El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La sequía, azote del Mediterráneo
Recordemos, sin embargo, que solo el hombre del Mediterráneo prospera en aquellas tierras nuevas. Tal vez su éxito proviniese de que ya estaba adaptado de antemano a las rudas condiciones de un clima como el mediterráneo, no siempre favorable para el organismo humano, y endurecerse en la lucha contra las endemias maláricas y los flagelos regulares de la peste y del cólera. Quizá, también, porque ya en su propio país natal se había educado en la gran escuela de la sobriedad y la frugalidad. Pues es una verdad indiscutible que el clima falsamente acogedor del Mediterráneo puede ser, a veces, un clima duro y mortífero. Es este el filtro que impide a los hombres de sus lejanos confines expandirse por los bordes del mar cálido. Llegan como conquistadores, son los bárbaros de ayer, hoy enriquecidos; pero ¿cuánto
tiempo resisten «los veranos devoradores y la malaria»?[28] «Los dueños vienen y desaparecen, los otros se quedan; es un romance sin palabras
siempre idéntico», dice Walter Bauer, hablando de Sicilia[29].
La sequía, azote del Mediterráneo [I-314]
El gran defecto de este clima para la vida del hombre consiste en la distribución anual de las lluvias. Llueve mucho, y en algunas partes,
desmesuradamente[30]. Pero las lluvias llegan en otoño, en invierno y en primavera, principalmente en primavera y en otoño; a la inversa, en general, de los climas del monzón, que saben organizar el encuentro fructífero del calor y el agua. El clima mediterráneo divorcia más o menos estos dos importantes factores de vida, con los resultados que es fácil colegir. Los «cielos esplendorosos» del semestre de verano tienen sus fuertes contrapartidas. En todas partes la sequía determina la supresión o la disminución de las aguas corrientes y del riego natural: la región mediterránea es la zona de los ueds y de los fiumari. Provoca la supresión temporal de toda vegetación herbácea; de aquí que tanto los cultivos como las plantas tengan
que adaptarse a la sequía[31], saber utilizar lo más rápidamente y lo mejor
posible las preciosas distribuciones de agua. El trigo, «planta de invierno»[32], se apresura a madurar y a terminar el ciclo de su vida activa entre los meses
de mayo y junio; en Egipto y Andalucía, desde abril[33]. Para madurar sus frutos, los olivares de Túnez aprovechan las decisivas lluvias de otoño. Al parecer, los cultivos de secano fueron practicados empíricamente desde un
principio[34], y no solo desde las experiencias fenicias. La irrigación, con sus diversos métodos sin duda provenientes del este, penetró desde muy pronto en
la zona mediterránea. Hoy día (ver el mapa de K. Sapper)[35], el límite de la Kunstbewässerung es, sensiblemente, el límite del clima mediterráneo… Y de seguro que, por los mismos caminos que estas técnicas hidráulicas, llegaron también al Mediterráneo numerosas plantas (herbáceas o arbustivas) que al cabo de mucho tiempo se adaptaron a los países secos. En el primer milenio a. C. se opera, como ya dijimos, un gran desplazamiento de cultivos —la viña
y el olivo— del este al oeste del mar[36]. Como se ha dicho, el Mediterráneo está predestinado a los cultivos arbustivos. Es, al mismo tiempo que un jardín, un huerto, el país de los árboles nutricios, providenciales.
