecimiento. Por desgracia, no se puede probar esta hipótesis ni por medio de los documentos que han servido para trazar este mapa, ni por otros que luego citaremos. Una cosa es segura, sin embargo: los recursos del Estado fluctúan de acuerdo con la coyuntura económica.
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Aparecen entonces por doquier, en cerradas filas, esos personajes que llamaremos, por comodidad y no por exceso de modernismo, los “funcionarios públicos”. Los vemos ocupando todas las avenidas de la historia política. Con ellos, se opera una revolución política que es, al mismo tiempo, una revolución social.
Llamado al poder, el funcionario no tarda en adjudicarse una parte de la autoridad pública. En todas partes tiene, por lo menos en el siglo XVI, un origen más bien modesto. En Turquía —tara suplementaria— es, por lo general, de origen cristiano, pertenece a la raza de los vencidos, y con no
menor frecuencia, judío. Según H. Gelzer,[84] de los 48 grandes visires que gobernaron entre 1453 y 1623, cinco eran de raza turca, si puede hablarse así, y uno de ellos, tcherkeso; 10 de origen desconocido y 33 renegados, de ellos seis griegos, albaneses y yugoslavos, uno italiano, uno armenio y uno georgiano. El número de cristianos que logran ascender hasta la cúspide de la jerarquía turca indica la importancia de su invasión dentro de los cuadros del Imperio otomano. Si, a la postre, este imperio se asemeja más al bizantino que
a cualquier Imperio mongol,[85] es, indudablemente, por razón de este nutrido contingente de funcionarios.
En España, donde disponemos de mejores datos acerca de esto que en ninguna otra parte, los funcionarios reclutábanse entre las personas modestas de las aldeas, incluso entre las campesinas, lo que no impide, antes al contrario, que se jactaran de descender de linajes de hidalgos: ¿quién no se jacta de ello en España? En todo caso, su ascensión social resulta notoria a todos y muy particularmente a uno de sus enemigos jurados, el diplomático y
soldado Diego Hurtado de Mendoza, quien dice en su [86] Guerra de Granada:
“Los Reyes Católicos han puesto el gobierno de la justicia y de los negocios públicos en manos de los letrados, hombres de condición media, entre grandes y pequeños, para no ofender a unos ni a otros, y cuya profesión eran letras legales”. Estos “letrados” son hermanos de los dottori in legge de que nos hablan los documentos italianos y, si se quiere, de los legistas franceses del siglo XVI, salidos de la Universidad de Tolosa, que, con sus ideas romanas, tanto contribuyeron al absolutismo de los Valois. Con un odio lúcido, Hurtado de Mendoza enumera los componentes del clan, oidores de las causas civiles, alcaldes de las causas criminales, presidentes, miembros de las Audiencias (muy semejantes a los Parlamentos franceses) y, en la cúspide, la congregación suprema del Consejo Real. Según afirman los hombres que la componen, su competencia se extiende a todas las materias: es una especie de ciencia de lo que es justo o injusto. Envidiosos de los puestos ajenos están siempre dispuestos a invadir el territorio que cae dentro de la competencia de la autoridad militar (con otras palabras: las grandes familias aristocráticas). Y esta peste no se circunscribe tan sólo a España: “Esta forma de gobernar se ha extendido por toda la cristiandad y se encuentra hoy en el ápice de su poderío
y autoridad”.[87] No se equivocaba Hurtado de Mendoza en cuanto a esto se refiere. Además de aquellos letrados que ya habían conseguido puestos de autoridad, podemos muy bien imaginarnos la legión de los que se aprestan a embarcarse en una carrera gubernamental y que, cada vez en mayor número, invaden las universidades españolas (y a no mucho tardar, las del Nuevo Mundo): un mínimo de 70 000 estudiantes de pésimo humor, calcula, a
