El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
La expedición de Yerba
hambre”, como escribía en junio de 1559 el duque de Medinaceli,[20] virrey de Sicilia y gran promotor de la expedición contra Trípoli.
La expedición de Yerba [21]
Esta expedición había de tomar distinto rumbo del que se le había marcado en un principio, y volverse contra Yerba, después de ciertas vicisitudes que referiremos brevemente.
Aunque el acuerdo de esta expedición puede decirse que se tomó el 15 de junio de 1559, como se deduce de las órdenes e instrucciones expedidas
entonces desde Bruselas,[22] los proyectos son muy anteriores y la responsabilidad de ellos no se le puede achacar a Felipe II. Todos los testimonios la hacen converger en el duque de Medinaceli, virrey de Sicilia, y en el gran maestre de la Orden de Malta, Juan de La Valette. Unidos por una
estrecha amistad,[23] ambos tenían cuentas que ajustar con el terrible corsario de Trípoli, y de parte del maltés mediaban en ello, además, las añoranzas de[II-432] un “africano” y las ambiciones de un estadista, pues La Valette había sido,
por cuenta de los Caballeros, un notable gobernador de Trípoli.[24] La reconquista de esta plaza la pondría de nuevo, irremisiblemente, en manos de su Orden. Para Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, mediaban, además de las necesidades sicilianas, el deseo de conducir una gloriosa expedición contra los infieles, emulando —aunque con más arrojo— las hazañas de su predecesor, Juan de la Vega, en África, por los años de 1550. Las circunstancias parecían favorables. La plaza de Trípoli estaba mal fortificada, y su guarnición no pasaba de 500 turcos. Dragut veíase obligado a intervenir continuamente en las regiones de tierra adentro; se hallaba enredado en plena lucha con el “rey” de Kairuan, el emir Chaavia, cuyas tropas —según revelaba un informe de La Goleta— habían derrotado a las de Dragut y que gozaba de gran autoridad moral. Campana pretende que era “quasi come il
Papa tra christiani” [25] , lo cual se nos antoja mucho decir. Finalmente, había siempre la seguridad de encontrar ayuda entre los “moros”, estos nómadas demasiado aporreados por los turcos para que les tuviesen simpatías. El duque de Medinaceli estaba en connivencia con ellos (contaba, incluso, con cómplices cerca de Dragut, por mediación de un tal Jafer Katania). No obstante, como él mismo lo reconocía, a pesar de las cartas y los sentimientos
de estos jeques, sería poco prudente fiarse demasiado de ellos.[26]
Fue un caballero de Malta, el comendador Guimerán, quien, en Bruselas, presentó a Felipe II el proyecto contra Trípoli. ¿Llegó a Bruselas antes o después de la conclusión de la paz? Poco importa. El asunto salió en seguida de la fase de los primeros trámites. El 8 de mayo de 1559, Felipe II, antes de decidirse, pidió un informe al virrey. Pero aún no había salido este informe de
Sicilia, cuando el rey tomaba su resolución[27] y la notificaba al duque de Medinaceli, invistiéndolo como jefe de la expedición en carta fechada el 15 de junio, en la que expone sus motivos: estado de paz con Francia; interés en desembarazar a Italia de un vecino tan fastidioso; mal estado de los asuntos de Dragut, al volver de la expedición a las montañas del Darién, en medio de[II-433] moros hostiles que lo tienen casi bloqueado; por último, la facilidad de la expedición, que podía emprenderse en el verano, antes de que el corsario se rehiciera y se fortificara. En sus instrucciones al comendador Guimerán, emitidas el mismo día, el soberano añade otro argumento favorable: de todas partes se le informa que este año no operará una armada turca importante.
Para la realización del proyecto, el rey ponía a disposición de Medinaceli las galeras de Italia, en tanto que ordenaba a las de España volver al país de origen para proteger sus costas contra los corsarios. Cuando Juan de
Mendoza, su jefe, se niega más tarde a unirse a la expedición,[28] limitábase a obedecer órdenes. La expedición se llevará, pues, a cabo solamente con los elementos italianos de la flota de Felipe II, las galeras de Sicilia y de Nápoles, las arrendadas a los genoveses, los toscanos, los sicilianos y al duque de Mónaco, asimismo a las flotas aliadas del papa y de la religión.
No era difícil reunir estos navíos que la paz con Francia había dejado libres, en el habitual y cómodo puerto de Mesina. Sí lo era, en cambio, reunir las provisiones necesarias y, todavía, los hombres indispensables para la expedición. Al principio, Felipe II había previsto el embarque de 8 000 españoles, de los cuales 5 000 saldrían de las guarniciones de Milán y de Nápoles, y 2 000 del reino de Sicilia. Con los 1 000 hombres que ofrecía
Guimerán en nombre de Malta, serían tal vez bastantes.[29] Las exigencias de Medinaceli, formuladas en su memoria del 20 de julio, antes de que se tuviese noticia de la decisión del rey, eran, en realidad, mucho más elevadas: reclamaba unos 20 000 hombres, aunque consideraba suficientes sólo dos baterías de artillería, dada la debilidad de la plaza.
