El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Significado y limitación del comercio a largas distancias
¿Se puede usar el más débil de ambos como baremo a escala del Mediterráneo, considerado este como un todo? Hay buenas razones en pro y en contra. Solucionemos la cuestión redondeando la cifra del índice francés, y concluyamos diciendo, sin la menor garantía de certeza, que el volumen total de las transacciones comerciales es, para los 60 millones de mediterráneos, de unos 300 millones en oro.
Esta cifra es tan poco sólida que ningún economista la aceptaría. Sin embargo podemos decir: 1. que este volumen es muy superior al beneficio, a la renta del mercader, que puede elevarse muy bien a 10, 20 o 30 % del volumen de negocios efectuados; 2. que la puesta en juego de las transacciones comerciales —suponiendo que nuestra cifra sea exacta— solo asciende, y apenas, a un tercio de la producción; 3. que en este contexto, imperfecto sin duda, pero revelador, es importante descubrir la parte que representa el comercio a largas distancias, el Fernhandeln, auténtico corazón del capitalismo comercial. La cuestión merece, como es natural, algunos comentarios.
Significado y limitación del comercio a largas distancias
La razón de ser del comercio a largas distancias es que pone en contacto, y a veces con no pocas dificultades, regiones donde determinados productos se pueden comprar a precios bajos con otras donde se pueden vender a precios elevados. Citemos unos ejemplos conocidos: comprar cariseas o mandarlas hacer en los Costwolds ingleses y venderlas en Alepo o en Persia, o comprar telas en Bohemia y revenderlas en el Brasil, o comprar pimienta en Calicut y revenderla en Lisboa, Venecia o Lúbeck. Estas largas rutas suponen amplias diferencias de voltaje, enormes en verdad a comienzos del siglo XVI, particularmente en Lisboa, donde los beneficios comerciales crecieron como
plantas tropicales. B. Porchnev[200] tiene razón en lo que afirma acerca del comercio báltico en el siglo XVII: lo que cuenta no es tanto el volumen de los tráficos como el tanto por ciento final de los beneficios. El capitalismo, dotado entonces de la agilidad propia de todo cuerpo joven (pues en ese momento era la fuerza económica más moderna y alerta), se sentía atraído por esos elevados beneficios y sus rápidas acumulaciones. Resulta evidente a la larga que todas las diferencias de niveles de precios tendían a ser eliminadas, particularmente cuando los negocios iban bien. El comercio a largas distancias debió entonces cambiar sus opciones. Así conocerá periodos más o
menos fastos: muy fasto, la primera mitad del siglo [201] XVI ; en su segunda
mitad se estabilizan los beneficios; y en el siglo XVII se produce una renovada prosperidad. Ha sido posiblemente la baja relativa del comercio lo que ha decidido a un gran número de hombres de negocios a invertir en préstamos al gobierno y en los cambios; esto acabó culminando en una especie de capitalismo financiero. Entendámonos: no se trata de diagnosticar un descenso en el volumen del comercio, pues continuó creciendo durante ese periodo. Nos referimos exclusivamente a los beneficios obtenidos por los mercaderes importantes.
El historiador Jacques Heers [202] protesta contra la excesiva importancia generalmente atribuida al comercio de especias y drogas, como si en el siglo XVI fuese este más importante que el de cualquier otro producto. Y
añade: «Cuando, después de la historia del alumbre[203], se escriba la del comercio de vinos y granos, la de la sal, la del algodón y hasta la del azúcar y la seda, surgirá ante nosotros una historia económica del mundo mediterráneo muy diferente, en la que la pimienta y las drogas ocuparán un lugar menos importante, en particular del siglo XIV…». Todo depende del punto de vista. No hay duda de que Jacques Heers tiene razón en el plano de una geografía económica. Pero está equivocado si se trata de un estudio sobre el primer gran capitalismo. Deberíamos tener in mente la observación de B. Porchnev: Lo que verdaderamente cuenta en este terreno son los porcentajes y los beneficios fáciles, es decir, la acumulación de capital. No cabe duda de que el volumen del comercio del grano es mucho más importante que el de la pimienta. Con todo, Simón Ruiz no se sentía muy animado a comprar trigo, porque la operación conlleva no pocos riesgos para el mercader. El trigo no es, como la pimienta o como la cochinilla, una mercancía real, relativamente exenta de riesgos. Quien negocia en trigo ha de contar con las exigencias de los transportistas, y también con la vigilancia de las ciudades y los Estados. Excepto cuando estaban en juego enormes cantidades de dinero, como ocurrió
en 1521[204] [205] y en 1583, o con ocasión de las compras masivas de los años 1590-1591, el capitalismo de altura no participa de modo continuo en el
comercio de cereales[206], al menos durante la segunda mitad del siglo; ni tampoco en el vigiladísimo comercio de la sal.
