El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La toma de Túnez por don Juan de Austria, otra victoria sin consecuencias

producidos por la Noche de San Bartolomé, no ocultan su preocupación.[194] ¡Ojalá que el rey de Francia —dicen— pueda prohibir a sus hugonotes que acudan en socorro de los rebeldes de los Países Bajos! Estos rumores, verdaderos o falsos, recogidos por la poderosa y razonable, pero al mismo tiempo ciega maquinaria del Imperio español, se amplían y se difunden por mil canales laterales, cobrando a veces forma y vida en ellos… Recomienza la guerra de las sombras…

 

La toma de Túnez por don Juan de Austria, otra victoria sin [II-637]

consecuencias

 

Sin proponernos, ni mucho menos, abrir el dossier de las justas quejas de España con respecto a Venecia, atiborrado sin medida por la gente de la época y por los historiadores, debemos reconocer que España no había hecho nunca esfuerzos tan leales y tan poderosos en favor de la Liga como durante el invierno de 1572 a 1573. Sabemos que aumentó el número de sus galeras

botando al agua nuevas unidades en los astilleros de Nápoles y Mesina,[195] de Génova y Barcelona. Un informe de Juan de Soto, secretario de don Juan,

llega a proponer gigantescos efectivos: de 300 a 350 galeras…[196] ¿Pura locura? Sí y no. Juan de Soto habla, al mismo tiempo, de una solución bastante razonable: armar estas galeras con milicianos y, sobre todo, construir en Mesina un arsenal o, más exactamente, ampliar el que se estaba construyendo en aquel puerto, cubriéndolo para que, al llegar el invierno, pudieran quedar bien albergadas en él las galeras. En una palabra, imitar Venecia…

Así, pues, España no había hecho nunca esfuerzos tan grandes. Ormaneto, el obispo de Padua, enviado a Madrid como nuncio por Gregorio XIII, encontró la mejor y la más comprensiva de las acogidas, aunque se opusiera resistencia a su deseo de que, a partir de marzo, fuesen enviadas unas 100 galeras al Archipiélago, con la misión de hacer una razzia por las costas de aquellas islas. En este caso era el ejemplo turco el que, al parecer,

atormentaba las imaginaciones.[197] Felipe II y sus consejeros, más conocedores de la importancia de las cosas del mar, no quisieron aceptar las ideas que se les sugerían. El rey optaba, una vez más, por lo posible y no por lo grandioso.

Todos los ministros del rey acogen también con firmeza y mesura la defección de Venecia. Al conocerla, el papa, de ordinario tan dulce y tan amable de carácter, se deja llevar por un transporte de furia contra la República perjura. Trata abominablemente al embajador de Venecia. E inmediatamente, sin pararse a pensar, revoca todas las gracias, grandes y pequeñas, otorgadas por él a la República. Después recobra la calma y[II-638] olvida… Por el contrario, don Juan de Austria, Granvella y don Juan de Zúñiga conservan su sangre fría. Lo que no les impide ponerse a escribir y a enjuiciar, pero serenamente y con toda objetividad. No cabe duda de que habían previsto el suceso como una inminente probabilidad, y estaban preparados para recibir la noticia. El más vehemente de todos, don Juan, supo mantenerse, en este caso, dueño de sí mismo.

Mientras tanto, la armada turca hacíase a la mar, tal como estaba previsto. Tardíamente, por lo demás. Un testigo ocular la ve partir de Constantinopla el