Estas cifras ponen de relieve la oposición que desde el primer momento se manifiesta entre el proyecto real, expedición rápida que debía ejecutarse durante el verano, y la operación más amplia, y por consiguiente más lenta,[II-434]
que el virrey soñaba con llevar a cabo. El 14 de julio,[30] cuando el rey vio que no era fácil retirar españoles de Lombardía (las plazas del Piamonte aún no habían sido restituidas), dio orden de que se dejaran esas tropas donde estaban y se las sustituyera a bordo de las galeras destinadas a la expedición por los 2 000 italianos que el duque de Alcalá acababa de enviar de Nápoles a Mesina. Lo esencial era que, de este modo, las naves no perderían tiempo subiendo hasta Génova para el embarque de las tropas y, como escribía Felipe II: “… que en lo que queda deste buen tpo [tiempo] se executase la empresa
de Tripol”.[31] Las instrucciones del rey hacen hincapié en la necesidad de proceder sin pérdida de momento.
Pero Medinaceli pide más tropas, lo cual obliga a Felipe II, el día 7 de
agosto, a reiterar la orden[32] de enviar a Sicilia los españoles de Lombardía “con la mayor brevedad”. Pero el duque de Sesa, apenas nombrado, encuentra en la muerte de Enrique II un nuevo argumento para no proporcionar sus
hombres.[33] Es fácil imaginarse que las órdenes sucesivas imponen las correspondientes demoras, mientras las cartas se mueven lentamente entre Gante, Nápoles, Milán y Mesina. El 10 de agosto, Juan Andrea Doria escribe
al rey[34] que ha confiado una galera a don Álvaro de Sande, quien se trasladará a Génova y de aquí a Milán y abogará cerca del duque de Sesa para que, además de los españoles, proporcione 2 000 alemanes y 2 000 italianos enrolados en Lombardía. Pero he aquí que, de pronto, surgen para las galeras nuevos problemas de transporte, sin contar con la necesidad de convoyar a los
barcos cargados de galletas. El 11 de agosto,[35] en Milán, el duque de Sesa se decide por fin a dejar partir a los 1 500 españoles que se le pedían, en vista de que se ha cumplido fiel y puntualmente la promesa de restituir a los duques de Saboya y de Mantua lo que se les debía. Todo está, pues, en orden. Sin embargo, todavía habrá de transcurrir un mes antes de que las infanterías[II-435] española, alemana e italiana, prometidas una después de otra, lleguen a
Génova.[36] El 14 de septiembre, Figueroa, embajador español en esta ciudad, anuncia que las tropas han embarcado a bordo de algunas naves y de once galeras: “es toda muy lucida y buena gente y si el tpo [tiempo] no se lo estorvase se partira toda sin perder un punto de tiempo”. Pero era ya el 14 de septiembre…
En Nápoles, las demoras y las dificultades son idénticas. El 14 de
septiembre, Juan Andrea Doria[37] anuncia que las galeras de la religión han zarpado de Nápoles para traer a la infantería italiana que la Orden de los Caballeros acaba de reclutar. Por su parte, ha enviado galeras a Tarento para embarcar cinco compañías italianas que el virrey ha cedido al cuerpo expedicionario y, avanzando hasta Otranto, cargar allí pólvora y balas. Todavía la víspera recibe cartas del virrey, declarando que no podía dar la infantería prometida, porque había recibido “la noticia cierta de la llegada de la flota turca, compuesta de 80 velas, a Valona, donde había embarcado 1 500
spahis”.[38] Estaba inquieto por sus galeras: “Plega a Dios que vuelvan sanas y salvas…” Mientras tanto, el tiempo pasa. Felipe II se impacientaba. El 8 de
octubre[39] escribía: “estoy con muy grande cuydado del successo della [de la expedición a Trípoli] por estar el tiempo tan adelante…” Por su parte, los militares responsables, tal vez curándose en salud, no cesan de criticar y de quejarse. Don Sancho de Leyva, que mandaba las galeras de Sicilia, escribe el 30 de noviembre, desde Siracusa, donde la flota acaba de llegar: “yo no he faltado de dezir al duque [de Medinaceli] muchas vezes q. en la brevedad del tiempo consistia el mayor bien desta empresa y que la dilación hera la mayor dificultad… que no paresce que ha havido parte de Italia de donde no se haya
traído gente y otras provisiones”.[40]
Es importante tener en cuenta esta lentitud.[41] Cuando, por fin, la flota zarpó de Siracusa, el 1 de diciembre, aprovechando un día de tiempo[II-436]
favorable,[42] contaba 47 galeras, 4 queches, 3 galeones (en total, 54 naves de
guerra y 36 de carga);[43] [44] llevando a bordo de 10 000 a 12 000 hombres, fuerza considerable, mayor que la que había operado contra África en 1550, y sólo inferior a las expediciones que Carlos V había dirigido en persona contra Túnez y Argel. Su mismo volumen explica la lentitud de la concentración; y
todavía se retrasó más con la llegada de la flota turca a Valona, agosto.[45] Herrera sostiene que si esta flota de un centenar de velas no avanzó más hacia
el oeste, fue por miedo a las galeras reunidas en Mesina.[46] Por lo menos, podría decirse que ambas flotas se inmovilizaron, una a la otra, desde lejos. Hasta que los turcos no perdieron de vista el cabo rumbo a Oriente, en octubre, no accedió el virrey de Nápoles a entregar los últimos soldados
necesarios para la expedición, retenidos por él en la región de Tarento.[47] La flota cristiana pasa entonces de Mesina a Siracusa.