Por el contrario, su clima no favorece los árboles ordinarios y las formaciones forestales: o, por lo menos, no los ha garantizado. El bosque, formación primitiva del espacio mediterráneo, fue atacado desde muy pronto por el hombre, que manejó desmesuradamente el hacha. Mal que bien, los bosques se repoblaron. De ahí la importancia de los matorrales y la mata baja, formas degeneradas del bosque. Comparado con las regiones nórdicas de Europa, el Mediterráneo fue, pues, desde un principio, una zona deforestada. Cuando Chateaubriand atravesó la Morea, estaba ya «casi enteramente
desprovista de árboles»[37]. Jean Brunhes apunta que de Herzegovina, desnuda y pedregosa, a Bosnia, cubierta de boscaje, se pasa de un mundo a
otro[38] [39] . La madera es cara casi en todas partes, con frecuencia excesivamente cara. En Medina del Campo, «más rica en ferias que en montes» (entiéndase montes arbolados), el humanista Antonio de Guevara concluye después de considerar su capítulo de gastos: «en resumidas cuentas,
la leña nos cuesta tanto como lo que hemos hervido con ella en la olla»[40]. Otra consecuencia de la sequía es la escasez de verdaderos pastos, lo que explica el pequeño número de cabezas de ganado vacuno, tan útiles para una agricultura próspera; esta necesita de buenos abonos, como en los países del norte, donde el suelo, deslavado por las lluvias, pierde sus elementos fértiles, mejor conservados, es cierto, por la sequía mediterránea. Únicamente encontramos ganado vacuno en grandes cantidades en el Egipto y en los húmedos Balcanes, en las orillas nórdicas del Mediterráneo o en las tierras altas, mejor regadas que las otras. Cabras y corderos (estos últimos interesan más por su lana que por su carne) no podían compensar la deficiencia de carne en la alimentación. Recordemos el divertido discurso que Rabelais pone en boca de un monje de Amiens tout fasché (todo escandalizado e irritado) cuando, junto con sus compañeros de viaje, contempla las maravillas de Florencia. «En Amiens —explica— en menos de la cuarta parte —incluso en menos de la quinta— del camino que hemos recorrido durante nuestro contemplar, os podría haber mostrado más de catorce antiguas y aromáticas tiendas donde se venden asados de carnes. Yo no sé qué placer os puede proporcionar la contemplación de leones y africanos (así denomináis vosotros, según tengo entendido, lo que ellos llaman tigres) junto al campanario, o viendo los puercoespines y los avestruces en el palacio del señor Filippo Strozzi. A fe mía, hijos, que preferiría ver un ganso hermoso y
graso espetado en un asador»[41]. A propósito del Mediterráneo me escribía humorísticamente un geógrafo: «Demasiados huesos y demasiado poca
carne»[42]..
Ya en el siglo XVI le parece al hombre del norte deficiente el ganado mediterráneo, los bueyes esqueléticos las más de las veces, y de poco peso los corderos. En 1577, Montmorency y su ejército se comen 8000 corderos, provenientes todos ellos del Languedoc. Peso medio l’ung portant l’autre: 30 libras cada animal, es decir, alrededor de unos 12 kilos. Esto es muy poco y el animal no valía casi nada: 4 libras cada uno, es decir, algo más de un ecú por
cordero…[43]. En Valladolid el cálculo hecho sobre 11 312 corderos sacrificados entre el 23 de junio y el 5 de diciembre de 1586 da una media de 11 960 kilos de carne por animal (26 libras castellanas). Del mismo modo, de los 2302 vacunos sacrificados durante el mismo periodo no pasa de los 148.12
kilos (322 libras castellanas) la carne producida por unidad[44]. Animales con falta de peso; y lo mismo ocurre con los caballos. En el Mediterráneo hay caballos muy hermosos, turcos, berberiscos de Nápoles, corceles andaluces y árabes del norte de África, pero son caballos de silla, vivos, rápidos, que pasarán de moda durante el siglo siguiente, que verá la popularidad de los grandes caballos, asnos y mulas del norte. Cada vez en mayor grado, para los relevos de la postas, para las carrozas ya decididamente de moda, para tirar de los carros, cureñas y armones de la artillería, la fuerza de tiro de los animales será el criterio decisivo. Dantisco, que desembarca el 4 de diciembre de 1522 en Codalia, en la costa cantábrica, se pone en camino hacia León con seis caballos de carga non tamen bonis, escribe, ut sunt apud nos qui plumbum
ferunt ex Cracovia in Hungariam [45] …. La comparación que establece con los caballos que transportan el plomo de Cracovia a Hungría es demasiado espontánea para ser errónea. Además, ¿de qué se alimentan estos caballos del sur? La avena acaba de hacer apenas su aparición en algunas regiones, como
el Languedoc[46] y la cebada se la disputan las personas a los animales. Compadezcámonos de aquellos caballos franceses que, en cuanto cruzan la frontera hacia España, comienzan a relinchar de disgusto —según nos dice Barthélemy Joly— cuando se ven sometidos a partir de ese momento a una
dieta de «paja corta y nada apetitosa»[47].
Sin pretender explicarlo todo con ello, debemos señalar que si el arado común, que apenas hace algo más que rascar la superficie de la tierra, sobrevive en el espacio de las tierras mediterráneas, no es solamente a causa del leve espesor del mantillo, sino también debido a que las yuntas de bueyes y los tiros de mulas carecían del vigor necesario. Se multiplican los laboreos
superficiales, repasando los surcos hasta siete y ocho veces al año[48]. Mejor habría sido, como el tiempo ha venido a demostrar, arar profundamente, como en el norte, donde el arado de ruedas con juego delantero ha sido un importante instrumento del progreso. En el Languedoc la mousse, pseudoarado imitado del norte, no logrará hacer sus veces y será muy poco
usado[49]. Los pobres aratores del Languedoc «se cansarán en vano rascando una y otra vez el barbecho»: no hay comparación posible con los poderosos
charrueurs [50] de l’Île-de-France o de Picardía.
