El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El boom del trigo turco: 1548-1564
Es un país podrido por dentro, un enorme peso muerto del que Felipe II se encontrará dueño y señor en 1580, cuando lo conquista. Tengamos particularmente presente la relación que existe entre subalimentación y enfermedades, porque no es casual. Las epidemias que van a castigar a España a finales del siglo —antes de que la regresión alcance otros lugares de Europa— encuentran su explicación en dicha relación. Se produjo la crisis de los equilibrios subyacentes.
El boom del trigo turco: 1548-1564
La crisis de la producción agrícola italiana estalla a mediados del
siglo[327]. La Península conoce un periodo de malas cosechas, de evidentes penurias de abastecimiento de víveres de boca y de subida de precios. Las causas de estas dificultades no resultan claras: superpoblación, malas condiciones meteorológicas, disminución de las inversiones agrícolas, guerras en el extranjero: causas todas posibles, o para ser más exactos, causas que se suman y contribuyen a agravar más aún la situación cada vez que se produce una carestía di formento et altri grani que no perdona ni siquiera a una
ciudad tan bien protegida como Venecia[328]. En cualquier caso, Italia ha encontrado muy pronto fácil remedio a sus dificultades, con frecuencia tan serias: basta con unos pocos pagos en plata y sus espaciosos barcos cerealeros, o los ragusinos, ponen rumbo a los puertos de Levante y el mercado turco.
El tráfico era lo suficientemente importante como para conducir a un aumento de los tonelajes medios, que suben ahora a unas 600 toneladas e incluso más. Es característico encontrar entre estos grandes navíos ciertas naves turcas especializadas en el largo viaje de Constantinopla a Alejandría de Egipto. Una de ellas, propiedad del gran visir Rustem Pachá, llegaba a Venecia, en diciembre de 1551, con una carga por cuenta de Zuan Priuli, y la
señoría le exime del pago de derecho de anclaje[329]. Es evidente que durante estos años hubo una activa complicidad por parte de los grandes dignatarios turcos, poseedores de tierras y granos, ávidos de plata en contante. Turquía — especialmente al comienzo— se encuentra en la posición de quien suplica, como quien no sabe qué hacer con sus excedentes. Cuanto más reservados se muestren nuestros mercaderes —escribe el baile veneciano el 4 de septiembre de 1551— más fácil les será conseguir condiciones ventajosas, pues hay trigo en enormes cantidades, perteneciente tanto a los señores como al pueblo, y que a causa de la guerra con el emperador, no encuentra otros compradores posibles que los venecianos y los ragusinos.
En ese mismo año de 1551, testigo de la victoriosa expedición de Sinan Pachá contra Trípoli, Venecia importa de esos puertos cerealeros entre 300 000 y 400 000 staia (de 240 000 a 320 000 hl o de 180 000 a 240 000 quintales). Si a esa suma se añaden los otros cargamentos, en especial los de las naves genovesas, acerca de las cuales no tenemos, por desgracia, informaciones precisas, nos encontraremos, posiblemente, con 500 000 quintales de trigo importados ese año de Turquía. Todos los puertos del Imperio turco han contribuido con su trigo, los de Egipto con cantidades pequeñas, los de Grecia en grandes cantidades, discretamente los del mar de Mármara, e incluso Varna, puerto del Mar Negro. Barcos de carga ragusinos que, en principio, van a Rodosto a cargar cueros o lanas, se detienen clandestinamente en Volo para cargar trigo. Todo esto permite hacer muy buenos negocios, en especial a unos cuantos mercaderes venecianos establecidos en Constantinopla y, a la cabeza de ellos a Antonio Priuli. Era tan grande la diferencia entre los precios de compra en Levante y los de venta en Italia —que puede ser el doble, el doble y medio, y hasta el triple— que los mercaderes están seguros de «no poder perder nunca».
Sin embargo, sea en Venecia, sea en Ragusa —y sin duda en otras partes —, ese comercio privilegiado, provisto por las ciudades italianas de adelantos en plata y de primas a los mercaderes, con precios de venta garantizados (prueba de que al comienzo se tropezó con grandes dificultades para reunir el dinero contante necesario para las compras) ocasiona no pocas veces sorpresas muy desagradables. En los puertos turcos sube muy pronto el precio de este trigo tan demandado; continúa siendo un buen negocio, pero es posible que atraiga ahora a menor número de compradores venecianos, puesto que el 24 de octubre de 1554, el senado exime a las naves extranjeras de pagar un derecho de anclaje superior al de las naves nacionales, a condición
de que su cargamento consista únicamente en trigo[330]. Esta medida nos indica, en el mejor de los casos, que Venecia, pese a la amplitud de su flota, tropieza con dificultades cuando quiere asegurar los transportes de cereales procedentes de Levante.