Vemos, pues, que el comercio a largas distancias depende siempre de coyunturas muy precisas. Toda la historia económica de Castilla bajo la influencia genovesa lo evidencia claramente desde que Felipe Ruiz
Martín[207] ha analizado el funcionamiento de sus mecanismos. Solo cuando encuentran dificultades en exportar de España la plata de América, compran los genoveses alumbre, lana, aceite e incluso vinos andaluces, para obtener por estas mercancías el dinero contante que necesitan tanto en los Países Bajos como en Italia. El último boom de la lana en Venecia parece haber sido
resultado de una de estas operaciones[208]. Estoy seguro que un sistema semejante, dirigido desde arriba, funcionaba en el reino de Nápoles para cualquier compra eventual de azafrán, seda, aceite o del mismo trigo de Apulia. Todo un ejército de mercaderes milaneses, florentinos, genoveses y venecianos (en especial bergamascos) se asienta en las ciudades del reino de Nápoles; son en su mayor parte, pese a los aires que se dan y la cantidad de mercancías que contienen sus almacenes, comerciantes de poca monta; su tarea consistía en permitir beneficiarse a sus amos o a sus corresponsales de los privilegios y franquicias adquiridas localmente en el transcurso de los años. Operan solamente obedeciendo órdenes, del mismo modo que los mercaderes marselleses que compran de golpe grandes cantidades de moneda
contante[209] en Alepo o Alejandría se están limitando a ejecutar las órdenes de los mercaderes lioneses, que eran quienes movían estos largos hilos de acuerdo con las oscilaciones del mercado. Y de manera idéntica los mercaderes españoles estaban al servicio de los grandes negociantes
extranjeros[210].
De modo que el alto capitalismo mercantil era el resultado de una serie de atentas elecciones; o si se quiere, un sistema de vigilancia y control que solo interviene cuando hay esperanzas de ganar mucho, y sin riesgo. Se adivina toda una estrategia (es más: a veces se nos presenta a plena luz) que interviene tan pronto en un lugar como en otro de acuerdo con la variación del precio de las mercancías y con el grado de riesgo posible. Se puede ganar más con la mercancía pura que con los cambios, pero también se pueden sufrir pérdidas mayores. Giovanni Domenico Peri, informador seguro, nos lo dice: «por lo general hay más posibilidades de ganar con 1000 escudos en
mercancías que con 10 [211] 000 en cambios». Pero sabemos que en los cambios los hombres de negocios comprometen más el dinero ajeno que el propio y que el movimiento de esas enormes sumas estaba concentrado en muy pocas manos. Tampoco hay duda de que se podían conseguir mayores ganancias generales con los cinco millones de ducados que pueden representar el tráfico marítimo de los granos del Mediterráneo a finales del siglo que el millón en oro que pueda valer la pimienta asiática a su llegada a Europa. Pero en el primer caso hay comprometidas muchas partes, mientras que en el segundo unas pocas firmas poderosas dominan el juego del mercado. Y la acumulación de capital operada funciona a su favor. Los marranos portugueses que en 1627 desplazan a los banqueros genoveses son, en su origen, mercaderes de pimienta y especias.