El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
I. Movilidad y estabilidad de las civilizaciones
I. MOVILIDAD Y ESTABILIDAD DE LAS
CIVILIZACIONES
Movimiento e inmovilidad se complementan y explican uno a otro. No se corre riesgo alguno al abordar por uno u otro camino las civilizaciones del Mediterráneo, incluso si comenzamos por lo que a primera vista se puede considerar su aspecto menos significativo: la miscelánea de eventos triviales y cotidianos que, como una nube de polvo, se levantan de toda civilización viviente.
La lección de los hechos
Estos hechos aparentemente triviales [4] nos descubren más cosas que cualquier descripción formal de la vida del hombre mediterráneo, vida tornadiza, empujada en todas direcciones por los vientos de la aventura. El patrón de un barco ragusino que navega por las aguas de un paraje cualquiera del Mediterráneo, en 1598, recibe las confidencias de un pasajero de su barco, un genovés de Santa Margarita, fideicomisario de un vecino de Ragusa, que ha muerto rico en el Potosí, dejándoles encargados de buscar a sus herederos en Mezzo, el islote que emerge frente a la costa ragusina, semillero de marinos y de capitanes de alta mar. Y sucede lo inverosímil: hechas las
averiguaciones, aparecen los herederos.[5] Sabemos menos sobre otro ragusino, un tal Blas Francisco Conich, también él establecido en el Perú, y por quien se interesa Venecia debido a que posee —estamos a finales del año
1611—[6] la mitad de una nave, la Santa María del Rosario e quatr’occhi, de la que la señoría se ha apoderado en un acto de represalia. Otro hecho menudo: en Ragusa se practican las diligencias para comprobar una defunción. El muerto, capitán de una nave, había desaparecido en una de las[II-143] armadas lanzadas por Felipe II contra Inglaterra, en 1596. En el legajo aparece una carta que el marino desaparecido escribió a su mujer antes de emprender el gran viaje. Está fechada en Lisboa el 15 de octubre, y es un verdadero testamento; encontramos en ella esta frase: “Hoy partimos para
Irlanda. Dios sabe quién regresará…”[7] Él, desde luego, no regresó. Otro incidente, esta vez en Génova: el 8 de junio de 1601, el capitán Pompeus Vassalus quondam Jacobi, cuyo nombre latiniza el escribano, según el rito, testifica ante el magnífico Magistrato del Riscatto dei Schiavi de Génova con motivo de la presunta muerte de Matteo Forte de Portofino. “Estando en Egipto el año pasado [dice el testigo], del mes de mayo al 11 de septiembre, inquirí en el dicho lugar a diversas personas sobre si Matteo Forte, antiguo esclavo en las galeras del baile de Alejandría, vivía… pues el dicho Matteo posee cerca de la mía una casa, que yo quería comprar.” Pero “todas las personas que lo conocían me dijeron que había muerto hacía varios meses, y
que había allí esclavos de Rapallo que lo habían conocido”.[8]
Comparada con éstas, la aventura de un genovés de Bogiascho, Gieronimo Campodimeglio, cautivo en Argel, es una menudencia casi trivial. El cautivo tiene 50 años en 1598, y no se precisa la fecha en que fue capturado, ni el nombre de su antiguo patrono en Argel, quien, al morir, le dejó su tienda. De vez en cuando, se le veía por las calles “vestido de turcho”; alguien afirma que se ha casado con una musulmana. “Creo que ha renegado
y que ya no regresará”:[9] conclusión de una historia banal y más frecuente de
lo que se cree. Al decir de una persona de la época,[10] los cristianos se pasaban a los turcos y al Islam por cientos de miles. Las grandes civilizaciones —o los gobiernos fuertes— ofrecen resistencia, luchan, rescatan a sus hijos perdidos; los individuos, a veces, son más acomodaticios. Los legajos del siglo XVI referentes a los renegados formarían volúmenes enteros. Poco a poco, más tarde, fue elaborándose un estatuto contra ellos. En el siglo XVI no se les aplica todavía la muerte civil. Aunque abjurasen. Así, vemos que un renegado de Túnez dispuso de su herencia a favor de un
hermano suyo, que vivía en Siracusa.[11] Se puede ver incluso, en 1568, a un[II-144]
tal fray Luis de Sandoval[12] tomar la iniciativa de una gran operación de redención que propone a los príncipes cristianos del Mediterráneo: se brindará el perdón a estos extraviados, y así se podrá poner fin a los innumerables males que están inflingiendo a la cristiandad. Mientras tanto, todo renegado podía volver sin peligro, como lo hizo Gabriel Zucato, un veneciano que había sido capturado y hecho esclavo, en 1572, por los conquistadores de Chipre y que se presenta en Venecia 35 años después, en 1607; reingresa, a continuación, en la sanctissima fede, y pide un puesto de corredor (sansaro), petición que es favorablemente atendida por los Cinque Savii, vista su miseria y su conocimiento del griego, árabe y turco, “que incluso los sabe escribir”. No se tiene en cuenta que si feci turco, es decir, que, en un determinado
momento había renegado de su fe.[13]
En todo caso, las dos grandes civilizaciones mediterráneas, hostiles y vecinas, no cesan de confraternizar, de acuerdo con las circunstancias y los contactos imprevistos.
