El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
Tomo II
CAPÍTULO IV [II-9]
LOS IMPERIOS
NO SERÍA posible trazar un panorama político exacto del siglo XVI sin remontarse hasta bastante lejos en el pasado para captar en él el sentido de una larga evolución.
A finales del siglo XIV el mar interior pertenecía indiscutiblemente a las ciudades, a los Estados urbanos plantados en sus orillas. Había, cierto es, algunos Estados territoriales más o menos homogéneos y relativamente extensos, hasta los que llegaban, a veces, las mismas olas del mar. Tal, por ejemplo, el reino de Nápoles —il Reame—, el reino por antonomasia; el Imperio bizantino; los países unidos bajo la Corona de Aragón… Pero estos Estados no eran, las más de las veces, más que el amplio ropaje de ciudades poderosas; el reino de Aragón era, lato sensu, obra del dinamismo de Barcelona; el imperio de Oriente venía a constituir, en cierto modo, el doble extrarradio de Constantinopla y de Tesalónica.
Pero en el siglo XV la ciudad no estaba ya a la altura de las circunstancias; la crisis de las ciudades se abre paso, antes que en ningún otro sitio, en Italia, donde despunta con el siglo. En los próximos cincuenta años va a dibujarse un nuevo mapa de la península en beneficio de unas ciudades y en detrimento de otras. Una crisis mesurada, por lo demás, puesto que no llegará a realizar lo que quizá estaba —aunque yo lo dudo— sobre el tapete: la unidad de la península. Una ciudad tras otra, Nápoles, Venecia, Milán, van fracasando en la empresa apenas entrevista. Desde luego, el momento era prematuro: demasiados particularismos se interponían en el camino; demasiadas ciudades, ansiosas de vivir su propia vida, frenaban el difícil alumbramiento. Esto hace que la crisis urbana se desarrolle solamente a medias. La paz de Lodi, en 1454, no hace más que consagrar un equilibrio y un fiasco: la península había simplificado su mapa político, es cierto, pero seguía desintegrada.
Entre tanto, una crisis análoga iba a minar todo el ámbito mediterráneo. Por doquier, en efecto, la ciudad-Estado, demasiado frágil, demasiado angosta, se revelaba por debajo de los problemas políticos y financieros de la hora. Era, ostensiblemente, una forma superada, condenada a desaparecer: la toma de Constantinopla en 1453, la caída de Barcelona en 1472 y la reconquista de Granada en 1492 nos ofrecen otras tantas pruebas palmarias de
ello.[1]
Sólo el rival del Estado urbano, el Estado territorial,[2] rico en espacio y en hombres, demuestra ser capaz de hacer frente a los enormes gastos de la guerra moderna; sostiene ejércitos de mercenarios y se procura el costoso material de artillería; y pronto podrá darse el lujo de afrontar grandes guerras marítimas. Su auge ha sido durante largo tiempo un fenómeno irreversible. Los nuevos Estados de las postrimerías del siglo XV son el Aragón de Juan II, el reino transpirenaico de Luis XI o la Turquía de Mehmed II, el vencedor de Constantinopla; será también, en seguida, la Francia de Carlos VIII, con sus aventuras italianas, o la España de los Reyes Católicos. Todos ellos habían desarrollado sus fuerzas iniciales tierra adentro, lejos de las orillas
mediterráneas,[3] casi siempre en espacios pobres, donde no abundaban las ciudades-obstáculos. Al paso que en Italia la riqueza y la densidad de las ciudades mantenían en pie las divisiones y debilidades, las rivalidades y la modernidad tropezaban con grandes obstáculos para emerger del pasado en la medida en que este pasado conservaba su brillo y su vida. El pasado convertíase, así, en una insigne debilidad. Esto se vio con motivo de la primera guerra turco-veneciana, de 1463 a 1479, durante la cual la señoría, mal resguardada por sus territorios demasiado endebles, a pesar de la
superioridad de sus técnicas, tuvo que abandonar la partida;[4] y de nuevo
cuando la trágica ocupación de Otranto por los turcos, en 1480;[5] y mejor aún en 1494, cuando comenzó el huracán desencadenado por la irrupción de Carlos VIII en Italia. ¿Ha habido nunca un paseo militar más sorprendente que este raudo viaje a Nápoles, donde, para decirlo con las palabras de Maquiavelo, lo único que tuvo que hacer el invasor fue mandar a sus furrieles marcar con tiza los alojamientos para sus tropas? Una vez pasada la alarma se podía tomar a broma lo ocurrido o burlarse de Philippe de Commynes, el embajador francés, como lo hacía a fines de julio de 1495 Filippo Tron, patricio veneciano. Y añadía que nunca se había dejado engañar por las intenciones que se le atribuían al rey de Francia, “deseoso de ir a Tierra Santa, cuando lo que en realidad quería era nada menos que convertirse en signore di
tutta l’Italia [6] ”.
