El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El imperio político de Felipe II

Todo esto explica por qué, entre la España de los Reyes Católicos y la de Felipe II, la época de Carlos V aparece cargada de un sentido más universal.

Hasta la idea de la cruzada se modifica entonces.[70] Pierde su carácter ibérico y se aleja de los ideales de la reconquista, cuya base popular tenía todavía, por aquel entonces, una gran lozanía. Después de la elección de 1519, la política de Carlos V se desgaja del suelo, se infla, se vuelve desmesurada, se pierde en los sueños de una monarquía universal… «Señor [le escribe Gattinara a raíz de su elección como emperador], ahora que Dios os ha hecho la prodigiosa gracia de elevaros sobre todos los reyes y todos los príncipes de la cristiandad, a tal grado de poder como hasta ahora sólo había conocido vuestro predecesor Carlomagno, estáis en el camino de la monarquía universal, podéis congregar a toda la cristiandad bajo el cayado de un sólo

pastor[71]». Esta idea de la monarquía universal iba a inspirar la política de Carlos V, la cual viose arrastrada, de añadidura, por la gran corriente de la época. Un alemán, Georg Sauermann, quien se encontraba en España en 1520, dirigió al secretario imperial Pedro Ruiz de la Mota su Hispaniae Consolatio, memorial en que se esfuerza por convertir a España a la idea de una monarquía universal pacificadora, llamada a unificar la cristiandad contra el turco. En un libro reciente, Marcel Bataillon ha señalado cuán cara les era a

Erasmo y a sus discípulos y amigos esta idea de la unidad cristiana.[72] En 1527, después del saco de Roma, Vives escribía a Erasmo: “Cristo ha brindado a nuestra época la extraordinaria ocasión de realizar ese ideal,

gracias a la gran victoria del emperador y al cautiverio del papa”.[73] Pocas frases tan elocuentes como ésta, que, incluso, podría infundir su verdadero color a la humareda ideológica, al sueño que rodea la política del emperador, y del que éste extrae a menudo los verdaderos motivos de sus actos… No es éste, por cierto, el lado menos apasionante de lo que fue el mayor drama político del siglo.

 

El imperio político de Felipe II

 

La obra de Carlos V cede el puesto, en la segunda mitad del siglo XVI, a la de Felipe II, dueño también de un imperio, pero ¡cuán distinto del de su antecesor! Definitivamente desgajado de la herencia del emperador durante los años cruciales de 1558 y 1559, este imperio es, incluso, más dilatado, más coherente, más sólido que el de Carlos V; pero menos adentrado en Europa, más centrado sobre España, más proyectado hacia el océano. Tiene de imperio la sustancia, la extensión, las dispares realidades y las riquezas, aunque su dueño y señor no ostente el prestigioso título, que tan bien habría resumido y hasta coronado las innumerables advocaciones que adornaban a Felipe II. El hijo de Carlos V fue descartado, Dios sabe después de cuántas negociaciones y vacilaciones, de la sucesión imperial que, en principio, pero

solamente en principio, se le reservara en Augsburgo, en 1551.[74] ¡Y cuán de menos echaba este título imperial, aunque sólo fuese en la batalla diplomática por las precedencias que se libraba con los embajadores franceses en la corte de Roma, en aquel descollante escenario en el que estaban fijos todos los ojos de la cristiandad! En 1562, el Rey Prudente llegó a pensar en conseguir por el soborno la corona imperial. En enero de 1563 corrió el rumor de que sería

proclamado emperador de las Indias.[75] El mismo rumor vuelve a circular en abril de 1563: decíase que Felipe II iba a ser proclamado “rey de las Indias y

del Nuevo Mundo”;[76] y en enero de 1564, de nuevo se hablaba de hacerlo

emperador de las Indias.[77] Como 20 años después, en 1583, corría por Venecia la especie de que Felipe II aspiraba una vez más al famoso título. El embajador de Francia escribía a Enrique III: “Sire, he sabido por estos señores que el cardenal De Granvelle viene a Roma, en este mes de septiembre, a

conseguir el título de emperador para su rey”.[78]

¿Chismes de Venecia? De cualquier modo, la información no deja de ser curiosa. También Felipe III será candidato al imperio, ya que las mismas causas producen los mismos efectos. Y no creamos que se trataba simplemente de una cuestión de vanidad. En un siglo como éste, que vive del prestigio y lo sacrifica todo a las apariencias, una guerra sin cuartel por las precedencias enfrenta a los embajadores del Rey Cristianísimo y a los del Rey Católico. En 1560, para cortar por lo sano de una vez una lucha que se encamina a un callejón sin salida, Felipe II llega a proponer al emperador el nombramiento del mismo embajador que él para el Concilio de Trento. No cabe duda de que, por no poseer el título de emperador, Felipe II no llega a ocupar, en el mundo honorífico de las apariencias, el primer rango que sin disputa le pertenecía dentro de la cristiandad, y que nadie había podido disputar, mientras vivió, a Carlos V. Tal vez habrá quien piense que esto no pasaba de ser una insignificancia. Y, sin embargo, el prestigio es, no pocas veces, en el siglo XVI, una lucrativa e importante realidad.

