El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Guerras de religión en la Francia mediterránea

De 1589 a 1598, Francia pasa por dos crisis: de 1589 a 1595 es una crisis sobre todo interior, la más dura que haya vivido el país desde que comienzan las perturbaciones; luego, de 1595 a 1598, es la guerra abierta contra España, una crisis exterior. Ambas agitan y conmueven fuertemente al país, pero sólo interesan a nuestro tema como acontecimientos marginales.

 

Guerras de religión en la Francia mediterránea

 

El Mediodía mediterráneo no llega a desempeñar, a pesar de todo, más que un papel puramente secundario en las guerras religiosas de Francia. La herejía, causa y pretexto de las perturbaciones del país, se preocupó más de ganar el delfinado, penetrando por allí a España, y el Languedoc y, a través de él, Italia, que de llegar al vacío del mar, por la Provenza. Entre el Languedoc y el delfinado, el ámbito provenzal permanece relativamente en calma. Lo que no impide que repercutan en esta zona múltiples y sangrientas agitaciones y que se produzcan en él grandes alertas, en los años de 1562, 1568 y 1579… Principalmente durante este último año, en que se producen verdaderas

sublevaciones campesinas, que asuelan el país.[99] La guerra instalóse entonces allí de un modo endémico, con sus matanzas y sus saqueos. Como en el resto de Francia después de los años 1580, todo fermenta ahora y se

descompone en la Provenza, país todavía mal hilvanado al reino,[100] pobre y ávido de libertad, con sus duras rivalidades locales, sus ciudades celosas de sus privilegios y su nobleza espantosamente turbulenta… Pero ¿podríamos, aunque quisiéramos, poner en orden este polvo de la historia, señalar con precisión las responsabilidades de las sórdidas guerras locales entre carcistas y razas, y más tarde, entre ligueurs y bigarrats, de estos múltiples dramas, que se precipitan con los últimos años del reinado de Enrique III, y después

con su asesinato, el 1 de agosto de 1589?[101]

No cabe duda de que, después de 1589 y por lo menos hasta 1593, lo esencial del drama francés se localiza en el norte, desde los Países Bajos hasta París y desde París hasta la Normandía y la Bretaña. Pero también en el Mediodía se agravan las cosas. Aquí como en otras partes, los comienzos del[II-744] reinado de Enrique IV presencian el desgajamiento del reino en ciudades, señoríos y hasta bandas autónomas. Viene luego la reconstrucción, bastante rápida: los granos de arena se aglomeran de nuevo y reconstituyen entre todos los sólidos sillares del antiguo edificio. Esta historia, simple en su ritmo, es, sin embargo, complicada hasta lo absurdo en sus detalles. Cada grano de arena que vuela tiene su cronista o su historiador; cada personaje más o menos importante, su biógrafo.

En el Mediodía mediterráneo, lato sensu, se entrecruzan seis o siete aventuras: las aventuras, opuestas, de Montmorency y el duque de Joyeuse en el Languedoc; la del duque de Épernon en la Provenza; la del condestable de

Lesdiguières[102] en el delfinado y en torno de él; la del duque de Nemours en

el lionesado;[103] la del Saboyano desde la Provenza hasta los aledaños del lago de Ginebra; por último, recubriéndolo todo, el lento y complicado juego de Felipe II. De todos estos personajes, solamente tres trabajan para Enrique IV: Montmorency, Lesdiguières y d’Épernon. Y tal vez exageramos al decir que trabajan; el término es demasiado simple, y por lo que respecta cuando menos a uno de los personajes, el duque de Épernon, es francamente inexacto. Lo cierto es que el duque, como tantos otros entonces, trabajó sobre todo para

sí mismo y, en noviembre de 1594, tomó partido por el extranjero.[104]

Para explicarlo todo sería necesario seguir todas y cada una de estas aventuras, tarea harto difícil, pues chocan unas con otras y se enredan entre sí. Pero, tomadas en su conjunto y vistas geográficamente, se organizan con bastante claridad en dos guerras bastante distintas y de destinos diferentes: una es la que se libra en el Languedoc y termina, prácticamente, al final del año 1592; la otra tiene su centro en la Provenza y no acaba hasta 1596. Y ya esto basta, al parecer, para echar por tierra los cálculos que a priori pudiéramos establecer: en un territorio cercano a ella, a sus mismas puertas, como el Languedoc, España no logra sostener una guerra que, sin embargo, alimenta en la lejana región de la Provenza hasta 1596. Las circunstancias, hemos de verlo, explican con bastante claridad esta aparente paradoja…

En el Languedoc, los adversarios de Enrique IV tenían muchos triunfos en su mano. Los respaldaba España, una España instalada en Cerdeña y en el Rosellón, que avanzaba hasta mucho más allá del norte de los Pirineos y que[II-745] disponía de lo que podemos llamar la supremacía marítima en el Mediterráneo. Contaban, además, con estos otros simpatizantes: por el oeste, la Guyena, donde los ligueurs disponían de importantes fuerzas; por el este, la Provenza, que se había declarado en masa contra el rey herético.

