El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El volumen de las transacciones comerciales
4. Que su declinar es tan espectacular y relativamente más fácil de observar que el tiempo del impulso ascendente. En Venecia, por ejemplo,
parece ser que la industria de la lana se inició triunfalmente hacia 1458[179];
que se produjo un evidente marasmo hacia 1506[180] —al menos en el
territorio continental—, y que, a partir de 1520[181], tuvo lugar una recuperación que conocería una larga vida, pues solo a la altura de los años 1600-1610 se observan los síntomas del agotamiento de este enorme
impulso[182], precisamente en el mismo momento en que se inicia —1604— el periodo de expansión de las industrias textiles en los Países Bajos
protestantes[183].
Expansiones y decadencias se responden en el espacio entre lugares que con frecuencia pueden estar muy lejos unos de otros. La industria —o mejor aún, la pre-industria— está sometida a un continuo ir y venir; se convierte en el espacio de un continuo new deal, de una incesante redistribución de las cartas. Cuando se ha jugado una mano, vuelve a comenzar el juego. El perdedor puede tener suerte en la próxima partida, y Venecia parece probarlo. Pero el último llegado a la mesa de juego será siempre el favorito. La victoria de las nuevas ciudades de Italia y España, en el siglo XVI, así lo prueba. Y la victoria del Norte, en el siglo XVII, sea cual fuere la antigüedad de las actividades textiles en la encrucijada de los Países Bajos, es la de un joven rival.
Las industrias surgen por todas partes instalándose en cualquier lugar, incluso en ciudades tan humildes que ningún historiador habría podido sospechar previamente que tal cosa pudiese ocurrir; y también en ciudades
tenidas siempre por ociosas, ciudades que, como Nápoles, caldea el sol[184]. Son como innumerables pequeños fuegos, encendidos en una vasta llanura de
hierba seca[185]. Son fuegos que se propagan fácilmente o que a veces se apagan, para reavivarse más allá. Un golpe de viento en una determinada dirección y la llama prende en hierbas intactas hasta el momento. Y todavía
hoy, en 1966, sucede, con frecuencia, lo mismo[186].
El volumen de las transacciones comerciales
El comercio es una actividad múltiple que escapa a cualquier control o cálculo. Comercio puede ser la fruta que una campesina vende en el mercado o el vaso de vino que se toma un pobre a la puerta de la bodega de un rico (pues los ricos practican con frecuencia este tipo de comercialización al por menor), o los tráficos de las galere da mercato en Venecia, o los de la Casa de la Contratación en Sevilla. Es inmensa la cantidad de actividades que puede abarcar. Además no todo está comercializado en el siglo XVI, sino muy al contrario. La economía de mercado es solo una fracción de la vida económica, que se ve desbordada en todas partes por formas más primitivas,
como lo son el trueque y la autarquía. Si se acepta la definición[187] de que el comercio es el estadio final del proceso de producción, o, dicho con otras palabras, si se acepta que añade un valor suplementario a las mercancías que mueve, se habrá de reconocer que esta plusvalía, y especialmente el beneficio, resultan difíciles de calcular, incluso cuando se trata de un caso del que — aparentemente— estamos bien informados. Por los años de la década de 1560 llegaban anualmente a Europa unos 20 000 quintales de pimienta, procedentes de la India e Insulindia. En Calicut se podía comprar la pimienta a cinco cruzados el quintal ligero (unos 50 kilogramos), y se vendía en Lisboa a más de 64, es decir, a más de 12 veces el precio de compra. Pero es evidente que no es el mismo individuo quien hace la compra y quien se beneficia más tarde de la venta: los gastos de transporte, los impuestos y los riesgos de la operación eran tan grandes y complejos que no podemos saber con mediana seguridad cuántos de esos 1 300 000 cruzados que se obtenían al vender el producto iban a parar a la bolsa del mercader.
Más aún: la mercancía no es sino una de las múltiples ocupaciones del mercader del siglo XVI; así nos lo demuestran sus libros, y, mejor aún, los interminables balances de quiebra. Todas las operaciones y especulaciones aparecen entremezcladas: compras de tierras o casas, inversiones en empresas
industriales, actividades bancarias, seguros marítimos, loterías[188], rentas urbanas y rurales, cría de ganado, anticipos de los Monti di Pietà, especulación con los cambios… Auténticas transacciones de mercancías aparecen anotadas junto con las transacciones ficticias del dinero. La importancia de lo ficticio y todas sus posibles sofisticaciones no cesa de aumentar en la misma medida que el mercader es importante, y según transcurren los años, relativamente prósperos, de finales del siglo XVI. Era cosa sabida que se podían resolver las operaciones mercantiles en las ferias de un modo casi milagroso. Hablando de las ferias de Lyon, dice De Rubis en 1550: «a veces se paga… sin desembolsar una sola moneda, un millón de
libras en una mañana»[189]. Cincuenta años más tarde, Giovan Battista Pereti, que lleva el giornale de cambios del Banco de Rialto, explica en un informe a la señoría de Venecia que en cada feria de Plasencia se negocia por valor de tres o cuatro millones de escudos y que, la mayor parte de las veces, no vi è
un quatrino de contanti[190]. El cambio y el re-cambio, los convenios de
ricorsa[191] que en el siglo XVII extienden y multiplican sus buenos y no siempre leales servicios, habían comenzado su carrera en una fecha mucho
más temprana: en el siglo [192] XV en Génova; y a finales del XVI se habían
difundido más o menos por todas partes[193]; Lyon nos brinda, a la altura de
1584[194], un ejemplo típico: dos mercaderes italianos consienten en adelantar dinero al obispo de Langes y sus dos hermanos; un tercer mercader, un tal sieur Guicciardini, toma la suma as cambium et recambium. Y ahora, intentemos una estimación. Los resultados serán, sin duda, falsos, pero el ejercicio resultará instructivo.
