El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Prólogo a la primera edición francesa
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN [I-12]
FRANCESA
Amo apasionadamente al Mediterráneo, tal vez porque, como tantos otros, y después de tantos otros, he llegado a él desde las tierras del norte. Le he dedicado largos y gozosos años de estudios, que han sido para mí bastante más que toda mi juventud. Confío en que, a cambio de ello, un poco de esta alegría y mucho de su luz se habrán comunicado a las páginas de este libro. El ideal sería, no cabe duda, poder manejar a gusto de uno al personaje de nuestro libro, no perderle de vista un solo instante, recordar constantemente, a lo largo de todas las páginas, su gran presencia. Pero, por desgracia o por fortuna, nuestro oficio no tiene ese margen de admirable agilidad de la novela. El lector que desee abordar este libro como a mí me gustaría que lo abordase hará bien en aportar a él sus propios recuerdos, sus visiones precisas del mar interior, coloreando mi texto con sus propias tintas y ayudándome activamente a recrear esta vasta presencia, que es lo que me he esforzado en hacer en la medida en que he podido… Creo que este mar, como cada cual pueda verlo y amarlo, sigue siendo el más valioso de los documentos para ilustrar su vida pasada. Aunque no haya retenido más idea que esta de las enseñanzas recibidas de los geógrafos que tuve por maestros en la Sorbona, la he hecho mía con una tenacidad que da su tónica y su sentido a mi obra.
Tal vez alguien piense, y con razón, que otro ejemplo más sencillo que el del Mediterráneo me habría permitido destacar con mayor fuerza los nexos permanentes que unen la historia al espacio, sobre todo si se tiene en cuenta que, visto a la escala del hombre, el mar interior del siglo XVI era aún mucho más vasto que en nuestros días. Es un personaje complejo, embarazoso, difícil de encuadrar. Escapa a nuestras medidas habituales. Inútil querer escribir su historia lisa y llana, a la manera usual: «nació el día tantos de tantos…»; inútil tratar de exponer la vida de este personaje buenamente, tal y como las cosas sucedieron… El Mediterráneo no es siquiera un mar; es, como se ha dicho, un «complejo de mares», y de mares, además, salpicados de islas, cortados por penínsulas, rodeados de costas ramificadas. Su vida se halla mezclada a la tierra, su poesía tiene mucho de rústica, sus marinos son, cuando llega la hora, campesinos tanto como hombres de mar. El Mediterráneo es el mar de los olivos y los viñedos, tanto como el de los estrechos barcos de remos o los navíos redondos de los mercaderes, y su historia no puede separarse del mundo terrestre que lo envuelve, como la arcilla que se pega a las manos del artesano que la modela. Lauso la mare a tente’n terro («Elogia el mar y quédate en tierra»), dice un proverbio provenzal. Por ello cuesta trabajo saber, exactamente, qué clase de personaje histórico es este Mediterráneo: necesitamos, para llegar a averiguarlo, poner en la empresa mucha paciencia, revolver muchos papeles y exponernos, evidentemente, a ciertos errores inevitables. Nada más nítido que el Mediterráneo del oceanógrafo, o el del geólogo, o el del geógrafo: trátase de campos de estudio bien deslindados, jalonados y marcados por sus etiquetas. No así el Mediterráneo de la historia. Cien advertencias autorizadas nos previenen y ponen en guardia: el Mediterráneo no es esto, ni es aquello, ni lo de más allá; no es un mundo que se baste a sí mismo, no un prado con lindes bien definidas. Desgraciado, diríamos nosotros, aleccionados por la experiencia, desgraciado del historiador que crea que esta cuestión prejudicial ni se plantea, que el Mediterráneo es un personaje histórico que no hay por qué definir, que se halla definido desde hace mucho tiempo, como algo claro y nítido, que cabe reconocer a primera vista y que podemos captar sin más que recortar la historia universal, siguiendo la línea de puntos de sus contornos geográficos. ¿De qué sirven estos contornos para nuestras investigaciones?
¿Podríamos, en efecto, escribir la historia de este mar, aunque solo fuese durante un periodo de cincuenta años, haciéndola detenerse, por una punta, en las Columnas de Hércules, y por la otra, en el pasillo marítimo cuyos bordes vigilaba ya la antigua Ilión? Y estos problemas del encuadramiento, los primeros que se nos plantean, traen en seguida consigo todos los demás: delimitar es definir, analizar, reconstruir y, cuando haga falta, elegir, incluso adoptar una filosofía de la historia.
