El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Una geografía de la España morisca
responsabilidad es común y compartida.[124]
Las conversiones a la fuerza comenzaron en España. La medida adoptada[II-177] en Granada hízose extensiva a toda Castilla. Pero no tenía, advirtámoslo, el mismo sentido aplicada a los granadinos, personas conquistadas la víspera, que aplicada a los moros de Castilla, que llevaban ya mucho tiempo viviendo en medio de los cristianos y practicando libremente hasta entonces su culto. La cosa variaba también en las tierras de la Corona de Aragón (Aragón, Cataluña y Valencia). La conversión más tardía de todas, y también frustrada, por lo demás, no fue ordenada por el Estado. Los viejos cristianos, entre los que vivían diseminados los moros, bautizaron por la fuerza y en masa a sus compatriotas musulmanes durante la crisis de las “Germanías”, en 1525-1526. ¿Esos bautismos, hechos a la fuerza, eran válidos? Fue un problema muy discutido, hasta en Roma, donde las soluciones eclécticas encontraban, con
frecuencia, más partidarios que en España.[125] En 1526, Carlos V, a quien se pidió parecer, optó en favor de la conversión, a la vez para seguir el ejemplo
de Granada y para dar gracias a Dios por su victoria de Pavía.[126] Pero la intervención del emperador en este pleito no fue grande. Es cierto que Granada y Valencia, las dos vertientes de España (aragonesa la una, la otra castellana) no se hicieron “cristianas” (o, como se diría después, moriscas) en las mismas condiciones ni en la misma atmósfera. Y ello distingue, por lo menos, dos zonas de problemas moriscos.
Una geografía de la España morisca
Pero, mirada la cosa un poco más cerca, encontramos otras distinciones y otras zonas, según que los moriscos abunden más o menos y se hallen más o menos encuadrados en la civilización de los vencedores y engarzados en ella desde un tiempo más o menos largo. En Asturias, en Vizcaya y en Navarra, el morisco no es un personaje desconocido. Es el artesano o, en las rutas, el
vendedor ambulante y hasta, a veces, revendedor de pólvora para arcabuz.[127] Pero abunda poco, a pesar de todo, excepto en el valle navarro del Ebro,[II-178] donde cuenta con un cierto número de descendientes de moros. En Castilla abundan más y su número parece ir en aumento a medida que se desciende
hacia el sur. Cada ciudad tiene los suyos.[128] A fines del siglo XV , el doctor Hieronymus Münze, un viajero, señala que en Madrid, ciudad “no más grande
que Biberach”, hay dos morerías, dos [129] ghettos musulmanes. La proporción es mucho mayor aún, sin duda, en Toledo, y, más abajo, Andalucía hierve de moriscos, campesinos o proletarios al servicio de todas las grandes ciudades. En el Aragón propiamente dicho los vemos alojados como artesanos, en las aglomeraciones urbanas (en Zaragoza trabajan el cuero y fabrican armas y
pólvora),[130] y aún son más numerosos en las regiones altas, entre el Ebro y
los Pirineos,[131] donde forman activas comunidades agrícolas y pastorales.
[132] En otras partes, algunos grandes señores retienen en sus “lugares de moriscos” a la mayor parte de los que siguen dedicados al cultivo de la tierra; por ejemplo, el conde de Fuentes, en Exca, una de las regiones más aceitíferas del Aragón morisco; o el conde de Aranda, en Almonacid; o el duque de
Aranda, en Torellas…[133]
En Cataluña, por el contrario, apenas encontramos moriscos, si acaso alguna que otra huella de aquella Iberia musulmana que en todas partes vemos mezclada con la España del siglo XVI. La vieja Cataluña vivió siempre al margen del Islam, que sólo toca sus territorios por el sur, a la altura de Tarragona y el Ebro. En 1516 expulsa a los moriscos residentes en Tortosa.
