El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

¿Llegarán a tiempo don Juan y su flota?

como del nuestro [escribe el duque de Alba],[41] se retiran [con sus bienes] a las buenas ciudades”.

Se necesitaba no poca paciencia para poder soportar a estos franceses: “huelgan de romperse ellos un ojo para quebrarnos a nosotros los dos”,

exclama el mismo duque de Alba.[42] Le exaspera que se hallen en tan buena inteligencia con Ludovico de Nassau y el príncipe de Orange. Mientras tanto, Granvella aconseja al rey que deje a don Juan descargar algún golpe en Provenza, a su paso por allí. Parecen haber vuelto los buenos tiempos de Carlos V, por la facilidad con que renacen en labios de los viejos servidores del emperador los discursos y las imprecaciones de otros años. Por lo demás, ya es una realidad la guerra en el Atlántico, donde maniobran en connivencia los corsarios de La Rochela y los mendigos del mar. En agosto del año 1571, ¿no tienen los españoles mil motivos de temor por la seguridad de la flota de

las Indias?[43]

 

¿Llegarán a tiempo don Juan y su flota?

 

Mientras tanto, la firma de la Liga daba sus frutos en el Mediterráneo.

Españoles y pontificales habían prometido a los venecianos, en un acuerdo aparte, reunir todas sus fuerzas en Otranto, antes de que terminara

mayo.[44] No pasaba de ser una prueba de buena voluntad, pues, ¿cómo era posible transmitir y hacer ejecutar las órdenes necesarias para ello en un plazo de 10 días (la Liga se había firmado el 20 de mayo)? La noticia de la firma llegó a España el 6 de junio. Y las inexplicables demoras que la precedieron habían retrasado más de lo corriente los preparativos marítimos a lo largo de[II-595] las costas de España. Tanto más cuanto que la mala cosecha del año 1570 entorpecía los aprovisionamientos en Barcelona y en los puertos de

Andalucía.[45]

Esta mala cosecha no tuvo para España más que una consecuencia venturosa: la de extinguir la guerra de guerrillas de Granada. “Pasan tanto hambre —escribía Fourquevaux el 18 de febrero—, que abandonan la montaña y acuden a entregarse a los cristianos como esclavos para obtener pan.” En marzo anuncióse la muerte del reyezuelo y numerosas rendiciones de moriscos, que ahora se dedicaban a correr las montañas y a robar ganado. Un signo de los tiempos: como en Cartagena se supiera que las embarcaban para Orán, algunas tropas españolas se desbandaron inmediatamente. Sabían lo que era la vida de los presidios en tiempo de hambre. Afortunadamente la situación era mejor en Italia: en Nápoles, donde iban a abastecerse los venecianos; en Sicilia, donde Pescara, que seguía siendo partidario de que se emprendiera una acción contra Túnez y Bizerta, se aseguraba, en mayo, que podía disponerse de 20 000 quintales de galleta, cuyo rápido ritmo de

fabricación era de 7 000 quintales por mes.[46] Sin este trigo, sin la cebada y los quesos de Italia, sin el vino de Nápoles, tal vez no habría podido llegar ni siquiera a concebirse la batalla de Lepanto. Era necesario, en efecto, congregar y alimentar, en la punta sur de Italia, una ciudad entera de soldados y marineros, con sus dientes bien afilados y sus estómagos hambrientos.

Si de don Juan de Austria hubiese dependido, las galeras españolas habrían partido de las costas de España sin pérdida de momento. El capitán general del Mediterráneo tenía prisa por salir a escena. Ya en abril corrió el rumor de que se disponía a trasladarse a Italia, después de haber visitado en

Vallador a su madre adoptiva, la esposa de don Luis Quijada.[47] El marqués de Santa Cruz, al llegar a Barcelona el 30 de abril, al mando de algunas galeras napolitanas, tuvo informes de que don Juan se disponía a embarcarse en Cartagena, y decidió, sin pensarlo más, unirse a él, con la esperanza de

apresar por el camino algunos barcos corsarios.[48] Pero en Cartagena no

encontró ni rastro de don Juan.[49] En realidad, los poderes de España aguardaban todavía detalles más precisos acerca de la Liga: todavía el 17 de[II-596] marzo don Juan de Austria se preguntaba, en Aranjuez, cuándo le llegaría la

hora de partir.[50] Había, además, otras dificultades que demoraban la partida de la flota, pese a la impaciencia de quien había de mandarla. La primera era la necesidad de reforzar los contingentes de soldados que habían de embarcar en las galeras. La segunda, la decisión de que viajasen con don Juan hasta Nápoles los archiduques austriacos, que residían en España desde el año

