El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Italia, víctima de la moneda larga

reconoce en Ragusa que debe a un florentino duo centum sexaginta tres peggias regaliorum de 8 regaliis pro qualumque pezzia[242]. Ragusa estaba, pues, en esta época, tan invadida de moneda española como, en general, el resto del Mediterráneo.

Pero ¿qué ciudad podía librarse de ella? Como ya vimos antes, los reales

llegaron a Turquía, incluso desde Polonia, en los pesados vehículos que comunican Leópolis con Estambul[243]. No es necesario ir a buscar ejemplos a Levante, donde la correspondencia comercial de los ragusinos, italianos, franceses e ingleses nos describe un espectáculo que ya nos figuramos de antemano.

Pero estos ejemplos, fáciles de multiplicar, no nos deben hacer perder de vista lo esencial. Todo resultará más claro si aceptamos que a partir de 1580 ya no será España el centro real de dispersión de la plata, sino la Italia de las grandes ciudades. Italia obtiene enormes beneficios gracias a ese papel y se encarga de exportar al Levante (tarea tan cómoda como rentable) una parte de las superabundantes monedas de plata españolas; se encarga también de abastecer de monedas de oro —más difíciles de conseguir— y de letras de cambio a ese reducido espacio que son los Países Bajos, lugar donde España lucha para defender su imperio y los futuros destinos del catolicismo: el flujo de monedas contantes y sonantes que entra en el país sirve tanto para sostener a los rebeldes como a las tropas españolas y los súbditos fieles. Italia se ha convertido en el centro de un sistema que crea enlaces, sincronismos y también asimetrías evidentes.

 

Italia, víctima de la moneda larga

 

A partir de 1580 se incrementan las cantidades de metal precioso traído a Génova por las galeras de España. En junio de 1598[244] se alcanza la que sin duda es la cifra récord: 2 200 000 escudos (200 000 en oro, 1 300 000 en lingotes de plata y 700 000 en reales) en un solo convoy. Es posible que este récord sea inferior al establecido el 20 de junio de 1584, fecha en la que llegaron a Génova 20 galeras, que a las órdenes de Gian Andrea Doria,

transportaban, parece ser, de 3 a 4 millones de escudos, pero los datos que poseemos no son lo suficientemente precisos para permitirnos afirmarlo[245]. Una cosa es evidente: se efectuaban envíos masivos. De acuerdo con un cálculo realizado por la Contaduría Mayor en 1594, llegan anualmente a España 10 millones de ducados, de los cuales se exportan seis millones, tres por el rey y los otros tres por particulares. Los cuatro millones restantes o bien

se quedan en España o bien se exportan clandestinamente por correos, viajeros o marinos. Un historiador[246] supone que cada año, a finales de siglo, seis millones de ducados llegaban a Italia para dispersarse a continuación en todas direcciones dentro y fuera de ella. Estas masas de dinero resultan operantes aun antes de tocar Génova (ya Villefranche, ya Portofino, ya Savona, ya Liorna). Bastaba la simple noticia de su próxima arribada para crear largezza en las plazas italianas, del mismo modo que ocurría en Sevilla, Madrid y Medina del Campo en cuanto se anunciaba que la flota de Indias estaba en puertas, estas galeras son una segunda flota de Indias. Abunda por todas partes el contante barato, esa moneda larga que tantos cálculos hizo fracasar, pues las operaciones propias del crédito sufren siempre que se produce un prolongado periodo de moneda barata, ya que viven del flujo y reflujo. Las letras de cambio se venden a quienes necesitan préstamos, pero ¿quién recurrirá a ellos cuando el dinero abunda? Expliquemos cómo funciona este simple mecanismo: abunda el dinero contante, lo que quiere decir que, quien más quien menos, todos tienen su parte, de modo que el prestamista, es decir, el vendedor de letras de cambio, desaparece o a lo sumo es poco frecuente. Las letras de cambio escasean y su precio, en consecuencia, sube. En la situación inversa, es decir, cuando falta el contante, las letras de cambio se multiplican por todas partes y el prestamista las puede comprar a precios muy bajos. Simón Ruiz se muestra perplejo e insatisfecho durante estos años en apariencia tan fáciles. A su habitual ocupación de corredor de grandes negocios, añade el de prestamista y comprador de letras de cambio en la plaza de Medina del Campo. Esas letras se las venden usualmente los mercaderes de lanas que no podían llevar adelante sus negocios si no podían contar con anticipos, pues la lana comprada en España no se pagaba hasta dos meses más tarde en Florencia. Simón Ruiz compraba a bajo precio el papel que representaba su crédito, y lo expedía a su amigo y compatriota en Florencia, Baltasar Suárez, quien se convertirá por matrimonio en cuñado del gran duque de Toscana. Una vez llegado a su destino, la letra de cambio se transforma en dinero con beneficio. Pero este dinero hay que reexpedirlo a Medina del Campo por medio de una nueva letra de cambio, adquirida en Florencia. Si en el lugar reina la largezza en ese momento, la letra resultará muy cara y Simón Ruiz no podrá obtener beneficio de esta segunda operación. En pocas palabras, el banquero pierde en este juego, o, para ser más precisos, no consigue ganar en seis meses ese 5 % al que está ya tan acostumbrado. No ganar es lo mismo que perder; es especular peligrosamente con «el dinero de la propia firma». Nada nos lo

