El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El problema del agua: la malaria
cerca de Ankara[201]. Por el mismo tiempo, en Córcega, en Cerdeña, en Chipre, las planicies interiores ofrecían también una estampa de desolación. En Corfú, el provisor Justiniano atravesó en 1576 una llanura casi
desierta[202] [203] . Y las corsas de Biguglia y de Urbino son una llaga incurable.
El problema del agua: la malaria
Pero no pretendemos hacer un inventario de todas las planicies que en el siglo XVI aún no habían nacido a la riqueza. Nos basta con saber que este nacimiento supone largos esfuerzos, y la solución de un doble, si es que no de un triple problema. Para comenzar, el problema de las inundaciones. Las zonas montañosas son zonas donde los arroyos se despeñan; en cambio, las
planicies son, casi siempre, colectoras de aguas[204]. Durante el invierno,
estación normal de lluvias, su suerte es permanecer inundadas[205]; para evitar este desastre hay que tomar mil precauciones, construir presas, embalses y canales de desagüe. Pero, a pesar de todos los esfuerzos, no hay hoy en todo el Mediterráneo, en Portugal o en el Líbano, una planicie que no se halle bajo la amenaza de estas peligrosas aguas. Todavía La Meca se sumerge algunos
inviernos bajo las torrenciales lluvias[206].
En 1590, grandes inundaciones anegaron la marisma toscana, causando de golpe la ruina de las sementeras. La marisma era, con el Val de Arno, el verdadero granero de Toscana; de ahí que ante la inmensidad del desastre, el gran duque se viera obligado a ir hasta Danzig (primera vez que ocurre esto) a conseguir trigo para salir a flote. A veces, las grandes tormentas de verano provocan por sí solas semejantes catástrofes. Las aguas de la montaña descienden como torrentes embravecidos, sin que nada las contenga. Cauces secos en el estiaje se convierten muchas veces, durante el invierno, en torrentes impetuosos. En los Balcanes, los puentes turcos son muy altos, construidos en arco y sin pilares centrales, con el fin de ofrecer la menor resistencia posible a las súbitas crecidas de los ríos.
Una vez que alcanzan las tierras bajas, las aguas no siempre se abren paso fácilmente hasta el mar. Las que descienden de los montes Albanos y de los Volscos se estancan a lo largo de 30 kilómetros entre las montañas y el mar, creando así las marismas pontinas. El defecto está en las débiles desigualdades de relieve del terreno, en la lentitud de las corrientes que eso determina y en la poderosa línea de dunas que hacen de dique de contención a la orilla del mar. En el caso de la región de Mitidja, la planicie, bordeada al sur por el Atlas, está literalmente bloqueada del lado del norte por las colinas de Sahel, que apenas abren las brechas de Ued El Harrach y de Ued Mazagan, al este y el oeste de Argel. Las razones pueden variar de un caso a otro, pero, en definitiva, en casi todas estas planicies se produce un estancamiento de aguas más o menos abundante. Y las consecuencias son en todas partes las mismas: acqua, ora vita, ora morte, solo que, en este caso, el agua no quiere decir vida, sino muerte. Inmóvil, forma inmensos pantanos erizados de juncos y cañaverales; y en el verano conservan, cuando menos, la peligrosa humedad de los bajos fondos o de los tremedales, bordeados por los característicos laureles rosados. De aquí las temibles fiebres palúdicas, flagelo de las planicies durante la estación cálida.
Antes del empleo de la quinina, la malaria era un mal con frecuencia mortal; aun en sus formas benignas, provocaba una disminución de la
vitalidad y del rendimiento del hombre[207]. Consumía a sus víctimas, haciendo que la demanda de mano de obra fuese más frecuente y más intensa. Nos encontramos, en realidad, ante una verdadera enfermedad del medio geográfico. Por muy peligrosos que sean la peste y el cólera, transportados desde la India y la China por las relaciones a gran distancia, estos azotes fueron siempre extranjeros de paso por el Mediterráneo. La malaria se establece en él. Constituye, «el fondo del cuadro de la patología
mediterránea»[208]. Hoy día se conocen las relaciones de este azote con los anofeles y los hematozoarios del género plasmodium, los agentes patógenos del paludismo, del que los anofeles son los portadores. Hacia 1596 dice Thomas Platter de la comarca de Aiguesmortes «que da pena ver lo infestada
de mosquitos que está durante el tiempo de verano»[209]. Tal es el complejo malárico de los biólogos, complejo vinculado en realidad con toda la geografía de las regiones bajas del Mediterráneo, la única grave y tenazmente infestada, pues en comparación con ella el paludismo de montaña carece de
importancia[210].
De modo que la conquista de la planicie ha significado, desde siempre,
ante todo, triunfar sobre el agua malsana y acabar con la malaria[211], y después, utilizar de nuevo el agua viva, corriente, para el riego.