En cambio, el duque de Montmorency, devoto del nuevo rey, contaba con fuerzas muy serias en Montpellier; podía además, unirse fácilmente, por Pont-Saint-Esprit, a las fuerzas, siempre dispuestas para intervenir, que seguían a Lesdiguières en el delfinado. Dueños de la ruta del Ródano, o capaces, por lo menos, de cortarla cuando les conviniera, los “realistas” tenían, pues, en sus manos, un medio para presionar sobre el conjunto de los países mediterráneos. Además, el Languedoc lindaba con un Mediterráneo muy singular: el golfo de León, hostil a las galeras y durante gran parte del año, todos los inviernos, agitado por los temporales… Los marinos se lo decían a

Felipe II, quien les confiaba allí difíciles misiones,[105] no pocas veces irrealizables: transportes de tropas o de provisiones, incursiones contra los corsarios franceses, o aquella imposible destrucción del fuerte de Briscon,

tantas veces solicitada. Agreguemos que, a partir de 1588,[106] Montmorency disponía de una flota de bergantines y fragatas, pequeños barcos rápidos y ligeros, saqueadores de los navíos catalanes, que prestaron tan buenos servicios, después de 1589, en el bloqueo del puerto de Narbona. Las pesadas galeras españolas podían poco contra estos esquifes, casi tan poco como las de Venecia contra los navíos de los uscoques. De este modo, y aun sin disponer de la supremacía en el mar, Montmorency podía recibir

tranquilamente, por esta vía, refuerzos de Córcega[107] [108] y remos de Liorna.

En realidad, los ligueurs tenían ante sí una partida más difícil y[II-746] complicada de lo que a primera vista parecía, y, desgraciadamente para ellos, había sido confiada a manos poco hábiles: las del duque de la Joyeuse, hijo del mariscal. Al principio, todo fue bien. El duque volvióse, en efecto, inmediatamente, hacia la cercana España. En las primeras jugadas logró algunos éxitos y se apoderó de la importante plaza de Carcasona, aunque los “realistas retuvieron en sus manos el ‘burgo’, según indica un aviso español

de 8 de mayo de 1590.[109] En el mismo momento, Montmorency concentraba sus tropas en Pont-Saint-Esprit, dispuesto a atacar el Narbonesado. Inquieto, el duque de Joyeuse escribía a Felipe II: “Los asuntos de los católicos del Languedoc se hallan en tal estado, que si no se provee a ello muy pronto, quiero decir en estos mediados de junio, es de temer que el rey herético se adueñe de todo, pues el señor de Mommoransi, que es su principal jefe y que

manda por él en el dicho país, está levantando un gran ejército…”[110]

El comunicante recarga tal vez las tintas negras, pues se propone, con su parte, conseguir subsidios y recursos, aquellos recursos y subsidios que tanto tardaban en llegar de la riquísima España. Pero, con todo, la situación era seria. El 12 de junio, Joyeuse aún no ha recibido nada y se alarma ante el pensamiento de que sus adversarios se apresten a “… trabajar a los dichos católicos en esta cosecha y a quitarles todo medio de mantenerse en su santa

resolución…”[111] El 22 de junio, nuevas quejas y nueva petición de auxilio, acompañadas del envío de un agente, el arcediano Villemartin, cerca del Rey

Católico;[112] más quejas, el 10 de julio, en relación con las ayudas

prometidas y que no acaban de llegar.[113] El duque escribía, en esta fecha, a Felipe II: “Suplico muy humildemente a Vuestra Majestad que me perdone si me atrevo a importunarle tantas veces con la representación que le hago de nuestras necesidades, lo que no haría si no supiese el celo que Vuestra Majestad pone en la conservación de la religión católica y el honor que se ha dignado hacerme al asegurarme que deseaba hacerse cargo de ella en esta

provincia”.[114] En agosto, ¿han llegado, por fin, los socorros de Felipe II? Al[II-747] parecer, no; por lo menos, no todos… Cierto que una carta señala el próximo aprovisionamiento de soldados alemanes por las galeras españolas, cerca de

Narbona,[115] y otra indica también que ha sido entregada una parte de la

pólvora prometida.[116] Pero, por los mismos días, sabemos que los lansquenetes alemanes se negaban, por falta de paga, a entrar en “territorio

enemigo”, dicho en otros términos, a combatir…[117] Era el pan nuestro de cada día de la guerra… Y el pequeño juego continúa, con súplicas incesantemente repetidas y lentas respuestas, con magníficas promesas seguidas de los incumplimientos habituales y, de vez en cuando, algunos raros éxitos.

