El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

IV. La propagación de la civilización

más[378]». En resumen: la crítica del proceso capitalista.

De civilización a civilización cada una da la propia versión de la verdad, y nunca se considera válida la versión del vecino. La única cosa de que podemos estar seguros es de que el destino de Israel, su fuerza, su supervivencia y sus desventuras son la consecuencia directa del hecho de que este pueblo haya permanecido irreductible, negándose obstinadamente a diluirse en su contorno, es decir, una civilización fiel a sí misma. Toda

civilización contiene en sí su paraíso y su infierno.[379]

 

IV. LA PROPAGACIÓN DE LA CIVILIZACIÓN

 

Quien irradia, da, y quien da, domina. La teoría del donante no sólo es válida a nivel de individuos, sino también al de sociedades, e incluso al de civilizaciones. Es posible también que este dar pueda ser a la larga causa de empobrecimiento. Pero mientras dura es un signo de superioridad y esta realidad completa la tesis central de la segunda parte de este libro: el[II-233] Mediterráneo será, durante los 100 años siguientes a Cristóbal Colón y Vasco de Gama, el centro del mundo, un universo poderoso y brillante. La prueba nos la suministra el hecho de que este mundo del mar interior eduque a otros y les enseñe su estilo de vida. También debemos hacer hincapié en que es todo el Mediterráneo, tanto el musulmán como el cristiano, el que lanza esos rayos de luz que saltan por encima de sus fronteras. Incluso ese Islam norteafricano, tratado por los historiadores como el hermano pobre, es capaz de irradiar hacia el sur, hacia los bordes del Sahara y, a través de todo el desierto, hasta el Bled es Sudán. En cuanto al Islam turco, éste ilumina toda un área cultural, que sólo a medias le pertenece, desde los Balcanes hasta las tierras árabes, hasta las profundidades de Asia y hasta el océano Índico. Un arte imperial turco, cuya obra cumbre es la mezquita de Solimán en Constantinopla, irradia muy lejos su luz y afirma su supremacía; y la arquitectura era sólo un elemento entre otros de esta vasta expansión cultural.

Mucho más visible a nuestros ojos resulta la intensa irradiación del Occidente mediterráneo. Se difunde, de hecho, a contracorriente de la historia, e ilumina ese norte europeo que muy pronto se va a convertir en el centro del poder mundial: la cultura latina ha sido a la protestante lo que Grecia a Roma. Cruza rápidamente, en los siglos XVI y XVII, el Atlántico y, con esta ampliación geográfica al otro lado del océano, se completa la esfera de influencia del Mediterráneo, comprendiendo la vasta América hispano-portuguesa, la más brillante de las Américas de entonces. Y para colmo de comodidades, para hacer más fácil la identificación, la palabra “Barroco”, lanzada a la circulación por Jacob Burckhardt, sirve para designar adecuadamente la civilización del Mediterráneo cristiano: dondequiera que encontremos el Barroco podremos reconocer la impronta cultural del mar interior. La influencia del Renacimiento —juicios de valor aparte— no se puede comparar, en peso y volumen, con la enorme explosión del Barroco. El Renacimiento era hijo de las ciudades italianas. El Barroco se apoya simultáneamente en la enorme fuerza espiritual de Roma y en la enorme fuerza temporal del Imperio español. Con el Barroco comenzaba a brillar una nueva luz: desde 1527 y 1530, desde el trágico final de Florencia y Roma, las grandes ciudades nutricias del Renacimiento, cambian de color los rayos: como en los teatros, cuando la luz de los proyectores pasa bruscamente del blanco al verde o del rojo al azul.

Una vez expuesto lo anterior, espero que el lector comprenda cuál es mi[II-234] intención. No podemos de ningún modo, al escribir un libro como el presente, sobre el Mediterráneo, describir esta enorme metamorfosis en todos sus aspectos, porque para ello habría que escribir un libro sobre el mundo. He considerado, por eso, que bastaría, como demostración, con un solo ejemplo, que servirá tanto a la gloria del Mediterráneo como al equilibrio del presente libro. Con harto sentimiento, dejaremos a un lado el islam, y con no poco dolor la América hispano-portuguesa y los esplendores tardíos, pero sin par, de ese Ouro-Preto, enclavado en el corazón minero del Brasil.