El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

El papel de España y de Felipe II

Caballeros.[319]

 

El papel de España y de Felipe II

 

Y, sin embargo, los méritos de Felipe II y de don García de Toledo nos parecen indiscutibles. Jurien de la Gravière, a quien Malta recuerda constantemente la batalla de Sebastopol, es más justo en sus apreciaciones que los otros historiadores. Vertot, el buen abate Vertot, que, reclinado en su sillón, no se mueve de él, reprocha a don García su prudencia y su lentitud, sin plantear el problema de esta lentitud en términos aritméticos. En su Historia de la marina italiana, Manfroni atribuye todo el mérito a los hombres de Italia; según él, los españoles quedan por debajo de todo el mundo. Vanas querellas de nacionalidades, consejas de cronistas, que los historiadores, a la vuelta del tiempo, sacan de nuevo a luz.

En todo caso, es evidente que la victoria de Malta marca una nueva etapa en la recuperación española, la cual no fue, ni mucho menos, obra de azar y siguió persiguiéndose activamente en este año de 1565. Fourquevaux, que llegó a Madrid a fines de año representando al rey de Francia, escribía el 21

de noviembre[320] que se estaban construyendo 40 galeras en Barcelona, 20 en Nápoles y 12 en Sicilia. Es probable —añadía, y aquí es el gobernador de Narbona quien habla— que se solicite del rey de Francia autorización para cortar en los bosques de Quillan, cerca de Carcasona, gran cantidad de “remos de escotera” con destino al equipo de las galeras de Barcelona. Por lo demás, el enorme esfuerzo desplegado por Felipe II acarreaba otros: el duque de Florencia, por ejemplo, acometió la construcción de una nueva y numerosa flota.

Y es que, con la retirada de Malta no desapareció, ni mucho menos, el[II-495] sentimiento del peligro turco; lejos de ello, surgía con mayor intensidad que nunca a fines del año. El sultán activaba sus construcciones navales, y ya el 25 de septiembre se hablaba en Constantinopla (donde es cierto que aún no se conocía el fracaso de la armada) de lanzarse a nuevas grandes empresas,

principalmente en la Apulia.[321] La noticia de “la rota” de la armada, como la llama el embajador francés, no hizo más que insuflar a esos proyectos un deseo de desquite. A pesar de las dificultades con que se tropezaba para abastecerse de madera, se hablaba de construir cien barcos en el arsenal, y el sultán llegó a hablar hasta de 150 velas. Un aviso fechado el 19 de octubre dice: “ha ordenado que de la Natolia, Egipto y Grecia se le aperciban cinquenta mil hombres de remo y cincuenta mil assapis, los quales quiere que esten en orden por mediado março”. El objetivo de la gran operación sería Malta, Sicilia o la Apulia. El 3 de noviembre, Fourquevaux escribía, desde Madrid, que se temía que el turco hiciera “el año próximo un maravilloso esfuerzo por mar y por tierra, si no se muere de rabia porque su armada ha

sido batida en Malta”.[322] [323] Y el 21 de noviembre se sabía en Madrid, por noticias recibidas de Viena, que el sultán emplearía contra Felipe II al año siguiente todas sus fuerzas, incluyendo sus jenízaros y su guardia. Avisos del 12 de diciembre anunciaban también que Solimán había declarado la guerra al

emperador y que marcharía contra él al frente de 200 000 hombres,[324] pero la noticia se interpretó como un gesto hecho por Solimán en contra del parecer de sus consejeros. Todo el mundo estaba convencido de que la flota turca sería enviada contra Malta al mando de los mismos jefes que en 1565, pues si el sultán dejaba que se fortificara la isla, nunca más podría apoderarse de ella. Se pensaba, pues, que el sultán y el emperador llegarían a un acuerdo…

El gobierno español tomaba muy en serio estos rumores. El 5 de noviembre de 1565, Felipe II ordenó que se fortificara La Goleta; estaba decidido —escribe a Figueroa— a consagrar a ello los 56 000 ducados que

hacían falta.[325] Decisión que parece firme, pues ordena a Adan Centurione que tome dicha suma “a cambio”. En cumplimiento de tales órdenes,[II-496] comienza a erigirse alrededor de la antigua fortaleza una nueva plaza (Goleta la Nueva, frente a Goleta la Vieja). Por otra parte, mantiene su flota en Sicilia, salvo las 12 galeras de don Álvaro de Bazán, que habían regresado a España.