principios del siglo siguiente, Rodrigo de Vivero, marqués del Valle,[88] otro noble y criollo de la Nueva España; ¡y entre ellos hay hijos de zapateros remendones y de braceros agrícolas! ¿De quién es la culpa sino del Estado y de la Iglesia que, ofreciendo puestos y prebendas, atraen a las universidades más estudiantes que jamás llevó el deseo de saber? La mayor parte de estos letrados han cursado sus estudios en Alcalá de Henares o en Salamanca. Comoquiera que sea, e incluso si consideramos que 70 000 estudiantes, cantidad enorme a ojos de Rodrigo Vivero, es insignificante en relación con el número de habitantes que tenía entonces España, lo cierto es que este surgir de una nueva categoría social tiene un inmenso significado político, a partir de la época constructiva de los Reyes Católicos. Aparecen entonces los
“comisarios reales” de modestísmo origen, como aquel Palacios Rubios,[89] redactor de las Leyes de Indias, y que ni siquiera era hijo de hidalgo. Tal fue también, más tarde, bajo el reinado de Carlos V, el caso del secretario Gonzalo Pérez, hombre humilde, de quien se recelaba que era de ascendencia
judía.[90] Y en la época de Felipe II, el cardenal Espinosa, que murió de un ataque de apoplejía en 1572, cargado de títulos, de honores y de numerosos empleos, dejando su casa llena de legajos y de papeles apilados que no había tenido tiempo de despachar y muchos de los cuales llevaban tal vez años enteros aguardando su hora… Gonzalo Pérez era hombre de iglesia, como el cardenal Espinosa y como don Diego de Covarrubias de Leyva, de quien su pariente Sebastián de Covarrubias de Leyva dejó en 1594 una noticia
retrospectiva bastante extensa.[91] Sabemos, por ella, que don Diego nació en Toledo, de padres nobles, que era oriundo de Vizcaya, que cursó varios años de estudios en Salamanca, fue profesor en el Colegio de Oviedo, después magistrado de la Audiencia de Granada, obispo de Ciudad Rodrigo, arzobispo de Santo Domingo “en las Indias” y, por último, presidente del Consejo de Castilla y titular del obispado de Cuenca (murió en Madrid el 27 de septiembre de 1577, a la edad de 67 años, y antes de haber tomado posesión de su último cargo). Su vida es una prueba más, entre tantas, de que se podían simultanear la carrera eclesiástica y la civil; y la Iglesia, en España, estaba más abierta a los pobres que en ninguna otra parte.
En Turquía el reinado de Solimán fue a la vez un periodo de guerras victoriosas, de múltiples construcciones y de gran actividad legislativa. A Solimán se le conoce como Solimán el Kanuni, el Legislador, lo que supone en sus Estados, y especialmente en Constantinopla un resurgimiento de los estudios jurídicos y la existencia de una clase especial de juristas. Su código era una reglamentación tan acabada del aparato judicial que, según se dice, el rey Enrique VIII de Inglaterra envió a Constantinopla una comisión de
expertos para estudiar su funcionamiento.[92] En efecto, el Kânoum Nâme es,
en Oriente, tan célebre como el [93] Codex Justinianus en el Occidente o como la Recopilación de las leyes en España. Toda la obra legislativa de Solimán en Hungría corrió a cargo del jurista Abul’s-Su’ud; y fue tan importante en lo referente a la propiedad, que muchos de sus detalles han sobrevivido hasta nuestros días.
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FIGURA 57. Las finanzas del Estado se adecúan a la coyuntura económica. La fuente de ingresos de Venecia es triple: la ciudad, la terraferma y el imperio. En esta gráfica hemos omitido el imperio, debido a que las cifras resultan con frecuencia imposibles de respaldar con nada. La gráfica ha sido construida por la señorita Gemma Miani, recurriendo principalmente a los Bilanci Generali. Las tres curvas corresponden al total de las recaudaciones de Venecia y Terraferma: las cifras nominales (en ducati correnti), las cifras en oro (expresadas en zecchini) y las cifras en plata (en decenas de toneladas de plata). Las cifras correspondientes a Francia (establecidas por F. C. Spooner) están, por desgracia, muy lejos de ser completas. Cifras nominales en livres tournois, y cifras calculadas en oro. A pesar de sus lagunas, estas curvas indican que las fluctuaciones en los ingresos estatales se corresponden con las fluctuaciones en el sector precios.
También el nombre del jurista Hibrain Halebi, autor de un libro de derecho
usual, el [94] Multekâ , se puede parangonar con los de los grandes juristas del Occidente en el siglo XVI.
