El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El tercer personaje: una Alemania de rostro múltiple

Las estadísticas del año 1534 al 1545[169], referentes a los transportes de Amberes a Italia, demuestran la clara prioridad del paso del San Gotardo, que se beneficia de su situación central: conduce tanto hacia Ginebra como hacia Venecia. El Brennero, situado al este, es la otra gran encrucijada. Es el más bajo de todos los pasos alpinos (1374 metros) y cuenta con la ventaja de poder utilizar dos cursos de agua divergentes (el Inn y el Adigio) y de conducir a Venecia. Ofrece, además, un camino accesible a esos grandes carros alemanes, que del lado de acá de los Alpes llaman carretoni, los cuales van a buscar, después de la vendimia, el vino nuevo de Venecia, e incluso el de Istria, gigantesca operación comercial que se repite cada año, a no ser

cuando Venecia la prohíbe, como en 1597[170], pero esta solo raras veces se decide por semejante medida. De ordinario la permite, prefiriendo para el propio consumo los vinos más vigorosos de Le Marche y de las islas. Con la ayuda del comercio del vino, el Brennero es desde el comienzo del siglo XVI, y en mayor grado a sus finales, una de las rutas más activas de los Alpes, pero sin detentar la primacía absoluta. A partir de 1530, la ruta de Tauern, hasta entonces un simple Saumweg, es decir, un camino de herradura, se convierte,

por obra del arzobispo de Salzburgo[171], en una carretera apta para el tráfico rodado; los Estados provinciales del Tirol, defensores, y con motivo, del Brennero, se oponen a semejante competencia y tratan en vano de conseguir la oposición categórica de Fernando, rey de los romanos. Baste con este ejemplo, que habla por sí mismo de la elasticidad de las rutas alpinas: el hombre las construye y conserva, pudiendo también cambiarlas, si llega el caso.

 

El tercer personaje: una Alemania de rostro múltiple

 

Al otro lado de los Alpes se extiende una Europa verdeante, con sus bosques, sus anchos ríos, por los que navegan grandes barcos, y sus caminos, por los que van y vienen vehículos…, y muy fría en invierno. En 1491 cayó tanta nieve que los mercaderes de Núremberg pudieron ir en trineo desde su

ciudad hasta Ginebra[172].

A Alemania la podemos abordar sea de sur a norte, siguiendo los meridianos, o de oeste a este, según los paralelos. Son dos maneras diferentes de acercarnos a ella, pero no las únicas; es un país de múltiples rostros.

Si, viniendo de Italia, seguimos la línea de los meridianos, el acento recaerá sobre la Alta Alemania, que, para nuestros propósitos, se extiende hasta Colonia, Fráncfort y Núremberg. Profundamente italianizada, cliente de los vinos del sur de los Alpes, hace ya muchos años que está en contacto con las ciudades de la península, en especial con Génova, Milán, Florencia y Venecia, pero también con Roma, Nápoles y El Aquila, la ciudad donde se compra el azafrán, además de todas las ciudades a lo largo del camino. Esta

Alemania culmina hacia el sureste en el [173] Fontego dei Todeschi, una especie de Alemania en miniatura, con controles y privilegios; es un enorme edificio sobre el Gran Canal, frente al puente y la plaza de Rialto, que será suntuosamente reconstruido después del incendio de 1505. Tienen los

mercaderes alemanes allí sus oficinas titulares[174] y allí almacenan sus mercancías. Y sucede que algunas veces el Fontego está lleno hasta el techo de piezas de fustán (ese tejido revolucionario hecho de urdimbre de lino y trama de algodón). También se almacenaban en el Fontego cobre, estaño, plata y artículos de quincallería. Las especias, la pimienta, las drogas y el

algodón ( [175] südfrüchte ) se reexpedían al norte.

También Venecia está llena de viajeros alemanes, tanto famosos como desconocidos: peregrinos en marcha a Tierra Santa, aprendices de mercader como Jacob Fugger, artistas como Alberto Durero, estudiantes y criados de estudiantes de paso hacia la Universidad de Padua, uno de los cuales, Bernard Müller de Dillingen, lleva un arcabuz al hombro, por lo que la policía

veneciana considera prudente arrestarlo[176]. También se ven soldados, a pesar de que la paz de Cateau-Cambrésis (1559) ha puesto fin, de este lado de los Alpes, a los grandes días de los mercenarios suizos y los lansquenetes del Wurtemberg. Abundan, con frecuencia, los alemanes humildes: oficiales panaderos, sirvientes, artesanos de la lana, mozos de taberna y de posada que, en el ejercicio de su oficio, hacen la competencia a florentinos y

ferrareses[177]. Venecia tiene, como no podía menos de ocurrir, sus posadas

alemanas: el [178] León Blanco y el Águila Negra, y lo mismo otras ciudades italianas: en 1583 había en Ferrara una posada llamada El Halcón, y en Milán

encontramos otra: [179] los Tre Rei. La Alemania del sur creció y maduró a la sombra de la grandeza de Italia del norte y, a la vez, gracias a las deficiencias de esta. En el empeño común correspondieron a Alemania las tareas inferiores: el trabajo del algodón, ersatz textil del siglo XIV, tejidos baratos, el trabajo del hierro, del cobre y del cuero. Sin su apoyo constante serían impensables el comercio de Génova, el de Venecia y las actividades económicas de Milán. «Alemanes y venecianos —escribe Girolamo Priuli, en 1509— somos todos unos, a causa de nuestra antigua colaboración

comercial»[180]. Habría sido más exacto si hubiese dicho: alemanes e «italianos».