El hecho es que el Mediterráneo ha debido luchar contra una pobreza esencial, agravada, aunque no enteramente creada, por las circunstancias.
La vida es precaria, a pesar de las aparentes o reales facilidades. Pero todo el mundo se deja seducir por su dulzura y su belleza, tantas veces descritas. Todos —algunas veces, hasta geógrafos tan sagaces como Philippson— se extasían, como los viajeros de los países del norte, con el sol, los colores, la tibieza, las rosas de invierno y los frutos tempranos. Como Goethe se maravillaba en Vicenza de la vida popular de la calle, con sus tiendas abiertas de par en par, y ansiaba disfrutar, de vuelta en su tierra, de una bocanada del aire esplendoroso del sur. Incluso cuando estamos enterados de la realidad nos resulta difícil asociar estos paisajes de luz y alegría a imágenes de miseria, de luchas y penalidades físicas. Pero la realidad es que el hombre del Mediterráneo vive con dificultad y se gana el pan de cada día a costa de penoso esfuerzo. Grandes cantidades de terreno permanecen sin cultivar o apenas aprovechadas. La tierra productiva es sometida en casi todas partes a la rotación bianual de cultivos, lo que excluye que puedan ofrecer grandes cosechas. Michelet comprendió mejor que nadie la gran rudeza de casi todas estas tierras de poesía, comenzando por nuestra Provenza.
Y, sin embargo, hay una prueba bien evidente de ella: la frugalidad de los meridionales, que nunca ha dejado de impresionar al hombre del norte. Este se sorprende, pero un poco por incomprensión y otro poco por malevolencia, habla en seguida de pereza. Estando en Anatolia, el flamenco Busbec escribía en 1555: «Creo poder asegurar, sin faltar a la verdad, que lo que un flamenco come en un día, bastaría para que un turco viviese durante doce… Los turcos ignoran la cocina y cuanto a ella se refiere; son sobrios hasta el exceso y poco exigentes en cuanto a la comida; si tienen sal, pan, ajo o cebolla, con un poco de leche agria, ya no piden más, y con todo eso se hacen sus guisos… Conténtanse, no pocas veces, con mezclar agua bien fría con la leche; con esto sacian su apetito y apagan la sed ardiente causada por los grandes
calores»[51]. Se ha hecho notar varias veces que esta sobriedad era una de las causas de la superioridad del soldado turco en campaña, quien se contenta con un poco de arroz, polvo de carne secada al sol y un pedazo de pan toscamente
cocido sobre la ceniza[52]. El soldado occidental era más exigente, influido tal
vez por el ejemplo de los numerosos alemanes y suizos[53].
Pero el campesino y aun el hombre de la ciudad en Grecia, Italia o España, comen aún menos que aquellos turcos cuyos frugales alimentos describía hace apenas un siglo Teófilo Gautier, asombrándose de que los hermosos caidjis, musculosos a fuerza de remar rudamente, pudieran pasarse días enteros en sus caiques, alimentándose exclusivamente de pepinos
crudos[54]. Alexandre de Laborde escribe, en su Itinéraire descriptif de l’Espagne (1828): «En Murcia, no podría encontrarse una sirvienta durante el verano, y muchas de las que están empleadas dejan las casas al llegar el estío. En esta época del año les es fácil procurarse ensalada, algunas frutas, melones
y sobre todo pimientos»[55]. «Invité a cenar a todo el mundo —escribe Montaigne, añadiendo (la escena ocurre en los baños de Luca)—, porque en Italia los festines equivalen a una de nuestras comidas más ligeras, en
Francia»[56].
En cambio, Commynes no se cansa de maravillarse de la abundancia de todo en Venecia. Tiene la excusa de ser un extranjero, y Venecia es una ciudad famosa por sus productos alimenticios. El propio Bandello se dejaba deslumbrar por los mercados de la ciudad, por «l’abbondanza grandissima
d’ogni sorte di cose da mangiare [57] », y su testimonio no puede ponerse en duda. Pero nosotros, los historiadores, sabemos cuán difícil es aprovisionar estos pletóricos mercados de una ciudad riquísima y bien situada, y cuántas inquietudes y qué incesante vigilancia le costaba ello a la señoría.
