El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Recursos y balance de la montaña
pueblos no conquistados, que no pagan impuestos»[74].
Recursos y balance de la montaña
Como vemos, la montaña rechaza la gran historia, no soporta cargas ni se aprovecha de sus beneficios; rehúsa los productos más acabados de la civilización o, por lo menos, los acepta con reticencia. Sin embargo, la vida misma se encarga de mezclar indefinidamente a la parte de la humanidad refugiada en las alturas con la que mora en las tierras bajas. Físicamente, no hay en la cuenca del Mediterráneo montañas circundadas por límites infranqueables, como las que abundan en el Lejano Oriente, en China, en el
Japón, en Indochina, en la India y aun en la península de Malaca[75], y que, sin contacto ni comunicación con el piso de abajo, se constituyen en otros tantos mundos autónomos. La montaña mediterránea se abre a las rutas, y estas rutas son siempre transitables, por muy escarpadas, sinuosas e inseguras que sean; son siempre «una especie de prolongación de la llanura» y de su
poder a través de las tierras altas[76]. Por ellas hizo avanzar sus jarcas el Sultán de Marruecos, por ellas avanzaron las legiones de Roma y los tercios del rey de España, por ellas envió la Iglesia a sus misioneros y a sus
predicadores ambulantes[77].
La vida mediterránea es tan poderosa, en efecto, que, obligada por la necesidad, derriba en múltiples puntos los obstáculos de la montaña y triunfa de sus relieves hostiles. De los veintitrés pasos de los Alpes propiamente
dichos, diecisiete eran utilizados ya por los romanos…[78]. Por otra parte, estas montañas están con frecuencia superpobladas o, por lo menos, pobladas en exceso para sus riquezas. La «población óptima», lo que Jean Brunhes llama «el punto de repulsión», ha sido alcanzada y sobrepasada rápidamente en estas tierras; de ahí que, periódicamente y a toda costa, tenga que derramar sobre la llanura su exceso de hombres.
Y no es que sus recursos sean desdeñables: no hay montaña que no tenga sus tierras labrantías, en el fondo de los valles o en los bancales construidos por la mano del hombre a lo largo de las laderas. Aquí y allá, entre baldíos terrenos calcáreos, encontramos capas de flysch o de margas, donde se da el trigo, la cebada o el centeno. A trozos, la tierra es incluso fértil. Espoleto se alza en medio de una llanura bastante extensa y relativamente rica; Aquileya, en los Abruzos, cultiva azafrán. A medida que avanzamos hacia el sur, va elevándose más y más el límite superior de los cultivos y de los árboles útiles para el hombre. En los Apeninos septentrionales, el castaño se da hoy hasta en alturas de 900 metros; en Aquileya, el trigo, los cereales y la cebada prosperan hasta los 1600 metros; en Cosenza se da el maíz, este recién venido del siglo XVI, hasta los 1400 metros y la avena hasta los 1500; en las faldas
del Etna encontramos viñedos a 1100 metros y castaños hasta los 1500[79]. En Grecia, el trigo cuaja a una altura de 1500 metros y la viña da fruto hasta los
1250[80]. Y los límites de altura de los cultivos son todavía superiores en el norte de África.
Una de las ventajas de la montaña es que ofrece los recursos más diversos, desde el olivar, el naranjo y la morera, que se dan en las laderas bajas, hasta los verdaderos bosques y los pastos de ovejas, en las alturas. Y a la agricultura y la arboricultura hay que añadir los recursos de la ganadería: ganado lanar y cabrío, pero también vacuno. Estos ganados pululaban en otro tiempo, más numerosos que hoy, en los Balcanes e incluso en Italia y en África del Norte. He aquí por qué la montaña es también el reino de los
productos lácteos y del queso[81] (barcos enteros cargados de queso sardo surcaban las aguas, en el siglo XVI, hacia el Mediterráneo occidental), de la mantequilla fresca o rancia y de la carne cocida o asada… La casa montañesa casi siempre es una morada de pastores y de ganaderos, más apta para el
ganado que para los hombres[82]. En 1574, Pierre Lescalopier, al atravesar las montañas de Bulgaria, prefiere dormir soubs quelque arbre que en las casas campesinas construidas con tierra apisonada, donde los animales y las personas viven soubs un mesme toit… si ordement (tan suciamente) que n’en
pouvions porter l’odeur[83].
Debe añadirse que los bosques, en aquel tiempo, eran mucho más espesos
que hoy en día[84]. Podemos representárnoslos, tomando por modelo el parque nacional de Val di Corte, en los Abruzos, con sus espesos hayedos, que trepan hasta alturas de 1400 metros, y su abundancia de bestias salvajes, osos y gatos monteses. La abundancia del monte Gargano en robledales permite que viva allí todo un pueblo de leñadores y de tratantes en madera, que generalmente prestan sus servicios a los constructores de naves de Ragusa. Entre las aldeas montañesas y en contra de los señores propietarios, esos bosques son tan disputados como los pastos de las alturas. Entre la espesura del monte bajo hay terrenos de pastos, y a veces huertos de hortalizas; en ellos viven las
abejas y la caza menor[85]. Otras ventajas dignas de mención son la variedad de recursos, la abundancia de agua —tan preciosa en estas regiones del Mediodía— y, por último, las minas y las canteras. De hecho, casi todas las riquezas del subsuelo mediterráneo están en las montañas.
Pero estas ventajas no aparecen agrupadas globalmente en cada cantón de la montaña. Hay montañas pobladas de castaños (las de Córcega y los
Cévennes), con su precioso «pan de árbol»[86], el pan de castaña, que sustituye a veces al de trigo. Hay montañas cubiertas de moreras: las que vio
Montaigne alrededor de Luca en 1581[87], o las de la región alta de Granada. El agente español Francisco Gasparo Corso explicaba a Euldj Ali, «rey» de
Argel en 1569[88], que la gente de Granada no era peligrosa. «¿Qué efeto podrían hazer los Moriscos que están dentro de su tierra (del Rey Católico) y gente mal pratica de guerra que en toda su vida no han hecho sino cavar y guardar ganado y criar gusanos de seda?». Hay montañas en que abundan los nogales; bajo estos árboles centenarios que se alzan en el centro de la aldea, se celebran en las noches de luna las grandes fiestas de la reconciliación en el
Marruecos berberisco de hoy[89].
El saldo a favor de la montaña no es, pues, tan menguado como a priori se supone. La vida en ella es posible, aunque no fácil. ¿Qué penalidades no supone, en efecto, el trabajo agrícola en esas tierras empinadas, en las que no pueden emplearse animales domésticos? El hombre tiene que trabajar estos campos pedregosos, sujetando a duras penas la tierra que se escapa y se desliza a lo largo de las pendientes, y, a veces, llevándola en cestos hasta las cimas, donde se la retiene por medio de pequeños muros de piedras secas, entre las que se escalonan los cultivos. Trabajo penoso e interminable. Un solo instante de reposo, y la montaña recobra su salvajismo primitivo; y vuelta a comenzar. En el siglo XVIII, cuando los habitantes de Cataluña toman posesión de las altas tierras pedregosas de los macizos de la costa, los colonos se sorprenden al encontrar en medio de la maleza enormes olivos que todavía producen, y muros de piedras: prueba de que su conquista era, en realidad,