El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

II. 1572, año dramático

 

La crisis francesa hasta la Noche de San Bartolomé, 24 de

agosto de 1572

 

La animosidad francesa contra España no había cesado de ir en aumento desde los comienzos de la guerra de Chipre. Se acentuó en 1571, se reafirmó después de la concertación de la Liga y estalló con una agresividad sin recato a raíz de la batalla de Lepanto.

El año de 1572 se inició, para ambos países, bajo el signo de una guerra que amenazaba con estallar en un mundo que parecía que iba a incendiarse por todas partes a la vez. Esta guerra proyectaba sus sombras por adelantado sobre un Mediterráneo en armas, sobre una Europa septentrional agitada. La misma misión del obispo de Dax, quien por fin había abandonado Venecia

(llegó a Ragusa en enero),[96] era poca cosa al lado de las amenazas que los españoles sentían crecer en el norte. Habían sabido de qué manera había sido recibido por la corte de Francia, en la primavera de 1571, Ludovico de Nassau. No ignoraban que el rey estaba en connivencia con los rebeldes. Toda una red española de informaciones, de vigilancia y de espionaje envuelve a

Francia y se extiende por ella.[97] Esta atención contribuye bastante poco a la inteligencia entre las dos Coronas, cuyas largas conversaciones diplomáticas[II-609] no son más que una larga mentira, en que el historiador se empantana.

Atribuirlo todo, como hace el P. Serrano,[98] de un modo inconscientemente nacionalista, a la prestigiosa duplicidad florentina de Catalina de Médicis, hábil para multiplicar las actitudes, para desmentir sus armamentos y achacárselos después a sus súbditos desobedientes, presentándolos por último como una reacción justificada a los armamentos de sus enemigos, no es más que tomar un delgado hilo de toda la madeja.

Por otra parte, renacía el peligro inglés. A comienzos de 1571, el duque de Alba recomendaba al duque de Medinaceli, quien se aprestaba a trasladarse a los Países Bajos por la ruta oceánica, que hiciese escala, de

preferencia, en los puertos franceses, y no en los ingleses.[99] Pero, a comienzos de 1572, los dos adversarios de España se acercaron el uno al otro, olvidando las largas discordias que España se había cuidado siempre de atizar como un factor indispensable para su propia tranquilidad. Iba a sellarse una alianza; no podía caber la menor duda acerca de ello, se sabía ya desde enero,

[100] [101] y todas las explicaciones tranquilizadoras del rey de Francia no engañaban a nadie.

Las cláusulas de la “Liga” franco-inglesa fueron firmadas en Blois el 19

de abril.[102] Pero desde marzo conocíanse ya sus estipulaciones, especialmente aquella por la que los ingleses se obligaban a transferir la etapa de sus mercancías en el continente de los Países Bajos a Ruán y a Dieppe, comprometiéndose los franceses, por su parte, a abastecer a la isla de sal,

especias y seda.[103] Lo cual, evidentemente, sólo podía beneficiar el istmo

francés y contribuir a la ruina de Amberes.[104] En Venecia llegó incluso a decirse que los franceses sólo habían concertado este acuerdo para reanimar el

languideciente tráfico de Ruán.[105] El secretario Aguilón, quien, entre tanto

que llegaba el sucesor de don Francés de Alava, don Diego de Zúñiga,[106][II-610] despachaba en Francia los negocios corrientes de la embajada española, no recataba su amargura, y en una carta muy expresiva y abierta al secretario Zayas deploraba sinceramente que Felipe II, por motivos de “reputación”, no se hubiera entendido con Inglaterra. Y llegaba a la siguiente conclusión: o se reanudan las negociaciones (por aquel entonces aún no estaba firmado el

acuerdo con Francia), o se dan por perdidos los Países Bajos.[107]

El embajador inglés no veía las cosas de un modo tan tajante. Escribía a lord Burghley, al día siguiente de estamparse las firmas: “Las personas de toga temen que se produzcan desavenencias entre esta Corona y la de España y les fastidiaría que el rey se embarcase en estos momentos en una guerra, temiendo que la administración de los asuntos pudiera caer entonces en otras

manos”.[108] Era un juicio bastante ponderado acerca de las incertidumbres de la política francesa. Pero para poder expresarse así era necesario, además, observarla de cerca, objetivamente y sin pasión. La corte de Madrid, bien informada, demasiado informada acaso, inclinábase en demasía a verlo todo negro.