[134] Rara vez la Inquisición de Barcelona es llamada a juzgar a uno de estos
infieles.[135]
Más hacia el sur, la tierra valenciana es un típico dominio colonial del que, en el siglo XIII, se hacen cargo los mercaderes catalanes y los señores de Aragón y que, a partir de entonces, se verá sacudido por mil movimientos y
mil inmigraciones sucesivas. Henri Lapeyre[136] establece un paralelo entre la situación de Valencia y la de Argelia antes de marzo de 1962. Las proporciones no son las mismas, pero las dos poblaciones están imbricadas[II-179] una en otra, como muy bien lo ilustran los mapas de Tulio Halpérin Donghi.
[137] Resultan muy claras las características generales de la distribución geográfica: las ciudades son predominantemente cristianas, y los moriscos tienden a vivir —aunque pocos de ellos— en los suburbios; también las regiones de regadío son fundamentalmente cristianas, salvo las zonas de Játiva y Gandía; las regiones de secano, con la excepción de algunos macizos, están pobladas por los moriscos: a ellos les tocan las tierras pobres de las regiones altas. No es por tanto sorprendente que se hayan producido en las montañas las dos rebeliones más importantes: en 1526, en la sierra de Espadán; en 1609, en la región de Mucla de Cortes, en la orilla derecha del
Júcar y en el valle de Laguar, al sur de Gandía.[138]
En 1609, los moriscos representan aproximadamente un tercio del total de la población valenciana: 31 715 familias, frente a 65 016 de cristianos viejos,
[139] pero éstos ocupan todos los puestos de mando y controlan totalmente Valencia y su feraz huerta.
Todo ello era, evidentemente, fruto de una larga evolución que había durado varios siglos. La sociedad vencida sigue viva, pero, reducida a llevar una magra existencia, es como un traje desgastado y, a menudo, desgarrado. No hay aristocracia ni minoría selecta musulmana por encima de la gran masa proletaria de los vencidos; no hay, por tanto, resistencia organizada y sabiamente armonizada. Por doquier, en ciudades y campos, el morisco está bajo el poder de la sociedad victoriosa. Los defensores de los fellahs son los
propios señores.[140] Apoyan a los moriscos, como más tarde, en los Estados Unidos, apoyarán los colonos del sur a sus esclavos. Por lo demás, no forman una masa homogénea: junto con ellos, fruto de muchos siglos de victorias cristianas, vive un proletariado de cristianos viejos, fanático y duro, rural y urbano, que evoca bastante bien, una vez más, a los blancos pobres del sur de los Estados Unidos.
Valencia debió de ser, en el siglo XIII, algo muy parecido a la Granada del siglo XVI. Granada, donde la victoria cristiana es muy reciente y se ha logrado en detrimento de otro país también rico, también poblado y cuya derrota se[II-180]
debió más a su falta de artillería que a sus debilidades intestinas.[141] La sociedad musulmana no se mantiene, aquí, inalterable —la conquista no pudo por menos de acarrear estragos inmediatos—, pero todavía se la reconoce, en un país dominado y disciplinado por el hombre, cultivado hasta en sus más altos bancales, rico en vegas de una pasmosa fertilidad, que son como oasis tropicales en medio de tierras ya semiafricanas. El español se apodera de esta herencia; los señores cristianos se instalan en estas ricas tierras, como aquel
Juan Henríquez,[142] defensor de los moriscos en 1568, quien tiene sus bienes en el valle de Granada. Llevando consigo por doquier a funcionarios y eclesiásticos, más o menos honestos unos y otros, con frecuencia prevaricadores y dispuestos a aprovecharse sin vergüenza de las ventajas del país. Cuanto haya podido decirse del “colonialismo” en cualquier país y en cualquier época es aplicable con extraña veracidad al conquistado reino de Granada. Los propios documentos oficiales hablan un lenguaje que no deja
lugar a dudas. Por ejemplo, el licenciado Hurtado,[143] encargado de hacer averiguaciones en la Alpujarra, en la primavera de 1561, señala algunos méritos entre la “gente morisca”, muy pacífica y tranquila, mientras que desde hace 20 años no se conoce en la provincia verdadera justicia, sino solamente malversaciones, delitos, tropelías y robos sin cuento, cometidos a su costa. Si los verdaderos culpables, a quienes habría que ajustar las cuentas, repiten a todas horas que los moriscos son gente peligrosa, que acaparan los víveres, la harina, el trigo y las armas, con la intención de levantarse un buen día, lo hacen únicamente para tratar de excusar su inexcusable conducta, continúa informando el pesquisidor.