Así continúa por espacio de dos años, mal que bien. Hasta que, en 1592, se produce, al sur de los Pirineos, el importantísimo asunto de Aragón. Una parte de los aragoneses se levantan en defensa de Antonio Pérez. El fugitivo y sus amigos habían encontrado refugio en Bearne, donde la hermana de Enrique IV, Catalina, supo aprovechar la ocasión que se le deparaba, mandando al otro lado de los Pirineos bandas armadas para incursiones en el

país aragonés.[118] Felipe II, de pronto, retiene todas sus tropas al sur del Pirineo y abandona a su suerte al señor de Joyeuse y a los católicos del Languedoc. Éstos, desesperados y jugándose el todo por el todo, intentan, en septiembre, apoderarse de Villemur sobre el Tarn, con la esperanza de poder

llegar, después, al Quercy y a la Guyena, abandonando aquella plaza[119] para proseguir la lucha en otra parte. Empresa que termina con un desastre en el que los católicos pierden, según un informe de 4 de noviembre de 1592, toda

su infantería y su artillería.[120] A los vencidos no les quedaba ya más recurso que la Majestad del Rey Católico, “cristiana entre las cristianas y la más católica de las católicas, en la cual se funda, después de Dios, toda

esperanza”.[121] Pero la angustiosa apelación no fue escuchada.

A comienzos del año siguiente se concierta una tregua, cuya noticia corre[II-748]

a París, hacia mediados de febrero de 1593.[122] La guerra civil en el Languedoc mediterráneo terminaba, así, con una rapidez y un éxito que los

realistas no habían esperado.[123] En el Languedoc continental, alrededor de Tolosa, la lucha prosigue hasta el año 1596. Pero la victoria de 1593, por el este, tenía su importancia; cortaba en dos esta zona sublevada, que a comienzos del reinado de Enrique IV se extendía desde los aledaños de Italia hasta el océano Atlántico. Y, en el punto mismo del corte, los “realistas” encontrábanse, como en el Bearne, pegando a las mismas fronteras de España.

En Provenza, la lucha había comenzado ya antes de la muerte de Enrique III y había de durar allí mucho más tiempo que en el vecino Languedoc, prolongándose, a través de sus últimas complicaciones, hasta el final de la guerra hispano-francesa, es decir, hasta 1598 (fecha en que la pequeña guarnición saboyana evacúa la plaza de Berre).

La Provenza habíase separado del reino ya en abril de 1580, es decir, antes de la muerte de Enrique III; dicho más exactamente, el Parlamento de Aix habíase adherido a la Unión católica, proclamando y reconociendo al

duque de Mayenne como “lugarteniente general del Reino”.[124] Una pequeña minoría del Parlamento se había retirado a Pertuis, en julio del mismo año.

[125] Las grandes ciudades, Aix, Arlés y (fuera ya de la Provenza, pero en el ámbito provenzal) Marsella, abrazaban todas el partido de la Liga. Lo que vale tanto como decir que la religión provenzal, dominada por sus ciudades burguesas, parapetadas detrás de sus privilegios, había tomado posición ya desde antes del advenimiento del nuevo rey de Francia. El gobernador de la Provenza, duque de Épernon, nombrado en 1587, había dejado el puesto a su hermano, Bernardo de Nogaret de Lavalette. Este, hombre enérgico y activo, no perdió la cabeza ante el nuevo peligro. Fiel al gobierno real y apoyado en[II-749] las fuerzas de Lesdiguières y en el elemento popular y campesino, hizo frente al desorden y logró, incluso, reocupar la Provenza central y meridional. Un aviso español de 1590 nos lo presenta ocupándose de fortificar la plaza de

Tolón,[126] medida encaminada, por lo demás, tanto contra el saboyano como contra cualesquiera peligros que pudieran venir por el lado del mar. Pero Lavalette no logró imponer totalmente su juego a la Provenza, como no lo lograron tampoco cuantos lo intentaron, ni en un sentido ni en otro, en los diez últimos y terribles años de lucha. En realidad, y por lo menos hasta 1596, hubo constantemente dos Provenzas, enfrentadas la una con la otra y separadas por fronteras fluctuantes y, a menudo, muy indecisas: una, afecta a Aix; la otra, fiel a la capital realista provisional de Pertuis.