Hermosa baladronada, pero el hecho es que comienza entonces para la península toda una cadena de desgracias, lógica consecuencia de su riqueza y su posición en el centro del ciclón de la política europea, y, como clave de todo, la fragilidad de sus sabias estructuras políticas, de todo aquel mecanismo de relojería que era el “equilibrio italiano”… Sus pensadores, aleccionados por el infortunio y por la enseñanza cotidiana de los hechos, se paran a meditar sobre la política y el destino de los Estados, desde Maquiavelo y Guicciardini, a comienzos de siglo, hasta Parutta, Giovanni Botero y Ammirato, ya en sus postrimerías. Italia: extraño laboratorio para hombres de Estado: el pueblo entero discute allí de política; la política es su pasión, la del mozo de cuerda de la plaza pública y la del barbero en la
peluquería, la del artesano en la taberna.[7] [8] La razón de Estado, este redescubrimiento italiano, no es el fruto de reflexiones solitarias, sino de una experiencia colectiva. Y también la crueldad, que con tanta frecuencia acompaña en Italia a la política, la traición, las hogueras sin cesar reavivadas de la venganza privada, son otros tantos signos de una época en que se rompen los viejos moldes gubernamentales, y las nuevas formas se suceden y precipitan a merced de las circunstancias sobre las que no manda el hombre. La justicia brilla a menudo por su ausencia y los gobiernos son demasiado nuevos para escatimar improvisaciones y violencias. El terror se ha convertido en un medio de gobierno. El príncipe enseña el arte de vivir, de
sobrevivir día a día.[9]
Pero en el siglo XV y con toda seguridad en el XVI no podemos hablar ya ni siquiera de simples Estados territoriales, de Estados-naciones. Vemos surgir y crecer grupos más extensos y desmesurados que son resultado de acumulaciones, herencias, federaciones, coaliciones de Estados particulares; imperios, podríamos decir, si vale emplear en su sentido actual y pese a su anacronismo, esta cómoda fórmula. Pues ¿cómo designar, si no, a estos monstruos? Así pues, en 1494 ya no interviene más allá de los montes solamente el reino de Francia, sino un Imperio francés, siquiera sea un imperio puramente imaginario. Su primer objetivo es instalarse en Nápoles. Pero aspira también, sin inmovilizarse en el corazón del mar interior, a marchar hacia el Oriente, sostener allí a defensa cristiana, responder a las reiteradas y concretas llamadas de auxilio de los Caballeros de Rodas, liberar la Tierra Santa… Tal es la compleja política de Carlos VIII, a pesar de lo que piense un Filippo Tron: política de cruzada, concebida con la intención de bloquear el Mediterráneo de un solo golpe. Ahora bien, todo imperio supone una mística, y en la Europa occidental no hay imperio posible sin esa mística prestigiosa de la cruzada, de su política que flota entre el cielo y la tierra. Pronto habrá de evidenciarlo el ejemplo de Carlos V.
Tampoco la España de los Reyes Católicos es ya un “simple Estado nacional”, sino una asociación de reinos, Estados y pueblos, sin otro lazo de unión que la persona de los soberanos. También los sultanes gobiernan un conglomerado de pueblos conquistados, asociados a su fortuna o sometidos a su yugo. Entre tanto, la aventura marítima comienza a crear, en provecho de Portugal y de Castilla, los primeros imperios coloniales modernos, cuya importancia no alcanzan a comprender, en un principio, ni los más perspicaces observadores de la época. El propio Maquiavelo observa tan de cerca el espectáculo de una Italia agitada políticamente que no alcanza a mirar tan lejos, defecto bien grave, no cabe duda, en un observador generalmente
tan lúcido como él lo era.[10]
El drama del Mediterráneo en el siglo XVI es ante todo un drama de crecimiento que brota de los esfuerzos de los colosos políticos de la época por acomodarse. Sabido es cómo Francia frustra entonces su carrera imperial, apenas esbozada, por culpa de las circunstancias: sí, no cabe duda, pero también por culpa de su temperamento, de su prudencia, de su gusto por las cosas seguras, de su horror a lo arriesgado y a lo grandioso… Pero lo que no sucedió podía muy bien haber ocurrido. No es de ningún modo absurdo imaginarse un Imperio francés apoyado en Florencia de modo semejante a como el Imperio español (aunque no en sus primeros momentos) se ha apoyado en Génova. Y sabemos también cómo Portugal, ya un casi extranjero en el Mediterráneo, se desarrolla en esta época, salvo algunas posiciones que pierde en Marruecos, fuera del ámbito mediterráneo propiamente dicho. El auge de los imperios en el mar interior es, pues, el auge de los Osmanlíes por el este y el de los Habsburgo por el oeste. Ya lo señalaba, hace tiempo, Leopoldo Ranke: esta doble carrera ascendente es una sola y la misma historia, y apresurémonos a afirmar que no son solamente el azar y las circunstancias las que determinaron el nacimiento de esta gran historia simultánea. No es posible creer, si no se nos demuestra, que Solimán el Magnífico y Carlos V fueran simples accidentes (así lo ha sostenido, entre otros, el propio Pirenne); sus personas, sí, indudablemente, pero no sus
imperios. Ni creo tampoco en la influencia preponderante de Wolsey,[11] el orador de la política inglesa del Balance of Power, que, contraviniendo a sus principios, apoya en 1521 a Carlos V, dueño de los Países Bajos y de Alemania, es decir, que, respaldando al más fuerte, en vez de sostener al rey Francisco, que era la parte más débil, abre las puertas a la brusca victoria de Carlos V en Pavía y se hace, con ello, responsable de que sea abandonada Italia por espacio de dos siglos a la dominación española…