El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Al este y al oeste de Sicilia

 

Los mares angostos son la parte animada del mar, el ámbito vivo de las embarcaciones. Desde el punto de vista económico y humano son la parte esencial. Pero junto a ellos, las grandes extensiones del mar, por su misma vastedad, por su soledad, desempeñan también su cometido en la estructura y en la vida general del Mediterráneo.

Este mar interior, hoy día tan pequeño, si lo medimos por la escala del universo y de nuestras velocidades habituales; contenía en el siglo XVI grandes regiones peligrosas, vedadas, territorios de nadie, separando mundos diferentes. El mar Jónico es la más vasta de estas regiones hostiles. Su extensión desértica prolonga sobre el mar el vacío terrestre de las tierras de Libia bañadas por él al sur, creando así una grande y doble zona inhumana,

continental y líquida, que separa el Oriente del Occidente[110].

Sin embargo, al otro lado de la «puerta de Sicilia» otro vasto espacio marítimo se extiende desde las riberas sicilianas o sardas hasta las Baleares, España y el Magreb. Un mar (podríamos llamarlo mar de Cerdeña) que también es de difícil travesía, con sus costas inhóspitas para la navegación, y sus grandes y poderosos golpes de noroît y de levante. En el sentido de los paralelos, las dificultades de la travesía se empalman así las unas a las otras, para mayor castigo de los navegantes.

Es verdad que los navíos vencieron pronto estos obstáculos y unieron el Poniente con el Levante, enlazando esos dos vastos Mediterráneos tan claramente dibujados por la Naturaleza. Vencieron los obstáculos, o mejor dicho, los sortearon. Por el norte, costeando de este a oeste, y en sentido inverso, siguiendo las costas balcánicas, y más adelante las costas napolitanas, para pasar en seguida por el estrecho de Mesina, preferentemente por la puerta de Sicilia, cuyo paso es extraordinariamente aleatorio. Esta gran línea de tráfico es una ruta cristiana. La ruta del islam, menos cómoda y menos frecuentada, atraviesa en diagonal la puerta de Sicilia. Era el camino que solían seguir las armadas turcas, desde las costas de Albania hasta Valona, de Valona a las riberas de Nápoles y de Sicilia, y, por último, de Sicilia a Bizerta y a veces hasta Argel. Pero nunca tuvo tanta animación comercial como la otra.

Por el sur se esquivaba el obstáculo siguiendo las costas africanas, donde, a juzgar por la navegación cristiana —particularmente la de los Caballeros de

San Esteban—, había un tráfico bastante vivo[111]. El problema era avistar desde lejos los barcos que venían de Egipto, por la ruta de Trípoli, de Yerba y algunas veces de Argel. A principios del siglo XVI, las galeras venecianas hacían aún la muda de las costas berberiscas y las alcanzaban también por la ruta de las costas sicilianas. Al finalizar el siglo XVI, los ingleses y los holandeses costeaban a su vez el África del Norte, de Gibraltar a la puerta de Sicilia —por donde también atravesaban—, por las costas sicilianas, y se dirigían después a Grecia poniendo proa hacia Candía, el Archipiélago o Siria. Esto debíase casi siempre, sin duda, al deseo de evitar la dominación que los españoles ejercían sobre el estrecho de Mesina.