¿No se ha notado cuán pocos banquetes y comilonas figuran en la literatura mediterránea? Las descripciones de comidas, a no ser que se trate de
mesas principescas, nunca hablan de abundancia[58]. Nada tienen de común con las francachelas de Flandes o los suntuosos festines de los Valois de Borgoña. En las novelas de Bandello, lo que se llama una buena comida son unas cuantas legumbres, algunos embuchados de Bolonia, grasa y un trago de vino. El hambre es un personaje familiar en la literatura española del Siglo de Oro, tomado de la propia realidad de la vida. Nos lo testimonian el ultraclásico Lazarillo de Tormes y su hermano en picardías Guzmán de Alfarache, comiendo una gruesa hogaza de pan duro sin tener la cortesía de dejar caer a tierra la más pequeña migaja que pudieran aprovechar las
hormigas[59]. «Líbrete Dios de la enfermedad que baja de Castilla y de la
hambre que sube de la Andalucía», dice Guzmán[60]. Recordemos, por añadidura, las comidas de Don Quijote, o este proverbio: «Si la alondra quiere
cruzar las tierras de Castilla, tiene que llevar en el pico su propia semilla»[61].
Por mucho que varíen, en algunas partes, los complementos que el huerto, la tierra o el mar puedan proporcionar, la mesa siempre está mal abastecida. Y todavía en nuestros días prevalece aquí un régimen «que, en muchos casos,
llega al límite de la infraalimentación»[62]. De ahí la proverbial frugalidad, que no es precisamente virtud, falta de «sensualidad», como pretende Busbec, sino pobreza.
El suelo mediterráneo es un poco responsable de la pobreza que impone a sus pueblos, con sus baldíos terrenos calcáreos, sus vastas extensiones esterilizadas por la maldición de la sal, esos campos cubiertos de «nitro», de
que nos habla Belon du Mans[63], sus raros retazos de tierras de labranza y la precariedad de los suelos arables. Las delgadas capas superficiales de mantillo que solo el arcaico arado de madera araña sin llegar a la roca, están a merced del viento o de las aguas torrenciales. Solo se conservan por un esfuerzo denodado del hombre y una celosa organización; todo un capital-trabajo… En estas condiciones, si deja de vigilar la tierra durante largo tiempo, no desaparece solamente el campesino, desaparece también el suelo que lo alimenta. Durante los azares de la Guerra de los Treinta Años la población campesina alemana se diezmó; pero la tierra siguió en su sitio y con ella la posibilidad de recuperarse. Es una ventaja de los países del norte. En el Mediterráneo, el suelo muere cuando deja de estar protegido por el cultivo; el desierto invade la tierra laborable y ya no suelta su presa, si no, se le arranca. Es un verdadero milagro que el trabajo del campesino pueda conservarlo o reconstruirlo. Veamos lo que dicen las cifras actuales: fuera de los bosques, los pastos y las zonas específicamente improductivas, la tierra cultivada representaba, hacia 1900, 46 % del suelo de Italia, 39.1 % del de España, 34.1 % del de Portugal y, solamente, 18.6 % de Grecia. En Rodas, de 144 000
hectáreas, 84 [64] 000 permanecen hoy baldías. Y en la costa sur del Mediterráneo, las cifras son todavía más catastróficas.
Pero ¿qué producen las mismas tierras cultivadas? En general, muy poco, salvo condiciones excepcionales (el riego, por ejemplo), y también de esto es responsable el clima.
Por otra parte, las cosechas en el Mediterráneo se hallan a merced de los elementos, y de elementos particularmente inestables. Si el viento del sur sopla en vísperas de la cosecha, el trigo se seca antes de haber madurado y alcanzado su tamaño normal; y si ya está maduro, se desgrana. En España, para evitar este desajuste, el campesino cosecha a menudo en plena noche, con la fresca, el grano demasiado seco que se ha desprendido de la espiga
durante el día[65]. Cuando las inundaciones devastan las tierras bajas durante el invierno, las siembras se ven comprometidas. Si el cielo aclara antes de tiempo al llegar la primavera, y la cosecha está ya en avanzado estado de madurez (el mes de las cosechas en el Mediterráneo es el de junio), se abaten sobre ella, a veces, irremediablemente, las heladas. Hasta el último instante, el campesino no está seguro de poder recoger algún fruto de sus desvelos. A finales de enero de 1574, las cosechas se anunciaban espléndidas en Candía; las lluvias habían sido abundantes y se había sembrado mucho más que lo ordinario. Pero las más bellas esperanzas podían desvanecerse, en este país
castigado por «las nieblas pestíferas que queman el grano»[66]. Estos violentos golpes del viento sur que se levantan en el Archipiélago hacen que se pierdan
con frecuencia las cosechas maduras de Corfú[67]. Son los mismos vientos tan temidos todavía hoy en el norte del África cerealícola, el sirocco, contra el cual nada puede hacerse, y que en tres días puede destruir el trabajo de todo un año entero. A esta lista de catástrofes que amenazan el campo en el Mediterráneo hay que añadir, por último, el flagelo de la langosta, mucho más
virulento ayer que hoy[68].
