El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El bandolerismo y los señores

No debemos, sin embargo, exagerar los éxitos de estos procedimientos, que dan la medida de lo débiles que eran los gobiernos, más bien que la de su astucia, y que no podían ser nunca radicales. En realidad, ni la mano dura, ni las astucias policiacas, ni el dinero, ni la decisión y la tenacidad apasionadas de un Sixto V, que se lanza a la lucha con ardor de campesino, consiguen acabar con este enemigo dinámico e inaprehensible que, por otra parte, dispone no pocas veces de apoyos muy poderosos.

 

El bandolerismo y los señores

 

Detrás de la piratería marina estaban las ciudades, los Estados urbanos. Detrás de esta piratería terrestre, que es el bandolerismo, se descubre, apuntalando la aventura múltiple de los hombres, otra ayuda, la de los señores. Conviene subrayar con toda fuerza este trazo característico, que explica muchas cosas. Un auténtico señor dirige a menudo, desde lejos o de cerca, las acciones de los bandidos. He ahí, por ejemplo, al conde Ottavio Avogadro, a quien una correspondencia francesa, de Venecia, presenta

operando al frente de su banda contra los venecianos, en junio de 1583:[277] “El conde Ottavio, Sire, siempre haciendo de las suyas en Sanguene, a donde después de lo que escribí a Vuestra Majestad, volvió dos veces, habiendo quemado varias casas en el Veronesado”. Los venecianos lo persiguen, logran que Ferrara y Mantua, donde de ordinario se refugia el conde, le nieguen

asilo.[278] No consiguen, sin embargo, apoderarse de él; dos años más tarde lo[II-132]

encontramos en la corte de Fernando de Tirol.[279] Otro ejemplo: entre los bandoleros que asolaban el Estado pontificio (lugar de cita de ladrones y asesinos del norte y del sur de Italia, sin contar los del país, que eran legión) uno de los más sanguinarios, en la época de Gregorio XIII, era el duque de

Montemarciano, Alfonso Piccolomini, de quien ya hemos hablado antes.[280] El gran duque de Toscana lo salvó in extremis, después de haber estado manipulando durante mucho tiempo, bajo cuerda, al aristócrata salteador. Salvado de la horca en el último momento, pasó a Francia; se encontró, entonces, allí con la verdadera guerra, y no con una guerra de guerrillas: la guerra no le gustó al capitán de los masnadieri, el cual, haciéndose eco de promesas e invitaciones, regresó a Italia, esta vez a Toscana, donde se echó de nuevo al campo, sin piedad y sin prudencia, en contra del gran duque. Operaba desde las montañas de Pistoia, lejos de fortalezas y de guarniciones, y se dedicaba a sollevare i popoli, y a hacer delle scorrerie, con gran éxito, tanto más cuanto que en aquel año de 1590 escaseaba en esta región el trigo y la miseria potea più facilmente indurre gli uomini a tentare di variar

condizione [281] . Palabras sorprendentes por su clarividencia. Con la llegada al corazón del país toscano de ese avezado conductor de hombres, todo podía temerse, tanto más cuanto que estaba en relaciones con los presidios españoles y con todos los enemigos de la casa de los Médicis. Si hubiera avanzado sobre Siena y su marisma, se habría creado una bonita situación. Pero estas bandas no saben hacer una guerra organizada, no se atreven a atacar a las plazas-clave, se repliegan ante los gendarmes de Toscana y de Roma, y, por último, el príncipe gana la partida: el 16 de marzo de 1591,

Piccolomini es ejecutado en Florencia.[282] Así acababa esta curiosa guerra intestina, seguida con interés desde fuera, pues los hilos de estas aventuras van a parar, generalmente, a manos extranjeras, unas veces a El Escorial y

otras a Lesdiguières, en el delfinado.[283]

