El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Las pausas del invierno

nueva estación que trae consigo su destino: pan de cebada o hambre[73].

 

Las pausas del invierno

 

El invierno comienza pronto y termina tarde: se teme su llegada y nunca se está seguro de que haya terminado. El calendario, por motivos de prudencia, lo anuncia con discreta antelación: el 9 de septiembre, essendo hormai il fine dell’estate, dice un documento del senado veneciano; a continuación, el 20 de septiembre, venendo hora il tempo del inverno; y el 23

de septiembre, [74] aproximandose il tempo del inverno. ¿Qué hay detrás de esto?: el deseo de no dejarse sorprender, desarmar a tiempo las galee grosse, las navi, las galeras ligeras, y licenciar toda tropa innecesaria. Cada uno deberá entonces preocuparse por su salud personal, que si sufre el más ligero atentado puede ser afectada por la malignità de la stagione. Da principio a todo un cortejo de calamidades, fatigas, restricciones y actividades abandonadas; es la stagione horrida, tan dura para con los hombres como para con las cosas: lluvias continuas, di e note, inundaciones que no respetan ni campos ni ciudades, nevadas intempestivas, tormentas, tempestades marinas y el frío, cruel con todos, y sobre todo, con los pobres, incommodo

omnium et maxime pauperum[75]. Los hospitales se llenan de pobre gente. Y nunca se sabe lo que puede ocurrir luego, aunque los árboles estén ya otra vez cubiertos de flores y las llanuras en torno de Montpellier azuleen de

jacintos[76]. En Bolonia, el 15 de abril de 1594, cinco días después de la Pascua «ha caído una gruesa nevada después de que ya había comenzado una hermosa primavera y todos los árboles estaban en flor. ¡Que Dios nos

ampare!»[77]. En Florencia, el 23 de mayo de 1633, después de la lluvia del 21 llega un tal golpe de frío que se ha de encender el fuego, come per li gran

freddi di gennaio [78] , y las montañas se cubren de nieve.

De todas las vidas que entonces se repliegan, la del campo es aquella que

resulta más afectada y paralizada[79]. El campesino, como decía Aristófanes,

se ve forzado a descansar mientras Zeus moja la tierra[80]. Durante las escampadas, siembra la cebada si no lo ha hecho en octubre, y el trigo en diciembre, y a comienzos de la primavera el maíz. En el siglo XVI este grano acababa de llegar de América. Pequeñas faenas todas, que no requieren el trabajo en masa del verano o la ayuda de los vecinos, el trabajo por favor, como se dice en Portugal. A pesar de las faenas hortícolas y de otros trabajos, el invierno es, para el campesino, la estación del ocio y de las fiestas. Una de ellas en los países cristianos era la de la matanza del cerdo, en diciembre.

Boccaccio nos habla de ella en sus novelas[81]. En las montañas de las Cabilias se celebra, en enero, el solsticio de invierno con la fiesta del Ennayer, que señala la separación entre los ciclos solares: las copiosas comidas que con esta ocasión se consumen y que se prolongan hasta bien entrada la noche, agotan reservas preciosas, pero es necesaria esta glotonería

generosa para propiciarse el año venidero[82].

Bloqueados por las nieves, la mayoría de los macizos montañosos se ven abandonados, en beneficio de las tierras bajas, por pastores y rebaños. Los montañeses que no bajan al llano han vendido en las ferias de otoño las crías y los animales jóvenes que no pueden alimentar. Así sigue ocurriendo todavía

hoy en las faldas del Pirineo[83]; y por la misma razón, sin duda, se vendían la ternera y el cordero por buen dinero en los baños de Luca, cuando Montaigne

pasó por allí en 1581[84]. La montaña se ve abandonada, en esta época, por el pastor y por el viajero; es inútil pretender cruzar, en estos meses de invierno, las altas regiones cubiertas de nieve, con grave riesgo de dejar allí la vida y todo lo que se lleve. El embajador de Francia en Constantinopla escribía desde allí, el 12 de febrero de 1578: «Sire, las nevadas han sido aquí tan continuas y tan grandes, durante cincuenta días, que me han tenido sitiado,

impidiéndome partir la semana pasada, como lo tenía resuelto»[85]. Gédoyn «el Turco», cónsul francés en Alepo en 1624, refiere las peripecias de un viaje a través de las montañas balcánicas en invierno; poco faltó para que pereciera

de frío o devorado por los osos y los lobos[86]. En el Atlas marroquí, según nos informa León el Africano, formidables tormentas de nieve sorprendían con frecuencia en la montaña a los mercaderes que transportaban dátiles y otros productos del sur. Nadie salía con vida. Los mismos árboles

desaparecen bajo el enorme sudario[87].

También en las regiones bajas es penosa muy a menudo la circulación; a causa de las lluvias continuas los ríos se desbordan y rompen los puentes, a tal punto que, según refiere Bandello al comienzo de una de sus novelas, «los mantuanos que tienen sus propiedades al otro lado del Po no pueden

aprovechar los frutos de sus tierras»[88]. En octubre de 1595, creció el río de tal manera que «los de Ferrara, con quienes estábamos en guerra, se