El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El primado de las llanuras: Andalucía

inmigrantes corsos…[281].. Teniendo que competir con el trigo extranjero, la agricultura se deteriora cada vez más. Y las cosas se agravan aún más en el siglo XVIII. De Brosses nos dejó un cuadro angustioso de las miserias de la planicie, del abandono de sus propietarios y de las fiebres que azotaban la

región[282]. Finalmente, «el agro romano se encontraba a comienzos del

siglo [283] XIX en una situación más lamentable que nunca».

 

El primado de las llanuras: Andalucía

 

Por lo general, el destino de las llanuras es menos agitado o quizá nos parece así al no sernos bien conocido. Con todo, de la época romana a la nuestra han ocurrido notables variaciones durante la ocupación y explotación de las regiones bajas tunecinas, donde quedan pruebas abundantes de un antiguo esplendor. Y otro tanto se puede decir de la Baja Siria o de Macedonia, abandonada durante siglos y que solo se despertó a partir de 1922, o la asombrosa Camarga, cuyo destino aún hoy continúa sorprendiéndonos.

Sea de ello lo que quiera, estas vastas planicies representan la parte más esencial de la historia agrícola mediterránea; la última parte, la más difícil, pero también la que obtuvo el más magnífico de los resultados, siempre y cuando que desde el punto de vista humano no paremos mientes en el alto precio que hubo de pagarse para triunfar sobre las aguas. Cada una de esas conquistas fue una gran hazaña histórica, rica en consecuencias. A tal punto, que, a la vista de cualesquiera de los acontecimientos históricos más importantes, debemos preguntarnos si no tuvo por causa una de esas grandes empresas agrarias.

Así podemos pensar, en efecto, en lo tocante a Egipto, Mesopotamia y Macedonia. Y lo mismo podría decirse de la primitiva campiña romana, disciplinada y rica en hombres; poco a poco, fue triunfando sobre todas las montañas que la rodean. Después hizo la unidad de Italia, y, por último, la del Mediterráneo. Recuérdese el importante papel que ha desempeñado la planicie del norte de Italia, el Piamonte, todavía montañoso y rústico hasta llegar a las diferentes Venecias y al Friul; y la gran acción —ya volveremos sobre ella— desplegada por las amplias llanuras balcánicas del Mar Negro.

No hay ejemplo más fascinante de tal primacía que el de las planicies de la Baja Andalucía. En el siglo XVI era esta una de las más ricas regiones del Mediterráneo. Entre el viejo zócalo castellano, al norte, y las montañas ásperas y jóvenes que hacia el sur forman la alta cordillera Bética, las planicies andaluzas desarrollan sus suaves ondulaciones, sus praderas, que a veces evocan, hacia el oeste, la región del norte de Flandes, y que casi siempre están cubiertas de viñedos y de extensos olivares… Como todas las planicies, también esta hubo de ser conquistada trozo a trozo. En los primeros

tiempos de Roma, todo el Bajo Guadalquivir era una marisma[284], algo semejante al Bajo Ródano primitivo o a la Mitidja, antes de la colonización francesa. Pero pronto, y con relativa rapidez, Andalucía, la Bética, iba a convertirse en el corazón de la España romana, ese vergel de ciudades extraordinariamente hermosas, demasiado pobladas acaso y demasiado difíciles de mantener.

Tal es, en efecto, el reverso que nos presenta la medalla de la riqueza de las planicies: especializadas en cultivos remuneradores y poco variados, estas dependen en parte del exterior para su diario sustento. Exportadoras de aceite, de uvas y de vinos, de tejidos y de objetos manufacturados, las ciudades andaluzas viven del trigo del norte de África. Quien poseyera el trigo africano las tenía a su merced. Con su complicidad se posesionaron del granero los

vándalos en el siglo [285] IV ; cuando fueron desalojados por los bizantinos, en

el siglo siguiente, estos no tardaron en posesionarse de Andalucía. Y al llegar la hora de los árabes tampoco pudo Andalucía oponerles una larga resistencia… A cada nueva «conquista», Andalucía pasa a ser el florón de la nueva corona. Fue el corazón de la resplandeciente España musulmana, sin duda poco extendida por el norte de la península ibérica, aunque siempre o casi siempre abierta en dirección del África Menor, de cuyas costas y de cuya rústica población y agitada historia nunca llegó a estar completamente separada… En este vergel de ciudades surgieron dos metrópolis: Córdoba y más tarde Sevilla. Córdoba llegó a ser escuela de toda España, de todo el Occidente musulmán y cristiano, pero ambas ciudades se erigieron en capitales de arte y centros de civilización.

Esta grandeza seguía aún viva cientos de años después, en el siglo XVI. Había sido necesario, sin embargo, cicatrizar las grandes heridas abiertas por la reconquista cristiana en el siglo XIII, la cual había causado en la región andaluza, sobre todo en el sur, considerables estragos y abierto múltiples lagunas que la colonización primero militar y después pacífica tardó mucho tiempo en llenar. Este lento trabajo de reparación no había terminado todavía

en el siglo [286] XVI, a pesar de ello, Andalucía era aún una región espléndida:

«granero, huerto, bodega y establo de España»[287], del elogio ritual de los embajadores venecianos en sus Relazioni… Por si faltara algo, el siglo XVI añadió a las glorias y a las riquezas de esta magnífica tierra el regalo de América. Por espacio de casi dos siglos, desde 1503, la América fue, en realidad, patrimonio de Sevilla. La América, es decir, la Casa de Contratación, las flotas que arribaban a las Indias y las que volvían del Nuevo Mundo cargadas con la plata de México o del Perú; los mercados de las densas y activas colonias abiertos al extranjero: todo quedó bajo el legítimo monopolio. ¿Por qué razones? En primer lugar, para gobernar más rigurosa y celosamente aquel tráfico, fuente de gran riqueza: era el punto de vista de los gobernantes. En segundo lugar, porque el camino de América dependía de los alisios y Sevilla estaba situada a la puerta misma de estos vientos. Pero detrás de esta singular fortuna, ¿no había como fundamento una ciudad privilegiada, admirablemente abastecida por las naves que descienden por el Guadalquivir y por los famosos carros tirados por dos pares de bueyes? Es la gran planicie vinícola y olivarera la que anima por debajo de cuerda el tráfico sevillano. Era el aceite y el vino de estos campos lo que los barcos del norte, bretones, ingleses u holandeses, venían a cargar a Sevilla, y no únicamente las lanas de Castilla, la sal de Sanlúcar —incomparable para la salazón del bacalao— y los productos importados de las Indias.

La riqueza de Andalucía la empujó, pues, y hasta quizá la obligó, a salir de sus fronteras. En el siglo XVI, Sevilla y el interior de Andalucía, país que ha sido siempre mitad musulmán y apenas mitad cristiano, construían, humanamente hablando, con sus hombres, grandes extensiones de la América española: esos territorios llevan todavía el sello de origen. Carlos Pereyra lo ha dicho magníficamente. España arranca de sí a sus hombres en beneficio de estas regiones del sur abiertas al mar.

He aquí lo que, en conclusión, debe ponernos en guardia contra la vívida expresión de Pierre George acerca de esas planicies, a las que él llama «células terrestres» vecinas del mar. En realidad, estas células distan mucho de encerrarse en sí mismas. Si extienden su influencia, generalmente es porque la economía de los inmensos espacios de mar viene en su ayuda, o, más exactamente, las toma a su servicio, las condena a los grandes cultivos de exportación. Los viñedos y los olivares progresan en la Baja Andalucía del siglo XVI bajo los auspicios del gran comercio sevillano. Paralelamente, al otro extremo del Mediterráneo y ya casi fuera de su órbita, el desarrollo del cultivo del trigo en Moldavia y en Valaquia en tiempos de Miguel el Valiente, en las postrimerías del siglo XVI, y el fortalecimiento del régimen señorial que lleva consigo, se hallan vinculados al comercio de granos en el Mar Negro, también en pleno auge. Pondremos algunos ejemplos análogos, estos ya fuera de los ámbitos del siglo XVI: el algodón y el tabaco, que contribuyeron a la bonificación de la planicie de Salónica; la granza, introducida en el condado veneciano en el siglo XVIII, y gracias a la cual se desecaron las tierras bajas de esta región y se acabó con los últimos restos del paludismo; o los viñedos que, alrededor del año 1900, contribuyeron a hacer salubre la zona de Mitidja…

Podemos asegurar, en suma, que para hacer frente al desarrollo de las regiones bajas hay que contar con el aflujo de los grandes beneficios asegurados por el comercio, el gran comercio a larga distancia. Ahora bien, ¿este comercio no equivale, visto a corta distancia, a la proximidad de una gran ciudad compradora, rica en capitales y capaz de asumir las cargas, las responsabilidades y los riesgos de la empresa? Todas las bonificaciones de tierras llevadas a cabo en el siglo XVI y de que hemos hablado se encuentran precisamente en la órbita de influencia de las grandes ciudades: Venecia, Milán, Florencia… Del mismo modo, Argel hizo surgir, hacia 1580, como reflejo de su propia grandeza, una vida agrícola importante en Mitidja. Vida efímera, quizá, porque la planicie seguía aún prisionera, por aquel entonces, de sus aguas malsanas; pero, de todos modos, el campo se puso a producir, para la ciudad que se expandía y para las lujosas mansiones de los corsarios turcos y de los renegados —Dios sabe al precio de cuántas vidas humanas—, ganado, leche y mantequilla, habas, garbanzos, lentejas, melones, pepinos, palomas… Despachaba, para ser cargados en los barcos surtos en el puerto, cera, cueros y gran cantidad de seda. Cuenta con sus trigales y sus campos de cebada; y Haedo —que quizá no ha visto todo esto personalmente— concluye que aquello debía ser el jardín del Paraíso… De modo análogo, la ciudad de Valencia explica las huertas que la circundan y a las que, además, suministra abono. «Si las calles [de Valencia] no están pavimentadas [dice un viajero del

siglo [288] XVIII ], es porque sus detritus, mezclados con las inmundicias que las cubren solamente por unos instantes, se transportan fuera de sus muros para fertilizar los campos adyacentes, y porque existe la seguridad de que, de pavimentarlas, se privaría a ese gran vergel que rodea por todas partes a Valencia de una de sus principales fuentes de fecundidad».

Toda planicie ganada para los grandes cultivos acaba convirtiéndose en una potencia económica y humana, en una fuerza… Pero no vive para sí misma: ha de vivir y producir para el exterior. Y esto, condición de su grandeza, es también —en un siglo XVI donde nadie tenía seguro el pan cotidiano— la causa de su dependencia y miserias. Ya lo veremos en el caso

de Andalucía, forzada, desde antes de 1580, a importar trigo nórdico[289].