Son, como se ve, grandes ejemplos, que afectan la gran política. Otros casos más simples convendrían más a nuestro estudio. Pero son los menos fáciles de ver. Existían, sin embargo, vínculos innegables entre la nobleza catalana y el bandolerismo de los Pirineos, entre la nobleza napolitana o[II-133]

siciliana[284] y el bandidaje del sur de Italia, entre los signori y los signoretti del Estado pontificio y los salteadores romanos. La nobleza representa su papel en todas partes, sea política o socialmente. El dinero es la clave: con frecuencia la aristocracia está, económicamente hablando, enferma. Los gentileshombres pobres, arruinados unos, segundones de familias sin fortuna, otros, son con mucha frecuencia los cuadros directivos de esta guerra social

larvada que renace sin cesar, “semejante a las cabezas de la hidra”.[285] No les queda más remedio que vivir sobre la marcha, recurriendo a toda clase de expedientes y rapiñas; no les queda otro remedio que (como dice La Noue de la Francia de entonces, donde el espectáculo es idéntico) lanzarse “a la

desesperada”.[286] También en tiempos muy posteriores se podrá ver en movimiento con bastante frecuencia el mismo mecanismo social. Los señores que en el siglo XVIII perturban la paz en el Imperio turco, los Krdzalsen de Bulgaria, son demasiado numerosos para pertenecer todos a la nobleza

diplomada.[287] A comienzos del siglo XIX, los bandidos del Brasil eran, generalmente, braceros y peones, los cabras de los grandes terratenientes, más o menos maltratados por los tiempos nuevos y que tenían que defenderse.

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Pero guardémonos de simplificar en exceso: múltiple y polivalente, el bandolerismo, al servicio de ciertos nobles, va también dirigido contra otros. Así lo revela una noticia acerca de las hazañas, en la Lombardía, de un tal Alexio Bertholoti, “famoso bandido y rebelde del marqués de Castellón”. El 17 de agosto de 1597, capitaneando a más de 200 hombres, escala los muros del castillo de Solferino y secuestra a la madre del marqués y al hijo de éste, muchacho de unos 13 años. Conduce a sus prisioneros al pueblo y trata de hacerse franquear las puertas del castillo valiéndose de la vieja marquesa, su cautiva, con la esperanza de apoderarse del marqués en persona. No lo logra o la marquesa se niega a plegarse a sus exigencias, y él la apuñala ferozmente y mata al muchacho. Después de lo cual se entregó al pillaje e “hizo otras

crueldades de bárbaro”, según el informe del gobernador de Milán.[289] Es[II-134] evidente que el bandidismo nace de más orígenes que el de la crisis de una cierta nobleza: es campesino y popular. Marea social —“inundación”, lo

llama un historiador del siglo [290] XVII—, que remueve y agita las aguas más

diversas. Reivindicación política y social (aunque no religiosa)[291] que es, a la vez, aristocrática y popular (los reyes de las montañas, los del campo romano o los de la campiña napolitana son, por lo general, campesinos y gente humilde). Es una rebelión latente, hija de la miseria y de la superpoblación, el resurgir de viejas tradiciones; pero es, también, con frecuencia, bandolerismo puro, la aventura feroz del hombre contra el hombre. Pero no hay que creer que fuera exclusivamente esto último, y dar crédito sin reservas a lo que afirman los poderosos y los ricos, que tiemblan por sus bienes, sus puestos o sus vidas. Sin embargo, y después de descontar todo lo que pueda haber de exageración, no es posible olvidar tantas ferocidades y fechorías, relatadas con insistencia por la gente de la época.

Cierto es que la vida del hombre, en el siglo XVI, vale muy poco. Juzguemos de ello, para poner un solo ejemplo, la vida de Alonso de Contreras, contada por él mismo, que es la novela picaresca más bella que se conoce, por haber sido vivida, y por la que vemos desfilar una buena decena de asesinatos. La de Benvenuto Cellini, de haber ocurrido en nuestros días, lo habría llevado al presidio y al cadalso… Con estos ejemplos ante nuestros ojos, podemos imaginarnos cuáles serían los escrúpulos de quienes se habían hecho una profesión del arte de matar. ¿Y qué decir de las reflexiones atribuidas a Carlos V, con ocasión del sitio de Metz, por Ambrosio Paré, médico de los sitiados? El emperador preguntó qué personas estaban muriendo, si eran caballeros y personas de nota; se le contestó que eran pobres soldados. Respondió entonces que no tenía importancia que muriesen, y los comparó con las orugas, saltamontes y abejorros que se comen los brotes y otros frutos de la tierra, y que, si hubieran sido gente de bien, no

estaría en su campo por seis [292] livres al mes.