Es cierto que tenemos ante nosotros, para ayudarnos en esta empresa, una masa portentosa de artículos, de memorias, de libros, de publicaciones, de estudios, unos de historia pura y otros, no menos interesantes, escritos por nuestros vecinos, los etnógrafos, los geógrafos, los botánicos, los geólogos, los especialistas en tecnología… No hay en el mundo ámbito mejor esclarecido, más cargado de humanidad, mejor inventariado que este del mar interior y el de las tierras iluminadas por su reflejo. Pero, hay que decirlo, aun a trueque de pasar por ingratos a los ojos de nuestros antecesores: esta masa de publicaciones abruma al investigador como una lluvia de ceniza. Muchos de estos estudios hablan en un lenguaje pretérito, anticuado en más de un respecto. Lo que les interesa no es el vasto mar, sino tal o cual minúsculo trozo de su gran mosaico, no su extensa y agitada vida, sino los actos o los gestos de los príncipes y los ricos, un polvo de hechos menudos, que nada tiene que ver con la poderosa y lenta historia que a nosotros nos preocupa. Muchos de estos estudios necesitan ser revisados, reajustados para encuadrarlos dentro del conjunto, removidos para infundirles nueva vida.
No cabe tampoco trazar la historia de este mar sin el conocimiento exacto de las vastas fuentes de sus archivos. Tarea esta que parece superior a las fuerzas del historiador aislado. No hay, en el siglo XVI, Estado mediterráneo cuyos cartularios no estén, por lo general, repletos de documentos salvados de los incendios, de los sitios, de las calamidades de todas clases por las que pasó el mundo mediterráneo. Para inventariar y clasificar estas fuentes auténticas, para sondear estas minas del más bello oro histórico, harían falta, no ya una vida, sino veinte vidas, veinte investigadores, consagrado cada uno de ellos a esta tarea con su vida propia. Tal vez llegue el día en que no se trabaje en las canteras de la historia con nuestros métodos de pequeños artesanos… Ese día, acaso sea dable escribir la historia general sobre los textos originales, y no, como hoy suele hacerse, sobre libros más o menos de primera mano. Huelga decir que, por muy amplio que mi esfuerzo haya sido en este punto, no he podido consultar, ni mucho menos, todos los documentos de los archivos que he tenido a mano; que mi libro se basa en una investigación forzosamente parcial; que sé de antemano que sus conclusiones serán revisadas, discutidas, desplazadas por otras, y que deseo que así sea. Así progresa y tiene que progresar la historia.
Por otra parte, y por su propia naturaleza, por sus realidades técnicas, por su situación cronológica poco favorable entre las últimas grandes llamaradas del Renacimiento y de la Reforma y esa época dura y ya de repliegue que ha de ser el siglo XVII (digamos también entre dos tajos de historia), el Mediterráneo de la segunda mitad del siglo XVI es, indudablemente, como escribía Lucien Febvre, «un tema engañosamente hermoso». ¿Hace falta señalar el interés que encierra? No creemos que carezca de utilidad saber qué sucede en el mar interior en los umbrales de la época moderna, en el momento en que el mundo deja de girar en torno de él, de vivir para él, con él y ajustándose a su ritmo. La decadencia inmediata de este mar y de este mundo, de que tanto se habla, no me parece un hecho probado; o, más exactamente, todo parece demostrar lo contrario. Pero, al margen de este drama, tengo para mí que todos los problemas planteados por el Mediterráneo son de una excepcional riqueza humana y que interesan, por tanto, a historiadores y no historiadores. Y creo, incluso, que estos hechos ayudan también a iluminar el tiempo presente, que no se hallan desprovistos de «utilidad», en el sentido estricto de la palabra, tal como Nietzsche la exigía de la misma historia.
No voy a extenderme más sobre el aliciente y las tentaciones que este tema encierra. Sus insidias, quiero decir sus dificultades, sus traiciones, ya las he enumerado. Añadiré, si acaso, otra, a saber: que no he podido contar, entre nuestras obras de historia, con ninguna que me brindara una guía segura. Un estudio histórico centrado sobre un espacio líquido encierra todos los encantos, pero también, y más todavía, todos los peligros de una novedad. Ante una balanza cuyos dos platillos, igualmente cargados, se equilibraban, ¿habré tenido razón al inclinarme, a la postre, por el lado del riesgo, al creer, atentando contra la prudencia, que valía la pena correr la aventura?