1 de junio.[198] Pero Philippe de Canaye sostiene que no pasa por delante de

los castillos hasta el 15,[199] [200] y por los Dardanelos el 5 de julio, no antes. No cabe duda de que la verdad se contiene en el aviso de Corfú que, el 15 de junio, anuncia que la salida de la flota ha sido en dos veces y que ya el 3 de junio había llegado Caragali a Negroponto con un primer convoy, 200 galeras, según se decía, a las que Piali Pachá se uniría más tarde con otras 100. Esta demora explica por qué los españoles, en Italia, consideraban la situación con cierto optimismo. “La armada del Turco no hará empresa este

año [escribía don Juan de Zúñiga, el 30 de julio][201] y que… ha salido a estorbar que el Señor Don Juan la haga y que esta la armada muy mal en orden”, detalle este último que habrán de repetir todos los avisos sucesivos. No por ello dejó de proseguir su ruta la armada enemiga, que el 28 de julio echa anclas cerca de La Prevesa. Desde Corfú se anuncia, el 3 de agosto, que la flota se propone, indudablemente, hacer alguna incursión a las costas de la Apulia antes de ir a La Goleta y que su doble objetivo es impedir que los españoles hagan una expedición contra Berbería y reducir al orden a los

albaneses, nuevamente sublevados.[202] El 4 de agosto, según Philippe de Canaye, la flota turca pone proa a los Abruzos, con la intención más o menos sincera de encontrarse con los navíos de don Juan o de marchar sobre

Palermo.[203] En realidad, no parece segura de sus planes. Navega por un instante hacia Mesina, y el 8 de agosto pasa por delante de las costas[II-639]

napolitanas y del cabo de Colonnes.[204] Pero el 14 de agosto parece estar de regreso en La Prevesa, espalmando en las playas de la isla de Sapienza. El 19,

es cierto, se hace de nuevo a la mar.[205]

Esta partida de la escuadra turca, organizada en formación cerrada, es precisamente la que comienza a producir inquietud entre los españoles. Corre el rumor de que la flota turca continuará su ruta hacia el Occidente y que invernará en un puerto francés. Don Juan da la orden de no relevar la

infantería mantenida durante todo el verano de guardia en Cerdeña.[206] Este mismo rumor de que la flota se propone invernar en Francia circula por Roma

hacia el 25 de agosto,[207] aunque Zúñiga, por su parte, se niega a darle crédito. La historia no sabría decir si estaba o no en lo justo, pues la flota turca se encontró en el camino con una gran tempestad. Se perdieron algunas

galeras y otras salieron muy seriamente dañadas,[208] siendo necesario enviar

a La Prevesa en busca de remos y mástiles.[209] ¿Fue esto lo que la obligó a volverse atrás? Un aviso del 29 de agosto, desde Corfú, señala su presencia en

los “Gumenizos”.[210] A comienzos del mes de septiembre, maltrecha y muy

en desorden, se la señala, no en las costas cristianas, sino ya en Valona.[211] El 5 de septiembre se desplaza, sin embargo, a las tierras del cabo de Otranto,

donde toma la pequeña fortaleza de Castro.[212] Pero el 22 vira en redondo

hacia Constantinopla,[213] con sus 230 velas, sin haber logrado nada o casi nada en sus andanzas por los mares. A fines de mes renueva su provisión de

víveres en Lepanto.[214]

Sin embargo, este errático viaje de la flota turca ha gobernado a distancia los movimientos de don Juan de Austria. Hacía ya mucho tiempo, en efecto,[II-640] que los medios españoles venían pensando en una expedición contra el norte de África. Las fuerzas reunidas durante el invierno, aunque incapaces de oponerse al conjunto de la flota turca, no eran, sin embargo, nada desdeñables. Y existía, desde luego, la intención de emplearlas. «Se cree aquí

[escribía desde Madrid el agente florentino Del Caccia][215] que habrá alguna expedición contra el Turco, contra Argel o contra otro punto, pues así lo

indican los grandes preparativos que se hacen a la vista de todos, el dinero[216] que se reúne, las nuevas levas que se hacen en España y la botadura de las galeras terminadas en Barcelona. No cabe pensar, en efecto, que semejante

esfuerzo sólo se destine a defenderse contra la armada turca.[217]»

Pero, mientras la flota otomana estuviese a la vista de las costas de Nápoles, no podía pensarse en ninguna empresa semejante. No se podía correr el riesgo de un nuevo fracaso como el de Yerba. En cuanto al objetivo de la expedición, parece ser que se dudó entre Argel, que tenía las preferencias de

don Juan, e incluso de Felipe II[218] y de la opinión pública española, y Bizerta y Túnez, como lo pedía Sicilia, como lo aconsejaba la proximidad de las bases y como, al parecer, opinaba el Consejo de Madrid. Lo cierto es que para junio ya había recaído una decisión. La expedición contra Argel quedaba

remitida a un porvenir más o menos lejano.[219] El punto de ataque elegido era Túnez.

