El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Por el centro del mar: en las costas de Nápoles y Sicilia

francés Jacques Bongars[43] que visitó esta zona fronteriza desde Raab hasta Neutra, en la primavera de 1585, anota en su Diario las múltiples precauciones de la defensa cristiana: solamente en el distrito de Raab se alzan doce fortalezas —y esto en tiempo de paz—, con una guarnición de más de 5 000 soldados de infantería y 300 de caballería. En Comorn, como una precaución complementaria, hay un taller que fabrica balas y pólvora, en el interior mismo de la plaza. Las escaramuzas y los choques son cotidianos a lo

largo de todo este [44] limes .

 

Por el centro del mar: en las costas de Nápoles y Sicilia

 

Un sector muy diferente se presenta ante nosotros en las costas de Nápoles y Sicilia, a las que podemos añadir las de Malta, el eslabón con el Magreb. Deben su valor estratégico a su posición en la bisagra central del

mar. “Es el frente marítimo de Italia contra el peligro turco”,[45] es decir, frente a las avanzadas del Islam en Albania y en Grecia. Se halla expuesto, además, como todas las costas, a los ataques de los corsarios. Su misión es triple: ofrecer una base a las flotas españolas, resistir las armadas turcas y defender su propio territorio contra los asaltos de los piratas.

Brindisi, Tarento, Augusta, Mesina, Palermo y Nápoles pueden servir de puntos de concentración para las galeras cristianas; Brindisi y Tarento, tal vez demasiado al este; Palermo y Augusta, mucho más enfilados sobre el África que sobre Levante; Nápoles, demasiado dentro de la retaguardia. La posición de Mesina es, desde luego, la mejor de todas. Fue la plaza marítima esencial del Occidente en las horas de mayor peligro. Su posición, resguardada detrás del canal, sus facilidades para abastecerse de trigo siciliano y extranjero, y su proximidad a Nápoles han hecho su fortuna. De Nápoles recibe fácilmente hombres, velámenes, galletas, barricas de vino y de vinagre, pólvora “sutil”,[II-265] mecha para arcabuces, “cañas” de arcabuces, balas de hierro… Para poder juzgar la posición estratégica de esta ciudad, en aquel entonces, no debemos dejarnos llevar de nuestras ideas actuales: en tiempos de la primacía turca a las escuadras musulmanas les era fácil forzar el paso del estrecho, hazaña que, llegado el caso y con sus riesgos y peligros, podían lograr también las galeras aisladas o las flotillas de los corsarios. La estrecha vía de agua era, sin embargo, inmensa para el tiro de la artillería de la época; inmensa y difícil de vigilar.

A comienzos del siglo XVI, Nápoles y Sicilia estaban, desde las costas hasta el interior, sembradas de fortalezas y fortificaciones, casi siempre antiguas y cuyos muros se caían en ruinas. Rara vez tenían en cuenta las necesidades de la artillería, con caminos para mover las piezas y sus caballerías, ni reforzaban sus muros y sus terraplenes o mantenían las obras a flor de tierra, en previsión de la necesidad de defenderse contra el enemigo. La destrucción o la adaptación de esas fortalezas anticuadas y la construcción de nuevos elementos representan el trabajo de varias generaciones. En

1541[46] comienza a reforzarse la muralla medieval de Catania, dotándola de bastiones capaces de resistir el fuego de la artillería. Las obras no se terminan sino en 1617, al cabo de tres cuartos de siglo de trabajos y de gastos.

Obras parecidas se emprenden en 1538 en Mezzogiorno y en Nápoles, impulsadas por Pedro de Toledo, y, en Sicilia, gracias al celo de Ferrante Gonzaga. Y es que 1538 fue el año de La Prevesa y las flotas turcas llegan desde entonces a descargar sus poderosos golpes contra las costas de Nápoles y de Sicilia, sin que sea posible detenerlas en el mar. La anónima Vita di

Pietro di Toledo[47] indica que el virrey ordenó comenzar entonces las fortificaciones de Reggio, Castro, Otranto, Lecca, Galípoli, Brindisi, Trani, Barletta, Manfredonia y Viesti, así como las de Nápoles. Parece que a partir de esta época se construyen también torres de atalaya en las costas

napolitanas. En 1567 sabemos que había 313 torres de éstas en el reino.[48] Lo que Pedro de Toledo hizo en Nápoles, lo llevó a cabo Ferrante Gonzaga en

Sicilia entre los años 1535 y 1543.[49] [50] Ordenó construir 137 torres en el[II-266] litoral del este y del sur, este último defendido un poco por la naturaleza y aquél expuesto a las acometidas de los turcos y que pronto había de

convertirse, “frente al Imperio otomano, en una simple frontera militar”.[51]