puede corroborar mejor que las quejas del anciano de Medina del Campo o las explicaciones y disculpas del amigo de Florencia[247]. «Tal como están las

cosas actualmente [escribe este último], quien tiene el dinero debe venderlo al precio que impone el comprador…»[248]. Nada sería más peligroso, aclara el viejo amigo de Florencia, que tratar de nadar contra la corriente; «los que han

intentado forzar el mercado florentino (“violentar la plaza”) han obtenido ganancias mínimas», escribe el 9 de septiembre de 1591[249]. ¿Qué hacer frente a esa marea de monedas y lingotes de plata? Las reglas fundamentales a partir de las cuales tenía lugar el ejercicio del cambio habían resultado alteradas. Para que este funcione adecuadamente se requieren fluctuaciones en el precio de las monedas; fluctuaciones que crean fructuosas diferencias de nivel.

Esta inundación de Italia por el contado se puede considerar desde otro ángulo. Basta simplemente con estudiar las monedas que se acuñan en las diferentes Casas de Moneda de la Península. Ni una sola permanece ociosa. Es indudable que con la ayuda de los documentos existentes en la Sommaria

se podría reconstruir algunas de las compras efectuadas por la Regia Zecca de

Nápoles[250] [251] . Entre 1599 y 1628 se acuñará allí moneda por valor de 13

millones de ducados. Actividad similar en Palermo, Mesina[252] o Génova[253]. Las monedas comenzaban a circular apenas acuñadas y, sobre

todo en el siglo XVII, abandonaban rápidamente su lugar de origen. La Zecca de Venecia[254] acuña sin pausa: va en ello la prosperidad de la ciudad. Se acuña a un promedio anual de un millón en oro y otro en plata. Como el cauce corriente de aprovisionamiento —es decir el que recurre a la mediación de los mercaderes que traen moneda circulante o verghe a sus mostradores— resulta insuficiente, la Zecca comienza a comprar bajo contrato. Con frecuencia estos contratos son muy altos: en 1584, 500 000 ducados (2 de junio) con los Capponi, 140 000 marcos con los Ott, agentes de los Fugger en Venecia; en 1585, otro millón con los Ott; un millón en 1592 con Agostino Senestraro, Marcantonio y Giovanni Battista Giudici; 1 200 000 ducados en diciembre de 1595 con Oliviero Marini y Vicenzo Centurione; un millón el 26 de marzo de 1597, a cargo de Hieronimo y Christoforo Ott… A partir de esta última fecha los contratos son menores, pero en marzo de 1605 se firma un contrato de 1 200 000 ducados con Giovanni Baolo Maruffo, Michel Angelo y Gio Steffano Borlotti. No trataré ahora de establecer la lista de las compras efectuadas por la Zecca de Venecia, sino de demostrar el insaciable apetito de las Cecas italianas, satisfecho en lo esencial por el dinero de la América española.

Sería inútil, por otra parte, intentar descubrir a posteriori, por la simple adición de los totales de monedas acuñadas, el volumen de la producción americana. La cosa no es tan simple: monedas que se funden en un determinado lugar pueden luego refundirse en otro diferente; unos meses o unos años más tarde pueden descansar en el mostrador de otra Ceca. De 1548 a comienzos de 1587 la Zecca de Nápoles acuñó unos 10 millones y medio de

ducados, y después de ello in tutto il regno non se siano settecento millia ducati [255] , quedaban apenas 700 000. De todos modos el hecho de haber circulado con tanta rapidez contribuyó a la abundancia de metal en Italia.