Pero aún no se habían tocado las playas de África, y ya se planteaba el problema. Estaba bien tomar Túnez. Pero ¿qué hacer después? ¿Conservar esta plaza? ¿Restablecer en ella un príncipe indígena, como lo había hecho Carlos V en 1533, sin abrigar, por lo demás, ninguna ilusión acerca de ello? El 26 de junio, don Juan escribía a Felipe II: “Ha parescido aca que Tunez se debe emprender con fin de conservarla por V. M. sin darla al Rey Amida

[Muley Hamida]”.[220] Parece, en efecto, a juzgar por una carta de Juan Andrea Doria, que Felipe II había encomendado a su hermano que decidiera[II-641]

en última instancia acerca de este asunto.[221] La misma carta indica que el proyecto de Argel se ha abandonado por estar la estación del año ya muy avanzada. Y si no nos damos prisa, añade la carta, el mismo peligro surgirá con respecto a Túnez, “porque aunque esta corta la navegación, como se sabe, es tan difficil la que ay de Trapana a La Goleta, en pasando Agosto, si acierta a haver llovido en Berberia, que a acontecido estarse las galeras en Trapana mas de dos meses por passar”. Don Juan ha hablado de hacer venir caballería de los Estados del archiduque Fernando, asunto harto largo y complicado. Lo mejor será emplear lo que se tiene a mano y mandar venir los alemanes que están en Lombardía. Con ello bastará…

Darse prisa. No cabe duda de que el consejo era bueno el 2 de julio, antes de la llegada de la armada turca. Pero pronto fue necesario contar con ella, con su presencia obsesionante y con las alarmas que acompañaban todos sus movimientos. Era un nuevo freno, una nueva causa de demoras, que no venía a descartar, por lo demás, las otras dificultades, ni las del abastecimiento de grano, ni la de la habilitación de las galeras, ni la de los envíos de tropas y

dinero, problema este último que volvía a plantearse con apremio.[222] Sin duda por esta razón se había trasladado don Juan a Nápoles, que era, más que Mesina, la gran estación reguladora. Aunque enfermo, “abrumado por tres o cuatro indisposiciones”, no por ello se dio menos prisa, para ganar Sicilia sin

pérdida de momento, pero no Mesina, por donde no haría más que pasar,[223] sino los puertos de la costa occidental, Palermo y Trapani, que se hallan a las puertas mismas de África. Mientras don Juan se afanaba en sus preparativos, el duque de Sesa, lugarteniente suyo, se alarmaba, y no sin razón, con los rumores según los cuales la armada turca se disponía a invernar en Valona. Y preguntaba a Felipe II si no convendría, como se lo había propuesto a don Juan, “embiar XII U (12 000) infantes entre Spañoles y Alemanes en fin de

octubre en muy buenas naves a La Goleta”.[224] Y Felipe II, por su parte, debía considerar el peligro turco bastante grave, puesto que el 12 de agosto[II-642] escribía a Terranova para decirle que la expedición de Túnez sólo se haría si

la flota turca suministraba la ocasión de emprenderla.[225]