Pero de ahora en adelante hay que descartar el elemento sorpresa. Toda Europa está al corriente del proyecto; también los turcos y los corsarios. Prevenido, Dragut se fortifica. Una nave francesa que había zarpado de Marsella el 25 de noviembre lleva por lo menos hasta Milo las nuevas de la
armada congregada en Mesina;[48] en el otoño, Dragut captura un navío de esa
flota enviado a la descubierta.[49] Mil rumores, más o menos fundados, llenan
la correspondencia veneciana.[50] Nada tiene de extraño que el turco se pusiera a equipar rápidamente en Constantinopla una flota que, según se decía, habría de contar con 250 velas. La opinión de Maximiliano, en Viena, era “que la expedición se ha hecho pública con tal anticipación, que se ha dado al turco un motivo y tiempo para preparar una armada igual de grande”.
[51]
¿Fue para contar al menos con un elemento de sorpresa por lo que la flota emprendió su viaje en diciembre? Todos los marinos sabían que era una[II-437] locura escoger semejante época del año. Pero el duque era un soldado, no un marino; y, desoyendo todos los consejos, la flota zarpa de Mesina. Casi inmediatamente, es presa del temporal. No tenía más que un recurso: refugiarse en Malta, y así lo hizo. Los marinos acabaron saliéndose con la suya, pues el mal tiempo retuvo allí a la armada seis semanas, hasta el 10 de febrero de 1560. Durante esta larga espera, las epidemias diezmaron el cuerpo expedicionario, acabando, antes de que la lucha empezase, con 2 000 hombres.
Fijóse como punto de reunión de las galeras y de las naves la zona de Zuara. Las naves llegaron con retraso; las galeras estaban allí el 16 de febrero, después de dar un rodeo por las islas de Kerkena y por Yerba, que aprovecharon para capturar dos navíos cargados de aceite, barragán y
especias,[52] cometiendo la imprudencia de dejar escapar dos queches que, conducidos por Euldj Alí, fueron volando hasta Constantinopla a dar la alarma. Sobre todo, la demora permitió a Dragut, que se encontraba a la sazón en Yerba, enterarse de lo que ocurría y situarse en Trípoli. Aquí, como es natural, todo el mundo andaba inquieto. Veamos lo que decía el baile veneciano, al otro lado del Mediterráneo, en Constantinopla, con ocasión de la llegada de cuatro galeras de Dragut. “Se dice que han traído, además de esclavos, grandes riquezas del dicho Dragut, señal de que considera la situación desesperada. Solicita un rápido socorro, diciendo que sólo dispone de 1 500 turcos, pues todos los corsarios que invernaron en Trípoli, con unos 15 navíos, lo han abandonado. Ante el anuncio de la llegada de los españoles,
huyeron sin esperar autorización…”[53]
Si la armada hubiese atacado entonces Trípoli, habría tenido alguna posibilidad de éxito. Ya era un error haber dejado escapar a Dragut de Yerba, pues, manteniéndolo bloqueado en la isla, los 400 turcos que se encontraban de guarnición en Trípoli no hubiesen podido impedir una fácil victoria, como
más tarde lo reconoció el duque de Medinaceli.[54] Pero la armada volvió a inmovilizarse en los bajos de Palo, cerca de Zuara, a causa del mal tiempo, durante la segunda quincena de febrero; nueva demora, nuevas epidemias, nuevas pérdidas de hombres. El 2 de marzo se hizo a la vela, pero rumbo a[II-438] Yerba, sin duda porque se sabía que Dragut estaba ya en Trípoli: a falta de la ciudad, se tomaría aquella isla rica en palmeras, en olivares, en rebaños, la isla del aceite y de la lana. El desembarco se efectuó el 7 de marzo, sin contratiempo. A comienzos de abril, el cónsul genovés Lomellino pudo anunciar desde Mesina (adonde acababa de llegar la noticia); “l’armada nostra
—y la expresión tiene su valor— ha tomado Yerba…”[55]
En efecto, para esas fechas, el duque de Medinaceli había establecido ya, con su solemnidad y paternalismo, el gobierno del rey de España en sus nuevos dominios. Da la investidura a un jeque de su elección; vela porque la gente de Yerba no sea molestada; retiene a los soldados y les obliga a pagar todo lo que toman en la isla. El hafsida de Túnez y el chaabia de Kairuan prometen y envían vituallas. Mientras tanto, por el lado norte de la isla se acomete la construcción de un fuerte, trabajo extremadamente penoso y difícil, pues no se disponía de madera, piedra ni cal. Los indígenas no prestaban ninguna ayuda efectiva, salvo los convoyes de camellos. El ejército tenía que valerse, pues, de sus propios efectivos, los cuales, aunque minados por las fiebres, ejecutaban estas duras faenas. Los más hábiles patronos de los barcos compran quien aceite, quien caballos o camellos, quien cueros, lanas o barraganes…
