El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

III. ¿Ha cambiado el clima desde el siglo XVI?

especulaciones[188]. Pero el invierno era también la gran estación de los trabajos domésticos y de la actividad de los telares. El 8 de diciembre de 1583, Baltasar Suárez, un mercader español de Florencia que se convertirá por matrimonio en pariente del gran duque, se lamenta con su corresponsal en Medina del Campo, Simón Ruiz, de no tener suficiente lana (acababa de recibir un poco y la había vendido a buen precio): «Veo con pena [escribe] perderse muy buenas ocasiones, pues esta es la época del año en que se trabaja más, y, por no tener lana, hemos de permanecer con los brazos

cruzados»[189]. Conseguir una buena producción durante el invierno era la preocupación de las autoridades urbanas, cuando estas eran juiciosas. Como dice el provveditore del Arte della Lana, en Florencia, en octubre de 1604, hay que ayudar a los artesanos, cueste lo que cueste, «ahora que llegan el frío

y las noches largas y ellos necesitan luz y ropa, además de comida […]»[190]

De modo que intervienen múltiples excepciones: la vida humana responde a los dictados del medio, pero intenta a la vez evadirse de ellos y controlarlos; al hacer esto último cae en nuevas redes que los historiadores podemos individuar con variada fortuna.

 

III. ¿HA CAMBIADO EL CLIMA DESDE EL SIGLO XVI?

 

¿Nos atreveremos a formular semejante pregunta, a sabiendas de que, para poder contestarla, habría que revolver un dossier voluminosísimo de documentos no siempre dignos de crédito, y dar oídas a una literatura periodística bastante insegura?

Es evidente que todo cambia, hasta el clima. Nadie cree, hoy día, en la inmutabilidad de los elementos de la geografía física. No hace falta llamar la atención hacia las ínfimas variaciones —pero variaciones, al fin y al cabo—

de las longitudes. Gerhard Solle[191] sostiene que la masa de los Alpes del este avanza en dirección a Baviera a una velocidad ridícula (un centímetro por año); pero avance suficiente, con todo, para poder determinar en puntos neurálgicos los desmoronamientos y deslizamientos de tierras, a veces verdaderas catástrofes, que registra la historia alpina. Desde hace mucho tiempo, la atención de los geógrafos se ha parado, en la zona del Mediterráneo, sobre los cambios históricos de la línea de la costa. Algunos de ellos, apoyándose en ejemplos precisos, como el de la isla de Delos, han

llegado a la conclusión de su perfecta inmutabilidad[192]. Pero otros, como Th. Fischer, R. T. Günther y Alfred Philippson, opinan lo contrario. El problema básico estriba en saber si estamos o no ante cambios estrictamente locales. ¿Habrá periodos alternos de retraimiento o de rebalse de las playas marítimas,

como sostienen los estudios de Agostino Arrigo[193] [194] y Dina Albam?

Cualquiera que sea la conclusión a que se llegue, el hecho es que nos encontramos con fases sucesivas de erosión y sedimentación a lo largo de las costas de Taormina, en la costa oriental de Sicilia, por periodos de quince años. Después de mediados del siglo XIX hubo (con algunas reacciones continentales en sentido contrario y una agravación de conjunto a partir de 1900) un repliegue general ante el mar, y lo mismo sucede a lo largo del litoral norafricano, en las costas del monte Gargano o en el contorno del delta del Nilo. Nada nos dice que un buen día el movimiento no pueda cambiar de sentido. Todo esto evoca variaciones cíclicas análogas a las que Le Danois

trata de fijar en lo tocante a la vida compleja del océano Atlántico[195].

Pues bien, tal vez ocurra lo mismo con respecto al clima. No cabe duda de

que «todo cambia, los climas al igual que todo lo demás»[196]. Pero estos cambios se deben frecuentemente al hombre; aquí, a causa de las vastas deforestaciones; allá, al suspenderse los riegos o los cultivos —lo que acarrea

a veces consecuencias catastróficas en las regiones áridas—[197]. Para Th. Fischer es innegable que el clima de Sicilia es hoy más seco que antes de la conquista musulmana. Pero cabe también la posibilidad de que los responsables hayan sido los elementos, y no el hombre. En su preciosa

Geografía histórica[198], Goetz habla de un agostamiento de las fuentes superficiales, que precedió a la conquista musulmana; los conquistadores del sur remediaron la escasez de agua con su sabio sistema de riegos.