A raíz del frustrado ataque de los argelinos contra Gibraltar, en 1540, 80 cristianos caen, a pesar de todo, en manos de los corsarios. Pasado el susto, se entablan las conversaciones, como es de rigor en tales casos. Se concierta una especie de armisticio, y se inician las negociaciones. ¿Qué vemos, entonces? Los navíos argelinos entran en el puerto, sus tripulantes bajan a tierra, se pasean por las calles, saludan a sus conocidos, viejos cautivos o viejos patrones, y después se van a comer a los bodegones de la ciudad. Mientras tanto, la población civil ayuda a transportar los toneles de agua dulce para el
aprovisionamiento de la flota.[14] Intercambio de cortesías, familiaridad, casi diríamos “confraternización”, como en los tiempos de las trincheras… No; entre las dos religiones enemigas no se alza una muralla infranqueable, por más que algunos se empeñen en creerlo. Los hombres van y vienen, indiferentes no pocas veces a las fronteras y a los credos. Mandan las necesidades de la navegación y del comercio, los azares del corso y de la guerra, las connivencias, la traición de las circunstancias, y el hecho de que el Mediterráneo agite y mezcle sin cesar los elementos móviles de sus pueblos.[II-145] Y esto da origen a múltiples aventuras, como la de aquel Melek Jasa, ragusino que se pasa al Islam y a quien encontramos en la India, a comienzos del siglo XVI, encargado (desde un puesto que ocupará durante años) de defender Diu
contra los portugueses.[15] O la de los tres españoles que, en 1581, se apoderan en Derbent, en el mar Caspio, del pequeño navío inglés fletado cada dos o tres años por la Moscovia Companie, y que venía de Astrakán. Los tres españoles eran, sin duda, tres renegados, puesto que habían desertado del
ejército turco y habían caído prisioneros en La Goleta siete años antes.[16] ¿Quién no soñaría un instante con esta aventura? O con esta otra, rigurosamente simétrica: en 1586, el barco inglés Hércules devolvió a Turquía 20 turcos a quienes Drake había libertado en las Indias Occidentales; el detalle aparece indicado de pasada en una incidencia del relato de viaje del
citado velero a las costas de Levante.[17]
Aventuras de la misma especie ocurren a comienzos del siglo XVII. En 1608 está encerrado en el castillo de S. Julião da Barra, en Lisboa, un tal Francisco Julião, que había recibido el bautismo y que mandaba las galeras
turcas al lago de Malindi en el momento de ser capturado.[18] Más adelante, en 1611, se capturaba, entre personas de la armada turca mandada por el gran visir Murad Pachá, tres franceses y un alemán, llegados allí Dios sabe cómo (seguramente, por Constantinopla), además de un griego originario de Chipre; el vencedor les perdonó a todos la vida, y, más tarde, fueron recogidos por los
padres capuchinos de Ispahan.[19]
Un último ejemplo: hacia finales del siglo XVII hay un aventurero griego, Constantin Phaulkon, natural de Cefalonia, que afirma ser hijo de un noble veneciano, y que acaba convirtiéndose en el favorito del rey de Siam: “todo