¿Acaso se dejó engañar? Sin embargo, cuando Granada se subleva en la Navidad de 1568, el embajador de Felipe II en Francia, Francés de Alava, siente en seguida, como para descargar su conciencia, la necesidad de consignar puntos de vista muy parecidos. En octubre de 1569 escribe
largamente al secretario Zayas,[144] y el embajador, que suele ser un observador meticuloso, se cuida de precisarle desde las primeras líneas que, en el curso de los últimos 12 años, ha estado siete u ocho veces en Granada y que conoce a las autoridades civiles, militares y religiosas, responsables de[II-181] los hechos. ¿Qué razones tendríamos nosotros para poner en duda sus palabras? ¿Qué razones podía tener un hombre como éste para acudir en defensa de aquellos pobres diablos de quienes a la sazón se encontraba tan alejado, como no fuese la de dar a conocer la verdad, para hacer algún bien con ello?
Los moriscos se han lanzado a la rebelión, nos dice, es cierto, pero son los cristianos viejos quienes los empujan a la desesperación, con su arrogancia, sus latrocinios y la insolencia con que se apoderan de sus mujeres. Los propios sacerdotes se comportan del mismo modo, y en prueba de ello cuenta esta anécdota precisa. Como toda una aldea morisca se hubiese quejado ante el arzobispo de su pastor, se mandó averiguar el motivo de la queja. Que se lo lleven de aquí, pedían los feligreses… O, si no, “que se le case, pues todos nuestros hijos nacen con ojos tan azules como los suyos”. El embajador no se contenta con referir esta pintoresca historia, que él tiene por estrictamente verídica. Desolado, furioso, él mismo en persona hace averiguaciones y logra comprobar todas las malversaciones de los pequeños funcionarios, incluso de aquellos que, no por ser moriscos de origen, explotan menos a sus administrados. Entró en las iglesias en un día de fiesta para convencerse de lo poco que se respetaba la religión. Vio cómo, en el momento de la consagración, entre la hostia y el cáliz, el sacerdote se volvía para espiar si toda la feligresía indígena, hombres y mujeres, estaban bien arrodillados, y oyó cómo reconvenía y cubría de insultos a sus ovejas —cosa “tan contraria al servicio de Dios [observa Francés], que me temblavan las carnes”—.
Rapiñas, robos, injusticias, asesinatos y condenas ilegales en masa: materia bastante para inculpar a la España cristiana. Pero ¿sabía ésta, acaso, las tropelías que en su nombre o al amparo de él se cometían, a veces sin que nadie se enterara, en aquellas tierras del sur, demasiado ricas y pobladas, a las que todo el mundo llegaba buscando algo beneficioso: tierras o empleos, donde ni los flamencos y los franceses desdeñaban instalarse como artesanos,
según lo señala un documento inquisitorial, fechado en Granada en 1572?[145] Es algo así como la física de la historia, la ley inexorable del más fuerte. Junto
a la ciudad indígena,[146] [147] y separada de ella desde 1498, crece y se[II-182] desarrolla la ciudad oficial y cristiana en la Alhambra, residencia del capitán general; en la Universidad, fundada en 1537, y en la cancillería creada en
1505, y ya todopoderosa y agresiva en 1540.[148] Si queremos comprenderlo, y no digo juzgarlo, no olvidemos que el español se encontraba allí, como el francés en Argel, el holandés en Batavia o el inglés en Calcuta, en el corazón de una empresa colonial, como ayer se decía, en un remolino de civilizaciones contrapuestas, cuyas furiosas aguas se negaban a mezclarse.
