El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Capítulo I. Las penínsulas. Montañas, mesetas, llanuras
CAPÍTULO I [I-29]
LAS PENÍNSULAS
MONTAÑAS, MESETAS, LLANURAS
LAS CINCO penínsulas del mar interior se asemejan. Si atendemos a su relieve, vemos que están regularmente divididas entre superabundantes montañas, unas cuantas llanuras, escasas colinas y extensas mesetas. Sin afirmar que esta sea la única manera posible de disecar sus masas, las dividiremos recurriendo a estas sencillas categorías. Cada una de las piezas de tales rompecabezas pertenece a una determinada familia y puede clasificarse de acuerdo con una evidente tipología. De modo que en lugar de considerar cada península como una entidad autónoma, trataremos de ver únicamente la analogía de los materiales componentes. Dicho con otras palabras: extendamos las piezas del rompecabezas y comparemos lo comparable. Incluso en el plano histórico aportará no poca luz esta fragmentación y su posterior reordenación.
I. EN PRIMER LUGAR, LAS MONTAÑAS
El Mediterráneo es, por definición, un mar rodeado de tierras, encerrado entre ellas. Sin embargo, hay que distinguir entre las tierras que abrazan y circundan este mar. ¿El Mediterráneo no es, ante todo, un mar entre montañas? ¿Y no conviene destacar esto con fuerza sobre el plano de la historia, ya que, generalmente, este hecho y sus múltiples consecuencias pasan inadvertidos?
Características físicas y humanas
Y no es que los geólogos ignoren ese hecho y dejen de explicarlo. El Mediterráneo, nos dicen, está situado todo él en la zona de los pliegues y las fallas de la era terciaria que se extienden por el Viejo Mundo, de Gibraltar a Insulindia; más aún, constituye exactamente una parte de esta zona. Pliegues recientes, de la edad de los Pirineos los unos, los otros de la edad de los Alpes, han removido y puesto en acción los sedimentos de un Mediterráneo secundario mucho más grande que el nuestro, principalmente enormes yacimientos calcáreos cuyo espesor excede a veces de 1000 metros. Muchas veces, estos violentos pliegues han venido a depositarse sobre moles de viejas y duras rocas, que casi siempre se han realzado (formando, por ejemplo, las Cabilias), incorporándose otras veces a poderosas cadenas montañosas, como en el caso del Mercantour, y de numerosos macizos axoideos de los Alpes y los Pirineos, y que, en ocasiones, con mayor frecuencia aún, se han hundido —en relación con algún fenómeno más o menos volcánico—, para ser recubiertos por las aguas del mar.
Aunque interrumpidas por las cuencas marítimas, las montañas se entrelazan de un borde a otro de las fosas líquidas, formando sistemas vastos y coherentes. Un puente comunicó en tiempos Sicilia con Túnez; otro, el puente bético, unió a España y Marruecos; el puente egeo se tendía de Grecia al Asia Menor (su desaparición es tan reciente —en términos geológicos— que coincidiría con el diluvio de que nos habla la Biblia); sin referirnos a los continentes, como la Tirrénida, de los que solo quedan algunas islas como testigos y fragmentos adheridos al litoral. Todo esto suponiendo, claro está, que las hipótesis geológicas respondan a la realidad, pues se trata solamente
de hipótesis[1]. En todo caso, puede afirmarse como un hecho innegable la unidad estructural del espacio mediterráneo, cuyo «esqueleto» son las montañas; un esqueleto macizo, desmesurado, omnipresente, que por todas partes atraviesa la piel.
Las montañas acusan su presencia por todas partes en torno del mar, salvo algunas interrupciones de insignificante extensión, como el estrecho de Gibraltar, el umbral de Narouze, el corredor del Ródano y los estrechos que van del Egeo al Mar Negro. Solo encontramos una laguna —muy extensa, es cierto—, la que se extiende desde el sur de Túnez hasta Siria, a lo largo de muchos miles de kilómetros: la mesa del Sahara, con una serie de ondulaciones, que llega directamente hasta el mar. Montañas altas, anchas, interminables: los Alpes, los Pirineos, los Apeninos, los Alpes dináricos, el Cáucaso, las montañas de Anatolia, el Líbano, el Atlas, las cordilleras de España. Se trata, pues, de poderosos y exigentes personajes. En unos casos, por razón de su altura; en otros, por sus formas compactas, tendidas a lo ancho y mal cortadas por valles poco accesibles, profundos y encajonados.
Todos vuelven sus rostros imponentes y huraños hacia el mar[2].
El Mediterráneo no son, pues, solo los paisajes de viñedos y olivares, las zonas urbanizadas y las franjas frondosas; es también, pegado a él, ese otro país alto y macizo; ese mundo erguido, erizado de murallones, con sus
extrañas viviendas y sus caseríos, con sus «nortes cortados a pico»[3]. Nada recuerda aquí el Mediterráneo clásico y risueño en el que florece el naranjo.