Es cierto que no podían contribuir a tranquilizarlo los grandes preparativos de Francia en el Atlántico, llevados intencionadamente con

mucho sigilo.[109] ¿Qué significaban aquellos armamentos de que

Fourquevaux oía hablar en Madrid en febrero?[110] En París, Aguilón conversaba de ello con el embajador de Portugal, tan inquieto como él. El

duque de Alba exteriorizaba, en Bruselas, las mismas preocupaciones.[111] Por

todas partes se daba rienda suelta a los comentarios.[112] ¿Iban a ser trasladadas de nuevo al Mediterráneo las galeras ponentinas del barón de La Garde? ¿Adónde se destinaban aquellos navíos de gran porte, aquellas naves[II-611] comerciales que se equipaban como barcos de guerra y que, según se sabía,

iban a ponerse bajo el mando de Felipe Strozzi?[113] Contra los piratas del océano, decía Saint-Gouard. Pero Felipe II no las tenía todas consigo: temía

que los policías pudieran llegar a convertirse rápidamente en ladrones.[114] Era difícil fiarse de la promesa francesa oficial de que esta flota respetaría los

territorios españoles[115] cuando Diego de Zúñiga informaba que Catalina de Médicis había exclamado, en un ataque de risa: “la flota de Burdeos no tocará para nada a vuestros asuntos. Podéis estar tranquilos como si navegara a

bordo de ella el propio rey de España”.[116]

Y no era solamente la flota de Burdeos. Los incidentes de la frontera sur de los Países Bajos daban también pie a discusiones, recelos y quejas recíprocas, agravadas además por la exaltación de los habitantes de aquellas

regiones atormentadas.[117] ¿Había o no reforzado el duque de Alba las fortalezas levantadas a lo largo de la frontera? ¿Había o no montado piezas de

artillería sobre los baluartes? ¿Había o no bloqueado los caminos?[118] ¿No había obligado a las personas de las tierras bajas a enrolarse en los servicios de vigilancia, como en tiempo de guerra? Los franceses de los Países Bajos, que, según los tratados, debían disfrutar libremente de sus bienes, vivían constantemente en estado de alerta; tanto más cuanto que los tratados no

preveían para nada los problemas de orden religioso.[119] Y, sin embargo, los españoles no podían por menos de creer que los franceses estimulaban siempre que podían la rebelión de las provincias españolas.

Ahora bien, el 1 de abril, los “mendigos del mar”, bajo la dirección de Guillermo de la Marche, habían tomado Brielle, en la isla de Voorn, en la

desembocadura del Mosa.[120] La insurrección había ganado en seguida[II-612] Flesinga y se había desplegado por el norte y por el este, a lo largo de todo el Watterland, el distrito de las aguas. La verdadera revolución de los Países Bajos comenzaba. Comenzaba por las zonas fanatizadas en las que abundaban los miserables. ¿Cómo creer ni por un instante que no anduviera necesariamente en ello la connivencia de los franceses? Y la de los ingleses,

por supuesto.[121] El duque de Alba se quejaba con el representante del rey de Francia en Bruselas de que los barcos de los rebeldes navegaban en conserva con los buques franceses recientemente armados y que encontraban en

Francia la artillería, los víveres y municiones necesarios.[122] La flota de Strozzi era casi una flota hugonote, dice Aguilón, escoltada por navíos ingleses y escoceses. Esta importante fuerza, ¿no era capaz de saquear a su

paso el litoral español?[123]

Las inquietudes estaban tanto más justificadas cuanto que el ataque de Brielle, en el norte, fue seguido sin tardanza de un ataque por el sur. El 23 de mayo, los hugonotes entraban con La Noue en Valenciennes, y el 24,

Ludovico de Nassau caía por sorpresa sobre Mons, al amanecer.[124] Era la

ejecución del plan concertado entre Orange y sus aliados de Francia.[125] Y no sorprendió, por lo demás, al duque de Alba, el cual tendía siempre en demasía a olvidar y desdeñar el frente del mar y el peligro de los “mendigos”, obsesionado por el peligro francés y por la frontera continental del suroeste.

