El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las concentraciones capitalistas

Y, del mismo modo, los todopoderosos banqueros y financieros genoveses solo llegan a controlar, en los días de su mayor esplendor, un sector, en modo alguno mayoritario, de la vida económica de la España imperial. Pero consiguen grandes beneficios gracias a ser ellos muy pocos. Los contemporáneos se dan cuenta con frecuencia de su importancia relativa. En junio de 1598 vemos a los financieros genoveses tratando de conseguir que se prorroguen las ferias de Medina del Campo, ocasión para ellos de conservar más tiempo en sus manos el dinero que les habían confiado los inversores. Pero los mercaderes de Burgos, antaño sus leales secuaces y ahora sus más encarnizados enemigos, se niegan a cooperar. Y explican que en el volumen total de los negocios que se han hecho en la feria, los de los asentistas que prestaban dinero al rey son inferiores a los tratos de los mercaderes ordinarios y en ningún modo comparable con estos. «A decir verdad [explican los demandantes] podemos asegurar a Vuestra Majestad que las cantidades que deben de pagar en las ferias los que no están incluidos en el decreto son muy superiores a lo que deben pagar los mercaderes mencionados

en el mismo.»[212] (El decreto mencionado es el del 29 de noviembre de 1596). El testimonio es claro, pero no liquida el problema que nos preocupa. El hecho esencial es que en ciertos sectores se ha establecido la concentración de negocios como característica permanente.

 

Las concentraciones capitalistas

 

Esta concentración de empresas ha sido un proceso muy frecuente a lo largo del siglo XVI. Pero según las diferentes coyunturas ha experimentado retrasos o aceleraciones bruscas. Durante el primer siglo XVI, ese momento que todo va tan aprisa, surgen las grandes empresas familiares, los imperios

de los Fugger, Welser, Hochstätters y Affaitati[213]. Después de la recesión de mediados del siglo comienza a presentarse una situación diferente que favorece la aparición en grandes cantidades de pequeñas empresas. Desde ese momento aumentan la difusión de la información y las posibilidades de

especulación, como Wilfrid Brulez[214] ha demostrado en su estudio sobre Flandes. Para integrar estas pequeñas empresas en el vasto mundo, es preciso que el transporte se haga autónomo, que se generalice el trabajo a comisión, que se normalice y se extienda el papel del corredor, y que el crédito resulte más fácil de conseguir y en consecuencia más peligroso. Y sucesivas rachas de quiebras irán marcando, a partir de 1550, todo cambio brusco de la coyuntura.

Muy poco sabemos de lo que pasaba en las altas esferas del capitalismo mediterráneo. El silencio de los archivos genoveses nos condena a explicaciones incompletas. Sería interesante poder ver cómo estos altos sectores del comercio, las finanzas y la banca se apoyan en los estratos más bajos, es decir, dependen de los pequeños mercaderes y de una gran cantidad de inversores más o menos ingenuos. Sin los pequeños negocios, verdadero campo de cultivo de la vida económica, los bancos, tanto en Nápoles como en cualquier otro lugar, no habrían podido subsistir. Y sin los cargamentos a cuenta de clientes muy modestos, las mismas flotas del Nuevo Mundo habrían encontrado no pocas dificultades. Y, para terminar, sin el ahorro español e italiano, que ellos fueron los primeros en movilizar, los asentistas de Felipe II nunca habrían podido llevar a término sus enormes operaciones financieras.

La firma familiar, tanto a altos como a bajos niveles, y las asociaciones a corto término, raramente renovadas, son las características del capitalismo mediterráneo. El codo con codo, los divorcios y los nuevos matrimonios son eficaces a cierta escala. Así los genoveses que prestan dinero al Rey Católico constituían ya una asociación permanente, sin que ninguna fórmula jurídica les una formalmente antes del medio general de 1597: operan de dos en dos o de tres en tres, y con frecuencia todos juntos en tiempos de crisis o cuando hay buenas operaciones a la vista. Su pequeño número y su solidaridad de clase los mantienen firmemente unidos. Se les conoce comúnmente bajo el nombre genérico de la contratación, lo que demuestra, si hiciera falta probarlo, que constituyen un grupo. Las casas que no estaban unidas por la necesidad constituían ententes que podían resultar muy beneficiosas, como claramente demuestran los estudios genealógicos que tan minuciosamente ha realizado Hermann Kellenbenz, los cuales arrojan una luz muy viva sobre la compleja red de matrimonios, lazos familiares, amistades y complicidades que se extiende de Ámsterdam a Lisboa, Venecia y las Indias portuguesas, y que preparan —o se integran en él— el gran vuelco geográfico de la riqueza