Puede servirme de excusa la historia misma de este libro. Cuando lo emprendí, en 1923, fue bajo la forma clásica, indudablemente más prudente, de un estudio consagrado a la historia mediterránea de Felipe II. Mis maestros de entonces lo elogiaron mucho. Lo veían encuadrado dentro de los marcos de aquella historia diplomática bastante indiferente a las conquistas de la geografía, poco atenta (como la diplomacia misma con harta frecuencia) a la economía y a los problemas sociales; bastante desdeñosa para los grandes hechos de la civilización, las religiones, así como las letras y las artes, los grandes testigos de toda historia digna de su nombre; de aquella historia diplomática que, arrellanada en su parti pris, no se dignaba mirar más allá de las oficinas de las cancillerías, para contemplar las realidades de la vida, espesa y fecunda. Explicar la política del Rey Prudente significaba, ante todo, sopesar las responsabilidades que, en la elaboración de esta política, les cabían al soberano y a sus consejeros y las que incumbían al papel de las cambiantes circunstancias; equivalía a determinar los grandes factores y los factores de menor importancia; a reconstruir el mapa general de la política mundial de España, de la que el Mediterráneo no fue más que un sector, y no por cierto privilegiado.
Al llegar la década de 1580, la fuerza de España se vio, en efecto, empujada de golpe hacia el Atlántico. Era aquí, consciente o no del peligro, donde el vasto imperio de Felipe II tenía que hacerle frente y defender su existencia amenazada. Un poderoso movimiento bascular lo empujaba hacia sus destinos oceánicos. Interesarse por este juego subterráneo, por esta física de la política de España, anteponiendo estas investigaciones a la clasificación de las responsabilidades de un Felipe II o de un don Juan de Austria, pensando, además, que estos grandes personajes, pese a las ilusiones que pudieran hacerse, fueron con frecuencia juguetes tanto como actores de los acontecimientos, equivalía ya a salirse de los cuadros tradicionales de la historia diplomática; preguntarse, en fin, si el Mediterráneo no había tenido, por encima de este lejano y agitado juego de España como potencia (juego bastante gris, por lo demás, si dejamos a un lado el gran acto pasional de Lepanto), su historia propia, su destino, su poderosa vida, y si esta vida no merecía otra cosa que el papel de un pintoresco telón de fondo; equivalía a dejarse llevar de la tentación de este inmenso y peligroso tema que a la postre me ha aprisionado.
¿Cómo podía no darme cuenta de ello? ¿Cómo perseguir, de archivo en archivo, el documento revelador, sin tener los ojos bien abiertos a esta vida, tan diversa y animada? ¿Cómo no volver la atención, ante tantas actividades nutricias y heterogéneas, a aquella historia económica y social, revolucionaria, que un puñado de trabajadores se esforzaba por elevar, en Francia, al rango que nadie le disputaba ya ni en Alemania ni en Inglaterra, ni en los Estados Unidos, ni siquiera en Bélgica, tan cercana a nosotros, o en Polonia? Captar la historia del Mediterráneo en su masa compleja era seguir el consejo de estos hombres, ponerse a la sombra de su experiencia, acudir en su ayuda, tomar partido por una forma nueva de historia, repensada y elaborada dentro de nuestras fronteras y que merece trasponerlas; una historia imperialista, sí, no cabe duda, consciente de sus problemas y de sus posibilidades, pero deseosa también, por hallarse obligada a romper con ellas, de destruir las formas antiguas, con más o menos justicia, por lo demás, pero esto ¡qué importa! ¿No era una excelente ocasión, al tratar de un personaje que no encaja en ninguno de los moldes establecidos, para aprovecharse de su masa, de sus exigencias, de sus resistencias y de sus celadas, pero también de su brío, en el intento de construir la historia de otro modo del que nuestros maestros nos han enseñado?
Toda obra se siente revolucionaria y pretende ser una conquista, se esfuerza en serlo. El Mediterráneo nos habría prestado un gran servicio, aunque solo hubiese sido por eso, por obligarnos a salir de nuestra rutina.
Este libro se divide en tres partes, cada una de las cuales es, de por sí, un intento de explicación de conjunto.