Pero al mismo tiempo que de Berbería, Nápoles y Sicilia reciben noticias de Levante; malas noticias. A comienzos de abril se comunica al virrey de Nápoles que la armada turca va a salir más pronto que de costumbre. Inmediatamente escribe al rey, pidiéndole que se reconcentren las galeras en Mesina, principalmente las galeras de España. Aunque no bastasen para enfrentarse a los turcos, por lo menos les impedirían desembarcar demasiado fácilmente sus tropas y artillería. Escribe también a Medinaceli para que le devuelva, a bordo de las galeras, situándola en Tarento, la infantería
napolitana que le había prestado.[56] El 21, confía al rey sus angustias: ¿cómo defender las costas sin esta infantería? Si no se la devolvía a tiempo, tendría que reclutar italianos, lo que suponía nuevos gastos. Pero ¿de dónde sacar el dinero…? Abogaba, pues, por el regreso total o parcial del cuerpo expedicionario, y añadía que había escrito “… para advertirle [al duque de Medinaceli] que me paresce que no es bien sperar aquel armada del Turco[II-439] venga y que se halle la de V. Md. embaraçada en el fuerte que el dicho duque scrive que se haze en las Gelves [Yerba]”. Algunos días después supo por un viajero que regresaba de Constantinopla que la armada turca había partido en
socorro de Trípoli.[57] [58] El 13 de mayo se le avisó que ya había zarpado de Modón. Inmediatamente, previene a Sicilia por tierra, y por fragata a los ocupantes de Yerba. Al rey le comunica: “… yo juzgo que l’armada de V. Md. este en no poco peligro…” Según la noticia recibida el 14, la armada
había sido avistada frente a Zante, rumbo a Berbería.[59] Pero ya para entonces todo había terminado en Yerba.
Efectivamente, la flota de Piali Pachá navegaba casi tan aprisa como las noticias. El 8 de mayo se encontraba en Malta y en Gozzo. Había viajado en línea recta con una rapidez extraordinaria. Para aquel tiempo, era una hazaña cubrir en veinte días la distancia entre Constantinopla y Yerba. El duque, que la esperaba en junio, la vió llegar con estupor el 11 de mayo. La víspera, una fragata de Malta llegó a prevenirlo. Nadie en Yerba pensaba ni por un momento en combatir. Todos eran de opinión, como después lo dijo Cirini, de
que “una buena fuga valía mejor que un heroico combate”.[60] ¿A qué se debía esta actitud, a un “complejo de inferioridad”, a falta de sangre fría de los jefes o al deseo de algunos de ellos —casi todos— de poner a buen recaudo los cargamentos apilados a bordo de las naves durante su permanencia en las costas de la isla? Más tarde, el visitador Quiroga opinaba que estos cargamentos eran los culpables del desastre; sin ellos, decía, sin el ansia de cargar esas riquezas antes de partir, se hubiera seguido el consejo del virrey de Nápoles y la flota turca no hubiese encontrado a nadie al llegar a
Yerba.[61]
Pero el tiempo apremiaba tanto que ni siquiera la fuga era cosa fácil. No queriendo abandonar la infantería italiana y alemana que estaba todavía en tierra, el duque perdió un tiempo precioso, en la noche del 10 al 11. Al día
siguiente, cuando atacó la flota turca, el pánico fue inmediato y total.[62] Todo se sacrificó para precipitar la fuga, incluso los famosos cargamentos —fardos de lana, cántaros de aceite, caballos, camellos—, que se arrojaron por la[II-440] borda, con todo lo que podía aligerar los navíos. Nadie o casi nadie dio cara al peligro. Cigala, acostumbrado a la vida de los piratas en el Levante, fue uno de los pocos que se atrevieron a luchar. Logró detener al enemigo y, finalmente, escapó con vida. Pero de 48 galeras o queches de que se componía la armada cristiana en el momento del encuentro, se perdieron 28, sin contar los navíos que cayeron en manos del enemigo. Rara vez se había visto semejante desastre.