[126]

Parecía inminente, en efecto, la guerra franco-española. En mayo, Vespasiano Gonzaga, virrey de Navarra, enviaba alarmantes informes sobre

los manejos franceses en esta región.[127] Toda la frontera pirenaica, del Atlántico al Mediterráneo, había sido puesta en estado de alarma. Y los informes de Saint-Gouard eran tan inquietantes como los de los embajadores españoles. “Los veo hacer toda clase de provisiones [escribía el 21 de mayo[II-613]

de 1572].[128] Han levantado más de cinco millones en la última feria de Medina del Campo” y han traído de Italia numerosas armas, distribuidas en las fronteras. Finalmente, se retiene a “infinidad de capitanes”, a quienes no se ha dejado partir a Levante. Nada asegura, en el fondo —concluye Saint-Gouard—, que los preparativos que al parecer se destinan a la Liga no se hagan con vistas al Languedoc o a la Provenza… Pero el rey de Francia, por su parte, ha reunido más de ochenta barcos y “gran número de infantería

gascona”.[129] ¿Qué espera esta flota? Sencillamente, saber dónde se producirá el primer chasquido español, explica don Diego de Zúñiga. Si los

asuntos en los Países Bajos se arreglan no se trasladará allí.[130]

También los portugueses se inquietan ante esta eventualidad y ante las acciones que podría intentar una flota francesa disponible. Han armado una gran flota, con más de 20 000 hombres de tropa. Temen —dice Sauli, quien transmite esta noticia— que los franceses traten de apoderarse del cabo de Gué, en Marruecos, lo que entorpecería considerablemente la navegación portuguesa, tanto hacia las Indias Orientales como hacia las “Indias de Poniente”. Eso, suponiendo que no proyecten lanzarse por su cuenta, añade

Sauli, a otra empresa marroquí.[131]

Los españoles, naturalmente, no se quedan atrás y han tomado también las medidas marítimas obligadas contra estos famosos navíos franceses de Bretaña, La Rochela y Burdeos. En mayo, el duque de Medinaceli sale de

Laredo con 50 navíos,[132] y se da la orden de armar otros 30 en Flandes. Y “en Vizcaya y Galicia” se concede, a todo el que quiera hacerlo, derecho a armar sus naves, cosa que jamás hasta ahora se había hecho, y de unirse a la

flota de Medinaceli “para vigilar los movimientos” de los franceses.[133]

En cuanto a Italia, su zona neurálgica es, por supuesto, el Piamonte y, en[II-614] torno de él, los Estados de la Saboya y la gran plaza de armas de Milán, de la que acaba de ser nombrado gobernador el gran comendador de Castilla. En esta última ciudad se acantonan sin cesar los soldados que llegan de Alemania. Y cuando Saint-Gouard se atreve a expresar sus inquietudes ante ello, se le contesta, naturalmente, “que se concentran allí para ir al encuentro

de don Juan de Austria”…[134] [135] Pero, en el mismo momento Diego de Zúñiga escribe a su señor, en tono no menos inquieto, que los franceses han encontrado el modo de hacer que les sean entregadas algunas de las plazas que los españoles ocupan en el Piamonte. Inquietudes comunicativas, pues se contagian también a los genoveses. La señoría de Génova escribe que las cuatro galeras que están en Marsella, armadas y preparadas para partir con ocho compañías de infantería, se destinan, según el rumor público, a ser

enviadas a Córcega.[136]

En realidad, nadie juega limpio. Cada cual, alarmado y amenazador a la vez, trata de sacar astilla de cualquier madera. Cuando, el 11 de mayo, los argelinos requieren —extraño requerimiento— la protección del rey de

Francia, Carlos IX se apresura a acceder a prestarla.[137] Piensa que el duque de Anjou, tributario del turco, sería un excelente rey de Argel: ¡cuántas coronas imaginarias o en expectativa llega a ceñir sobre sus sienes este pobre duque! Esto era, no cabe duda, obrar bien a la ligera, exponerse a comprometer la alianza con el sultán, tomar “la paja por el grano”, como diría

el obispo de Dax, dando su parecer sobre estas extrañas propuestas.[138] Pero, si el rey se deja tentar tan fácilmente por las sinuosas promesas de Euldj Alí (quien, con la otra mano y en el mismo momento, ofrecía su ciudad a Felipe

II),[139] es porque cree mover con ello, hábilmente, uno de los peones del tablero contra el rey de España. No exageremos, sin embargo, la importancia del incidente, como lo hace Serrano y, siguiendo sus huellas, Hartlaub, quienes piensan que todo el secreto de la flota de Strozzi debe buscarse por el

lado de Argel,[140] y que, al inquietar las costas cantábricas, Carlos IX se[II-615] propone desviar de Argel la flota de Felipe II, para reservarse la posesión eventual de esta ciudad.