Y la primera puerta que se nos abre es la de los documentos fiscales de Castilla. No hace falta que nos detengamos a explicar hasta qué punto son imperfectos. Pero las alcabalas fluctuaban de acuerdo con las circunstancias reinantes, y por ello nos resultan guías nada despreciables. Indican además los diferentes grados de actividad, riqueza e ingresos en las diferentes ciudades y
regiones. En Valladolid, en 1576[195], el ingreso de 22 millones de maravedís (la alcabala representaba en principio la décima parte de todas las ventas) debe corresponder aproximadamente a un volumen de negocios de 220 millones de maravedises, y, para cada uno de los 40 000 habitantes que tenía la ciudad entonces, 5000 maravedises (o sea, algo más de 15 ducados), lo que no significa, dicho sea de paso, que cada habitante se haya beneficiado de su teórica alícuota en los beneficios obtenidos en las transacciones. Era el flux de los negocios efectuados en la ciudad. Como el lector adivinará muy bien, la actividad comercial, que con frecuencia ocurría en circuito cerrado, abarcaba una amplia escala de transacciones compensatorias unas veces, especulativas otras y falaces unas terceras. Y es posible que la cifra de 220 millones se quede muy por debajo de la real, porque las ciudades estaban abonadas a los impuestos: pagan una cifra anual previamente establecida, y, luego, se rembolsan, a veces con beneficios. Pero pasada la década de 1580, las ciudades dejan de pagar así los impuestos, y las alcabalas, que ya no dan los
beneficios de antaño, se someten al control central[196]. En todo caso, las cifras de 220 millones y de 15 ducados por cabeza, en 1576, denotan un nivel relativamente elevado. Y encontraremos cifras más altas en la Sevilla de
1597[197], pues la ciudad era más rica que Valladolid y entre 1576 y 1598 la inflación ha hecho su labor. La cifra resultante es de 15 000 maravedises por sevillano (100 000 habitantes, y alcabalas de 159 millones de maravedises), es decir, el triple de la cifra de Valladolid en 1576.
Pero dejemos ya estas cifras locales (que nos proporcionan una reveladora
imagen geográfica de la riqueza castellana)[198] y pasemos a la cuestión más general de la evaluación del volumen total del movimiento del comercio. En 1598, y a la escala de Castilla, el volumen de la alcabala (con el que se incluyen, por desgracia, el de las tercias) se eleva a mil millones de maravedises (las tercias representan los 2/3 de ciertos diezmos pagados a la Iglesia; como es natural, deberían ser excluidas de nuestros cálculos). Pero nuestra hipotética cifra de 10 000 millones de maravedises nos da una idea de la escala del volumen total alcanzado por los cambios del comercio interior. Si lo repartimos per cápita, obtendremos 1500 maravedises por habitante, es decir, exactamente cuatro ducados. La cifra es inferior a la que arroja Valladolid en 1576 y a la de Sevilla en 1598, pero el hecho no debe sorprendernos: las economías urbanas son siempre las más dinámicas.
Las aduanas para el comercio exterior nos pueden servir de base para algunos cálculos (aunque no permitan conclusiones seguras). Calculando arbitrariamente dicho comercio según la base de uno a 10 entre derechos de aduana y valor de los tráficos, se llega a una cifra de 3.63 miles de millones de maravedises (importaciones). Y aunque la balanza de pagos sea desfavorable a España, no resulta arbitrario suponer 3.63 miles de millones en exportaciones: añadamos 700 millones para las entradas de metales preciosos, y —sin justificarnos en exceso— sumemos los 10 000 millones correspondientes a las alcabalas y los 7960 millones del comercio exterior, con lo que alcanzaremos un total de unos 18 000 millones de maravedises, o nueve ducados por cabeza (en una Castilla de cinco millones de habitantes). Ya habrá notado el lector que la relación entre comercio exterior (importación) y comercio interior es, aproximadamente, de uno a tres.
Segunda puerta que se nos abre: la Francia de los años 1551-1556. En este
caso conocemos una cifra segura: el valor total de sus importaciones[199] es de 36 millones de livres tournois, de las cuales, dice la fuente de estas cifras, 14 o 15 millones representan artículos de lujo, inútiles bifferies, como los llama. Estos 36 millones (a dos livres y seis sous el écu) equivalen a 15.7 millones de écus. Doblaremos esta cifra para obtener el total de las importaciones y exportaciones, con lo que obtenemos 31.4 millones, los que multiplicaremos por tres para obtener el volumen del comercio interno (47.1 millones). El total se eleva entonces a 78 millones y medio de écus. Si Francia tiene en ese momento 16 millones de habitantes (cifra que, como es bien sabido, aceptan todos los historiadores, pero para la que se carece de pruebas), le corresponderán cinco écus a cada habitante. Si expresamos esta cifra en ducados españoles, nos da alrededor de 5.6. Esta cifra, aplicable únicamente al periodo 1551-1556, es, como era de esperar, más baja que la española de finales de siglo. Pero Castilla es más rica que Francia; además la cifra española de 1598 está afectada por la inflación, y por lo que respecta al divisor del caso francés, 16 millones, no tenemos certeza definitiva. Pero todas estas incertidumbres juntas no nos pueden privar de la satisfacción de ver cómo estos dos índices soportan una confrontación.