El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
III. Vuelta a la guerra. Las decisiones siguen viniendo del norte
Bellos proyectos, sin duda: desde Bruselas se podía, en efecto, ver y gobernar[II-385]
Europa. Pero faltaba saber si Europa estaba dispuesta a dejarse gobernar.[194]
III. VUELTA A LA GUERRA.
LAS DECISIONES SIGUEN VINIENDO DEL NORTE
Se rompe la tregua de Vaucelles
En estas condiciones, no es un problema fácil de comprender para el historiador la tregua de Vaucelles. Ante el agotamiento de los adversarios, hecho cierto y comprobado, parece que la tregua debía de haber satisfecho, durante algún tiempo, a unos y a otros: a Francia, porque conservaba sus conquistas, principalmente Saboya y el Piamonte; a los Habsburgo, porque seguían apareciendo como dueños y señores del mundo. ¿Acaso no tenían en su poder casi toda Italia, Sicilia, Nápoles, Siena, Piacenza y Milán? Lo que vale tanto como decir que tenían en sus manos toda la península, pues en el siglo XVI el Piamonte casi podemos decir que no formaba parte de Italia. Finalmente, la Santa Sede, que no había sido incluida en la tregua, tenía ante sí una maravillosa ocasión para convertir esta tregua en una paz general. ¿No era ése su papel, consagrado por la tradición? Paulo IV, creyéndose obligado a seguirlo, por lo menos en apariencia, se regocija oficialmente de la tregua
concertada,[195] envía emisarios suyos cerca de sus signatarios y llega, incluso, a atribuirse el mérito del acuerdo ante el embajador veneciano
Navagero,[196] sin que, por lo demás, su actitud engañase a nadie, y menos que a nadie a los venecianos. En realidad, el anuncio de la tregua cayó sobre
Roma como un rayo.[197] No tardó en extenderse la nueva de que había sido
concertada a pesar del papa y a despecho de todos sus esfuerzos.[198] Y, desde luego, bien puede ser que en la ruptura de la tregua, después de concertada, anduviera, sobre todo, su mano.
El hecho de que un hombre haya podido, por sí solo, y con esta rapidez,[II-386] reavivar los rescoldos mal extinguidos de la guerra serviría para recordarnos, muy a propósito, si tal cosa hiciera falta, el papel del individuo en el dramático juego de la historia. Un hombre, y un hombre ya cargado de años (nacido en 1477, tenía 79 cuando subió al trono de San Pedro), pero lleno de ardor y de una vitalidad verdaderamente desbordante. Todo se entrecruza y se mezcla en la vida apasionada de este hombre. Extraordinariamente piadoso (fue el fundador de la orden de los teatinos), la Iglesia ha encontrado en él un defensor intransigente, que reinicia, contra Carlos V, el conflicto que la muerte de Paulo III había dejado interrumpido en 1549, el eterno conflicto de Roma contra el César, contra el hombre del saco de Roma en 1527, contra el hombre que había dejado triunfar a los protestantes en Alemania y aceptado la paz de Augsburgo.
