El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Una tipología muy incompleta

 

La tipología general de las ciudades que acabamos de esbozar es inevitablemente incompleta. Todo se conjuraba para venir a complicar la vida de las ciudades. Cada una de ellas está encajada dentro de un particular marco económico. A nivel local, esto implica relaciones con el campo que la circunda y con las ciudades vecinas, tanto si su papel es de dominadora como si lo es de dominada. A nivel nacional o internacional implica sistemas de relaciones, según distancias dentro del mar interior o incluso dentro del Mediterráneo Máximo. Y además existen las circunstancias que los cambios políticos traen consigo. Estos cambios políticos serán los que arruinarán, en el siglo XVI, la antigua independencia de las ciudades-Estado; cambios que minarán las bases de la economía urbana tradicional, creando e imponiendo nuevas estructuras.

Un historiador[237] que está completando un estudio sobre la tipología de las ciudades de Castilla en el siglo XVI ha establecido la siguiente distinción: ciudades burocráticas, como Granada y Madrid —esta última, creciendo a un ritmo tan rápido que plantea problemas de abastecimiento de una población improductiva; se ha visto, dice una relación de 1615, «faltar el pan durante días y días y algunas personas, por la calle, dinero en mano, tratando de

conseguirlo y pidiéndolo [238] per l’amor di Dio »—; ciudades comerciales, como Toledo, Burgos y Sevilla; ciudades industriales (en el sentido de que la industria moderna se instala en ellas con las formas capitalistas del Verlagssystem, que no era específico de Alemania), como Córdoba y Segovia; ciudades industriales, pero en manos de los artesanos, como Cuenca; ciudades agrícolas, dependientes de la campiña circundante, y no pocas veces invadidas por ella, como Salamanca o Jerez de la Frontera; ciudades clericales, como Guadalajara; una ciudad ovejera, Soria… Había además algunas ciudades militares, que en el siglo XVI resultaban tan difíciles de distinguir de las otras ciudades como los navíos de guerra de los simples barcos mercantes. Esta clasificación nos da ya cierta idea de la complejidad del problema. Y queda por hacer la posible distinción entre ciudades de primera y segunda fila y considerar también (dentro de un contexto específicamente europeo) la interacción entre una ciudad principal y las ciudades de segundo orden vecinas a ella.

Se presenta además otro problema, y es que tan pronto como se logra fijar el marco donde encuadrar una ciudad, se comprueba que esta se ha salido de él. Sevilla, que se incorpora tarde al comercio financiero (aunque posee sus propios bancos), es al mismo tiempo burocrática, rentista y artesana; ciudad de lujo, este reclama sus derechos: para mantenerlo hay un proletariado, que nos podemos imaginar viviendo amontonado en casas compartidas por varias familias pobres, como en el barrio de Triana, donde se manufacturan lejías y

jabones[239].

Salamanca es una ciudad rural, pero a la par es el gran centro intelectual que todos saben. Padua, brillante ciudad universitaria, es también una metrópoli rural. En el pasado (antes de 1405), en su lucha contra Venecia, los señores de Carrara, que controlaban la ciudad, «con el fin de encarecer los productos a su rival», habían establecido impuestos sobre todas las gallinas, capones, gansos, huevos, pichones, verduras y frutas que saliesen de la ciudad… Con este conservatismo de las ciudades, del que tenemos pruebas más que abundantes, estos derechos, aunque perjudiciales para Venecia, se

mantuvieron hasta 1460[240], es decir, hasta mucho después de que Padua hubiera quedado sometida a la República de San Marcos.

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FIGURA 27. Población de las ciudades de Castilla.