El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

La reanudación de la guerra en Hungría

julio botó al agua un centenar de galeras,[43] y fue quizá esta firme actitud la que detuvo a los turcos en su marcha hacia el norte. De cualquier modo, Venecia fue presa de una inquietud de la que participaba el resto de Italia, y principalmente el papa, que hasta accedió a escuchar y a satisfacer las demandas venecianas. A fines de julio y comienzos de agosto hizo que el cardenal Alessandrino escribiera, y escribió él mismo a don García de Toledo, exhortándole a presentarse en Brindisi con toda su flota, pues los venecianos habían dicho que armarían cien galeras y que, uniéndose a las de don García,

podrían caer sobre la armada turca.[44] [45] Don García contestó el 7 de agosto, jurando al papa defender los Estados de la Iglesia igual que los del propio rey de España, aunque declinaba aceptar ninguna participación en el audaz proyecto que Roma le había propuesto. No cabe duda de que la flota turca, cogida entre la fuerza española y la fuerza veneciana, no hubiese podido escapar; pero Venecia sólo quiso batirse en el instante en que se vio gravemente amenazada, y, por el sur, el sabio, prudente y enfermizo don García de Toledo no había recibido órdenes de ser agresivo. No cabía duda de que entre toda la cristiandad, el papa fue el único que pensó que aquella ocasión era magnífica para destruir la flota de Solimán.

Esta guerra del Adriático, a pesar de lo limitados que fueron a la postre sus efectos, debió parecer en su tiempo bastante dramática, a causa del trastorno general que sacudía Europa. En Francia, el caso Brantôme: es la hora de las agitaciones, de los viajes, de las inquietudes juveniles. Unos iban a[II-513] combatir Hungría, con el joven duque de Guisa; otros, a Nápoles; otros, como el hijo de Montluc, a correr aventuras en el Atlántico y a morir en la toma de

Madera.[46] Inquietud general. Nadie permanecía en su sitio. El propio Felipe II hablaba de viajes. Por todas partes amenazaba la guerra: en los Países Bajos, que estuvieron a punto de sublevarse en agosto, y desde el Adriático hasta el mar Negro, donde se extendía la ancha huella roja de una furiosa lucha continental, proyectando a través de enorme distancia la guerra de las flotas del Adriático.

 

La reanudación de la guerra en Hungría

 

La muerte del emperador Fernando (25 de julio de 1564) les sirvió de pretexto a los turcos para exigir el pago de los tributos atrasados y para traer nuevamente a cuento la tregua de 1562. El pago se verificó el 4 de febrero de

1565,[47] y en compensación, confirmóse la tregua por ocho años. Pero Maximiliano, que no renunciaba a sus proyectos contra la Transilvania, había concentrado importantes tropas, y tomó Tokay y Serencs. Ahora bien, poner las manos sobre Transilvania o contrariar por este lado la acción de los turcos era revivir las discordias latentes, desencadenar una guerra “encubierta”, que, como siempre, se resolvía en una serie de golpes de mano y de sitios. Así, pues, en 1565, la larga frontera de Hungría estaba más agitada que nunca. Maximiliano, cogido en los asuntos de Transilvania como en un avispero, hizo vanos esfuerzos pacifistas, más o menos sinceros, a decir verdad, pues quería la paz, pero no a base de concesiones. Además, se encontró con la poderosa hostilidad del gran visir Mehemet Sokobi, y el propio sultán estaba deseoso de borrar por medio de algunos éxitos aparatosos el fracaso y el odio que le había dejado el ataque contra Malta. Desde su puesto de avanzada, el pachá de Buda, Arslan, no cesaba de provocar la guerra, haciendo ver hasta qué punto la Hungría cristiana estaba desguarnecida de tropas. Predicando con el ejemplo, se arrojó él mismo contra la pequeña plaza de Palota, el 9 de junio de 1566; pero un poco precipitadamente, pues los imperiales la[II-514] liberaron en el momento en que iba a apoderarse de ella y, aprovechando el impulso, tomaron Wessprim y Tata, desatando una matanza sin discernimiento entre amigos y enemigos, entre turcos y húngaros, entre todos

los que se encontraron en las ciudades.[48]