Marsella, el más importante personaje del país, habíase sumado a la causa de la Liga después del asesinato del segundo cónsul realista, Lenche (abril de

1588),[127] y lo había hecho con una pasión de la que ya no habría de desmentirse. Y el entenderse con la Liga equivalía inevitablemente a enrolarse, más temprano o más tarde, con España.

Pero el verano de 1590 sólo asistió, en Provenza, al desarrollo de una intriga extranjera, la del saboyano, consorcio poco encumbrado, pero muy bien situado para actuar y más capaz de agitar la Provenza que el poderoso pero lejano Rey Católico. Carlos Emmanuel la invadió, en efecto, en julio de dicho año, respondiendo a la llamada de una intrigante partidaria de la Liga, Cristina Daguerre, condesa de Sault. El 17 de noviembre de 1590, el Saboyano llegaba a Aix, donde el parlamento lo recibía y le confiaba el gobierno militar de la Provenza, aunque sin concederle la corona condal, meta

de sus ambiciones.[128]

En este invierno de 1590 ocupan su puesto en el escenario casi todos los elementos del drama provenzal. Y si la acción no se precipita inmediatamente, se debe a que, en vez de volcar su esfuerzo sobre esta zona de influencia en que tampoco el saboyano es lo bastante fuerte para imponer por sí sólo su voluntad, España lo encamina ahora hacia Languedoc, hasta que estalla la crisis aragonesa de 1592 y se produce el desastre de Villamur, el 10 de septiembre del mismo año. Pero en 1592, en que el teatro secundario de la[II-750] Provenza es ya la única zona de acción posible en la Francia mediterránea, los españoles se deciden a intervenir en ella como si nunca hasta entonces lo hubiesen hecho. Sin poner en la empresa, por lo demás, mucha premura ni mucho empeño, y sin descartar tampoco de la escena a los actores locales, el saboyano, Lesdiguières y Lavalette…

Lo que prueba la debilidad del duque de Saboya es que, durante el invierno de 1592, Lesdiguières, primero con el concurso de Lavalette y después solo (Lavalette había sido mortalmente herido el 11 de enero de

1592, en el sitio de Roquebrune),[129] fuese capaz de rechazar a las tropas saboyanas hasta más allá del Var y, más tarde, en la primavera, de ir a sorprender al duque en sus propias tierras nizardas. Las guarniciones saboyanas, desperdigadas por la Provenza y bloqueadas sin llegar a estar

sitiadas, no dejaron de pasar apuros;[130] pero al llegar el verano, Lesdiguières se replegó de nuevo sobre los Alpes, lo que permitió a los saboyanos emprender un nuevo paseo veraniego a través de la Provenza, tomando de

paso las plazas de Cannes y Antibes, en agosto de 1594.[131] Sin embargo, estos éxitos, al igual que los anteriores, no podían se decisivos. La guerra desarrollábase en un país miserable: se reducía a una serie de golpes de mano y el vencedor triunfaba en el vacío. El duque de Épernon, quien se presentó en su gobierno a la muerte de su hermano, se instaló en él como en país conquistado, con su tropa de aventureros gascones. A la entrada del otoño, una serie de golpes directos y de ágiles operaciones, señaladas por atroces crueldades, permitiéronle arrebatar al saboyano Cannes y Antibes. ¿Volvía a estar todo en tela de juicio? En septiembre, los diputados de la Provenza “antirrealista” se vuelven hacia el Rey Católico, a quien piden ayuda y

socorro.[132] El conde de Carcés, gobernador de la Provenza en nombre de los de la Liga, nombrado en 1592 para este puesto por su suegro, el duque de Mayenne, reitera la misma petición a comienzos de 1593. Todo en vano: el éxito completo, negado por dos veces al de Saboya, fue negado también al duque de Épernon, quien, en junio-julio de 1593, fracasa en su intento de[II-751]

tomar la ciudad de Aix.[133]

En este momento sobreviene en Francia, precisamente en julio de 1593, la abjuración del rey, que viene a ponerlo todo en tela de juicio. Se produce un inmenso movimiento de adhesión al monarca, por devoción apasionada a la persona del rey y por amor a la paz. El 5 de enero de 1594, el Parlamento de Aix presta juramento al rey. Fue el primero de los Parlamentos de la Liga que

reconoció a Enrique IV.[134] El año 1594 abríase, así, con un acto que parecía decisivo, pero que en realidad no lo fue. En Provenza, este año fue, evidentemente, el año de las adhesiones y las apostasías, pero también el de las últimas intrigas y revueltas, el de los falsos cálculos, los gestos violentos, los mil regateos y chalaneos, polvo de historias pequeñas e individuales…