Esto no es más que uno de los lados de la gran antipatía de Paulo IV por Carlos V, la antipatía del pontífice, que no debemos desdeñar. Pero a ella hay que añadir la antipatía del napolitano, jefe de la familia francófila de los Caraffa, que odia en Carlos V al dueño y señor de Nápoles y al enemigo de su linaje, rico en rencores y en ambiciones. Este papa, que ha vivido lo bastante para haber conocido una Italia todavía libre, odia en el emperador, además, al usurpador extranjero, al invasor, al representante de los españoles, “estos heréticos, estos cismáticos malditos de Dios, simiente de judíos y de moros, la
hez de la tierra”.[199] Y que esta idea de las libertades de Italia latía poderosa en él lo atestiguan las siguientes palabras (dirigidas al embajador veneciano, a raíz del fracaso de la política del soberano pontífice): “Ya os arrepentiréis, mis queridos señores italianos, y también vosotros, todos los que no habéis querido aprovechar la ocasión para liberaros de esta peste… Tanto los franceses como, los españoles son bárbaros, y lo mejor que podría ocurrir
sería que se estuvieran quietos en su casa”.[200]
Este hombre, Paulo IV, es un hombre de acción, dispuesto siempre a seguir los impulsos de su mente y de su corazón; un teólogo y un predicador, que vive más en sus ideas y en sus sueños que en el mundo que le rodea. “Un hombre que sólo entiende el manejo de los asuntos del Estado muy a grandes[II-387]
rasgos, como filósofo”, dice de él, certeramente, Marillac.[201]
Compaginando estos rasgos se explica parcialmente la política del soberano pontífice y su fuerza explosiva durante los años de 1556 y 1557. Parcialmente, decimos, pues, el papa no está solo; no tiene una política, sino varias, y no es responsable de todas. Cerca de él se hallan sus parientes y sus consejeros, uno de ellos hombre temible, el cardenal Carlo Caraffa, extraño personaje, tan apasionado como el propio soberano pontífice, pero al que no adornan las grandes y magníficas cualidades de éste. Hombre ávido, insaciable, colérico, pero dotado también de un gran poder y de una gran astucia para forzar las voluntades, y no muy escrupuloso, por cierto: sabe negociar con los unos y los otros, con los imperiales y con los franceses, y es capaz de llegar, por este camino, hasta muy lejos. Enviado a la corte de
Francia, en 1556, como legado [202] a latere , parte de ella con formales promesas de intervención por parte del “pacífico” Montmorency y del
Consejo; el mismo Coligny se deja seducir por sus planes.[203] Pasan unos cuantos meses, y en octubre y noviembre, en el curso de las negociaciones entabladas entre el papa y el duque de Alba y que conducen, el 18 de
noviembre, a una tregua de cuarenta días,[204] el cardenal Caraffa se ve frente a frente con el duque de Alba, que ha avanzado hasta Ostia. Las pláticas y combinaciones que de ello resultan son harto inesperadas: los Caraffa piden a los españoles los lugares que aún poseen los franceses en la Toscana y, de añadidura, Siena. Entre los papeles de Della Casa figura un curioso “Discorso al Card. Caraffa per impetrare della M. dell’Imperatore lo stato e dominio di
Siena”.[205] No cabe duda de la realidad del chalaneo, con tanta mayor razón cuanto que en los archivos españoles se halla una memoria de 22 de enero de 1557, en la que se detallan “las condiciones con que S. M. tendrá por bien de dar al conde de Montorio [hermano del cardenal] el Estado de Sena para la
efectuación del acordio que se trata con S. S.”.[206] A lo que hay que añadir[II-388] que el propio Caraffa lleva los tratos en Venecia para arrastrar a la señoría a la lucha contra los Habsburgo y al eventual reparto de sus posesiones en Italia. Sugerencia que los venecianos rechazan, por lo demás, no queriendo, según dicen, “tener las manos llenas de moscas”, lo que en Francia diríamos llenas de viento…
He ahí el personaje de quien se dice y de quien se niega que era el intérprete fiel de la política y el pensamiento de Paulo IV. No es fácil deslindar bien la verdad entre ambos pareceres.
Lo que sí puede asegurarse es que Pablo IV dio muy pronto signos
inequívocos de su mala voluntad hacia los Habsburgo.[207] Hasta llegó a afirmarse que se disponía a convocar un Concilio para privar al emperador de su dignidad. El gran problema para los Habsburgo era saber lo que haría el rey de Francia: o permanecía neutral, en cuyo caso no sería difícil hacer entrar en razón al papa, o bien se reanudaban las hostilidades, aunque el Rey Cristianísimo abrigara la intención de mantenerse en estado de guerra “cubierta”, como se dirá, corrientemente, en el siglo XVII. En junio podía verse ya claro: las negociaciones de paz entre Ruy Gómez y el condestable no habían conducido a nada, pues el segundo de estos personajes mostrábase poco satisfecho con las conversaciones acerca de los prisioneros y con el rescate acrecentado que se pedía por la persona de su hijo.Y, sobre todo, ¿no andaba allí la mano del cardenal Caraffa? En Bruselas ya nadie se hacía ilusiones: “… para romper con algún color, esperan que el duque de Alva
[sic] [208] haga algo contra el papa”.