Así empezaba de nuevo la guerra de Hungría. No se podía decir que fuera una sorpresa. En Viena, nadie ignoraba ni dejaba que se ignorara que una reacción turca era más que previsible. La Dieta germánica había acordado para ese año un socorro excepcional de 24 Römermonaten, y ocho más por

cada uno de los tres años siguientes.[49] El 29 de abril de 1566, el embajador español en Londres habló, a propósito de esta liga, de 20 000 hombres de

infantería y de 4 000 de caballería por tres años.[50] Por otra parte, Maximiliano obtuvo una ayuda del papado y de Felipe II, en dinero y en hombres, sobre cuyo monto difieren algo los documentos, aunque se sabe que fue considerable. El 23 de marzo de 1566, el agente toscano en Madrid hablaba de 6 000 soldados españoles y de 10 000 escudos mensuales (dinero

que, por lo demás, había asegurado Felipe II ya en 1565).[51] Los pagos

debían hacerse por intermedio de los Fugger y de los banqueros genoveses.[52] Un mes más tarde (el 6 de junio), se hablaba de 12 000 escudos mensuales,

sin contar con una entrega de 300 000 escudos.[53]

Así, pues, el emperador tuvo tiempo y medios para prepararse. En el verano reunió cerca de Viena 4 000 hombres de tropas bastante abigarradas,

[54] las cuales sólo le permitían mantenerse a la defensiva; por lo demás, no era otra su intención. Como la distancia entre Constantinopla y Buda era larga, daba por descontado que el enorme ejército turco no se desplazaría rápidamente. Por lo menos necesitarían 90 giornate para hacer el camino. Además, les quedaba poco tiempo para combatir, pues desde octubre tendrían en su contra el frío y las dificultades para aprovisionarse, considerables para un ejército tan numeroso que evolucionaba a través de un país desierto. Así se[II-515]

lo explicó el emperador a Leonardo Contarini, el embajador veneciano,[55] no sin cierto optimismo exagerado y un tanto de presunción. El embajador se hizo eco de las cifras manifiestamente hinchadas que elevaban las fuerzas imperiales a 50 000 infantes, 30 000 de caballería y una importante flota

danubiana.[56]

En realidad, las fuerzas de Maximiliano eran seguramente como las que había visto y juzgado tan severamente en 1562 Busbec. Quizá no anduviese equivocado Fourquevaux al pensar que la guerra no se desarrollaría en ventaja del emperador, y en su deseo de “que el Gran Señor de los turcos se obstine y persevere en su empresa de Hungría; pues de otro modo la peste de Alemania —decía— se hará demasiado temible, si los asuntos se apaciguan por ese

lado”.[57] Por desgracia para Francia, donde hervían las guerras de religión, y a la que con tanta frecuencia saqueaban los veteranos, la paz se estableció en Hungría en 1568 y duró hasta 1593.

Contra las tropas de Maximiliano se encaminaba hacia Hungría un enorme ejército turco de 300 000 hombres, dividido en diferentes cuerpos, según los informes recibidos por Carlos IX; hordas armadas a su modo, “con una cantidad tal de artillería y de toda clase de municiones, que es algo

espantable”.[58] [59] El sultán salió de Constantinopla el 1 de mayo, con un aparato más impresionante que el que había llevado en cualquiera de sus doce campañas anteriores. Iba en un carro, pues su salud no le permitía viajar a caballo por una ruta militar y comercial tan larga como la de Constantinopla a Belgrado, vía Adrianópolis, Sofía y Nich. Mal que bien, se habían arreglado los difíciles caminos por donde pasaría el carro imperial; se organizaron eficientes y fructíferas batidas contra los bandidos que merodeaban a lo largo de la ruta, lo cual no fue óbice para que atacaran al ejército y más aún a sus contingentes de aprovisionamiento. Una serie de horcas se alzaban contra ellos en los acantonamientos. Más allá de Belgrado, el gran problema no era

negociar con Transilvania, sino franquear los ríos, el Save en Chabats,[60] el

Danubio cerca de Vukovar[61] y el Drave en Essek, lo cual se logró entre el 18[II-516]

y el 19 de julio.[62] El ejército tenía que construir puentes cada vez que necesitaba cruzar un río, sobre aguas crecidas (especialmente, en el Danubio) y no sin dificultades. Más allá de Essek, un incidente, la feliz incursión de un capitán imperial, sesgó la marcha del ejército turco sobre la plaza de Szigeth (o Szigethvar), donde, a poca distancia de Pecs, ejercía el mando justamente ese capitán, el conde Nicolás Zriny. El sultán y sus tropas llegaron ante los muros de la ciudad el 5 de agosto, y el 8 de septiembre tomaron la plaza.