Un hecho se destaca entre tantos, que es el casi gran acontecimiento de la estación: los partidos de la Liga, adheridos ahora a la causa de Enrique IV, se aproximan unos a otros y vuelven todos sus pendencias contra el duque de Épernon. Ello hace que se ponga en claro el juego de este personaje. Sabe que Enrique IV no lo quiere (para que el rey le confiase el gobierno de la Provenza, en 1592, el duque había tenido que forzarle la mano) y que la nobleza del país le detesta mortalmente, y ha sabido comprender de antemano que la paz que despunta en el horizonte será el fin de su propia autoridad y de un principado independiente, con el que sin duda soñaba. ¿Qué vendría después? ¿Quién no podía prever lo peor? El duque tiene, pues, sus razones para no querer llegar a un acuerdo con la gente de Aix y con la nobleza de la Provenza, o para alarmarse ante los tratos de aquel asombroso agente a quien Enrique IV despacha para que maniobre en medio de las intrigas de la Provenza y que se llama Jacques de Beauvais La Fin. Sin embargo, y ante la doble mediación de Lesdiguières y Montmorency, no tiene más remedio que entenderse, de orden del rey, con los vecinos de Aix. Pero la mala fe de Lesdiguières y el anuncio del nombramiento del duque de Guisa, hijo de Balafré, para ocupar el gobierno de la Provenza, deciden a Épernon a

sublevarse para salvar, como dirá él mismo, su honor y su vida,[135] y sublevarse equivale, aquí, a entenderse con el saboyano y con el español. Ya en noviembre de 1594 había dado el paso, según lo revelan sus propias cartas[II-752]

y las fuentes españolas.[136] Pero la traición no se estampa sobre el papel, en

un acuerdo, hasta noviembre de 1595,[137] es decir, un año más tarde. El duque se pasa al enemigo con sus gascones y unas cuantas ciudades que aún detentaba en la Provenza e incluso, a lo que parece, fuera de ella. Entre los papeles españoles encontramos, en todo caso, una lista bastante curiosa de los bienes y las ciudades del duque de Épernon en toda Francia o, por lo menos,

los que él aseguraba que le pertenecían.[138]

Pero ¿no es un poco tardía ya esta traición del duque? En noviembre de 1595, cuando sus capitulaciones con España se protocolizan en debida forma, la suerte del Mediodía de Francia está ya decidida. Se tiende, sin embargo, con demasiada frecuencia, a olvidar que en 1594 España estaba resuelta a hacer un gran esfuerzo. El condestable de Castilla, Velasco, gobernador de Milán, había reunido un ejército importante y se aprestaba a hacer penetrar, con él, una punta hasta más allá de Saboya y el Jura, apuntando a Dijón. El

mariscal de Rossne[139] llegó a aconsejarle que, para poder mantener su caballería, estableciese sus cuarteles en Moulins, en el Borbonesado, a las

orillas del “Ailly”.[140] El ataque, en este verano de 1595, iba a dirigirse, según los planes, sobre el mismo corazón de Francia. La victoria de Fontaine-Francaise, el 5 de junio, dio al traste con estos planes, decidiendo el repliegue de la invasión. Este encuentro, insignificante desde el punto de vista militar, trajo consigo, por tanto, importantísimas consecuencias. Si, al avanzar hacia

el sur, Enrique IV dejaba desguarnecido el norte,[141] consolidaba, en cambio, hasta el mar, las posiciones que el amplio movimiento envolvente de su[II-753] adversario habría podido comprometer.

En 1596, todo volvió a entrar en los cauces del orden, en la Provenza, lo mismo el duque de Épernon que la ciudad de Marsella. El duque de Guisa derribó sin demasiado esfuerzo los dos obstáculos. En febrero, los “realistas”

dieron la batalla a la pequeña tropa del duque, en Vidauban.[142] El combate se riñó en las mismas aguas del Argens, donde perecieron, ahogados, muchos hombres. Al mes siguiente (el 26 de marzo), el duque firmaba su paz con el

rey,[143] [144] y dos meses más tarde abandonaba la Provenza. Por lo que se refiere a Marsella, en la noche del 16 al 17 de febrero una traición abrió las

puertas de la ciudad al duque de Guisa.[145]