La primera trata de una historia casi inmóvil, la historia del hombre en sus relaciones con el medio que le rodea; historia lenta en fluir y en transformarse, hecha no pocas veces de insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente reiniciados. No he querido olvidarme de esta historia, casi situada fuera del tiempo, en contacto con las cosas inanimadas, ni contentarme tampoco, a propósito de ella, con las tradicionales introducciones geográficas de los estudios de historia, inútilmente colocadas en los umbrales de tantos libros, con sus paisajes minerales, sus trabajos agrícolas y sus flores, que se hacen desfilar rápidamente ante los ojos del lector, para no volver a referirse a ellos a lo largo del libro, como si las flores no rebrotaran en cada primavera, como si los rebaños se detuvieran en sus desplazamientos, como si los barcos no tuviesen que navegar sobre las aguas de un mar real, que cambia con las estaciones.
Por encima de esta historia inmóvil se alza una historia de ritmo lento: la historia estructural de Gaston Roupnel, que nosotros llamaríamos de buena gana, si esta expresión no hubiese sido desviada de su verdadero sentido, una historia social, la historia de los grupos y las agrupaciones. Cómo este mar de fondo agita el conjunto de la vida mediterránea es lo que me he esforzado por exponer en la segunda parte de mi libro, estudiando sucesivamente las economías y los Estados, las sociedades y las civilizaciones e intentando, por último, poner de manifiesto, para esclarecer mejor mi concepción de la historia, cómo todas estas fuerzas profundas entran en acción en los complejos dominios de la guerra. Pues la guerra no es, como sabemos, un dominio reservado exclusivamente a las responsabilidades individuales.
Finalmente, la tercera parte, la de la historia tradicional o, si queremos, la de la historia cortada, no a la medida del hombre, sino a la medida del individuo, la historia de los acontecimientos, de François Simiand: la agitación de la superficie, las olas que alzan las mareas en su potente movimiento. Una historia de oscilaciones breves, rápidas y nerviosas. Ultrasensible por definición, el menor paso queda marcado en sus instrumentos de medida. Historia que tal y como es, es la más apasionante, la más rica en humanidad, y también la más peligrosa. Desconfiemos de esta historia todavía en ascuas, tal como las personas de la época la sintieron y la vivieron, al ritmo de su vida, breve como la nuestra. Esta historia tiene la dimensión tanto de sus cóleras como de sus sueños y de sus ilusiones.
En el siglo XVI, después del verdadero Renacimiento, viene el Renacimiento de los pobres, de los humildes, afanosamente entregados a la faena de escribir, de contarse las cosas, de hablar de los otros. Toda esta preciosa balumba de papeles es harto deformante, invade abusivamente este tiempo perdido, ocupa en él un lugar que desentona de la verdad. El lector que se dedicara a leer los papeles de Felipe II, como si estuviera sentado en el sitio de este, se vería transportado a un mundo extraño, al que le faltaría una dimensión; a un mundo poblado, sin duda, de vivas pasiones: a un mundo ciego, como todo mundo vivo, como el nuestro, despreocupado de las historias de profundidad, de esas aguas vivas sobre las cuales boga nuestra barca, como un navío borracho, sin brújula.
Un mundo peligroso, diríamos nosotros, pero cuyos sortilegios y cuyos maleficios hubiéramos conjurado de antemano, al fijar aquellas grandes corrientes subterráneas y a menudo silenciosas cuyo sentido solo se nos revela cuando abrazamos con la mirada grandes periodos de tiempo. Los acontecimientos resonantes no son, con frecuencia, más que instantes fugaces, en los que se manifiestan estos grandes destinos y que solo pueden explicarse gracias a ellos.
Hemos llegado, así, a una descomposición de la historia por pisos. O, si se quiere, a la distinción, dentro del tiempo de la historia, de un tiempo geográfico, de un tiempo social y de un tiempo individual. O, si se prefiere esta otra fórmula, a la descomposición del hombre en un cortejo de personajes. Tal vez sea esto lo que menos se me perdonará, aunque afirme, defendiéndome de antemano, que también los recortes tradicionales fraccionan la historia viva y sustancialmente una; aunque sostenga, en contra de Ranke o de Karl Brandi, que la historia-relato no es un método, o no es el método objetivo por excelencia, sino también una filosofía de la historia: aunque asevere, y demuestre más adelante, que estos planos superpuestos no pretenden ser otra cosa que medios de exposición y no me abstenga, ni mucho menos, de pasar de uno al otro, sobre la marcha… Pero ¿para qué alegar? Si alguien me reprocha que no he sabido ensamblar los elementos de este libro, espero que encontrará en él, por lo menos, piedras convenientemente cortadas, conforme a las reglas de nuestras canteras.