La noticia se propagó rápidamente por Sicilia, Nápoles, Génova, España y por toda Europa. El 18 de mayo, a las dos de la mañana, llegaron a Nápoles cinco galeras que habían escapado de la hecatombe: tres de Antonio Doria, una de Vendinelli Sauli y otra de Stefano de’Mari; estas embarcaciones trajeron la mala noticia con toda suerte de detalles. Advirtamos que estas primeras galeras que llegaban eran de las arrendadas por el rey de España — o, como se decía entonces, galeras “asientistas”— a particulares mediante contratos o “asientos”; por consiguiente, sus dueños tendían siempre a salvarlas. Casi al mismo tiempo llegaron otros fugitivos en fragatas o en embarcaciones todavía más pequeñas. Entre estos afortunados que habían logrado esquivar la vigilancia de los turcos, bastante ineficaz durante los primeros días, se encontraban Juan Andrea Doria, comandante de la flota, el propio virrey y algunos de sus familiares, “milagrosamente llegados a Malta y
de allí a Mesina”.[63]
Varios miles de hombres se quedaron en el fuerte, con abundancia de provisiones; decíase que podrían sostenerse un año. ¿Qué hacer con ellos? Desde La Goleta —a donde la nueva llegó con bastante retraso, el 26 de
mayo, y tal vez a través de Sicilia—,[64] Alonso de la Cueva escribió al rey, el día 30, que, a pesar de las instancias del virrey de Nápoles, no creía que fuese posible utilizar al rey de Túnez, vasallo de España, para ayudar al fuerte de Yerba (y tenía razón, pues dicho personaje estaba en manos de los turcos). Si el fuerte se hubiese construido, no sobre el emplazamiento del viejo castillo, sino en la Roqueta, donde había desembarcado la flota, los sitiados habrían dispuesto de un puerto de bastante calado y de agua potable, y algo habría podido hacerse por ellos. Pero, tal como estaban las cosas…
Durante cierto tiempo, el duque de Alcalá continúa moviéndose y[II-441] examinando una medida tras otra. Por fin, se calmó, ante el anuncio de que su
colega el duque de Medinaceli[65] estaba a salvo. Por lo demás, éste le llevó para la guardia de Nápoles una parte de la infantería italiana salvada del desastre, en espera de que, para sustituir la infantería española perdida en
Yerba, se hicieran nuevas levas en España.[66]
A Felipe II le llegó la noticia alrededor del 2 de junio, por la vía de
Génova.[67] [68] Se le anunciaba la pérdida de 30 galeras y de 32 barcos, y la llegada a puerto de 17 galeras solamente, en cifras más o menos exactas. Inmediatamente, y después de haber deliberado con el duque de Alba, Antonio de Toledo, Juan de Manrique y Gutierre López de Padilla, decidió enviar a Mesina a una persona de autoridad para relevar al virrey, a quien aún no se sabía a salvo, y para situar en Sicilia 5 000 infantes que habrían de reclutarse en Calabria, además de la artillería y de las municiones que se
tomarían de las reservas de Nápoles.[69] Se dijo que Felipe II pediría al rey de
Francia el apoyo de su flota.[70] El 3 de junio nombra gobernador de Sicilia a don García de Toledo, a la sazón virrey de Cataluña.
Organizó también el socorro al puerto, donde se creía encerrado al duque de Medinaceli. El 8 de junio recibió noticias tranquilizadoras acerca de
Sicilia: razón de más, gritó con exaltación,[71] para preocuparse por la gente del fuerte, pues era un deber salvar a quienes habían servido a la Corona. Pensaba reunir hasta 64 galeras en Mesina y ordenó el embargo de 30 grandes naves, bien provistas de artillería. Las fuerzas de socorro, bajo las órdenes de don García de Toledo, constarían de italianos alistados en la península, de los españoles que estaban en Lombardía —a quienes se sustituiría con 3 000 “alemanes altos”— y 3 000 hombres de la Alta Alemania, o sea un total de 14 000 infantes. Finalmente, se enviaría a Génova una buena provisión de trigo[II-442] para la fabricación de galletas.