Es raro que una cosecha salga con bien de todos los peligros que sucesivamente la amenazan. Los rendimientos son, pues, por término medio, muy pobres, y a la vista de la reducida superficie de los sembrados, el Mediterráneo está siempre al borde del hambre. Basta con que se produzcan unos cuantos cambios bruscos de temperatura o falte la lluvia, para poner en peligro la vida del hombre. Todo cambia entonces: hasta la política. Si se contaba con una cosecha abundante de cebada en los confines de Hungría (como se sabe, en el Mediterráneo la cebada es el equivalente de la avena nórdica), podía tenerse la seguridad de que el gran señor no se empeñaría en una guerra activa, pues no tendría con qué cebar los caballos de sus spahis. Si, al mismo tiempo, faltaba el trigo —lo que no era nada raro en los tres o cuatro graneros del mar—, cualesquiera que fuesen los planes belicosos concebidos durante el invierno o la primavera, la gran guerra de las escuadras se paralizaría por fuerza en la época de las cosechas, que era también la de las calmas marítimas y la de las operaciones navales. Pero, al mismo tiempo, se recrudecían el bandidaje en el campo y la piratería en el mar. En estas condiciones, ¿puede alguien sorprenderse de que el único detalle de la vida cotidiana regularmente anotado en las grandes correspondencias políticas se refiera con tanta insistencia a las cosechas? Abunda o escasea tal o cual grano; el trigo no creció bien; los pronósticos, en Sicilia, son satisfactorios, pero la cosecha de Túnez no es buena; el gran señor seguramente no dejará salir el trigo; este año quizá sea un año de «carestía», como aún se decía entonces… Era el eterno problema de cada primavera, y aun antes, en cuanto podían hacerse los primeros pronósticos sobre la cosecha.
En la austera Colección de documentos inéditos para la historia de España, podemos leer las cartas, por otra parte bastante grises, que el mayordomo Francisco Osorio escribió a Felipe II en 1558. Estas cartas informaban prolijamente al rey, alejado en el norte, sobre el tiempo que hacía en la Península. ¡Qué atención la del mayordomo, vecino de Valladolid, por el color del cielo, el estado de las cosechas o el precio del pan! El 13 de marzo de 1558 escribía que «… hasta ha dos días, el tiempo en estas partes ha estado claro y con harto sol y vientos, y no ha llovido de mediado enero acá, y el pan se ha subido algo y hase hecho prematica del valor que de aqui adelante ha de tener, y luego otro día que se pregono ha hecho nublado y da muy grande esperanza de agua que se hara agua de abril, y en el Andalucía y Extremadura y en el reino de Toledo, ha llovido y esta el tiempo muy prospero y el pan ha
bajado mucho»[69].
El 30 de octubre de 1558, el mismo Osorio informaba: «Cogese harto pan y hay medianamente vino en todo el reino y la sementera es muy buena generalmente, y a los veinte y seis de este nevo aqui toda una mañana muy grandes copones de nieve, y llovio despues muy bien, que fue muy grande provecho para la sementera: y pues aqui hizo esto, bien cierto estoy que en
Bruselas, no haria calor. El pan ha bajado mucho en todo el Reino»[70].
Felipe II se mantenía minuciosamente al tanto de las fluctuaciones del tiempo desde la época de la siembra; el precio del pan bajaba o subía según las lluvias… Todos estos detalles consignados en correspondencias en las que en vano se buscarán otros detalles de historia económica, revelan la importancia de la situación alimenticia en el Mediterráneo, durante el siglo XVI. No se trata de un simple problema «económico», sino de un problema vital. Cuando se piensa en el siglo XVI, no hay que olvidar jamás estas preocupaciones (que, por lo demás, podemos comprender perfectamente hoy, a través de los difíciles años de la segunda Guerra Mundial). Pesaban mucho sobre toda la vida económica, política o militar del Mediterráneo. No es posible pasarlas por alto.