Terminaba así un agitado periodo de la historia de la gran ciudad meridional, del que conviene decir algunas palabras. Como muchas otras ciudades de Francia, Marsella recuperó una autonomía de hecho durante estos turbulentos años. Esta ciudad, independiente, católica, enrolada en la Liga, se abandonó a sus pasiones desde abril de 1588. Pero ¿cómo arreglárselas para poder vivir, en aquella estrecha franja del reino? Fuera del reino en realidad, ya que éste se halla cortado, dislocado por sus turbulencias. Las peticiones de

trigo hechas a España son harto reveladoras de la situación.[146] Por otra parte, la guerra, que rodea a la ciudad de cerca y de lejos, no es una guerra muy moderna, que digamos; es una batalla de hombres más que de material. Y, sin embargo, cuesta cara. Marsella tiene necesariamente que montar guardias, que autorizar gastos militares. Estos sacrificios, para soportarlos de buen grado, requieren una política apasionada. Política que encarna, por espacio de cinco años, en la persona de Charles de Casaulx, a quien su reciente historiador, Raoul Busquet, sin tratar de rehabilitarla a toda costa, ilumina con

un resplandor nuevo y justo.[147] Este enérgico conductor de hombres se apodera del ayuntamiento de Marsella en febrero de 1591, por la vía revolucionaria. Y se convierte, puesto a la cabeza de la ciudad, en un administrador escrupuloso y eficiente. El juego de este hombre, entregado[II-754] únicamente a los intereses de la ciudad por él administrada, es desde el primer momento un juego sustraído a las amenazadoras intrigas del duque de Saboya, quien deseaba obtener, a través de Marsella, un enlace directo con España. En vano el duque se detiene en la ciudad en marzo de 1591; en vano intenta apoderarse por la traición (el 16-17 de noviembre de 1591) de la

persona de Saint-Victor…[148] Casaulx supo mantenerse también firmemente al margen de las querellas y las intrigas de la nobleza de la Provenza, aunque la ciudad de Marsella diese albergue, por un instante, a la condesa de Sault; pero el dictador supo desembarazarse hábilmente de ella al poco tiempo.

La “tiranía” de Casaulx se presenta ante nosotros bajo un aspecto nuevo, si nos fijamos en la política desarrollada por él en la misma ciudad de Marsella, en lo que podemos llamar su obra de asistencia pública, en la introducción de la imprenta por iniciativa suya, en sus construcciones y, sobre todo, en su popularidad. No cabe duda de que es, como toda tiranía, un régimen receloso, policiaco y rencoroso, en lo que se refiere al partido de los bigarrats, a quienes se aprehende, se destierra, confiscando sus bienes sin el menor miramiento. Pero es, al mismo tiempo, un régimen popular, favorable a la masa, al pueblo bajo. Un aviso español de 1594 pone de manifiesto la existencia, en Marsella, de una guerra contra los mercaderes ricos y los nobles. “No se sabe bien por qué [dice este aviso], pero… indudablemente,

para sacarles dinero”.[149] La ciudad, dueña de sus destinos, se halla agobiada, evidentemente, por la falta de dinero. En 1594, el papa y el gran duque de Toscana, a quienes se recurre para que la ayuden, no se avienen a prestarle ni

una “blanca”.[150] La necesidad, no menos que su ideología, obliga a Casaulx a volver los ojos a la poderosa España, para obtener de ella gracias, favores,

medios de vida.[151]

Impulsada por las circunstancias, la ciudad se compromete mucho en el juego español y acaba entregándose a él por entero. El 16 de noviembre de 1595, Le Viguier y los cónsules de Marsella escriben a Felipe II una carta harto curiosa, todavía prudente y, sin embargo, bastante categórica. Vale la

pena detenerse en ella por un instante;[152] «Habiendo Dios inspirado a[II-755] nuestras almas [escriben] el santo fuego de su celo por el sostenimiento de su causa y ante este grande y peligroso naufragio de la religión católica en Francia, nos oponemos firmemente a tantos embates como el enemigo de la fe y de este Estado ha querido darnos; por un favor particular del cielo, la religión y el estado de nuestra villa han sido mantenidos, hasta ahora, enteramente indemnes y a salvo, y tenemos el inquebrantable deseo de consagrarnos a ellos, aun a costa de nuestras vidas y las de todos nuestros convecinos, constantemente unidos en esta santa resolución. Pero, previendo que la tempestad ha de ir en aumento a medida que prosperen los negocios de Enrique de Borbón y, como quiera que los medios públicos se hallan ya agotados y los recursos de los particulares no podrían subvenir a esta grande y saludable empresa, hemos osado levantar los ojos a Vuestra Católica Majestad y recurrir a ella… como al refugio de todos los católicos, para suplicarle humildemente que se digne derramar la luz de su natural dulzura sobre una villa llena de tanto mérito por su antigua religión y su fidelidad…»