En todo caso, una abundante literatura actual acepta cambios del clima producidos ayer y que siguen produciéndose todavía ante nuestros propios ojos. En el Ártico, parecen haber retrocedido los bancos de hielo a partir del

periodo 1892-1900,[199] mientras que el desierto ha ganado terreno tanto en el

sur como en el norte de África[200]. Los libros y estudios de ayer, por el contrario, llevaban todos a la conclusión de la inmutabilidad del clima. No obstante, sus argumentos no son absolutamente convincentes. Desde

Partsch[201] se repite constantemente que el lago de Djerid, en el sur tunecino, no ha cambiado apenas de contornos, puesto que las aldeas de Nefta y Tozeur, situadas en sus orillas, corresponden a las antiguas ciudades romanas de

Thusurus y Nepta. Y se asegura, asimismo[202], que las crecidas del antiguo Nilo son comparables a sus desbordamientos actuales, y que la flora de la Creta minoica (a juzgar por los testimonios del arte cretense), por ejemplo, los lirios, los jacintos, el azafrán y las clavelinas, pertenecen a la actual flora

primaveral del Mediterráneo[203]. O que la reforestación de pinos en torno de Valladolid en el siglo XVI es en su mayor parte resultado de la iniciativa del

hombre[204].

Todas estas afirmaciones, y otras, nada prueban de manera decisiva. Sobre todo, no resuelven el problema. Encontrarse, en tal o cual momento del pasado, con un clima que parece corresponder exactamente al del momento actual, no constituye ninguna prueba ni se contradice en absoluto con las variaciones periódicas del clima. El verdadero problema estriba en saber si hay o no una periodicidad del clima, hipótesis hacia la cual, al parecer, propenden cada vez más los autores. «Una periodicidad de unos treinta años sobre poco más o menos no es, ni mucho menos, inverosímil», concluye un

maestro en estos problemas[205]. Sin contar, añadiremos nosotros, otros ciclos e interciclos subyacentes…

Por tanto, el clima cambia y no cambia; varía en relación con posiciones de equilibrio, de las que, por otra parte, nada nos dice que no estén también sujetas a cambios; pero, en tal caso, siguiendo pendientes muy poco inclinadas. Esto nos parece de una gran importancia. Es posible que a las

fases A y B de François Simiand[206] tengamos que añadir un día los historiadores fases más o menos secas, y más o menos húmedas, más o menos cálidas o más o menos frías. Veamos lo que, con relación al año 1540, nos dicen Le Danois o Gaston Roupnel, protestando contra «los historiadores [que] niegan la existencia histórica de las graves perturbaciones climáticas que, desde el siglo XIII al XV, han venido a transformar las condiciones de la

vida europea»[207].

Así está planteado el problema. Nos limitaremos a unas cuantas indicaciones generales, a una o dos hipótesis, en lo que se refiere al Mediterráneo.

Es probable que haya oscilaciones climáticas. Claro está que habría que establecer su duración y su sentido. En todo caso, sus huellas son visibles en

los Alpes. Según U. Monterin[208], esta cadena montañosa se secó y calentó a partir de 1300, y, por el contrario, se enfrió y volvió más húmeda, como consecuencia del descenso de los glaciares, a partir de 1600. En 1900 se inicia una nueva fase: los Alpes se desecan de nuevo y los glaciares retroceden en su conjunto, como se sabe. El actual retroceso en los Hohe Tauern ha dejado al descubierto altas minas de oro, explotadas en la época de los romanos y

todavía en la Edad Media[209].

Estamos muy lejos de los periodos de 30 años que aceptaba Emmanuel de Martonne, pero falta ver si esta escueta historia del clima de los Alpes tiene fundamento científico. No sabríamos decirlo. Los glaciólogos, generalmente, no ven el problema con tanta claridad (incluyendo al viejo Walcher en sus Nachrichten von den Eisbergen in Tyrol, Viena, 1773). Por otra parte, ¿podemos aceptar que las variaciones del clima de los Alpes se acusen a su vez en las variaciones del clima de todo el Mediterráneo, o que estas están vinculadas a aquellas? Así parece sugerirlo el tiempo presente, puesto que, tanto en el Cáucaso como en los Alpes, los glaciares retroceden en la

actualidad[210], mientras que en el sur de la Pequeña África, el Sahara aumenta poco a poco sus dominios.

Fácil es adivinar las consecuencias que se desprenden de este esquema, en caso de ser aceptado.

Por lo menos, es curioso comprobar que, con el suspenso calentamiento de los Alpes hacia 1300, los colonos alemanes se instalaron en las altísimas

laderas meridionales del monte Rosa[211]. Y no es menos curioso hacer notar que, en condiciones análogas, hacia 1900, y sobre todo en estos 20 últimos años, se produce una emigración procedente de las poblaciones montañesas italianas de las alturas superiores de los Alpes y de los Apeninos septentrionales, por ejemplo en los Alpes apuanos y en el Val Venosta, donde se desarrollan nuevas poblaciones fijas situadas entre los 1500 y los 2000 metros, en la zona llamada de los «Stavoli» (abitazioni di mezza stagioni)

[212].