Mientras más se reflexiona en ello, más parecen acusarse entre el Oriente y el Occidente extrañas analogías que van más allá de las palabras, de los términos y las apariencias políticas; mundos diferentes, sin duda, pero no siempre contradictorios. Legistas de tradición romana y legistas exegetas de los textos coránicos forman un único inmenso ejército que, tanto en el Oriente como en el Occidente, trabaja incansablemente por afirmar la idea de la monarquía y desprender de ella las consecuencias de las prerrogativas del príncipe. Claro está que sería temerario y falso pretender atribuírselo todo, en esta alza de las instituciones monárquicas, a su celo, a su devoción o a sus cálculos. El poder tenía, naturalmente, más fuentes que las jurídicas. Las monarquías continuaron siendo carismáticas. Y la economía representó su papel. De todos modos, no cabe duda de que este ejército de legistas, desde los más célebres hasta los más modestos, trabaja incansablemente por el desarrollo de los grandes Estados. Detestaba y destruía cuanto se oponía a su expansión. En la misma América, donde tanto pululan los funcionarios españoles que abusan de sus cargos, ¿quién podría negar los servicios de estas personas modestas, tan devotas a su príncipe? En Turquía, el Estado, que se moderniza muy a su pesar, multiplica los colonos en régimen de medianería en las provincias conquistadas en el este asiático: viven de las rentas que administran, pero envían la mayor parte a Estambul; multiplica también a los funcionarios asalariados; éstos, por sus servicios específicos — preferiblemente en ciudades de fácil administración— perciben un salario pagado por el tesoro imperial. Con mayor frecuencia cada vez estos funcionarios son cristianos renegados, y así se van infiltrando poco a poco en la clase dominante. Procede de la devschirme, una especie “de tributo que consiste en llevarse de sus hogares en los Balcanes a un cierto número de
niños, por lo general menores de cinco años”.[95] Y la palabra devschirme designa a la vez una categoría política y una categoría social. Estos nuevos agentes del Estado otomano van a debilitar y casi arruinar a los timariotas de los Balcanes (titulares de los timars o beneficios señoriales) y sostener
durante un largo periodo el renovado vigor del imperio.[96]
Sin proponérselo siempre claramente, no cabe duda de que el Estado, en
el siglo [97] XVI , desplazaba constantemente a sus “funcionarios”; los desarraigaba a su antojo. Los grandes Estados, más todavía que los otros. Un desplazado o desarraigado era, por ejemplo, no cabe duda, aquel cardenal Granvella, nacido en el condado, pero que, según decía él mismo, no era de ninguna parte. Ejemplo excepcional, se dirá, pero en España tenemos pruebas a montones de estos desplazamientos. Tal, por ejemplo, el caso del licenciado Palomares, destinado a la Audiencia de la Gran Canaria y que acaba su
carrera en la de Valladolid.[98] Así ambulaban, también, más todavía que los funcionarios civiles, los militares al servicio del rey, unas veces dentro y otras fuera de los cuadros del ejército. Desde Nantes, donde era a fines de siglo un agente eficiente, el representante de España don Diego Mendo de Ledesma
envía a Felipe II[99] un memorial con la larga lista de sus leales servicios, para implorar del soberano alguna ayuda en sus apuros financieros. Descendiente de una familia seguramente noble, había sido admitido, siendo muy joven, en unión de su hermano, como paje de la reina Isabel (la reina de la Paz, hija de Catalina de Médicis y tercera esposa de Felipe II). Siendo todavía un niño, había servido en la guerra de Granada, para seguir después a Italia a don Juan de Austria. En 1580, cuando la conquista de Portugal, y, juntamente con sus dos hermanos, convenció a los vecinos de Zamora a enrolarse a las banderas del Rey Católico, uniendo a las milicias de la villa las mesnadas de sus propios vasallos. Más tarde, como los zamoranos se resistieran a aceptar el aumento de sus alcabalas, dando mal ejemplo a otras villas, el gobierno envió a don Diego para ayudarlos a recapacitar… “Y luego que entré en el ayuntamiento, facilité y eché de los ánimos la perplexidad en que estavan algunos”. No habría podido encontrar mejor modo de darse a valer. Poco después lo encontramos de corregidor en Málaga.