La política francesa no era tan clara y tan enérgica como todo esto. No estaba segura de sus apoyos exteriores. En agosto, la Alemania protestante no estaba todavía resuelta a moverse. Inglaterra no veía con buenos ojos la instalación de Francia en los Países Bajos y ello le brindaba una excelente ocasión para entrar en conversaciones con los españoles. Finalmente, el turco tenía bastante que hacer con sus propios asuntos. Y Francia, por su parte, no estaba segura de sí misma. Su política antiespañola era la política de Carlos IX, un hombre impulsivo, la política de Coligny, un soñador. Tenía en contra suya aquellas “togas” de que hablaba Walsingham, los consejeros de espada y a todo el clero en bloque. Por muchas razones, y sobre todo porque la guerra suponía gastos, se concebía, naturalmente, el plan de secuestrar los bienes de la Iglesia. Llegó, incluso, a establecerse un proyecto de secularización, proyecto que, al igual que las actitudes patrioteras del almirante acerca de la Cruz de Gastines, iba a concitar en contra suya las protestas de París y del

clero.[141] Por otra parte, el atacar a Felipe II no era un asunto baladí, y Catalina de Médicis empezó a perder la cabeza ante la idea de esta guerra, que se acercaba a grandes pasos. Era una guerra que necesariamente pondría a Francia a merced de los hugonotes y podría provocar virajes y conmociones inesperadas. El 26 de junio, en una reunión del Consejo, Tavannes declaraba sin ambages que, en caso de que estallara el conflicto, el poder de los protestantes amenazaba con llegar a ser tan grande que, “al morir o cambiar los que los conducen con la mejor intención…, el rey y su reino serán llevados de las riendas, y más valdría no tener Flandes y otras conquistas que

verse constantemente manejados por otros”.[142]

La política francesa es, pues, una política veleidosa, incierta, dispuesta siempre a replegarse y, desde luego, no decidida, ni mucho menos, a romper. Cuando, en la primera quincena de junio, llega a Madrid la noticia de la toma de Valenciennes y de Mons, el embajador francés presenta a Felipe II las explicaciones y casi las excusas de su rey. Todo ha ocurrido, dice, sin su voluntad y sin que se le haya informado. Deplora sinceramente los actos poco amistosos del duque de Alba y expresa la esperanza de que Felipe II tenga nuevamente la seguridad de que el rey de Francia desea mantener la paz. A lo[II-616] que Felipe II replica que entre los rebeldes de Flandes hay muchos súbditos del rey de Francia y gente que ha vivido en este país. Para que la amistad franco-española se mantenga, sólo cabe una condición: que los hechos respondan a las palabras. En todo caso, el duque de Alba, según las órdenes

recibidas, no romperá, si los franceses no se adelantan a romper…[143] Hasta el anuncio de la Noche de San Bartolomé, Saint-Gouard no dejaría de prodigar, de parte de su gobierno, las protestas pacíficas. Tal vez añadiendo incluso algo de su cosecha. El 28 de junio, platicando con Felipe II acerca de la satisfacción que haya de darse al rey de Francia por el castigo infligido en Flandes a sus propios súbditos, surge en la conversación el nombre de Coligny. El embajador no vacila en declarar que es una mala persona, que el rey no tiene confianza en él, aunque haga menos daño estando en la corte que alejado de ella. Y llega a la optimista conclusión de que los oficiales del rey que guardan la frontera de la Picardía, siendo como son católicos, se esforzarán por evitar todo conflicto. Lo mismo hará el duque de Alba, afirma, por su parte, Felipe II. Y Saint-Gouard se retira muy satisfecho, según declara

el informe de la cancillería española.[144] Pero si se le aprieta un poco acerca del problema de la flota francesa, Saint-Gouard acaba por contestar que “el mar es como un bosque inmenso, común a todos, al que los franceses irán a

buscar fortuna”.[145] Pero no es menos cierto que la diplomacia francesa se esfuerza visiblemente en hablar de paz. Y no solamente en Madrid. También en Viena y en Roma. Después del fracaso de la tentativa sobre Valenciennes y del fracaso de Genlis, todo parece indicar que la política francesa da marcha atrás. El 16 de junio, Carlos IX, anunciando a su embajador en Viena la derrota de los sublevados de Mons, “justo castigo de Dios sobre los que se levantan contra la autoridad de su príncipe”, hace todo lo posible para que los “mendigos” no reciban el menor socorro, “pues condeno con todas las fuerzas

de mi alma sus desventurados designios…”.[146] Y en junio envía a De Ferrais, a Roma, una larga carta explicando cómo le ha engañado el de[II-617]