El hombre es el elemento operante de esta larga historia. Si drena el agua, si conquista la planicie para los cultivos, extrayendo de ella la mayor parte de sus alimentos, el paludismo retrocede; el remedio contra la malaria, dice un
proverbio toscano, es una olla bien colmada[212]. Si, por el contrario, descuida la construcción de los canales de drenaje y las acequias de riego, si a su lado se desbordan las torrenteras de la montaña cegando las vías de circulación del agua; si, por una u otra razón, la población de la llanura disminuye y se relaja el dominio que sobre ella ejerce el campesino, la malaria se extiende sin remedio y todo lo paraliza. No tarda en hundir de nuevo a la planicie en su primitiva condición de desierto y de marisma; el proceso es automático. Este fue, al parecer, el caso de la antigua Grecia. Asimismo, sostienen algunos que la malaria fue una de las causas de la decadencia del Imperio romano. Es muy difícil pronunciarse en favor o en contra de esta tesis, por su naturaleza tan amplia y tan categórica. La malaria progresa cuando el hombre afloja en su esfuerzo y se afirma en sus perniciosas recurrencias, tanto como causa que como efecto.
Parece, sin embargo, que la historia de la malaria acusa épocas de mayor
o menor virulencia[213]. Las fiebres palúdicas pudieron agravarse a finales del Imperio romano, y —como lo asegura Philipp Hiltebrandt, desgraciadamente sin dar referencias— a partir de los últimos años del siglo XV. Nuevos elementos patógenos pudieron haberse presentado entonces. La América, recién descubierta, pudo haber obsequiado a los viejos mundos del Mediterráneo, además del treponema pálido, la malaria tropicalis o perniciosa, hasta entonces ignorada en estas tierras. Una de las primeras
víctimas fue, en 1503, nada menos que el papa Alejandro VI[214].
Es muy difícil para un historiador pronunciarse en uno u otro sentido a este respecto. En la Antigüedad y en la Edad Media se conoció una fiebre muy parecida a la malaria tropicalis, aunque ciertamente más benigna, puesto que Horacio atravesó sin peligro las marismas pontinas, a pesar de las
picaduras de los mosquitos[215]. Y, sobre todo, este detalle harto más elocuente: en septiembre de 1494 el ejército de Carlos VIII —que era por lo menos de 30 000 hombres— acampó sin novedad alrededor de Ostia, en un sitio que en esa época era particularmente peligroso. No se vaya a creer que estos ejemplos bastan para plantear, y mucho menos para resolver, el problema. Para escribir la historia de la malaria haría falta una documentación mucho más rica que la que hoy poseemos. ¿Era malaria o disentería la enfermedad que diezmó el ejército de Lautrec en julio de 1528, en la
inundada campiña de Nápoles?[216] Habría que conocer con exactitud las regiones afectadas en el siglo XVI. Desde luego, sabemos perfectamente que Alejandreta, que servía de escala para Alepo, a partir de 1539 hubo de ser abandonada a causa de las fiebres. Sabemos, asimismo, que los habitantes de la ciudad de Bahía, en el golfo de Nápoles, huyeron de la peste en el siglo XVI; en tiempo de los romanos, Bahía era el lugar de cita de la sociedad elegante y ociosa, y Petrarca alabó su encantador paisaje en una carta que dirigió al cardenal Giovanni Colonna en 1343. Pero aun estos casos particulares nos dejan algunas dudas. En lo tocante a Alejandreta, por ejemplo, sabemos que la ciudad fue recuperada más tarde por cónsules
ingleses y franceses, y que ha sobrevivido. ¿Cómo? ¿En qué condiciones?[217] En cuanto a Bahía, ¿no fue acaso porque la ciudad se estaba muriendo ya, dos generaciones o menos antes de que Tasso desembarcara allí en 1587, por lo
que la fiebre se enseñoreó de ella?[218]
Debemos recordar, por otra parte, que una veintena de años antes de Colón, en 1473, la flota veneciana que estaba operando frente a la costa albanesa, durante el primer sitio de Scutari, fue diezmada por la fiebre y hubo de poner rumbo a Cattaro para reorganizarse. Murió el provveditore Alvise Bembo, y Triadan Gritti estuvo en trance de muerte. Pietro Mocenigo decidió
de pronto ir a Ragusa [219] per farsi medicar.
No es posible sustraerse, sin embargo, a la impresión de que en el siglo XVI se produjo un recrudecimiento de este mal. Aunque quizá ello se debiera simplemente al hecho de que el hombre va a enfrentarse ahora a su viejo y terrible enemigo de las tierras bajas. Todo el siglo XVI, y ya todo el XV, se lanzan, en efecto, a la búsqueda de tierras nuevas. ¿Dónde encontrarlas más tentadoras, más prometedoras, que en estas llanuras húmedas y susceptibles de ser transformadas? Pero nada más nocivo que el primer contacto, la primera remoción de tierras infestadas. Colonizar la planicie equivale con frecuencia a morir; de sobra se sabe cuántas veces fue necesario repoblar en un principio las villas de la región de Mitidja, donde solo el penoso esfuerzo realizado en el siglo XIX logró triunfar de la fiebre. También la activa colonización del interior que se organizó por todo el Mediterráneo en el siglo XVI costó harto cara. Fue especialmente activa en Italia. Si Italia falla en la conquista de colonias lejanas, si permanece al margen de ese gran movimiento, ¿no es, entre otras razones, porque estaba ocupada en conquistar dentro de sus propias fronteras todo el espacio susceptible de aprovechamiento según las técnicas de la época, las planicies inundadas de agua hasta las cumbres? «Italia está cultivada hasta la cima de sus montañas»,
escribía orgullosamente Guicciardini al comienzo de su [220] Historia de Italia.