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FIGURA 58. Las finanzas del Estado se adecúan a la coyuntura económica. El índice de los precios de la plata se ha tomado de Earl J. Hamilton. Los presupuestos están evaluados en millones de ducados castellanos, la moneda de cuenta que no ha variado durante el periodo considerado. El presupuesto se ha evaluado según las indicaciones de un trabajo inédito de Álvaro Castillo Pintado. Esta vez, y a pesar del imperfecto cálculo de las recaudaciones, la coincidencia entre la coyuntura de los precios y el movimiento de las rentas fiscales es mucho más perfecta que en los casos precedentes. Usamos el término presupuestos, pero en realidad no es correcto estrictamente hablando: nunca sabemos de modo seguro qué gastos había. Que yo sepa, sólo los archivos de Simancas y, posiblemente, los archivos ingleses contienen suficiente material para reconstruir auténticos presupuestos. Gráficas provisorias similares a las que damos aquí son fáciles de calcular en relación con Sicilia y el reino de Nápoles, e incluso al Imperio otomano; proyecto que Ömer Lutfi Barkan y su grupo de investigadores han iniciado ya por cuenta propia.
Esos corregidores, dueños de las ciudades y poderosos personajes, ayudaban al Estado a manejar a sus súbditos. Los corregidores fueron el equivalente de los intendents en Francia. En su nuevo cargo, don Diego se ocupó de la construcción del muelle del puerto. Requerido para ello, acudió sin tardanza en socorro de las plazas de Tánger y Ceuta, amenazadas por Drake, sin que ello costara al rey —¡oh milagro!— ni un real. Es verdad que ello le costó a don Diego, según él mismo aseguraba, quedar arruinado, con la bolsa vacía, pues su cargo, con motivo del socorro aportado a los presidios de la costa africana, lo obligaba a sentar a su mesa a más de 60 caballeros y a otras personas de calidad… Luego lo hicieron gobernador de Ceuta y, desempeñando este cargo, hubo de investigar la gestión de su predecesor y se vanagloria de haber sido tan buen juez, que el anterior gobernador fue reintegrado a su puesto. Satisfecho de sí mismo, pero sin empleo y metido de nuevo en su casa, cerca de Zamora, lo vemos agobiado por las justificadas quejas de su mujer y de sus hijos, comidos de miseria. En estas condiciones, acepta partir por seis meses a la Bretaña; pero esos seis meses se convierten en cinco largos años. Durante su ausencia, pasan a mejor vida su hermano mayor y la mujer de éste, sin que don Diego pueda reclamar la parte que por derecho le corresponde de la herencia. Como los ausentes llevan siempre las de perder, no logra que se le haga justicia en ninguno de los dos procesos entablados con este motivo. Es verdad que, al destinarlo a la Bretaña, el rey le había concedido una encomienda de 1 500 ducados de renta, pagándole cuatro anualidades anticipadas; pero ¿qué representaba esto al lado de sus enormes gastos, de su miseria y de la miseria de su familia?
En los archivos españoles se conservan millares de quejas y de noticias por este tenor. El historiador no debe creer a pie juntillas todas las lamentaciones que en estos papeles se exponen; pero no cabe duda de que a los “funcionarios” de la España moderna se les paga poco y mal, moviéndolos a cada paso, como peones, por el vasto tablero del Imperio español, donde los vemos, como a gente desarraigada y cortada de sus amarras locales… No cabe tampoco la menor duda de que esta gente se sentía, a menudo, desgraciada. En Madrid vive toda una población sin oficio ni beneficio, a caza de cargos, de pensiones y pago de atrasos; una muchedumbre de militares enfermos, que aguardan pacientemente, interminablemente, en las antesalas. Mientras tanto, que las mujeres y las hijas se las compongan para vivir… Dolorosa historia, la de estos funcionarios sin trabajo, que vagan a lo largo de la Calle Mayor, la calle de los ricos mercaderes, o van a buscar el fresco o el sol, según la estación del año, al Prado de San Jerónimo, donde, a veces, los vemos también confundidos con las apretadas filas de los paseantes