El carácter esencial del imperio de Felipe II es, sin duda alguna, su hispanidad —aunque más exacto sería decir su castellanidad—. Esta verdad no escapó a la atención de las personas de su tiempo, amigos o adversarios del Rey Prudente, que lo veían, impertérrito, como una araña en el centro de su tela. Pero, si Felipe II, a partir de septiembre de 1559, después de regresar de Flandes, no abandona ya la Península, ¿es solamente porque le lleva a ello su pasión, su preferencia por España?, ¿no será también, y en larga medida, por necesidad? Hemos visto cómo los Estados del imperio de Carlos V se negaban, uno tras otro, sin decir palabra, a subvenir a los gastos de su política. El déficit de los presupuestos hace de Sicilia, de Nápoles, de Milán y de los Países Bajos países a remolque y residencias imposibles para el soberano. Felipe II pasó por esta amarga experiencia personal en los Países Bajos, de 1555 a 1559, en que sólo pudo vivir gracias a los socorros en dinero enviados desde España o a la esperanza de recibirlos. Ahora bien, al soberano se le hace cada vez más difícil obtener ayudas sin sentar sus reales en el sitio mismo llamado a suministrarlas. El repliegue de Felipe II hacia España, ¿no sería un repliegue impuesto por la plata y el oro de América? El error —si es que lo hubo— fue no haberse adelantado lo más posible para salir al encuentro de este dinero hasta el mismo Atlántico, hasta Sevilla o, más tarde,

hasta Lisboa.[79] ¿O sería la atracción de Europa, la necesidad de saber lo mejor y lo antes posible lo que sucedía en la gran colmena rumorosa, lo que retenía al rey clavado en el centro geométrico de la Península, inmovilizado en aquella Tebaida de Castilla, donde, además, le placía instintivamente vivir?

El hecho de que el centro de la gran tela de araña se fijara en España tuvo de por sí importantes consecuencias. La primera de todas, la creciente y ciega devoción de los españoles hacia el rey, que había fijado su residencia entre ellos. Los castellanos amaban a Felipe II como las buenas personas de los Países Bajos habían amado al padre de éste, Carlos de Gante. Otra de las consecuencias de ello fue el predominio, bastante lógico, de los hombres, los intereses y las pasiones peninsulares. De aquellos hombres duros, altivos, grandes señores intransigentes que Castilla fabricaba y que Felipe II utilizaba en el extranjero, pues dentro del país, para el despacho de los asuntos y de las tareas burocráticas, sentía una marcada predilección por las personas modestas… En un imperio dislocado en diversas patrias, Carlos V había tenido por fuerza que moverse constantemente de un sitio a otro: tenía que dar una serie de rodeos y eludir a la Francia hostil, para poder llevar a sus reinos, uno tras otro, el calor de su presencia. La inmovilidad de Felipe II favorece la pesadez de una administración sedentaria, cuyos bagajes ya no aligera la necesidad de viajar. El río de papeles fluye más copioso que nunca. Los diferentes países del imperio van cayendo imperceptiblemente en la situación de zonas secundarias y Castilla va elevándose al rango de metrópoli. Esta evolución es clara y nítida en las provincias italianas. El odio contra el español va ganando terreno en todas partes. Es un signo de los tiempos y anuncia tormentas.

Es cierto que Felipe II no se daba cuenta de estos cambios, y creía proseguir celosamente la política de Carlos V, como fiel discípulo suyo, y no cabe duda de que, en su celo de discípulo, se aprendió demasiado bien las lecciones recibidas, torturándose en exceso con los precedentes de los asuntos que tenía que resolver. Le ayudaban en ello, además, sus consejeros, personas como el duque de Alba y el cardenal De Granvella, que eran como un legajo viviente, como sombras redivivas de la difunta política imperial. Es evidente que Felipe II se encontró a menudo en condiciones análogas, o que parecían análogas, a las que había tenido que afrontar el emperador. ¿Por qué, entonces, siendo dueño, como Carlos V, de los Países Bajos, no trató con mayor cuidado a Inglaterra, como país indispensable para la seguridad de aquella encrucijada del norte?, ¿y por qué, cargado de dominios como lo estuviera su padre, no fue, a su imagen y semejanza, prudente y contemporizador; por qué no se preocupó de armonizar todas aquellas historias lejanas y dispares, nunca bien acordadas?

Sin embargo, las circunstancias eran otras e imponían cambios radicales. Del pasado sólo subsiste la decoración. La grande, la desmesuradamente grande política de Carlos V, ¿no está ya desde el comienzo mismo del reinado de Felipe II, ya desde antes de la paz de 1559, condenada a desaparecer, brutalmente liquidada por el desastre financiero de 1557? En estas condiciones, había que reparar, que reconstruir, que volver a ponerlo todo lentamente en marcha. En su desbocada carrera, Carlos V jamás conoció tales frenazos; el potente retorno a la paz de los primeros años del reinado de Felipe II es, en cierto modo, el signo de una debilidad nueva. La gran política no se despertará hasta mucho más tarde y no tanto a causa de las pasiones del soberano como bajo la presión de las circunstancias. Poco a poco va entronizándose y ganando continuamente terreno ese poderoso movimiento de la Reforma católica, al que, abusivamente, damos el nombre de Contrarreforma. Este movimiento, nacido de una serie de esfuerzos y lentos preparativos, que ya en 1560 revela su fuerza, capaz de torcer la política del Rey Prudente, explota brutalmente frente al norte protestante, en la década de los ochenta. Este movimiento es el que empuja a España a las grandes luchas de finales del reinado de Felipe II, convirtiendo a este monarca en el campeón del catolicismo, en el defensor de la fe. Las pasiones religiosas lo impulsan y lo sostienen en estas luchas mucho más que en la cruzada contra los turcos, esta guerra empeñada como a regañadientes en el Mediterráneo y de la que la batalla de Lepanto no parece haber sido más que un episodio sin consecuencias.