Todo estaba preparado. Pero el 13 de junio,[72] Felipe II recibió una carta de don García de Toledo comunicándole que el virrey de Sicilia estaba a
salvo.[73] Bruscamente, el rey dejó en suspenso sus órdenes el día 15, alegando que, según todas las noticias, los sitiados tenían víveres para ocho meses, mientras que los sitiadores sólo los tenían para dos, y, por
consiguiente, no podrían prolongar el asedio.[74] Se cancelaron todos los preparativos. Transcurrió, sin embargo, bastante tiempo antes de que las nuevas órdenes llegasen a los destinatarios, durante el cual continuó la agitación provocada por el asunto de Yerba. El viejo príncipe Doria envió sus consejos; le parecía imprudente atacar de un modo directo, con un número insuficiente de galeras. Valía más intentar una incursión diversionista sobre Levante. La señoría de Génova ofrecía cuatro galeras para socorrer el fuerte; el señor de Piombino cooperaría con una y, si no era aceptada, estaba
dispuesto a enviarla a “buscar su aventura”.[75] El duque de Saboya anunciaba que tenía tres: una estaba lista, otra sólo contaba con su chusma y la tercera no tenía nada; pero el duque esperaba las cuatro galeras que tenía que darle el
rey de Francia.[76] Estefano de Mari acababa de comprar dos galeras al cardenal Vitelo, y estaba dispuesto a arrendárselas al rey de España. Un genovés establecido en Venecia, Domenico Cigala, que había estado en otro
tiempo al servicio del emperador, ofrecíase para ir a Turquía y a Persia.[77] En Sicilia, el duque de Medinaceli se entregó apasionadamente a su tarea. En julio, y gracias a su celo, construíanse en los astilleros siete galeras por cuenta
de las ciudades de Palermo y Mesina y de la regia corte.[78] Otras seis se habían puesto a flote ya en abril, sustituyendo por adelantado a las que se
habían perdido en Yerba.[79]
Por último, el incidente de Yerba da, una vez más, el tono de las[II-443] relaciones franco-españolas. La demanda de las galeras francesas no se formuló claramente a nombre de Felipe II; como decía Michiel al dogo de Venecia el 22 de junio de 1560, el rey de España tenía más miedo a una
negativa que deseo de que su petición se aceptara.[80] Las sospechas y las rencillas habituales separaban los dos Estados. Felipe II acababa de despedir a los servidores franceses de la joven reina. Su actitud en cuanto a los negocios de Inglaterra en nada había cambiado. Las reservas y vacilaciones de Francia no eran menos singulares, por más que la agitación levantada en el reino — cuya importancia, por lo demás, se exageraba un poco— indujese al gobierno de los Guisa a colaborar con la católica España. El embajador francés en
España declaró a Tiepolo, y éste se lo repitió al dogo el 25 de junio,[81] que había ofrecido a los españoles las galeras de Marsella y tropas; pero esto ocurría el 25 de junio, diez días después que Felipe II había decidido renunciar a la operación. El duque de Alba no dejó de subrayarlo así, en septiembre: «… aora ultimamente quando suçedio la rota del armada de V. Md d . estando ellos pidiendo y sperando socorro de V. M. para las cosas de Scocia, nunca se les oso pedir [a los franceses] sus galeras para el socorro q. entonces V. Md. prevenia por aver yo dado muchos tientos al embaxor y nunca haverle hallado en ello en termino que osasse aconsejar a V. Md. que se le propusiese y despues de pasada aquella determinación de socorrer tan gallardamente y que a ellos les parescio que no era menester, me dixo el
embaxador que si fuera menester q. estuvieran prestas.[82]» Política ambigua de Francia, tal vez, o más bien apego a la línea política del pasado; dificultad, para los unos y los otros, y a veces, incluso, imposibilidad, de sobreponerse a las viejas actitudes. El rey de Francia seguía en relaciones con el sultán, cuya
amistad no quería perder,[83] y con los argelinos, que le enviaban emisarios y
a quienes Marsella abastecía de armas.[84] Y, al mismo tiempo, aunque no se[II-444] halle ya en el gobierno de Francia y tenga incluso que defenderse de las persecuciones de los Guisa, el rey de Navarra, Enrique, o el señor de Vendóme, como lo llaman los españoles, intriga en Marruecos cerca del
cherif.[85]
Volviendo a Yerba, vemos cuán lejos se extienden las ondas de los remolinos provocados por un suceso tan pequeño. Sus consecuencias trascienden en unos pocos días a toda Europa. Toda la fuerza española ha quedado en entredicho en aquel lugar africano. Hasta en Viena, donde hacía poco se pensaba en romper las hostilidades con los turcos, lo ocurrido hace
recapacitar a Fernando y los suyos.[86] El prestigio de Felipe II salió seriamente quebrantado de esta aventura, y sería difícil creer otra cosa, aunque las cartas de su embajador en Viena pretendan que las contramedidas adoptadas por su señor le han ganado mayor reputación de la que habría podido valerle la misma victoria de Trípoli. Quien pretende probar demasiado…