En 1532 empezó a fortificarse Siracusa,[52] que estaba también en esta línea

neurálgica. Como dice Ferrante Gonzaga en un informe al rey,[53] era ésta la única costa expuesta de la isla. El lado norte era montañoso, el lado sur, “la

più cattiva e più fluttuosa spiaggia di quei mari” [54] , y no ofrecía abrigo alguno para que una flota enemiga pudiera abrigarse en él y, mucho menos, operar. No pasaba lo mismo en el este, con sus costas bajas, fértiles y de fácil acceso. De ahí la necesidad de fortificar —además de Siracusa—, Catania y Mesina, que, a su llegada al país, en 1535, había encontrado Gonzaga

“abandonate et senza alcuno pensamento di defenderle” [55] . Y no estaban aún fortificadas, cuando él partió de allí.

No era posible cambiarlo todo en un día, ni aun durante el efímero gobierno de un virrey. En Sicilia prosiguieron los trabajos de fortificación bajo los sucesores de Ferrante, y en Nápoles, bajo los de don Pedro de Toledo. Sin que la tarea, tan pronto abandonada como reiniciada, terminase

nunca,[56] interrumpida por órdenes y contraórdenes. Decíase en Nápoles que cada virrey, debatiéndose con 20 fortalezas del reino (19, exactamente, en

1594), deshacía todo lo que su predecesor había hecho.[57] Es mucho decir y no reconocer las dificultades. Los responsables veíanse atados de pies y manos por la falta de créditos y obligados a parar a cada paso los trabajos en un sitio para emprenderlos en otro o reparar lo que se caía (las torres de atalaya de Sicilia, terminadas en 1553, hubieron de ser reconstruidas entre 1583 y 1594) y rehabilitar y modernizar, una a una, todas las fortalezas. Por último, era necesario extender las obras cada vez más lejos por el oeste, prueba de que el peligro avanzaba, sembrando a su paso la angustia y la desolación. Los corsarios berberiscos y los grandes viajes turcos anteriores a 1558 habían tomado por la retaguardia las posiciones sicilianas y napolitanas,[II-267] y ello hizo necesario ocuparse, en lo sucesivo, de la costa del mar Tirreno, de

Palermo,[58] [59] [60] [61] [62] de Marsala, de Trapani, de Sorrento, de Nápoles, de Gaeta…

El gran peligro pesaba también sobre el este. En esta dirección funcionaba, sobre todo, el sistema defensivo. Henos aquí en Nápoles, año de

1560. Un año llevan en curso las obras para fortificar Pescara,[63] la isla de

Brindisi y la gran plaza de Tarento.[64] Después de muchas discusiones, se ha revocado definitivamente la orden dada y luego anulada por el duque de Alba (siendo virrey de Nápoles en 1557) de desmantelar una serie de pequeñas plazas del cabo de Otranto y de la tierra de Bari: Nolseta, Sodenazo, Vigella, Calignano y Nola, a condición de que estas pequeñas villas se fortificasen y defendiesen por sí mismas, detalles todos que indican sobradamente la dificultad de las obras y la imperfección de la línea defensiva. A la entrada del verano se refuerzan las distintas plazas fuertes con gente de milicias. La milicia de Nápoles suministra de 8 000 a 10 000 hombres y podría llegar hasta los 20 000. Y como esta milicia tiene que atravesar el reino y acantonarse en distintas regiones, se aplaudía que los soldados fuesen gente

del país, y no extranjeros.[65] En mayo de 1560 se estacionan 500 infantes en Manfredonia, 700 en Barletta, 600 en Brindisi, amén de tres compañías de españoles en el fuerte, 500 milicianos en Tarento, 800 en Otranto y 800 en Cotrone. Además, se acantonan en la Apulia 1 000 hombres de armas, 200 de caballería ligera y 6 000 italianos reclutados como reserva, para enviarlos de

refuerzo al punto donde se produzca el ataque.[66] Al mismo tiempo que se ocupa el litoral y se refuerzan las plazas fuertes, se vela por la evacuación de los “lugares abiertos”, es decir, las ciudades y aldeas de la costa. En 1573, no

pudiendo extenderse la cortina defensiva a Sicilia entera,[67] la protección tiene que limitarse a Mesina, Augusta, Siracusa, Trapani y Melasso; y se[II-268] abandonan momentáneamente, como puntos demasiado débiles, Taormina, Catania, Terranova, Licata, Girgenti, Siacca, Mazzara, Marsala, Castellammare, Termini, Cefalú y Patti…