Esta vida en común trae consigo una extraordinaria difusión hacia el norte de la civilización italiana, reconocible hoy a la simple vista de las fachadas de

las casas[181]. También comporta la evidente explotación del norte por el sur. Pero más de una vez las crisis italianas han redundado en provecho de la Alta Alemania. Fueron los protestantes huidos de Italia quienes introdujeron en

Núremberg la industria de los brocados y terciopelos de seda[182]. Las bancarrotas florentinas del siglo XIV habían traído consigo no pocos beneficios a los mercaderes alemanes. Y, por su parte, también se ha extendido la civilización alemana hacia el sur, invadiendo muy pronto el valle del Alto Adigio y llegando hasta el sur de la sede episcopal de Trento. No ha sido mal observador ese veneciano recibido allí por el obispo, en 1492: las tres mesas eran quadre, more germanico; la comida comienza con la ensalada, de acuerdo con la costumbre alemana, y la carne y el pescado se

sirven juntos, con pan de trigo moreno, al estilo de Baviera[183].

Si queremos abordar ahora Alemania según el sentido de los paralelos deberemos iniciar por el Rin nuestro viaje. A medida que avancemos hacia el este se nos irá mostrando Alemania como un país cada vez más nuevo y cada vez menos desarrollado. El rápido surgir de una industria minera en el siglo XV y durante las primeras décadas del XVI ha creado una sucesión de ciudades nuevas, momentáneas, que se forman rápidamente y que declinan a continuación como consecuencia de la competencia de la plata venida de América a partir de 1530, o, para ser precisos, de 1550, si no es que la verdadera responsable de ello no fue la depresión económica que tiene lugar a mediados del siglo XVI. Durante la subsiguiente recuperación, que durará hasta finales de siglo e incluso hasta más tarde, Alemania, y, de modo general, la Europa Central conocerá un renacimiento industrial multiforme, del que las telas de lino de Bohemia, Sajonia y Silesia constituyen el elemento más importante, pero no el único. No es cierto, por tanto, que Alemania (como tampoco las regiones vecinas) comience a declinar después de la

muerte de Lutero (1546)[184]. La paz de Augsburgo (1555), que fue muy duradera, aportó sustanciales beneficios. E incluso lejos, hacia el este, la buena salud y el vigor de las ciudades son signos inequívocos de ello. Pierre Lescalopier, en 1574, queda admirado ante las ciudades alemanas de Transilvania, y la primera que encuentra Brasov, «que los sajones llaman Coronestat», es tan hermosa, que le produce la impresión de estre arrivé à Mantoue tant la ville est belle, toute peinte en huile le dehors des

Maisons[185].

Las dos trayectorias que hemos seguido nos han mostrado dos Alemanias. Y todavía hay una tercera, que, en contacto con los Países Bajos, se afirma a orillas del mar del Norte, en Emden, Bremen y Hamburgo. Estas ciudades se benefician al mismo tiempo del comercio atlántico que llega a ellas, de la vecindad de los Países Bajos (primeramente, Amberes, y después, Ámsterdam), de su alto voltaje económico y también de las discordias que van a resultar de ello. Hamburgo, la más vigorosa de todas ellas, inicia una triunfante carrera que ni siquiera la Guerra de los Treinta Años logrará

interrumpir[186]. Sus mercaderes se han beneficiado del levantamiento de los Países Bajos; son neutrales o, como dice un corresponsal del presidente Viglius, «siendo como son ambidiestros, obtienen, en consecuencia, grandes

ganancias y beneficios»[187]. Además se está gestando algo muy importante en los Países Bajos y esa parte de Alemania en contacto con las aguas del mar del Norte; algo que sacudirá al mundo germánico hasta los propios cimientos. A orillas del Báltico, un orden antiguo, colonial en más de un aspecto, continuará manteniendo las apariencias.

Todas estas imágenes sucesivas encajan sospechosamente bien en la ya antigua interpretación (1908) que proponía el historiador Johannes

Müller[188]. Para él el centro de las diferentes Alemanias, antaño en Colonia, se había desplazado en dirección al este, hasta Núremberg, ciudad situada en el mismo corazón de la Alemania Media, a mitad de camino entre este y oeste, y también a mitad de camino entre el italianizado sur y un norte tocado ya por los vientos del mundo moderno, e hijo del Atlántico. El centro es Núremberg, no Augsburgo, la ciudad de los Fugger. Considerado todo ello en conjunto se ofrece al historiador como una tentación: Jean-François Bergier ha sucumbido a ella en su reciente libro: «La Alemania meridional —escribe — se convierte, en los albores de la época moderna, en el auténtico centro de gravedad del mundo occidental, y ello en mayor medida que lo pueda ser la Italia del norte, los Países Bajos, la Francia de Lyon o de Marsella, y más aún,

incluso, que la Viena imperial»[189]. Eso es mucho decir. Pero debemos evitar cuidadosamente la creencia de que, en el umbral de la Modernidad, los triunfos sonados y las innovaciones del capitalismo mercantil han afectado únicamente a Lisboa, Sevilla y Amberes, ciudades privilegiadas por su contacto con el mar: el impulso del siglo XVI se ha adentrado hasta las profundidades continentales de Europa.