Desde este punto de vista, ¿era una buena solución el abandono brusco y brutal del asunto por el rey de España? En Yerba, aunque los marinos se hubieran conducido con una cobardía insigne, las tropas de tierra hacían honor a su deber, bajo el mando de Álvaro de Sande, soldado curtido en las lides de la guerra. Aunque sitiado, no había perdido todo contacto con el
exterior: todavía el 11 de julio escribía al rey de Sicilia.[87] ¿Había, tal vez, razones para seguir esperando que la armada turca soltaría la presa, por falta de víveres, al llegar el mal tiempo? Al virrey de Nápoles se le había hecho saber que así ocurriría, siempre y cuando que no se enviase ninguna expedición de socorro. Avisó de ello al gobernador de La Goleta, el 26 de junio (por tanto, antes de saber que Felipe II había renunciado a la expedición), creyendo que sería bueno entregarse a ciertas astutas indiscreciones para hacer creer a los turcos que se daban largas a los
preparativos de socorro.[88] Y no cabe duda de que los jefes turcos, en aquel entonces, demostraban poco entusiasmo. El tiempo transcurría y sus pérdidas eran bastante sensibles. En julio llegó a Constantinopla Nassuf Agha, confidente de Piali Pachá, quien no ocultaba sus temores de que no fuera[II-445]
posible tomar el fuerte.[89] Al mismo tiempo, llegaban de Persia noticias harto inquietantes: decíase que había muerto el sofí y que su sucesor amaba a
Bajazet como a un hermano.[90] Un pretendido embajador de Bajazet (Dios sabe de dónde, cuándo y cómo había partido) llegaba a Génova, el 15 de julio. Figueroa lo recibe, lo mima y deja que tome el camino de Niza, a bordo de un
bergantín.[91] Solamente al llegar a España se descubre la impostura.
Todas estas esperanzas se frustraron, pues, aunque los turcos no atacaron el fuerte de viva fuerza, se apoderaron de los pozos cercanos a él, reduciendo a los sitiados al agua de las cisternas, que pronto se agotó con los calores de julio. Álvaro de Sande intenta entonces una salida de sorpresa, en la que es capturado el 29 de julio. Dos días después capitula el fuerte. Tal es, por lo menos, la explicación que da el prisionero en carta del 6 de agosto, dirigida al
duque de Medinaceli,[92] en la que echa la culpa de todo a sus soldados: “… si en la gente hallara lo q. otras vezes en otras [sic] que he traydo a mi cargo, huviera havido la mayor victoria que nadie ha tenido de muchos años a esta parte”. Era demasiado decir de una salida fracasada y nos sentimos tentados a dar crédito al retrato tan poco favorable que Busbec trazó de este hombre en Turquía, algún tiempo después: pesado, vano y más bien miedoso. Por mucho
que indaguemos, sólo en Duro,[93] si acaso, encontramos la misma explicación que del segundo desastre de Yerba da el prisionero. Pero la acusación más cómoda es, sin duda, la que lanza don Sancho de Leyva sobre los responsables de la expedición, en una carta que dirigió al rey estando
preso en 1561:[94] el doble desastre era, según él, un castigo del cielo. Caso de que se organizara una nueva expedición, aconsejaba que antes de todo se vigilara a los blasfemos y se confiara la dirección a un jefe que fuera un verdadero y buen católico. Es la prosa de un prisionero que rumia las causas de su prisión, pero también —pues se trata de un hombre lúcido y avisado, a quien encontramos de nuevo, ya libre, en las galeras de Nápoles— la prosa de un católico del siglo XVI.
Después de la rendición del fuerte, la armada turca quedó libre, Juan[II-446] Andrea Doria, que navegaba de Malta al África con un refuerzo para La Goleta, viró en redondo tan pronto como se enteró del desastre, y abandonó
sus proyectos contra Trípoli.[95] La que hizo escala en la ciudad fue la armada
victoriosa, antes de dirigirse sobre Gozzo,[96] [97] adonde llegó el 13 de agosto; desde aquí partió en una operación de saqueo, costeando las plazas sicilianas,
donde tomó Augusta,[98] pasando luego a robar e incendiar las aldeas y los
poblados abiertos de la costa de los Abruzos.[99] Pero se alejó rápidamente: un
aviso del 4 de septiembre indica que ancló en la Prevesa,[100] donde Piali Pachá, que había recibido órdenes de regresar a Constantinopla, dejó a los spahis (los cuales regresaron a Turquía por tierra) y luego se hizo a la vela el 1 de septiembre, rumbo a Navarino. Una serie de avisos confirmaron estas nuevas y el virrey de Nápoles se dispuso a licenciar las tropas que todavía
estaban de servicio en Cortona y en Otranto.[101] El 1 de octubre, Piali Pachá hizo su entrada triunfal en Constantinopla a bordo de la galera almirante, pintada de verde, seguida por quince galeras de un rojo rutilante y por todo el resto del cortejo, en medio de las salvas de artillería, los vítores de la multitud y el estrépito ensordecedor de tambores y trompetas. Busbec nos ha dejado una viva descripción de este arribo, de la ciudad engalanada y del largo
desfile de los vencidos.[102] La ciudad se dejó ganar por la fiebre de la victoria, y durante algún tiempo fueron bastante maltratados los cristianos.