Los inviernos, en estos parajes, son desoladores. La nieve cae abundante en el Atlas marroquí. Lo supo bien León el Africano cuando, al franquearlo
en invierno, tuvo la mala fortuna de que le robasen el bagaje y la ropa…[4]. Pero ¿qué viajero del Mediterráneo no ha conocido también los tremendos aludes de la época invernal, los caminos bloqueados por la nieve, los paisajes siberianos y polares a unos cuantos kilómetros solamente de la costa soleada, las casas montenegrinas sepultadas bajo las nevadas o la garganta de Tirurdat, en la Cabilia, donde se concentran espantosos torbellinos y llegan a caer hasta cuatro metros de nieve en una sola noche? Los esquiadores de Crea pueden deslizarse en una hora hasta Argel, cubierta de rosas, mientras a 120 kilómetros solamente de allí, en el Yuryura, cerca del bosque de cedros de Tindja, los indígenas se hunden en la nieve hasta la rodilla. ¿Quién no conoce también, en estos parajes, las nevadas tardías que duran, a veces, hasta bien
entrado el verano y que, según dice un viajero « [5] enfrían los ojos »? Las nieves perpetuas salpican de manchas blancas la cima del Mulhacén, mientras a sus pies Granada se asfixia bajo un calor sofocante; se amontonan en el Taigeto, a la vista de la cálida planicie de Esparta; se conservan sin fundirse
en los ventisqueros de las montañas libanesas o en los «glaciares» de Crea[6].
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FIGURA 2. Los plegamientos del Mediterráneo. Los macizos hercinianos corresponden a las zonas rayadas; en negro, los plegamientos alpinos; las líneas blancas indican la dirección de las cadenas montañosas. Al sur, la plataforma sahariana, en blanco, bordea el Mediterráneo desde Túnez hasta Siria. Al este, las fracturas tectónicas del Mar Muerto y del Mar Rojo. Al norte, las planicies intra-alpinas y extra-alpinas, en blanco. La línea de puntos marca el límite extremo de los antiguos glaciares.
Estas nieves perpetuas nos explican la larga historia del «agua de nieve» de la zona del Mediterráneo, que ya Saladino dio a beber a Ricardo Corazón de León y de la que el príncipe Carlos abusó hasta encontrar la muerte, en el
caluroso mes de julio de 1568, estando preso en el palacio de Madrid[7]. En la Turquía del siglo XVI, el «agua de nieve» no era siquiera un lujo de los ricos.
En Constantinopla, y en otros lugares —Trípoli de Siria, por ejemplo—[8], los viajeros mencionan a vendedores de agua de nieve, trozos de hielo y sorbetes,
artículos que se pueden comprar por unas pocas monedillas[9]. Belon du Mans nos refiere que la nieve de Brusa llegaba a Constantinopla en cargamentos
enteros[10]. Podía obtenerse en cualquier época del año, dice Busbec, quien se sorprende al ver que los jenízaros la beben diariamente en Amasia, en
Anatolia y en los campamentos del ejército turco[11]. El comercio de la nieve es tan importante que los Pachás se interesan en la explotación de las minas de hielo: Mehemet Pachá ganaba con ellas, según se dice en 1578, hasta
800 [12] 000 cequíes al año.
En Egipto, donde relevos de veloces caballos la llevaban de Siria a El
Cairo; en Lisboa, adonde se hacía venir de muy lejos[13]; en Orán, el presidio español de África, adonde la nieve llegaba de España en los bergantines de la
Intendencia[14]; en Malta, donde los caballeros, si hemos de creerlos, morían cuando no les llegaba la nieve proveniente de Nápoles, pues, por lo que
parece, sus enfermedades requerían «este remedio soberano»[15], era, al contrario, artículo de lujo. En cambio, tanto en Italia como en España parece ser que estaba bastante extendida la consumición de agua de nieve. Eso explica el temprano desarrollo, en Italia, del arte de confeccionar sorbetes y
helados[16]. Tan productiva era su venta en Roma, que se convirtió en
monopolio[17]. En España se metía la nieve en grandes pozos, donde se
conservaba hasta el verano[18]. Sin embargo, peregrinos occidentales encaminados a Tierra Santa se muestran sorprendidos cuando ven, en 1494, en la costa siria, que el propietario de su barco recibe el regalo de «un saco lleno de nieve, la vista del cual en este país, en pleno mes de julio, colmó de
asombro a la tripulación»[19]. Y en esta misma costa siria, en 1553, un veneciano nota con sorpresa que los «moros, ut nos utimur saccharo, iter
spargunt nivem super cibos et sua edulia [20] », «ponen nieve en sus platos y alimentos del mismo modo que nosotros les ponemos azúcar».
En pleno corazón del cálido Mediterráneo, estas regiones nevadas acusan su poderosa fuerza de originalidad. Sus masas ubicuas dominan las planicies, la franja frondosa del litoral, todas esas creaciones brillantes, pero diminutas, esas comarcas «felices», siempre necesitadas de hombres, como más adelante veremos, y que reclaman vías de comunicación para su abundante tráfico. Se imponen a las tierras bajas, pero les infunden temor. El viajero, cuando puede, procura sortear los obstáculos, circular, por así decirlo, sin salir del piso bajo, de planicie en planicie, pasando de un valle a otro. Solo cuando no tiene más remedio se aventura por ciertas sendas escarpadas, por desfiladeros de siniestro nombre. Pero sale de ellos lo antes posible. El viajero se siente, se sentía sobre todo hasta ayer, prisionero de las tierras llanas, de los jardines, del deslumbrante litoral, de la vida abundosa del mar.