Y no cabe duda de que don Juan necesitaba que le hiciesen llegar estos avisos prudentes, pues en el mismo momento, el 15 de agosto, declaraba al rey que estaba decidido a lanzarse a la expedición aunque la armada turca no

se retirase.[226] ¿Lo hacía cediendo a su propio ímpetu, o a causa de los requerimientos, cargados de promesas, de la Santa Sede? El Santo Padre, en

efecto, no sólo ofrecía sus galeras,[227] sino que hablaba, incluso, de colocar la corona de Túnez sobre la cabeza de don Juan. Acerca de este pequeño punto, tan maravillosamente embrollado por los documentos de la época y por los

historiadores, no creo, pese al parecer autorizado de O. de Torne,[228] que deba atribuirse todo a las maledicencias de Antonio Pérez. No cabe duda de que el espíritu de don Juan se hallaba torturado por el deseo de llegar a ceñir una corona, y esta inquietud no le dejaba punto de reposo. Según Torne, el papa no habló de la corona hasta después de la toma de Túnez. Es posible. Sin embargo, se da la circunstancia de que, en su carta de junio, citada más arriba, don Juan descartaba la idea de una eventual restauración de Muley Hamida. Y al apoderarse de Túnez, instituirá un gobernador indígena, y no un rey. ¿Lo hace acaso sin segunda intención? Por su parte, el papa declara en Roma, hacia el 20 de octubre (cuando todavía se ignoraba la victoria de don Juan), que “si ganaba a Túnez, sería mejor conservar aquel reino que darlo a

ninguno de los reyes moros”.[229] ¿No era esto un primer jalón y un indicio de una inteligencia previa entre el papa y el hermano de Felipe II? ¿No había prometido ya Pío V a don Juan el primer Estado conquistado a los infieles? Un Estado, el que fuera. Lo que tentaba a don Juan, en efecto, más que el poder real, era el título. No nos empeñemos en juzgar estas cosas con las ideas del hombre de hoy. En esta Europa obsesionada con las precedencias y las jerarquías, todos los príncipes jóvenes soñaban con coronas. ¿No acaba de conseguir la suya el duque de Anjou? Don Juan, acicateado en lo más vivo de[II-643] su amor propio por su condición de bastardo, mantenido en el rango inferior de Excelencia, llegará a soñar, en 1574, con la corona de Francia, al vacar ésta por la muerte de Carlos IX, y en sus últimos años, en los Países Bajos, a vivir obsesionado por el sueño de la corona de Inglaterra…

Es, pues, muy posible que Gregorio XIII, deseoso de luchar contra los infieles y afanoso de realizar grandes empresas, tratara de asegurar el éxito de ésta mediante una promesa por el estilo y se concibe mejor antes que después de la victoria de Túnez.

En efecto, don Juan tuvo que hacer un esfuerzo enorme, obrar casi milagros, para reunir todo lo necesario para la expedición y obtenerlo casi sin

dinero.[230] [231] Los créditos nutricios se le facilitan bocado a bocado. Recibe dos letras de cambio, una por 100 000 escudos y otra por 80 000, pagadera la primera a fines de diciembre y la segunda dentro de los 40 días siguientes al 1 de enero. Puede valerse de ellas para obtener anticipos, le escribe Escobedo… ¿Mala voluntad? No; lo que ocurre es que la situación general del tesoro español es deplorable, catastrófica. La cifra de los empréstitos contraídos en Medina del Campo da miedo, le escribe también Escobedo. “Flandes acaba con nosotros…”

A comienzos de septiembre, don Juan parte de Mesina para Palermo, a

donde llega el 7.[232] Deja tras sí al duque de Sesa y al marqués de Santa Cruz, y despacha a Trapani a J. de Cardona. Sus fuerzas y su estado mayor se hallan, así, diseminados a lo largo de la costa norte de Sicilia. La noticia de que el 2 de septiembre se ha avistado la flota enemiga a la altura del cabo de

Santa Maura, retirándose hacia Levante, le decide a obrar.[233] Era, sin duda, un indicio bastante vago e insuficiente, pero de todos modos la flota española no estaba preparada para hacerse inmediatamente a la mar. El presidente de Sicilia (desde Pescara, la isla no había vuelto a tener un virrey) emplea este plazo para redactar un largo memorial sobre las empresas proyectadas en

Berbería.[234] [235] El 27 llega don Juan de Palermo a Trapani. En este[II-644] momento llegan noticias de que se acerca la armada turca, amenazando aquellas costas, hasta el punto de que Granvella toma las medidas del caso

para la defensa del reino de Nápoles.[236] La empresa africana volvía a ser, pues, una empresa arriesgada.

