El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Más allá de la política
La política no hace sino subrayar una realidad subyacente. Gobernados por dos amos enemigos, estos dos Mediterráneos son física, económica y culturalmente, distintos; cada uno es de por sí una zona de historia. Físicamente, el este tiene un clima más continental, de ritmos más bruscos, con sequías peores que las del oeste, con temperaturas de estío más elevadas, y, por consiguiente, con tierras más peladas si es posible, más despobladas, más salvajes —como habría dicho Teófilo Gautier—, y campiñas más minerales que las del occidente. En cambio, sus espacios marítimos son más humanizados. ¿Qué nos dirá el papel motor del mar Egeo en estas relaciones? Conviene insistir sobre las ventajas que el Oriente líquido ofrece a la navegación, puesto que el hecho no parece ser suficientemente conocido. Existe, sin embargo, a este respecto, un documento decisivo, que data de 1559. Un consejero deseoso de que la señoría de San Marcos armara en Chipre y en las demás islas venecianas cierto número de galeras, insistía en que, una vez armadas, no habría dificultad alguna para hacerlas pasar a Candía, lo cual podría llevarse a cabo mucho antes del día de San Gregorio (12 de marzo), fecha en que habitualmente salían las patrullas de Alejandría y de Rodas. Y añade el consejero: «li boni tempi usano in quelli parti più a bona hora che in queste» (el buen tiempo comienza en aquellas partes mucho
antes que en estas)[115]. ¿Es esta, acaso, la razón de la ventaja que parece llevar siempre la flota turca? La rapidez con que desencadenaba sus ataques se puede atribuir, sin duda, a las tempranas calmas del mar Egeo. Esto resultaba importante en una época en que el ritmo de las estaciones influía en el ritmo de la guerra.
Más allá de la política
Económica y culturalmente, las diferencias entre las dos zonas no hacen más que acusarse en el siglo XVI, al mismo tiempo que acaban de derribarse sus valores respectivos. Después del siglo XIII, el oriente no deja de perder, una a una, las primacías de que antes había distrutado, en tiempos de Roma y de Bizancio: los refinamientos de la civilización material y de la técnica, las grandes industrias, la banca, las fuentes del oro y de la plata. Su derrota culmina en el siglo XVI, conforme iba desarrollándose el drama económico sin precedente que, creando el Atlántico, suprimió el antiguo privilegio del Levante, antaño único depositario de las riquezas de las «Indias». Desde entonces, cada día fue en aumento la diferencia de nivel de vida entre el occidente, revolucionado por los progresos de la técnica y la industria, y ese mundo rudo de vida barata, donde el dinero que llegaba del oeste se valorizaba automáticamente, adquiriendo un mayor poder adquisitivo.