[326] El gran maestre había amenazado con abandonar la isla de Malta si no se le socorría. A fines de diciembre, el rey de España lo ayuda con 50 000 ducados (30 000 en dinero contante y 20 000 en víveres y municiones), y con 6 000 soldados de infantería; tal es, por lo menos, lo que afirma el agente

toscano.[327] Todo el mundo piensa que el turco sólo puede lanzarse contra Malta o contra La Goleta, comenta Fourquevaux el 6 de enero de 1566. Si se arrojaban sobre Malta, el Rey Católico enviaría a la isla 3 000 alemanes y 5 000 españoles e italianos, que se fortificarían en la montaña de San Telmo, pues el Burgo no podía repararse. Si caían sobre La Goleta, el rey mandaría a esta plaza 12 000 hombres, que acamparían alrededor de la fortaleza…

Todas estas medidas, contramedidas y disposiciones, todos estos esfuerzos, por muy meritorios que fuesen, no constituyen una verdadera política. Una política que se proponga forzar el curso de los acontecimientos. Es cierto que existe, en Madrid, el vago proyecto de formar una alianza contra los turcos, y dícese que Felipe II trata de aliarse con Venecia. Pero ¿hay algo de serio en ello? ¿ Acaso los venecianos no se habían alegrado cuando se enteraron de que el fuerte de San Telmo había caído en poder de los turcos?

[328] Como buenos y honrados comerciantes, veían en los Caballeros de Malta los aguafiestas del negocio oriental, y nunca dejaban de informar a los turcos de lo que pasaba en Occidente. Y así, cuando Fourquevaux trató de indagar del embajador veneciano lo que podía suceder, su colega le aseguró inmediatamente que la Signoria no había pensado ni remotamente en una alianza con el rey de España.

Y lo mismo en lo tocante a una política común entre Francia y España: palabras al viento y nada más. La aparatosa entrevista de Bayona no marcó un punto culminante de la historia, como lo creyeron los contemporáneos y después lo han repetido los historiadores. Al otro lado de los Pirineos había un reino agitado, profundamente minado, en el que asoma ya, de vez en[II-497] cuando, la mano de la traición. Al frente de él, una mujer inquieta y un rey niño. Catalina dedicábase a mostrar a su hijo por todo el reino, como si realizase una gira de propaganda, fructífera, por lo demás, aunque lenta. Cuando los reales viajeros llegaron al sur de sus dominios, juzgóse la ocasión adecuada para negociar una entrevista eventual con los soberanos españoles. No sabemos lo que pensaría el primer ministro (tal vez Montluc, casi un agente de España). Lo cierto es que Felipe II no se prestó a una visita personal, y sólo a instancias de su esposa, la reina, consintió, en enero de 1565, en dejarla reunirse unos momentos con su familia. El hecho de que juzgara oportuno y quizá hasta político hacerse de rogar no quiere decir que

aquellas negociaciones fuesen para él indiferentes.[329]

El vasto mundo hispánico estaba aún tranquilo; pero pesaban sobre el rey, cada día más abrumadoras, las responsabilidades imperiales y unas finanzas sobrecargadas de deudas. Felipe II personificaba por sí solo la suma de este imperio, de sus fuerzas y de sus debilidades. Cerca de él, su tercera mujer, Isabel, a quien los españoles llamaban “la reina de la paz”, podía desempeñar un cierto papel. Todavía casi una niña, apenas había alcanzado la juventud; pero no, ni mucho menos, una esposa desgraciada, como algunos pretenden. Parece haberse hispanizado con bastante rapidez, y, desde luego, en Bayona desempeñó perfectamente el papel que le habían enseñado. Hablando de la joven reina a Felipe II, Francés de Alava, embajador de España ante el rey de Francia, escribía el 1 de julio: “Digo a V. Md. con la puridad que devo que su Md. ha robado los coraçones a todos los buenos y mas a los que le an oydo hablar en las cosas de la religión hermandad y amistad grande que V. Md. a

este rey tiene y tendra”.[330] Y tal vez no faltara a la verdad al escribir así.