Adviértase bien que, por lo menos a juzgar por este documento, Marsella no se entrega al rey de España. Hay grados, en la “traición”. La ciudad (o, mejor dicho, su tirano, Casaulx) limítase a declarar que no está dispuesta a rendir las armas en una lucha que considera santa. Es, sobre poco más o menos, lo mismo que dice un panfleto de propaganda, memoria anónima bastante larga, impresa entre 1595 y 1596. Esta Respuesta de los Católicos franceses de la villa de Marsella a los avisos de sus vecinos heréticos y

políticos anticristianos y ateos[153] constituye un alegato bastante difuso, que no añade, en realidad, nada nuevo a las conocidas controversias de la “prensa” del tiempo de las guerras religiosas. No brilla en él precisamente la objetividad y confunde e identifica a los realistas con los ateos y a los hugonotes con los libertinos. Polémica fácil y de cortos alcances: vista a la distancia de los siglos, se nos antoja gris y desvaído todo lo que en su día daba a estos escritos su violencia y su virulencia. Lo único que merece la pena destacar es que no se diga aquí ni una palabra de las relaciones de la ciudad de Marsella con España.

Y, sin embargo, esta connivencia era algo ineluctable. No había más que[II-756] dos caminos: o parapetarse detrás de la enorme potencia hispánica, o entenderse con el agente de los realistas, el presidente Étienne Bernard, quien, instalado en Marsella, hacía las más tentadoras promesas a Casaulx y a Luis d’Aix, su compañero de armas. Pero ¿estas tentadoras promesas no serían una

añagaza?[154] ¿No tratarían de tender una celada a la ciudad? Los árbitros de Marsella prefirieron, por si acaso, entenderse con Felipe II. Tres “diputados” de la villa, uno de ellos hijo del propio Casaulx, emprendieron viaje a España, y ello brindaba la ocasión para hacer allí una larga historia de los

acontecimientos desarrollados en Marsella de 1591 a 1595[155] y para poner de relieve lo hecho por los “dictadores” Luis d’Aix y Casaulx, miembros de viejas y honorables familias de la ciudad, que, apoyándose en sus parientes y amigos y en el pueblo de Marsella, habían sabido establecer en la villa el orden y la paz católicos. Y no sin tener que vencer, para ello, grandes dificultades; necesitaron, en efecto, para triunfar en su propósito, armarse y hacer levas de mercenarios, ocupar las fortalezas de Notre-Dame y de Saint-Victor y la torre de Saint-Jehan, guardar la “Puerta Real”, la gran plataforma y la puerta de Aix, que son los lugares más “defendibles”, construir a la salida del puerto el fuerte cristiano, todavía sin terminar, reunir y sostener caballos para la seguridad de las tierras y para permitir a los vecinos de Marsella

“cosechar sus frutos sin ser incomodados por el enemigo”.[156] Ahora que Enrique de Borbón ha sido absuelto por el papa, cuando triunfa y es dueño de la villa de Arlés (y, por tanto, de su trigo, del que se abastece Marsella), cuando ésta está llena de refugiados, entre los que figura “el grande y docto personaje Monseñor de Gembrard, arzobispo de Aix, destituido por Enrique de Borbón”; en esta extremidad, y pese a las ofertas del Bearnés, la ciudad sólo puede sostenerse “bajo la égida” del Rey Católico. ¡Ojalá éste la ayude, y pronto, con dinero, municiones, hombres y galeras…! La situación no podía ser más crítica: las tropas reales estaban ya a las puertas de Marsella y dentro de sus muros se urdían las intrigas.

En diciembre de 1595[157] empezaron a llegar a Marsella los socorros[II-757] solicitados, las galeras del hijo del príncipe Doria y dos compañías españolas, justo a tiempo para prevenir la entrada de las tropas reales. Pero en Marsella la situación hacíase cada vez más confusa y alarmante; sus vecinos adoptaban

una actitud retadora, incluso hacia sus amigos. El 21 de enero de 1596,[158] los diputados de Marsella partían de la corte de España con la partida ganada. La ciudad se entregaba, sin entregarse, al Rey Católico; éste obtenía, para sus galeras, libre entrada al puerto, la posibilidad de aportar tropas en la villa y la promesa de los marselleses de no tratar con Enrique de Bearne y de no reconocer por rey de Francia más que a un amigo de España. Los marselleses, decía la memoria entregada por los emisarios, “no reconocerán a Enrique de Borbón, no se adherirán a él ni a otros enemigos de Vuestra Católica Majestad, sino que se mantendrán y conservarán católicos y en el estado en que están, hasta que Dios sea servido de dar a Francia un rey cristianísimo y verdaderamente católico, que se halle en términos de buena amistad, fraternidad e inteligencia con Vuestra Católica Majestad”. El 12 de febrero de 1596, los diputados de Marsella estaban todavía en Barcelona, de donde escribían a don Juan de Idiáquez para pedirle el envío de trigo de Cataluña.