Es evidente que Italia no debe este privilegio al simple hecho de encontrarse en el derrotero imperial de la plata española. Esta coincidencia le resulta provechosa, pero su activa economía constituye un factor más importante, actividad que los historiadores se obstinan en subestimar y que es tan vigorosa durante los últimos años del siglo como para mantener un

equilibrio positivo en sus cambios con Alemania, el este europeo, los Países Bajos, Francia y España[256] (a excepción de un balance desfavorable para Florencia a causa de sus compras de lana castellana). Estos saldos positivos permiten a Italia acumular riqueza y liquidar ese déficit respecto a Levante y Turquía del que ya hemos hablado antes largamente, y cuyos provechosos resultados estimulan toda la actividad comercial e industrial de la Península. Esta se convierte en el centro de un tráfico de metales preciosos y letras de cambio, dueña y señora de un circuito donde todo se interrelaciona. Cuando hay inflación de la plata, el oro se convierte en un valor seguro: el de la tesaurización y el de los pagos internacionales. Salvo en los casos en que se especifica lo contrario, las letras de cambio son pagaderas en oro. Y los soldados de Flandes exigen su paga precisamente en oro, si no la totalidad de su sueldo, al menos una parte. Finalmente, y como ya dijimos, el oro es el único metal que pueden transportar los correos. De modo que si Italia depende de España, esta depende de aquella para realizar los pagos de sur a norte, que con frecuencia hay que efectuar en oro cuando se trata de Flandes: se hacen a partir de Génova… Solo las plazas monetarias italianas eran capaces de proveer las monedas de oro y letras de cambio que acaban en Amberes entre las manos de los tesoreros-pagadores de los ejércitos españoles en Flandes. De modo que Italia se encontraba en la encrucijada de dos ejes: de una parte, el eje sur-norte mantenido por la política española y los asientos genoveses, y de otra, el eje según los paralelos, que llega hasta el Levante y el Lejano Oriente; una ruta del oro que va de Génova a Amberes se cruza con una ruta de la plata que llega hasta la remota China.

No se producen sorpresas en este último eje: la plata circula prioritariamente, aumentando su valor en cuanto llegaba al Levante (el Imperio turco era una zona áurea producida por Egipto y su fuente de abastecimiento africana); su valor aumenta a medida que se desplaza hacia el Este; cruza Persia y la India para llegar a veces a la encrucijada de las Filipinas o a la China: el oro chino se cambia a razón de «dos marcos de oro por ocho marcos de plata», es decir, la proporción es de uno a cuatro, mientras que en Europa es, al menos, de uno a 12. Este eje Italia-China, que arranca de América y da la vuelta al mundo sea por el Mediterráneo, sea por el cabo de Buena Esperanza, se puede considerar como una estructura, un rasgo permanente y primordial de la economía mundial que continuará en primer plano hasta el comienzo del siglo XX. El eje Génova-Amberes, al contrario, debía su existencia a una particular coyuntura. Durará todo el tiempo que España mantenga en su poder los Países Bajos, es decir, hasta

1714, o mientras persista la inflación de la plata controlada por ella, o sea hasta 1680[257]. En resumen: Italia es el punto de intersección de ambos ejes a lo largo de todo el siglo XVII. De la bahía de Cádiz, veleros ingleses y holandeses, barcos de Saint-Malo y a veces de Génova, «navíos de guerra» o

no de guerra, transportan a Génova y Liorna las piezas de a ocho, comúnmente conocidas entonces con el nombre de [258] piastras. Todo este tráfico llega a «Alejandría, el Gran Cairo, Esmirna, Alepo y otros lugares del

Levante». Las piastras «son muy buscadas en todos los dichos lugares e incluso en la misma Persia…», escribe Samuel Ricard[259], (abuelo del famoso Ricardo), cuyo libro todavía se seguía imprimiendo en 1706.

Monedas de plata, no de oro. Uno puede ciertamente (dice una relación veneciana de fecha muy anterior —1668—)[260] gastar en Egipto ungari o zechini senza perdervi cosa veruna: ma bisogna esser pratico, sin perder nada con ello, pero hay que saber el oficio. Por lo que respecta a la plata, se puede ganar hasta 30 % con las piezas de a ocho. Por su parte, el eje sur-norte

mantuvo su posición todo a lo largo de este periodo, y si es indudable que la preponderancia de Génova disminuye a partir de 1627[261], todavía en 1650

vemos a sus banqueros efectuando pagos en los Países Bajos por cuenta de España[262].

 

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