Espero, también, que nadie me echará en cara mis excesivas ambiciones, el deseo y la necesidad que he sentido de ver las cosas en grande. No creo que la historia esté condenada a no estudiar más que los huertos sólidamente cercados. Si así lo hiciera, ¿no faltaría a uno de sus deberes actuales, que es también el de contestar a los angustiosos problemas de la hora, el de mantenerse en contacto con las ciencias, tan jóvenes, pero tan imperialistas también, del hombre? ¿Puede existir, en este año de 1946, un humanismo actual, sin historia ambiciosa, consciente de sus deberes y de sus inmensos poderes? «Es el miedo a la gran historia el que ha matado la gran historia», escribía Edmond Faral, en 1942. ¡Ojalá pueda vivir!
La lista de aquellos de quienes me siento deudor es larga. Para ser completa, exigiría un volumen entero. Citaré solamente los nombres esenciales. Mi gratitud se vuelve, ante todo, hacia mis maestros de la Sorbona de hace veinte años: Albert Demangeon, Émile Bourgeois, Georges Pagès, Maurice Holleaux y Henri Hauser, a quien debo mi primera orientación hacia la historia económica y social y cuya viva amistad me ha sostenido y reconfortado constantemente. En Argel, me ha servido de mucho la amistosa ayuda de Georges Yver, de Gabriel Esquer, de Émile-Félix Gautier y de René Lespès; y, en 1931, tuve el placer de oír allí las maravillosas enseñanzas de Henri Pirenne.
Quiero dar las gracias muy especialmente a los archiveros españoles, que tanto me han ayudado en mis investigaciones y que fueron mis primeros maestros de hispanismo: Mariano Alcocer, Ángel de la Plaza, Miguel Bordonau, Ricardo Magdaleno, Gonzalo Ortiz… Los recuerdo a todos con placer, y recuerdo nuestras discusiones en Simancas, capital «histórica» de España. En Madrid, Francisco Rodríguez Marín me acogió con su gracia de príncipe del espíritu… Expreso también mi agradecimiento a los archiveros italianos, alemanes y franceses, a quienes abrumé de consultas, en el curso de mis investigaciones. Y debo mencionar aparte, en este capítulo de gracias, al señor Truhelka, reputado astrónomo e incomparable archivero de Dubrovnik, el gran amigo de mis viajes a través de los archivos y las bibliotecas.
También es muy larga, y dispersa por varios países, la lista de mis colegas y de mis estudiantes en Argel, São Paulo y París, que, en una medida o en otra, me aportaron su ayuda. Debo dar las gracias, especialmente, a Earl J. Hamilton, Marcel Bataillon, Robert Ricard y André Aymard, quienes me prestaron su valioso concurso por diversos conceptos. Entre mis camaradas de cautiverio quiero citar a dos, que se asociaron a mis trabajos: Maître Addé-Vidal, abogado en la corte de Apelación de París, y Maurice Rouge, urbanista y a ratos historiador. Y no olvido tampoco la ayuda que jamás me ha regateado el pequeño grupo de la Revue Historique —Maurice Crouzet y Charles-André Julien—, en los tiempos en que Charles Bémont y Louis Eisenmann protegían allí nuestra agresiva juventud.
Pero la mayor parte de mis deudas de gratitud es la que tengo con los Annales, con su enseñanza y con su espíritu. Sabido es que procuro hacer honor a ella lo mejor que puedo. Antes de la guerra, solo pude mantener un primer contacto con Marc Bloch. Creo poder asegurar, sin embargo, que he procurado captar hasta los más pequeños detalles de su rico pensamiento.
¿Puedo añadir, por último, que este trabajo que el lector tiene entre sus manos no habría llegado a terminarse tan pronto a no haber sido por la afectuosa y enérgica solicitud de Lucien Febvre? Sus estímulos y sus consejos me ayudaron a salir de una larga zozobra con respecto a la razón de ser del empeño en que me había metido. Es casi seguro que a no ser por él, me habría engolfado una vez más en mis investigaciones y en mis legajos. El inconveniente de las empresas demasiado ambiciosas es que se pierde uno en
ellas, a veces con complacencia[1].
Mayo de 1946