El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II
I. La unidad climática
FIGURA 19. El «auténtico» Mediterráneo, del olivar a los grandes palmerales. El límite de los palmerales es el de los grandes palmerales compactos. El límite de la palmera datilera, aislada o en pequeños grupos, se establece mucho más al norte (véase fig. 13, p. 226).
I. LA UNIDAD CLIMÁTICA
Sobre el Mediterráneo terrestre y acuático se extiende un Mediterráneo aéreo, casi sin ningún vínculo con los paisajes de abajo; independiente, en realidad, de las condiciones físicas locales. Construido desde fuera por una doble respiración: la del océano Atlántico, su vecino por el oeste, y la del Sahara, su vecino por el sur. Lo que vale tanto como decir que el
Mediterráneo propiamente dicho no es responsable del cielo que lo ilumina[2].
El Atlántico y el Sahara [I-306]
Los dos artífices de este clima trabajan sucesivamente en su campo mal cerrado: el Sahara produce la sequía, la luminosidad, el cielo inmenso y azul; el Atlántico, cuando no prodiga las nubes y la lluvia, esparce profusamente esa bruma gris, ese polvo de agua, esa ceniza que llena el cielo mediterráneo durante «el semestre de invierno». Los pintores orientalistas de la primera hora nos indujeron para siempre a error con sus paletas rutilantes. En octubre de 1869, Fromentin, alejándose en barco de Mesina, escribía: «cielo nublado, viento frío, chubasco, algunas gotas de lluvia sobre la tienda. Es triste; se diría
el Báltico»[3]. Ya en febrero de 1848 había huido hacia el Sahara ante el gris obsesionante del invierno mediterráneo: «aquel año no hubo intervalo entre las lluvias de noviembre y los grandes aguaceros del invierno, que duraron
tres meses y medio casi sin un solo día de interrupción»[4]. Todos los argelinos han tenido alguna que otra vez ocasión de ver a un recién llegado aterrado ante las lluvias diluvianas de Argel.
Así ha ocurrido siempre en esa región. En Florencia —escribe un
memorialista, con fecha del 24 de enero de 1651—[5] hace ya cinco meses que dura la inclemencia del tiempo per avere durato a piovere quasi cinque mesi. El año anterior Capua había resultado enaguachada por lluvias
torrenciales[6]. Ni un solo invierno dejaban los ríos de romper sus diques ni las ciudades se libraban de los horrores y destrucción propios de las inundaciones. Naturalmente, Venecia era la más afectada: en noviembre de
1443[7], sufre enormes pérdidas, quasi mezzo million di ducati; el 18 de diciembre de 1600 se produce una catástrofe idéntica, los lidi, diques, casas, almacenes particulares situados en los pisos bajos, y los almacenes públicos de la sal, el trigo y las especias han sufrido inmensos daños, con dano di un million d’oro, lo que, de paso, prueba que los precios han subido entre una y
otra inundación[8].
En invierno, o más exactamente durante el semestre invernal, desde el equinoccio de septiembre hasta el equinoccio de marzo, prevalecen las influencias atlánticas. El anticiclón de las Azores deja pasar las depresiones atlánticas, que, unas tras otras, llegan en largas filas procesionarias sobre las aguas calientes del Mediterráneo, procedentes unas veces del golfo de Gascuña, después de atravesar la Aquitania, y otras veces del estrecho de Gibraltar y las costas de España, como los barcos… Cualquiera que sea la puerta de entrada, atraviesan el Mediterráneo a paso rápido de oeste a este. De este modo comunican al clima invernal una extremada inestabilidad. Traen la lluvia, provocan los bruscos cambios de los vientos, agitan, atormentan sin fin el mar, que, bajo los golpes del mistral, del «noroeste» o del «bora», se llena de espuma hasta parecer una inmensa llanura cubierta de nieve, o, como dice
un viajero del siglo [9] XVI, «sembrada de cenizas». Por encima de Toledo, la humedad atlántica contribuye en invierno a la formación de esos cielos turbulentos y patéticos, de tormenta y luz, que ha pintado el Greco.