[159] Cuatro días después triunfaba en la ciudad el complot: Casaulx caía asesinado y Marsella era entregada a Enrique IV. “Ahora es cuando verdaderamente soy rey de Francia”, dicen que exclamó éste al recibir la

buena nueva.[160]

No cabe duda de que podríamos escribir largo y tendido acerca de este[II-758] fragmento de la historia de Francia y descubrir en Provenza, con buenos autores a la vista, todos los rasgos de los últimos años de las guerras de religión: el alza de los precios, la espantosa miseria de los campos y la ciudad, la lepra del bandolerismo, el encono político de la nobleza; exponer, a través de un d’Épernon, lo que eran aquellos “reyes” de la Francia provincial, un Lesdiguières en el delfinado (por muy diferente que sea el carácter de este personaje), un Mercoeur en la Bretaña, un Mayenne en la Borgoña… Y aún sería más tentador estudiar, en el ejemplo de Marsella, el enorme papel desempeñado por las ciudades en la dislocación, primero, y luego en la reconstrucción de Francia.

La Liga no era solamente una alianza de los católicos exaltados. No era tan sólo un instrumento al servicio de los Guisa… Representaba, además, un gran paso de retroceso hacia un pasado combatido por la monarquía y luego, en gran parte, suprimido por ella. Y, principalmente, la vuelta a la vida urbana independiente, al Estado-ciudad. No cabe duda de que el abogado Le Breton,

estrangulado y colgado en noviembre de 1586,[161] era una cabeza un poco loca. Pero no deja de ser, a pesar de todo, bastante significativo que encontremos en sus proyectos el retorno a las franquicias urbanas, el sueño de desintegrar el país en una serie de pequeñas repúblicas independientes, dueñas

de sus destinos.[162] Tan grave como la traición de los Guisa es la traición de las ciudades, aquellas ciudades exaltadas por las pasiones, de las que participaban en su conjunto desde los burgueses hasta el más humilde de los artesanos. París es la imagen ampliada de estas ciudades. En 1595, el duque de Feria proponía al archiduque Alberto el plan de rehacer en Francia una Liga ajustada a los mismos principios de la que había existido en tiempo de Enrique III, “la cual no fue fundada por los príncipes de la Casa de Lorena, sino por algunos burgueses de París y de otras villas, al principio solamente tres o cuatro…, en condiciones tan cristianas y tan prudentes, que se unió a

ellas la mayoría y lo mejor de Francia”.[163] Algunos de estos hombres se encontrarían todavía en Bruselas; las faltas y las traiciones de los jefes no han dado al traste, ciertamente, con toda la causa…

Este documento subraya hasta la exageración el papel decisivo de las villas. Pero éstas, al sublevarse, ¿podían vivir por mucho tiempo? La ruptura de las comunicaciones equivalía a la interrupción de los tráficos y, por tanto, al suicidio de las ciudades. Si, desde 1593, se apresuran a enrolarse bajo la bandera de Enrique IV y de su reconquista, ¿no sería, aparte de las otras buenas razones que suelen invocarse en apoyo de su actitud, porque no podían vivir aisladas, porque necesitaban del espacio francés para poder vivir? Si fuese necesario, la ciudad de Marsella, incapaz de vivir solamente del mar, sin la ayuda del continente, del istmo francés, ilustraría elocuentemente la[II-759] indispensable simbiosis de las rutas terrestres y marítimas en el espacio mediterráneo.

Tengo para mí, en todo caso, que no es posible comprender el episodio de un Casaulx sin situarlo dentro de los estrechos marcos de la vida municipal. Todo el problema, para él, consistía, evidentemente, en no traicionar a su ciudad. Su actitud sólo puede juzgarse, si queremos juzgarla, a la luz de esta posición. Para convencerse de ello basta releer el memorial llevado a España por sus agentes: «Los señores de Marsella [dice uno de sus párrafos] han… considerado que su villa, en los muchos años que lleva de fundada, ha vivido la mayor parte del tiempo bajo sus propias leyes y en forma de República, hasta el año de mil doscientos cincuenta y siete, en que trató con Carlos de Anjou, conde de Provenza y lo reconoció por soberano, bajo muchas reservas, pactos y convenciones, entre las cuales se consigna como una de las primeras que ningún herético valdense [secta a la sazón reinante en aquellas regiones]