1564[51] y regresaban ahora a Viena: así lo explica Felipe II el 7 de mayo, en carta a Granvella, a quien la muerte del duque de Alcalá había convertido,

provisionalmente, en virrey de Nápoles.[52] En una palabra, las demoras previstas eran tales, que se juzgó preferible no esperar las galeras españolas ni las de Santa Cruz, para embarcar, en las playas de Génova, a los 1 000 italianos y a los 8 000 alemanes que allí aguardaban a ser transportados hacia el sur, y se dio orden a las galeras de Sicilia para que subiesen inmediatamente hasta Sicilia con esta comisión.

Sin embargo, la tan esperada noticia de la conclusión de la Liga precipitó los últimos preparativos. El mismo día salió de Madrid don Juan de Austria para ir a tomar el mando de la flota. Juan Andrea Doria partió de Barcelona rumbo a Génova con una sola galera, para preparar en su ciudad el

recibimiento de don Juan,[53] quien el 16 se encontraba en Barcelona, donde se le unieron, unas tras otras, las galeras del marqués de Santa Cruz, las de don Álvaro de Bazán y las mandadas por Gil de Andrade, más un buen golpe de diversos navíos y, a bordo de toda esta flota, los dos tercios españoles de

Miguel de Moneada y de López de Figueroa,[54] retirados de Andalucía.

Por fin, el 26 de junio se expidieron desde Madrid las instrucciones destinadas a don Juan y que, por las restricciones a que se veía sometida su autoridad, le pusieron en un estado de cólera rayana en la desesperación. ¿Quién habría conspirado contra él, una vez más, cerca de su hermano?[II-597] ¿Cómo abandonarse, con un hermano así, a la confianza y al optimismo? En carta escrita de su puño y letra, bajo el golpe de la primera emoción, el 8 de

julio,[55] inquiere de Ruy Gómez, “como de un padre”, los motivos de que hubiese caído, manifiestamente, en desgracia. El estilo de esta carta es

apasionado, conmovedor e inquietante, a la vez. Tiene razón Hartlaub[56] cuando dice que las emociones de aquellos días debieron de marcar una gran fisura en la joven vida de don Juan. Hiciéronle comprender que su situación inferior de hijo natural era fatal e irremediable, que el rey no confiaba en él. ¿Cómo, si no, explicarse que, en el momento mismo en que se disponía a partir para la ceremoniosa Italia, se le rehusara el título de Alteza, para concederle solamente el de Excelencia? ¿Y para qué, de no haber sido así, rodear su mando real de tantas prudentes restricciones, que lo convertían, a fuerza de cortapisas, en un título vacuo? ¿Para qué obligarle a no dar un solo

paso sin consultar antes el parecer de unos y otros? El 12 de julio[57] escribía directamente al rey para exponerle sus agravios…

Otra preocupación más era el retraso de la flota.[58] Había habido que aguardar a que llegaran las galeras retenidas en Málaga y en Mallorca, donde cargaban soldados, víveres y galleta. Los archiduques Rodolfo y Ernesto no

llegaron a Barcelona hasta el 29 de junio.[59] Sin embargo, el grueso de la

flota se hizo a la vela el 18,[60] y el 26, a pesar del mal tiempo, llegaba a

Génova. Don Juan no permaneció allí sino hasta el 5 de agosto,[61] el tiempo estrictamente necesario para embarcar las tropas, los víveres y el material previstos y asistir a las fastuosas fiestas organizadas en su honor. El día 9

llegaba a Nápoles.[62] Las recepciones y los preparativos de marcha lo

retuvieron en esta ciudad hasta el 20.[63] [64] El 24 llegaba, por fin, a Mesina.

Demasiado tarde, opinaban Requeséns y Juan Andrea Doria, quienes[II-598] aconsejaban limitarse a una actitud estrictamente defensiva. También el viejo don García de Toledo enviaba desde Pisa consejos prudentes y pesimistas

sobre las ventajas que, a su juicio, llevaba ya la armada turca.[65] Pero don Juan sólo dio oídas a los jefes venecianos y a los capitanes españoles de su séquito, partidarios de la acción, y, habiendo tomado una decisión, se aplicó a su cometido con aquella pasión tan propia de su temperamento.