Pero no por ello dejó don Juan, aunque navegando con el viento de frente, de lanzarse rumbo al África, el 7 de octubre, aniversario de la victoria de

Lepanto.[237] Habiendo zarpado de Marsala, recala en la Favignana, cuyo refugio abandona a las cuatro de la tarde. El día 8, al ponerse el sol, está delante de La Goleta. Desembarca el 9, ya con noche cerrada, enviando a tierra 13 000 italianos, 9 000 españoles y 5 000 alemanes. Su flota consta de 107 galeras y 31 navíos, más el galeón del gran duque de Toscana y numerosas barcas cargadas de víveres, fragatas y otros pequeños barcos de

particulares.[238] El 10 se acerca a la ciudad, abandonada por sus habitantes sin combatir. Al día siguiente, la ciudad es ocupada sin la menor dificultad:

[239] en la casbah sólo se encuentra algún que otro anciano.

¿Qué va a hacer don Juan con su conquista? Madrid envía la orden de desmantelar la ciudad. Pero esta orden no llegó a conocimiento de don Juan hasta su regreso. Sobre el terreno, sin instrucciones, reúne (tal vez el 11, acaso el 12) un consejo de guerra en la casbah de Túnez. Convoca a él, además de sus consejeros habituales, a los coroneles de las infanterías española, italiana y alemana, aparte de algunos capitanes y otras personas de quienes se sabía que podían emitir un parecer autorizado. ¿Por puro azar, o porque don Juan trata de ahogar en una masa a sus consejeros oficiales? Lo cierto es que el improvisado consejo acuerda, por mayoría de votos, que la ciudad sea

conservada por el rey de España.[240] Y don Juan redacta las órdenes congruentes con este acuerdo. Como medida esencial, deja en Túnez, ciudad conquistada, una guarnición de 8 000 hombres, 4 000 italianos y 4 000

españoles, a las órdenes de un “artillero”, Gabriel Serbellone.[241] Medida que[II-645] entraña todas las demás, y principalmente el nombramiento de un gobernador indígena, el infante hafsida Muley Mahamet, hermano del antiguo rey Muley Hamida (algo equivalente, si queremos, a un protectorado) y la construcción

de un enorme fuerte, que domina y señorea la ciudad.[242]

Faltaba por saber —y Granvella mostraba sus preocupaciones por ello, viendo bramar sin descanso el mar tempestuoso— si don Juan sería tan afortunado en la toma de Bizerta, donde se decía que habían ido a refugiarse bastantes turcos, en un puerto como aquél, que se sabía apto para los corsarios

y fortificado a medias.[243] Pero también Bizerta, pese a los augurios en

contrario, se rindió sin defenderse.[244] En la saqueada Túnez, don Juan sólo se detuvo ocho días. Después de cuatro días de preparativos en La Goleta, se embarcó de nuevo el 24, tomando Porto Farina el mismo día. El 25 estaba en Bizerta. Zarpó de allí con sus naves cinco días después, ganó con buen tiempo la isla de la Favignana, y el 2 de noviembre entraba en Palermo, donde 13

días antes se había iluminado la ciudad para festejar la toma de Túnez.[245] El 12 de noviembre se encontraba ya en Nápoles, donde Granvella podía

parafrasear en homenaje a don Juan el “ [246] veni, vidi, vici” de Julio César…

No cabe duda de que, militarmente, la expedición de Túnez había sido un fácil y rápido paseo militar. Una escampada de unos cuantos días al final de la estación del buen tiempo, cuando en los huertos “maduraban los higos”, había facilitado mucho las cosas. Un paseo sin sorpresas, extraordinariamente venturoso, no cabe duda. Pero ¿podemos decir que fuese realmente una victoria?