El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
El verano y su vida precipitada
para el invierno del Mediterráneo[137].
No diremos, claro está, que el invierno del Mediterráneo sea glacial. Pero sí mucho menos tibio de lo que generalmente se piensa, y a menudo húmedo. Es, sobre todo, un personaje extraño que se presenta bruscamente después de seis meses de calor y contra el cual el Mediterráneo no ha podido o sabido nunca precaverse. Todo ocurre cada año como si el mar se viera sorprendido por las ráfagas de frío. Las habitaciones mal cerradas, con sus enlosados en vez de entarimados de madera, mal calentadas y, sobre todo, difícilmente calentables, no están hechas para la lucha contra el frío. Solo saben defenderse contra el calor. Dicen que Fernando de Aragón acostumbraba a decir, en contra de la opinión predominante, que había que veranear en
Sevilla e invernar en Burgos[138], pues, aunque el frío de Burgos fuese muy riguroso, había, al menos, medios para defenderse de él. ¡Cuántos viajeros no han pensado, como Fernando de Aragón, tiritando en las glaciales habitaciones de una casa de Argel o de Barcelona, que nunca han sentido tanto frío como en el Mediterráneo!
El verano y su vida precipitada
Al llegar la esplendorosa primavera, generalmente húmeda, cálida, con
sus vientos impetuosos… «que hacen brotar las yemas en los árboles»[139] (una primavera muy corta, pues los almendros y los olivos se llenan de flor en unos cuantos días), la vida se anima, se precipita. A pesar de sus peligros, el mar conoce en abril uno de los periodos más activos del año. En los campos,
terminan las últimas faenas[140]. Inmediatamente, a un ritmo activo, se suceden todas las cosechas: la de la mies en junio, la de los higos en agosto, la vendimia en septiembre, la de la aceituna en otoño. Y las labores de la tierra
se reanudan con las primeras lluvias del otoño[141]. Los campesinos de Castilla la Vieja deben tener sembrado ya su trigo para mediados de octubre, para que la planta tenga tiempo de formar las tres o cuatro hojas que le
ayudarán a resistir los intensos fríos del invierno[142]. Así pasan en el espacio de unos pocos meses las hojas más importantes del calendario agrícola. Hay que darse prisa, aprovecharse de las últimas lluvias del otoño, de los primeros días buenos o de los últimos. Toda la vida agrícola, es decir, lo mejor de la vida mediterránea, se halla bajo el signo de la premura. El invierno está en puerta, con todos sus temores: hay que apresurarse a llenar las bodegas y los graneros. Hasta en las casas de la ciudad se pone las provisiones a buen
recaudo[143]: el vino, el grano, la leña indispensable para la calefacción y para la cocina. Antes de que llegue el invierno, hacia septiembre, para poder pagar los indispensables pastos y los gastos del año, vemos a los pastores españoles, en Medinaceli y en otras partes, vendiendo sus lanas por anticipado a los mercaderes de Burgos. Después, en mayo, habrá que apresurarse para entregarlas a los acuciosos acreedores. Pero el medio millón de ducados que
reciben por adelantado significa la seguridad durante el invierno[144]. Los silos subterráneos de los árabes en Orania y las zanjas de los campesinos de Apulia y de Sicilia son otra manera de prepararse ante la contingencia
futura[145].
Con el verano se precipita también, ya lo hemos dicho, la guerra bajo todas sus formas: las operaciones por tierra, la guerra de galeras, la piratería y el bandidaje en las campiñas.