Frente a este colonialismo español, no siempre, ni mucho menos, honesto, inteligente ni sagaz, se alza una sociedad indígena que aún sigue siendo coherente, con una clase dirigente (que no existía o que había desaparecido en Valencia), los ricos del Albaicín, esta masa de notables vestidos de seda, ricos, prudentes, misteriosos, que reinan sobre un pueblo de horticultores y de criadores de gusanos de seda, campesinos sabios en el arte de canalizar las corrientes de agua fertilizadora y el de entretener las paredes de contención de los cultivos en terraza; reinan también sobre un pueblo de arrieros, modestos vendedores y revendedores, artesanos tejedores, tintoreros, zapateros, albañiles y fontaneros, todos ellos, muchas veces, en competencia con los artesanos venidos del norte, unos y otros con sus métodos y sus normas. Todas estas pobres y humildes personas van vestidas de algodón. Que los nobles del Albaicín no brillan por su valentía es algo que, más tarde, quedará demostrado de una manera espectacular: temen comprometerse, temen perder sus cármenes. Además, una parte de la nobleza granadina, al menos sus más ilustres miembros, había abandonado España poco después de la caída de Granada. Sin embargo, esta clase dirigente ha conservado sus cuadros, sus tradiciones y también su desmedido respeto por los linajes y las grandes dinastías; la rebelión de 1568 traerá consigo un renacimiento de los conflictos entre diferentes clanes, muy similares a los que habían precipitado la caída de Granada.
Esta aristocracia superviviente ha visto crecer a su alrededor y por encima de ella una aristocracia cristiana de reciente importación, generosamente favorecida (quizá tan largamente como la de Valencia), que vive sin pudor alguno del trabajo de sus campesinos moriscos, raza sobria y, en consecuencia, fácil de explotar. Se estimaba que un morisco consumía la mitad que un cristiano, y así nos lo confirman también los proverbios: quien[II-183] tiene Moro, tiene oro; a más Moros, más ganancias, a más Moros, más
despojos [149] .
Los nobles cristianos son los protectores de los campesinos moriscos; y se les ha reconocido durante largo tiempo el derecho de ofrecer asilo en sus dominios a los delincuentes de las tierras vecinas. Pero el Estado, en su deseo de restaurar el orden en Granada, ha suprimido este derecho y ha limitado a sólo unos días el asilo en las iglesias. Además, desde 1540 de modo manifiesto, pero ya desde antes, los letrados de la Audiencia de Granada han tratado de recortar los derechos de la gran nobleza y de su cabeza principal, el capitán general del reino, o dicho con otras palabras, de la poderosa familia de los Mendoza. Así se va esbozando un gobierno civil que se apoya en las ciudades cristianas y en la población inmigrante, en oposición al gobierno militar y señorial de los Mendoza. Esta crisis política y social no ha sido por sí sola causa del estallido de la guerra, pero ha agravado las tensiones y el desorden. Al mismo tiempo, el gobierno de Felipe II, en su busca de recursos fiscales, ha comenzado a cuestionar los títulos de propiedad, en una fecha que, por lo menos, se remonta al 1559. Además, en Granada como en Valencia, la población crece; al aparecer las dificultades económicas aparece también el bandolerismo. Los bandidos —los monfíes—, que ya no pueden encontrar refugio en las tierras de los señores o en las iglesias, se echan al monte, del que bajan para hacer incursiones de pillaje, en connivencia con los
gandules [150] , sus cómplices urbanos o con los corsarios berberiscos o turcos. En 1569, unos meses después del estallido de la revuelta, e inmediatamente después de la expedición punitiva del marqués de Mondéjar contra las Alpujarras, habría sido todavía factible llegar a una solución pacífica gracias a los buenos oficios de los nobles. Así se expresa Caro Baroja en su magnífico
libro sobre los moriscos,[151] y no hay duda de que tiene razón. Pero ¿habría traído eso una auténtica paz? Además, las civilizaciones son menos elásticas que las sociedades, y sus cóleras, crueles e intransigentes, son duraderas. Lo que aquí debemos tratar de percibir es toda la crueldad e incomprensión que rodea a la cuestión, desentendiéndonos por el momento de las vicisitudes de