La joven reina partió el 8 de abril, [331] [332] y el 10 de junio llegó a San Juan de Luz, donde su madre salió a su encuentro. Juntas entraron en Bayona, el 14. Isabel permaneció allí casi dos meses, hasta el 2 de julio, un poco más[II-498]

de lo que se había previsto.[333] Esta reunión familiar brindó a los dos gobiernos la oportunidad de obtener garantías, de sondearse uno al otro, de proyectar matrimonios (el gran asunto de las reuniones de príncipes en el siglo XVI), y de separarse al cabo con las manos vacías, abrigando cada cual, al partir, más dudas que antes acerca de la sinceridad del otro. Es el escenario de la falsa gran historia. A nuestros ojos, claro está, no a los de los actores y de los contemporáneos.

Ni siquiera a los de Felipe II, quien hizo acompañar a la reina por el duque de Alba y por don Juan Manrique, a título de observadores y de consejeros. La figura del duque domina la escena de esta entrevista, tal y como nos la describen la gente de la época y los historiadores. Lo que deseaban los gobernantes de España era inmovilizar Francia, sumirla en sus querellas interiores y exteriores. No era un juego de amigos, pero tampoco un juego diabólico, gratuitamente inmoral e hipócrita. Esto constituía una necesidad para el Imperio español, que envolvía a Francia y en el que repercutían automáticamente todos los movimientos de ésta; sobre todo, en los Países Bajos, donde el peligro era realmente grande, después de los levantamientos de 1564. Pero era demasiado pedirle a Francia, en nombre de la defensa de la religión, que no era, una vez más, sino una cómoda máscara.

Nada se le ofrecía a cambio de ello. Podía renunciar la reina madre a su política de tolerancia, por un juego que, a todas luces, sólo interesaba a España y que sólo podía conducir a dividir y menoscabar el reino de Francia?

A pesar de las sonrisas y de las fiestas, estas profundas diferencias no podían por menos de hacerse sentir. Hubo, incluso, antes de la entrevista y durante ella, algunas alarmas. El 7 de febrero, por ejemplo, cuando ya todo estaba decidido y Catalina de Médicis había cursado a Bayona la orden de hacer grandes provisiones y preparar los aposentos “a la española”, es decir, a la reina de España y a sus damas, Francés de Alava informaba desde Tolosa que corría el rumor de que los soberanos franceses llevarían en su séquito (¡oh escándalo!), a la herética “Madame de Vendôme”, Juana de Albret. Felipe II subraya estas líneas del informe y anota al margen: “si tal es, yo no dexare ir a

la Reyna”.[334] [335] [336] E inmediatamente, previene al embajador de Francia[II-499] que no quería que asistieran a la entrevista ni la reina de Navarra ni el príncipe de Conde. Otro incidente surge en junio, poco antes de la llegada de la reina de España: Francés de Alava se entera de que un embajador turco acaba de desembarcar en Marsella. Aquello colmaba ya la medida. Llamada a capítulo por el embajador, Catalina de Médicis se defiende lo mejor que puede. Despachó sin tardanza al señor de Lansac, para que presente a Felipe II sus excusas. Lansac llega a Aranjuez el 10 de junio de 1565, el mismo día en que la reina de España se reunía con su madre en San Juan de Luz, y entrega su mensaje: el rey y la reina de Francia no sabían con qué fin llegaba a su país el embajador turco y, para averiguarlo, habían enviado al barón de la Guarde a que saliese a su encuentro. Si su misión iba, por poco que ello fuese, en contra de los intereses del rey de España, podía estar seguro de que no se le escucharía, ni siquiera se le recibiría en audiencia… Felipe II escribe a su embajador: “le respondi que lo creya assi aunque muchos no podrían dexar despantarse de que este venga en tiempo que el Turco ha embiado su armada en mi daño pero confiara que si venia a algo desto seria respondido de manera

que todos entiendan la amistad que ay entre mi y el rey de Francia”.[337]