Después de 1555 comienzan a producirse escaseces locales de trigo, unas veces en Egipto, otras en Constantinopla o en Siria. Los precios siguen subiendo: de 51-55 aspros el chilo, en 1550-1551, pasan a 63-65, en
1554-1555, y llegarán a 100 en 1557-1559.[331] Y en 1555 los turcos promulgan la primera interdicción de exportar; esto explica los frecuentes ataques de las galeras turcas a los veleros occidentales en los alrededores de
sus lugares de embarque habituales[332]. Inmediatamente aparece el contrabando, que pasa al ataque abriendo brecha en el cordón policial a la altura de La Canea, en la isla de Creta, donde se instala un activo comercio de contrabando, que cuenta con especialistas propios, tales como Tarabotto o Marchio di Poggio. Caicas y caramusalis llevan el trigo de contrabando a las grandes naves de los occidentales. Las monedas de oro y plata son capaces de resolver problemas que a primera vista parecían sin solución. La cosa llega al punto de que Piero de Medici puede escribir a Cosme I, el 14 de octubre de 1559, que «se ha enterado por una fuente digna de crédito que estos Signori [los venecianos] están a punto, gracias a sus manejos, de recibir como feudo Negroponto, de los turcos: se ofrecen a pagar un elevado tributo, tan alto que es muy dudoso que la isla pueda rendir tanto. Y lo hacen con el fin de tener grano bastante para sus necesidades, sin tener que pasar por Francia o por
España»[333]. Decir esto después de Cateau-Cambrésis, en el momento que el turco lanza por segunda vez la prohibición de exportar —«disparo intimidatorio al aire» que no impide la prosecución de las actividades de contrabando—, es calumniar deliberadamente. En 1562, 1563 y 1564, los mercaderes venecianos, respaldados la mayoría de las veces por una señoría preocupada por los intereses comunes y por los de sus hombres de negocios, continúan viajando a Levante con fines comerciales, incluso «con peligro de
sus propias vidas»[334].
Sin embargo, y por lo que parece, estas dificultades han aumentado a partir de 1561; se producen incidentes: capturas de barcos cargados o todavía vacíos, y regresos sin carga. En 1564, la señoría envía a Stefano Tarabotto a La Canea para organizar los tráficos clandestinos, pero no se llega a grandes resultados. Las galeras venecianas, a falta de algo mejor, se apoderan de barcos de carga ragusinos (diciembre de 1563, marzo de 1565, enero de 1566). Seis capturas de las que estamos informados representan un total ligeramente inferior a las 37 000 staia, es decir, alrededor de 22 000 quintales
en un periodo de tiempo superior a los dos años[335]. Pero estos botines carecen de la envergadura suficiente para resolver una situación comprometida. El boom del trigo turco había tenido una vida muy breve.
Si Italia se ve obligada, a partir de ese momento, a buscar en otra parte su pan cotidiano, se debe a que en Turquía han comenzado los años difíciles. Un historiador ha clasificado ciertos periodos como catastróficos: de 1564 a 1568, de 1572 a 1581, y de 1585 a 1590; esto no significa que los periodos intermedios hayan sido de abundancia. Todos los males se dan cita en la enorme Estambul: penurias, subidas de precios, carestías espectaculares y, para redondear, la peste. «Entre 1561 y 1598 se cuentan, según la correspondencia del baile veneciano, 94 meses de peste (es decir, un total de
casi ocho años), y es probable que la cifra sea inferior a la real»[336]. Estos testimonios son importantes, pero pueden, a veces, ocultarnos lo esencial de la situación real. Como consecuencia de sus victorias militares, que le han puesto en estrecho contacto con el resto del mundo (Siria, 1516; Egipto, 1517; Rodas, 1522; Belgrado, 1540; Hungría, 1541), y como consecuencia, también, de ese boom del trigo que duró un cierto número de años, un país, anteriormente retrasado, cuyas estructuras sociales, casi carolingias, se apoyan sobre un sistema de propiedad vitalicia (una especie de beneficia), se ve lanzado dentro de la órbita de una poderosa economía monetaria, lo suficientemente fuerte en ese momento como para hacer saltar los antiguos modelos, pero demasiado débil, a su vez, para crear estructuras verdaderamente modernas. Esta economía monetaria, con sus devaluaciones, sus alzas de precios, sus acumulaciones arbitrarias, y que se permite el lujo de la importación, se superpone a una economía arcaica, estableciendo en el interior de ella islas e islotes aberrantes.
La crisis del trigo combinada con la crisis monetaria es, en larga medida, responsable de haber estimulado el desarrollo de la propiedad por herencia, es decir, de la transición del beneficium al feudo, el paso —como diríamos en Occidente— de una propiedad precaria dependiente de la buena voluntad del Estado a una propiedad total, como la que existía en los Estados contemporáneos de Hungría y Polonia. Los historiadores, al considerar Occidente entre los siglos XVI y XVII, hablan de una refeudalización, palabra ambigua que, por otra parte, es la mejor de que podemos echar mano; pues bien, algo muy semejante está sucediendo en Turquía, aunque no sabremos cómo designar ese algo hasta que no conozcamos los resultados de estudios todavía por hacer. El primero en abrir brecha en este aspecto es el libro de
Busch-Zantner[337]. El autor describe en él (aunque solo para el periodo comprendido entre los ultimísimos años del siglo XVI y los primeros del XVII) lo que fueron los tschiftliks, propiedades creadas —piensa— a la par con el ímpetu de las bonificaciones de tierras y particularmente en las regiones productoras de cereales. Ömer Lutfi Barkan y sus alumnos han podido comprobar, a lo largo del inmenso trabajo de investigación que han emprendido, ese crecimiento de la propiedad moderna en provecho de esos sultanes y esos pachás que, como ya dijimos, se estaban beneficiando del boom cerealero; salvo excepciones que confirman la regla, se han reservado para sí la venta del trigo a los compradores de Occidente, prohibiendo al pueblo el derecho a este tráfico. Es fácil suponer que esta transformación tuvo amplias consecuencias. Turquía conoce entonces lo que Europa occidental conoció cuando sonó la hora de la evolución de los precios y la revolución agrícola: un crecimiento demográfico.