Con mayor razón aún, si se supone que vivimos sobre un terreno sólido y que allá hacia el 1600 se produjo efectivamente un aumento de la pluviosidad

y del frío, ello explica las heladas catastróficas para los olivares[213] y las repetidas inundaciones que asolaron las cosechas de Toscana en 1585 y en 1590; sin contar un aumento de las regiones pantanosas y, por consiguiente, de la malaria, es decir, en conjunto, de condiciones más difíciles para la vida del hombre. Todo el drama social del hambre que domina las postrimerías del siglo puede tener su verdadera causa en la perturbación, aunque ligera, de las condiciones atmosféricas. Llevado esto al extremo límite de la prudencia, ¿qué podría decirse? Acerca de ese drama de fines de siglo no escasean, por cierto, las explicaciones demográficas o económicas, pero nada nos asegura que el clima no haya tenido su parte en tales hechos y que no deba ser considerado, en general, como un factor variable de la historia. Es difícil

asegurarlo, pero algunos hechos lo demuestran bastante claramente[214].

En el curso del siglo XVI se producen en la cuenca del Ródano repetidas inundaciones; en julio de 1501 se desborda el mismo Ródano en Lyon; en 1522, el Ardèche; en febrero de 1524, el Drac y el Isère; en agosto de 1525, el Isère; en octubre de 1544, el Gère en Vienne; en noviembre de 1544, el Ródano y el Durance; en noviembre de 1548, el Durance y el Ródano; el 9 de septiembre de 1557, el Ródano en Lyon; el 25 de agosto de 1566, el Durance y el Ródano inundan las tierras aviñonesas; el 2 de diciembre de 1570 el Ródano conoce, especialmente en Lyon, una de las crecidas más espantosas de toda la época; en 1571 vuelve a desbordarse el Ródano, lo mismo que en octubre de 1573 (inundación de Beaucaire); en septiembre de 1579 se desborda el Isère en Grenoble; el 26 de agosto de 1580 el Ródano inunda Aviñón; en 1578 el Ródano inunda Arlés y las aguas cubren una parte del Bajo Languedoc, desde octubre a febrero; en 1579, inundación de Arlés, que se repite en 1580 (el hombre del Ródano, se dijo entonces, no recuerda ninguna otra mayor que esta); el 5 de enero de 1581, inundación del Ródano en Aviñón y del Durance, que se recrudeció el 6 de febrero; en 1583 el Ródano cubre la Camarga; el 18 de septiembre de 1586, crecida del Ródano en Aviñón; el 6 de noviembre de 1588, inundación del Gère; en 1590, nueva devastadora crecida en Aviñón…

Estos datos dan la impresión de que las cosas se agravan hacia fines del siglo. Pero, desde nuestro punto de vista, estas inundaciones del Ródano no hacen más que acusar las vicisitudes del clima mediterráneo.

Parece, no obstante, que las precipitaciones pluviales aumentaron durante las últimas décadas del siglo, en la medida en que podemos fiarnos, es cierto, de los testimonios de aquel tiempo. En su République Séquanoise, de 1592, Louis Gollut trae a cuento las deforestaciones causadas por los herreros y los señores ávidos de contar con nuevos «súbditos […] y nuevos censos». Pero añade que «[…] desde hace veinte años, las lluvias son más frecuentes, más

largas y más abundantes[…]»[215]. En el mejor de los casos, cabe pensar que esto es aplicable a Dole. Pero henos aquí en Aix, entre los años de 1599 y

1600. El historiador del Haitze dice en su historia manuscrita[216]: «el frío y las nieves se hicieron sentir hasta finales de junio (1599), y ya no llovió desde entonces hasta diciembre. Las lluvias cayeron a partir de este mes en tan gran abundancia que la tierra parecía anegarse». Veamos ahora el caso de Calabria, según la pretendida narrazione de Campanella: «ed entrando l’anno 1599, venne nova, che in Roma prodigiosamente aveva inondato il Tevere, e non si potettero celebrar le feste di Natale, e in Lombardia il Po: e in Stilo [localidad de Calabria] non si poteron celebrar, la Simana Santa, gli ufficii

divini per le molte gran pioggie che allagavano tutte le chiesse[… [217] ]»

Bastaba con que llegase un hombre de Ferrara que había visto las

inundaciones del Tíber[218], para que empezara a hablarse en la montaña de signos milagrosos, anunciadores del fin del mundo… Sobre todo porque el siglo tocaba entonces a su fin, y esta «mutazione di secolo» hacía trabajar hasta las imaginaciones menos calenturientas. Al año siguiente, en junio de 1601, verdaderos diluvios se abatieron sobre los Balcanes asolando las cosechas y provocando catastróficas crecidas, «análogas[dice una noticia] a