Era, sin duda, un incidente nimio, pero que no contribuía, ni mucho menos, a disipar las sospechas españolas. El embajador turco abandonó rápidamente la corte de la reina madre, ya el 27 de junio. La conferencia de la familia real estaba en pleno desarrollo, y la reina se apresuró a dar explicaciones al duque de Alba. Sólo había hablado con el turco, le dijo, de

los saqueos y depredaciones cometidos en la Provenza,[338] y el turco había prometido que se harían las restituciones del caso, a condición de que se despachase ante el sultán a un emisario francés. Una embajada en Turquía: he ahí la intención de Francia, pensó el de Alba, y “respondió al duq. a la Reyna que pues el armada estava aca que no havia que hablar en embiar persona; que el año que viene staria la de V. Md. tan en orden que la del Turco podria

hazer poco daño”.[339]

Parece, pues, que en Bayona los españoles consideraban evidente el[II-500] abandono por Francia de su amistad casi tradicional con los turcos y trataban de arrastrar a este país a la política contra los herejes, y contra el sultán. Las negociaciones se llevaron hábilmente y, meses más tarde, las conferencias aún no se habían interrumpido. “Parece que os quieren envolver en una liga de grandes consecuencias”, escribía Fourquevaux a la reina de Francia. Los españoles invocan continuamente los deseos expresados en Bayona por Catalina. La reina había hablado de matrimonios, como paso hacia una liga. Los españoles hablaban, sobre todo, de la liga, comenzando así “por el rabo”,

como decía Fourquevaux.[340] El embajador encarecía los peligros que entrañaba semejante liga, ahora que el «Turco está en buena paz con Su Majestad y cuando los franceses son mejor acogidos en sus puertos y en su país de lo que lo son en el país y en los reinos de dicho Sr. Rey, estando Francia colocada de tal modo que las fuerzas turcas no son de temer mucho. Así, pues, para romper la paz contra el dicho Turco y perder el comercio de las mercancías y del tráfico de vuestros subditos, aquella Majestad debe conceder todo lo que Vuestra Majestad tenga a bien pedirle.» Lo que Catalina pedía eran matrimonios ventajosos para sus hijos, y Fourquevaux pensaba que estas bodas no serían realizables, especialmente la del duque de Orleáns con la hermana de Felipe II, la princesa Juana, que no parecía verlo con buenos ojos; otro tanto ocurría con el matrimonio de Margarita con don Carlos. La diplomacia española jugaba estas cartas, viendo en ello una manera de contener, si no de dominar, el gobierno francés.

Juego de poca monta, por lo demás. El argumento superior de Madrid era de una gran política católica. Pero esta política era, simplemente, la de España (una gran política católica sólo podía venir de Roma, donde Pío IV acababa de morir). España no sentía ni siquiera, entonces, el deseo de una gran política mediterránea, que supondría un impulso, una pasión, intereses, un poderío monetario y una libertad de movimientos que el Rey Prudente no comparte, por lo menos, de momento. Se siente rodeado de peligros por todas partes. En el Mediterráneo, desde luego; pero también por parte de los piratas protestantes en el Atlántico; el peligro de Francia, en las fronteras de los Países Bajos; el peligro de los mismos Países Bajos, donde se anunciaban nuevos disturbios, amenazando a todas las fuerzas de España que desembocaban en la gran estación reguladora de Amberes. Ya se extiende, en diciembre de 1565, el rumor, que habría de correr durante varios años, de un[II-501]

posible viaje de Felipe II a Flandes.[341]

En realidad, todo se conjuraba para que Felipe II no pudiera abrazar cualquier gran designio político o proseguirlo insistentemente. Durante los primeros 10 años de su reinado no tuvo más remedio que hacer frente al más cercano, al más inminente de los peligros. Y hacerlo con los menores gastos, sin arriesgar demasiado, sin comprometer demasiado el porvenir. Estaban todavía muy lejos los excesos imperialistas finales del reinado en que ya Felipe II habrá dejado de ser el Rey Prudente.