Al mismo tiempo, el tráfico se activa a lo largo de las rutas. Por tierra, el único enemigo del viajero, en esta época, es el calor; cabía, sin embargo, el
recurso de viajar de noche o en la madrugada, con la fresca[146]. En el mar, el Sahara trae con su soplo el buen tiempo y, sobre todo —lo que no es menos importante—, condiciones atmosféricas estables. En el mar Egeo los vientos
estivales soplan regularmente de norte a sur, entre mayo y octubre[147], hasta
que llegan las precoces tormentas de otoño[148]. Dice el barón de Tott que de Creta a Egipto, «los vientos que en esta época [junio] soplan de oeste a norte sin agitar nunca el mar, permiten a los navegantes calcular el momento de su
llegada a Egipto»[149]. Son los mismos vientos que permitieron a Belon du Mans en 1550 hacer un viaje seguro de Rodas a Alejandría. Más rápidos y de duración previsible, los viajes son, por otra parte, relativamente seguros y tranquilos a lo largo de todo el mar. El viejo príncipe Doria acostumbraba a
decir: «en el Mediterráneo hay tres puertos: Cartagena, junio y julio»[150].
La navegación se activa con la calma del verano con tanta mayor razón cuanto que el periodo de las cosechas incita a los cambios. Las grandes transacciones coinciden con la siega, la trilla, la recolección de frutos y la vendimia. La aparición de los vinos nuevos es una gran coyuntura comercial. En Sevilla, por ejemplo, la vendeja es una especie de feria de vinos que se celebra en fecha fija: «entre el 17 y el 19 de octubre…, por el tiempo que
llamamos de la [151] vendeja », escribe en 1597 el duque de Medina Sidonia. Los barcos del norte llegaban a buscar los vinos de Andalucía, además de la sal, el aceite y las mercancías de ultramar. Cervantes nos cuenta en el
Coloquio de los perros[152] las trapisondas de una muchacha de vida alegre que trabaja en Sevilla en complicidad con un compadre, un alguacil bribón. La muchacha se ha especializado en explotar a los bretones (es decir, a los ingleses y personas de los países nórdicos en general); ella y una amiga «andaban siempre a caza de extranjeros, y cuando llegaba la vendeja a Sevilla y Cádiz, llegaba la huella de su ganancia, no quedando bretón con quien no embistiesen».
Pero la vendimia es, además, en todo el Mediterráneo, la hora del regocijo, la francachela y la licencia. En Nápoles, los vendimiadores interpelan a su antojo a cuantos encuentran a su paso, mujeres y hombres, religiosos o seglares, lo que da pie para muchos abusos. Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, campeón de la onestità, enemigo de estas costumbres
paganas, llegó a dar un edicto contra semejantes licencias[153]. No se nos dice si la medida fue eficaz. Porque no es fácil luchar contra estas tradiciones, contra la complicidad del verano y del vino nuevo, ni poner freno a las
francachelas colectivas desatadas con ocasión de la cosecha de higos[154], o de
hojas de morera, como en las planicies de Murcia[155]. En Ragusa, ciudad prudente, excesivamente prudente, aunque obligada a serlo más que cualquier otra, la vendimia era para las autoridades un periodo de zozobra y de alarma; vigilábanse los cuerpos de guardia, las murallas y los extranjeros para saber si estaban armados, y especialmente a la gente de la Apulia, como ocurrió en agosto de 1569: «li pugliesi —decían los rectores—, quali intendiamo essere
molti nella città et scandalosi… [156] ».
El verano es también la época de la pesca abundante. El pescado, especialmente el atún, depende de los tropismos de las estaciones. En verano funcionan las almadrabas; el duque de Medina Sidonia, que tenía el monopolio de las almadrabas andaluzas en la época de Felipe II, hacía sonar en verano el tamboril para reclutar la mano de obra necesaria. Recluta que equivalía, ni más ni menos, a la de un ejército. Al cambiarse la estación (antes y después del invierno), funcionaban las fabulosas pesquerías del
Bósforo[157]. A finales de invierno —por ejemplo, en abril de 1543—, llegaban a Marsella en vísperas de la estación de la pesca barcos enteros cargados de barriles vacíos, que Fréjus enviaba para las salazones: 1800, el
17, en tres barcos; 200, el 21; 600, el 26; 1000 el 30 de abril[158].