Y en verdad que el acontecimiento, por su alcance, justificaba el entusiasmo. En primer lugar, era un innegable refuerzo para el islam, quien ganaba con ello la partida entablada para la dominación del Mediterráneo
central.[103] Trípoli, donde la soberanía turca se había visto tan amenazada, estaba ahora mejor dominada que nunca. La cristiandad se angustia: apenas la armada turca se había alejado de las costas italianas, y ya se pensaba en las calamidades que acarrearía su regreso… al año siguiente. El duque de[II-447] Monteleone y el virrey de Nápoles hablaban de la expedición que el gran
señor enviaría sobre La Goleta, en 1561.[104] Durante el invierno se comentaban con pesimismo todas las noticias de Levante. Cuando el 28 de
diciembre se supo en Viena que el turco estaba armando 120 galeras,[105] seguía pensándose que La Goleta sería el objetivo. Era una verdadera obsesión alimentada por las audacias de los corsarios como consecuencia de la victoria del Islam. A pesar del invierno, remontaron el mar hasta Toscana.
[106] [107] Todas las costas italianas y españolas vivían en estado de alerta. En Constantinopla decíase que los españoles se hallaban tan abatidos por la
lección recibida en Yerba, que se disponían a abandonar Orán.[108]
No habían ido tan lejos las cosas. Pero no cabe duda de que el doble desastre de Yerba había sido una lección que encerraba útiles reflexiones. Desde los personajes encumbrados hasta la gente más modesta enviaba a Madrid su parecer, y casi todos coincidían en que el rey no podía contar con las costas de los Estados mediterráneos sin una poderosa fuerza naval. El
duque de Alba[109]opinaba que había que reforzar las guarniciones de Italia (ciertamente débiles; ya hemos visto cuán difícil era distraer de ellas algunos hombres); su pequeño número y su distribución con motivo de la acción de Yerba contribuyeron seguramente a hacer que las intrigas italianas bulleran
con gran viveza desde el otoño.[110] Pero lo esencial era contar con una poderosa fuerza en el mar.
No todos lo juzgaban así; había quienes sólo se preocupaban por las medidas defensivas y terrestres, como el duque de Alcalá, ansioso de
fortificar las islas de Ibiza y de Menorca, que estaban desmanteladas.[111] Otros se mostraban más lúcidos. En su carta, un poco exaltada, del 9 de julio
de 1560,[112] decía el duque de Medinaceli: “Es menester sacar fuerças de flaqueza y que nos venda V.M. a todos y a mi el primero y que se haga señor[II-448] de la mar. De esta manera tendrá quietud y reposo y sus subditos estarán defendidos; si no, todo irá al revés”. “Señor de la mar”: esta clara fórmula se repite constantemente en los textos del virrey de Cerdeña, Álvaro de Madrigal, ya para suplicar al rey que vigilara bien lo que ocurriese, ya para felicitarse de que el monarca tuviese la intención de dar el paso, pues “que assi conviene para la quietud de la cristiandad y conservación de sus reynos”.
[113] En el mismo sentido intervienen cerca del rey, en el año de 1560, el
doctor Juan de Sepúlveda[114] y el extravagante doctor Buschia, este mal conocido agente de España en Ragusa, uno de aquellos informadores que, para ganarse la vida a tanto la línea, relataban lo que oían en las tabernas o lo
que bullía en sus pobres cabezas…[115]
Los sueños de los diplomáticos tomaban los caminos que les parecían más naturales; pero el objetivo era siempre el mismo. Todos se volvían hacia Venecia: de toda la pobre cristiandad, sólo Venecia —como se verá después — podía conferir al Occidente la supremacía en el mar. Quienes estaban al tanto del egoísmo de la ciudad, no podían menos que sonreír. Lo que se le pedía era cerrar su tienda. Pero las plumas, para las cuales semejantes dificultades significan poco, siguen corriendo sobre el papel. El 8 de octubre, el conde de Luna opinaba en Viena que “al servicio de V. M. parece que convendría mucho tornar a la liga que Venecianos tuvieron con el Emperador,