Nassau y haciendo, una vez más, protestas de su voluntad pacífica.[147]

Curiosa y fluctuante política. No la llamamos inmoral, como hacen tantos historiadores, pues todos, en el siglo XVI, despliegan el mismo juego y lo consideran como de buena ley. Pero, ¡cuántas vacilaciones traduce! No acababa de decidirse ni por la ruptura ni por la cesación de los actos de hostilidad que siguen produciéndose a lo largo de las fronteras que miran a España. El 27 de junio se previene al duque de Alba, desde París, que los franceses están reclutando tres compañías de caballería ligera en la Provenza, que se dedican a fortificar Marsella “a gran furia” y que un contingente de tropas se encamina hacia las guarniciones del Piamonte. Ayer, 26 de junio, añade don Diego de Zúñiga, se celebró un gran consejo para deliberar acerca de si se rompería o no con España. No llegó a tomarse ninguna decisión, “en fin, no se resolvieron, pero harto mal es que anden dubdosos y señal manifiesta que si viessen la occasion la abrazarian y assi no hay que fiar si no

estar con la espada en la mano”.[148] Nadie que vea el juego desde fuera, y concretamente el español, puede por menos de considerarlo como un tosco doblez, y vista así la cosa, todo parece verosímil. A fines de junio, y en medio de este ambiente, un correo saboyano trae a Madrid un nuevo tema para falsos rumores: el mismo nuncio ha sostenido que el rey de Francia había solicitado

paso libre para sus tropas por las tierras del duque de Saboya.[149] Hasta el punto de que casi todos los correos españoles que viajan de Italia a España

renuncian a la ruta terrestre y siguen la vía marítima.[150]

Y, en realidad, ¿qué no podía pensar Felipe II, a pesar de los melindres de los franceses, cuando llegan a sus manos los informes acerca de la acción sobre Genlis, desencadenada el 12 de junio en socorro de Mons y derrotada el 17, de aquella plaza de Genlis que cae en manos del duque de Alba y en que

se encuentran documentos firmados por el propio rey de Francia?[151] ¿O cuando se le notifican, en la misma fecha, los supuestos movimientos de la flota y los movimientos reales de las tropas en Picardía? Se le dice que el almirante se halla en Metz, en busca de 800 000 livres, para emprender Dios[II-618] sabe qué acciones en Alemania. Está en connivencia con Montmorency para acudir en socorro de Mons. “Aquí ha venido Altucaria q. estava por este Rey en Constantinopla. Dizen por las calles que trae dos millones de oro, pero no se sabe por cosa cierta ni se vee argumto dello. Entiendo que andan ya tratando de tornarle a embiar [a Turquía] y publican que venecianos traen ya

hecha tregua con el Turco”.[152] Rumores que el embajador de Venecia desmiente con toda energía. Así circulan las noticias, no siempre cribadas con cuidado, entremezcladas las falsas con las verdaderas, y a veces con una precisión tal que delata la traición. Don Diego de Zúñiga es puesto al corriente por Jerónimo Gondi de lo que se ha debatido en el consejo del rey: los consejeros, lo mismo los de toga que los de casaca, no quieren la guerra.

Parece triunfar la política pacífica de Catalina de Médicis.[153] El almirante, rechazado por los consejeros, nos es presentado, el día 13, conspirando con la

reina de Inglaterra.[154]

Por consiguiente, la Noche de San Bartolomé no puso fin, como suele decirse, a una política de intervención ardiente, vigorosa y unánime, sino a una tentativa inspirada por la pasión y desechada por la mayoría de los consejeros. Está demostrado que ni Roma ni Madrid, aunque se alegraran de

ellas, urdieron las matanzas de París.[155] Por otra parte, si es cierto que estos sucesos, la “novedad” de París, tuvieron una repercusión directa sobre la política francesa e internacional y contribuyeron a extender por toda Europa el terror del nombre de España, si dejaron el campo libre, una vez más, a la política, más prudente que poderosa, de los españoles, no creo que hayan determinado, sin embargo, una desviación perdurable de la política francesa. No creo, en contra de Michelet y de otros, que los sucesos del 24 de agosto de 1572 marquen el gran viraje del siglo. La “novedad” sólo produjo ciertas consecuencias limitadas en el tiempo. Después del 24 de agosto, la política francesa, desprendida por un momento de sus reivindicaciones,[II-619] desconcertada, permanecerá, a pesar de todo, como veremos, bastante fiel a sí misma.